I.
Alguien pidió los puros. Habíamos hablado largo rato y la conversación empezaba a languidecer; el humo del tabaco se había metido en las cortinas pesadas, el vino se había subido a aquellas cabezas proclives a entorpecerse, y ya era perfectamente evidente que, a menos que alguien hiciera algo para espabilar nuestros espíritus oprimidos, la reunión llegaría en breve a su conclusión natural y nosotros, los invitados, nos iríamos pronto a casa, a la cama y, con toda seguridad, a dormir.
Nadie había dicho nada especialmente notable; puede que nadie tuviera nada particularmente notable que decir. Jones nos había dado todos los pormenores de su última cacería en Yorkshire. El señor Tompkins, de Boston, había explicado con prolija minuciosidad aquellos principios de funcionamiento cuya debida y cuidadosa observancia permitía que el Atchison, Topeka and Santa Fe Railroad no sólo ampliara su territorio, incrementara su influencia departamental y transportara ganado sin matarlo de hambre antes del día mismo de la entrega, sino que, además, llevara años logrando engañar a los pasajeros que compraban sus billetes, induciéndolos a la falaz creencia de que la citada corporación era en verdad capaz de transportar vidas humanas sin destruirlas.
El signor Tombola se había esforzado por persuadirnos, con argumentos que no nos tomamos la molestia de refutar, de que la unidad de su país en nada se parecía al torpedo moderno promedio: cuidadosamente planeado, construido con todo el arte de los mayores arsenales europeos y, una vez construido, destinado a ser dirigido por manos débiles hacia una región donde, sin duda, habría de estallar, invisible, impensada e inaudita, en los ilimitados desiertos del caos político.
No es necesario entrar en más detalles. La conversación había adquirido proporciones capaces de aburrir al mismo Prometeo en su roca, de llevar a Tántalo a la desesperación y de impulsar a Ixión a buscar descanso en los diálogos simples pero instructivos de herr Ollendorff, antes que someterse al mal mayor de escucharnos. Llevábamos horas sentados a la mesa; estábamos aburridos, cansados, y nadie daba muestras de moverse.
Alguien pidió los puros. Todos volvimos instintivamente la vista hacia el que hablaba. Brisbane era un hombre de treinta y cinco años, notable por esos dones que sobre todo atraen la atención de los hombres. Era un hombre fuerte. A ojos profanos, las proporciones externas de su figura no ofrecían nada extraordinario, aunque su talla estaba por encima de la media, con algo más de seis pies de estatura y moderadamente ancho de hombros; no parecía corpulento, pero, por otra parte, ciertamente no era delgado; su cabeza descansaba sobre un cuello fuerte y nervudo; sus manos, anchas y musculosas, parecían poseer una habilidad peculiar para romper nueces sin la ayuda de herramienta y, visto de perfil, uno no podía menos que notar la extraordinaria amplitud de sus mangas y el grosor inusual de su pecho. Era de esos tipos de los que, entre hombres, se dice que engañan a la vista; es decir: aunque parecía extremadamente fuerte, en realidad era mucho más fuerte de lo que parecía. Poco hay que añadir sobre sus facciones. Tenía la cabeza pequeña, el cabello ralo, los ojos azules, la nariz grande, un bigote corto y la mandíbula cuadrada. Todo el mundo conoce a Brisbane, y cuando pidió un puro, todos lo miramos.
—Es una cosa muy singular —dijo Brisbane.
Todos dejaron de hablar. La voz de Brisbane no era alta, pero poseía esa rara cualidad de atravesar la conversación general y cortarla como un cuchillo. Todos escucharon. Brisbane, al percatarse de que había atraído la atención de todos, encendió su puro con gran ecuanimidad.
—Es muy singular —prosiguió—, eso de los fantasmas. La gente siempre anda preguntando si alguien ha visto un fantasma. Yo sí.
—¡Pamplinas! ¿Tú? ¿No querrás decir eso, Brisbane? ¡Bueno, para un hombre de su inteligencia!
Un coro de exclamaciones recibió la insólita afirmación de Brisbane. Todos pidieron puros, y Stubbs, el mayordomo, apareció de pronto de no se sabe dónde con una botella fresca de champán seco. La situación estaba salvada: Brisbane iba a contar una historia.
—Soy un viejo marinero —dijo Brisbane—, y como me toca cruzar el Atlántico con bastante frecuencia, tengo mis favoritos. La mayoría de los hombres tiene sus favoritos. He visto a un sujeto quedarse en un bar de Broadway tres cuartos de hora esperando cierto tranvía que le gustaba. Creo que el barman hacía por lo menos un tercio de su ingreso gracias a la preferencia de ese hombre. Yo tengo la costumbre de esperar ciertos barcos cuando me veo obligado a cruzar ese charquito. Tal vez sea un prejuicio, pero sólo una vez en mi vida me quedé sin una buena travesía. Lo recuerdo perfectamente: era una mañana cálida de junio, y los empleados de la aduana, que rondaban por allí esperando un vapor que ya venía subiendo desde la Cuarentena, presentaban un aspecto curiosamente brumoso y pensativo. No llevaba mucho equipaje, nunca llevo. Me mezclé con el tropel de pasajeros, mozos y esos individuos entrometidos de casaca azul y botones dorados, que parecen brotar como hongos de la cubierta de un vapor amarrado para imponer sus innecesarios servicios al pasajero independiente. Siempre me ha interesado la evolución espontánea de esos tipos: no están cuando uno llega; cinco minutos después de que el práctico grita “¡adelante!”, ellos, o al menos sus casacas azules y sus botones dorados, han desaparecido de cubierta y pasarela tan por completo como si los hubieran consignado a ese cofre que la tradición atribuye unánimemente a Davy Jones. Pero en el momento de zarpar, ahí están: bien afeitados, de azul impecable y famélicos de propinas.
Me apresuré a subir a bordo. El Kamtschatka era uno de mis barcos predilectos. Digo “era” porque enfáticamente ya no lo es. No concibo aliciente alguno que pudiera tentarme a hacer otro viaje en él. Sí, ya sé lo que van a decir: que es extraordinariamente limpio de líneas a popa, que tiene bastante bulto en la proa para navegar seco, y que la mayoría de las literas bajas son dobles. Tiene muchas ventajas, pero no volveré a cruzar en él. Perdón por el desvío. Subí a bordo. Llamé a un camarero, cuya nariz roja y patillas aún más rojas me eran igualmente familiares.
—105, litera inferior —dije, con ese tono expeditivo propio de los hombres que no consideran más cruzar el Atlántico que tomarse un cóctel de whisky en el Delmonico’s del centro.
El camarero tomó mi maleta, el abrigo y la manta de viaje. Jamás olvidaré la expresión de su rostro. No es que palideciera. Los más eminentes teólogos sostienen que ni los milagros alteran el curso de la naturaleza. No vacilo en afirmar que no palideció; pero, por su expresión, juzgué que estaba a punto de echarse a llorar, de estornudar o de dejar caer mi maleta. Como en ella llevaba dos botellas de un jerez viejísimo y particularmente fino que mi viejo amigo Snigginson van Pickyns me había regalado para el viaje, me puse sumamente nervioso. Pero el camarero no hizo ninguna de esas cosas.
—¡Bueno, que me condenen! —murmuró en voz baja, y echó a andar.
Supuse que mi Hermes, mientras me guiaba a las regiones inferiores, se había tomado un poco de grog, pero no dije nada y lo seguí. El 105 estaba a babor, bien a popa. No había nada notable en el camarote. La litera inferior, como la mayoría en el Kamtschatka, era doble. Había espacio de sobra; estaba el acostumbrado aparato de lavado, calculado para infundir a la mente de un indio norteamericano la idea del lujo; estaban las habituales repisas ineficientes de madera castaña, en las que resulta más fácil colgar un paraguas tamaño grande que el común cepillo de dientes del comercio. Sobre los poco invitadores colchones estaban cuidadosamente dobladas esas mantas que un gran humorista moderno comparó con acierto a tortitas de trigo sarraceno frías. La cuestión de las toallas se dejaba enteramente a la imaginación. Las garrafas de vidrio contenían un líquido transparente, levemente teñido de pardo, del que ascendía a las fosas nasales un olor no tan leve, ni más grato, semejante a una lejana reminiscencia mareante de maquinaria engrasada. Unas cortinas de color triste entrecerraban la litera superior. La luz nebulosa de junio derramaba una débil claridad sobre aquella escenita desolada. ¡Uf, cómo detesto ese camarote!
El camarero depositó mis bártulos y me miró como si quisiera marcharse, probablemente en busca de más pasajeros y más propinas. Siempre conviene ganarse de entrada el favor de esos funcionarios, y en consecuencia le di allí mismo unas monedas.
—Haré todo lo que pueda por que esté cómodo —observó, guardándose las monedas en el bolsillo. Sin embargo, había en su voz una entonación dubitativa que me sorprendió. Quizá su escala de propinas hubiera subido y no quedara satisfecho; pero, en conjunto, me incliné a pensar que, como él mismo habría dicho, iba “alegre por la copa”. Me equivocaba, no obstante, e hice una injusticia al hombre.
II.
Nada digno de mención ocurrió aquel día. Zarpamos del muelle puntualmente y fue muy agradable ponernos realmente en marcha, porque el tiempo estaba cálido y bochornoso, y el movimiento del vapor producía una brisa refrescante. Todo el mundo sabe cómo es el primer día en el mar. La gente pasea por las cubiertas y se mira unos a otros, y de cuando en cuando se topa con conocidos de cuya presencia a bordo no tenía idea. Hay la incertidumbre habitual acerca de si la comida será buena, mala o regular, hasta que las dos primeras comidas despejan la duda; hay la incertidumbre habitual sobre el tiempo hasta que el barco deja atrás Fire Island. Al principio las mesas están a rebosar y de pronto se vacían. Personas de rostro lívido saltan de sus asientos y se precipitan hacia la puerta, y cada viejo marinero respira con más libertad cuando su vecino mareado sale corriendo de su lado, dejándole amplio sitio para los codos y pleno control sobre la mostaza.
Un cruce del Atlántico se parece mucho a otro, y quienes lo hacemos a menudo no emprendemos el viaje por afán de novedad. Las ballenas y los icebergs son, sin duda, objetos de interés; pero, al fin y al cabo, una ballena se parece mucho a otra y rara vez se ve un iceberg de cerca. Para la mayoría, el momento más grato del día a bordo de un transatlántico es cuando hemos dado el último paseo por cubierta, hemos fumado el último cigarro y, habiéndonos cansado a conciencia, nos sentimos con libertad de meternos en la cama con la conciencia tranquila. Aquella primera noche del viaje me sentía particularmente perezoso y me acosté en el 105 algo antes de lo habitual. Al meterme en la litera, me asombró ver que iba a tener compañía. En el rincón opuesto había una maleta muy parecida a la mía, y en la litera superior habían depositado una manta cuidadosamente doblada, con un bastón y un paraguas. Yo había esperado estar solo, y me desilusioné; pero me pregunté quién sería mi compañero de camarote y decidí echarle un vistazo.
No llevaba mucho en la cama cuando entró. Era, por lo que pude ver, un hombre muy alto, muy delgado, muy pálido, de cabello y patillas rubio-arenosas y ojos grises, incoloros. Me pareció que tenía ese aire de moda un tanto dudosa; el tipo de hombre que uno puede ver en Wall Street sin poder decir con precisión qué hace allí; el tipo que frecuenta el Café Anglais, que siempre parece estar solo y que bebe champán; uno podría cruzárselo en un hipódromo, pero tampoco allí parecería estar haciendo nada. Un poco demasiado arreglado, un poco raro. En todo vapor oceánico hay tres o cuatro de su clase. Me propuse no tratarlo, y me dormí diciéndome que estudiaría sus costumbres para evitarlo: si madrugaba, yo me levantaría tarde; si se acostaba tarde, yo me acostaría temprano. No me interesaba conocerlo. ¡Pobre hombre! No habría hecho falta que me tomara tantas molestias: no volví a verlo después de aquella primera noche en el 105.
Me hallaba durmiendo a pierna suelta cuando un ruido fuerte me despertó de golpe. A juzgar por el sonido, mi compañero de camarote debió de saltar de un brinco desde la litera superior al suelo. Lo oí forcejear con el pestillo y el cerrojo de la puerta, que se abrió casi de inmediato, y luego oí sus pasos mientras corría a toda velocidad por el pasillo, dejando la puerta abierta tras de sí. El barco cabeceaba un poco y esperaba oírlo tropezar o caer, pero corría como si le fuera la vida en ello. La puerta oscilaba sobre sus goznes con el movimiento del buque, y el sonido me fastidiaba. Me levanté y la cerré, y a tientas regresé a mi litera en la oscuridad. Volví a dormirme; no sabría decir cuánto tiempo.
Cuando desperté aún estaba bastante oscuro, pero sentí una desagradable sensación de frío y me pareció que el aire estaba húmedo. Ya conocen el olor peculiar de un camarote mojado por agua de mar. Me cubrí cuanto pude y me volví a amodorrar, componiendo quejas para presentarlas al día siguiente y escogiendo los epítetos más contundentes del idioma. Oía a mi compañero darse la vuelta en la litera de arriba. Probablemente había regresado mientras yo dormía. Una vez me pareció oírlo gemir, y supuse que estaba mareado. Eso es particularmente desagradable cuando uno está abajo. Con todo, cabeceé de nuevo y dormí hasta el amanecer.
El barco se balanceaba con fuerza, mucho más que la noche anterior, y la luz gris que entraba por la portilla cambiaba de tono con cada movimiento, según el costado del buque orientara el vidrio hacia el mar o hacia el cielo. Hacía mucho frío, inexplicablemente para ser junio. Volví la cabeza y miré el ojo de buey, y, para mi sorpresa, estaba abierto de par en par y sujeto con un gancho. Creo que solté una maldición en voz alta. Me levanté y lo cerré. Al volverme eché un vistazo a la litera superior: las cortinas estaban corridas del todo; mi compañero debía de haber sentido frío, igual que yo. Me pareció que ya había dormido bastante. El camarote era incómodo, aunque, cosa extraña, no percibía la humedad que me había molestado en la noche. Mi compañero seguía dormido, excelente oportunidad para evitarlo, así que me vestí en seguida y subí a cubierta. El día estaba templado y nublado, con un olor aceitoso sobre el agua. Eran las siete cuando salí, mucho más tarde de lo que había imaginado. Me crucé con el médico, que tomaba su primera bocanada de aire matinal. Era un joven del oeste de Irlanda, un mocetón formidable, de pelo negro y ojos azules, ya algo entrado en carnes; tenía un aire despreocupado y saludable que resultaba más bien simpático.
—Bonita mañana —dije, a modo de saludo.
—Bueno —respondió, mirándome con aire de interés dispuesto—, es una mañana bonita y no lo es. No me parece gran cosa de mañana.
—Pues no, no es tan bonita —concedí.
—Es lo que yo llamo tiempo fuggly —replicó el médico—.
—Anoche hizo mucho frío, me pareció —observé—. Sin embargo, cuando me fijé, encontré el ojo de buey abierto de par en par. No me había dado cuenta al acostarme. Y el camarote estaba húmedo, además.
—¿Húmedo? —dijo—. ¿En qué número está?
—105…
Para mi sorpresa, el médico dio un respingo visible y me quedó mirando.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Oh, nada —contestó—; sólo que todo el mundo se ha quejado de ese camarote en las tres últimas travesías.
—Yo también me quejaré —dije—. Sin duda no lo han ventilado como es debido. ¡Es una vergüenza!
—No creo que tenga remedio —repuso el médico—. Creo que hay algo… en fin, no es asunto mío asustar a los pasajeros.
—No tema asustarme —repliqué—. Soporto toda la humedad que me echen. Si me resfrío feo, iré a verlo.
Ofrecí un puro al médico, que lo tomó y lo examinó con ojo muy crítico.
—No es tanto la humedad —comentó—. Con todo, supongo que se las arreglará bien. ¿Tiene compañero de camarote?
—Sí; un sujeto endiablado, que a media noche sale disparado y deja la puerta abierta.
De nuevo el médico me miró con curiosidad. Luego encendió el puro y se puso serio.
—¿Volvió? —preguntó al cabo.
—Sí. Yo estaba dormido, pero desperté y lo oí moverse. Luego sentí frío y me volví a dormir. Esta mañana encontré el ojo de buey abierto.
—Mire —dijo el médico, en tono tranquilo—, este barco no me gusta mucho. Su reputación me tiene sin cuidado. Le diré lo que haré. Tengo aquí arriba un lugar bastante amplio. Lo compartiré con usted, aunque no lo conozco de nada.
La propuesta me sorprendió sobremanera. No acertaba a imaginar por qué había de interesarse tan de repente por mi bienestar. Sin embargo, su manera de hablar del barco era peculiar.
—Muy amable, doctor —dije—. Pero, la verdad, creo que aún podrían ventilar el camarote, o limpiarlo, o algo. ¿Por qué no le gusta el barco?
—En nuestra profesión no somos supersticiosos, señor —repuso—. Pero el mar vuelve supersticiosa a la gente. No quiero predisponerlo ni asustarlo, pero si me hace caso, se muda aquí. Prefiero verlo por la borda —añadió— a saber que usted, o cualquier otro hombre, va a dormir en el 105.
—¡Santo cielo! ¿Por qué? —pregunté.
—Sencillamente porque, en las tres últimas travesías, los que han dormido allí se han lanzado por la borda —respondió con gravedad.
La noticia era desconcertante y, confieso, sumamente desagradable. Miré fijamente al médico para ver si se estaba burlando de mí, pero tenía el gesto perfectamente serio. Le agradecí calurosamente su ofrecimiento, aunque le dije que pensaba ser la excepción a la regla por la cual todo el que dormía en ese camarote en particular acababa por la borda. No dijo gran cosa, pero siguió tan circunspecto como siempre y dejó caer que, antes de llegar al otro lado, probablemente reconsideraría su propuesta. Con el tiempo fuimos a desayunar, y sólo se reunió un número reducido de pasajeros. Noté que uno o dos de los oficiales que desayunaban con nosotros tenían el semblante grave. Después del desayuno bajé a mi camarote a buscar un libro. Las cortinas de la litera superior seguían corridas del todo. No se oía una palabra. Mi compañero probablemente seguía dormido.
Al salir me crucé con el camarero encargado de atenderme. Me susurró que el capitán quería verme y luego se escabulló por el pasillo, como muy ansioso por evitar preguntas. Me dirigí al camarote del capitán y lo encontré esperándome.
—Señor —dijo—, quiero pedirle un favor.
Respondí que haría cualquier cosa por complacerlo.
—Su compañero de camarote ha desaparecido —dijo—. Se sabe que anoche se acostó temprano. ¿Notó usted algo extraordinario en su comportamiento?
La pregunta, que venía a confirmar punto por punto los temores que el médico me había expresado media hora antes, me dejó pasmado.
—No querrá decir que… ¿se ha ido por la borda? —pregunté.
—Me temo que sí —respondió el capitán.
—Esto es lo más extraordinario…
—¿Por qué?
—Entonces es el cuarto —expliqué. A otra pregunta del capitán, le conté, sin mencionar al médico, que había oído la historia referente al 105. Pareció muy molesto al saber que yo estaba al tanto. Le referí lo ocurrido por la noche.
—Lo que dice —replicó— coincide casi exactamente con lo que me contaron los compañeros de camarote de dos de los otros tres. Saltan de la cama y echan a correr por el pasillo. A dos los vio la guardia caer por la borda; paramos y arriamos botes, pero no los encontramos. A quien se perdió anoche, en cambio, si es que realmente está perdido, nadie lo vio ni lo oyó. El camarero, que es supersticioso, quizá, y esperaba que algo saliera mal, fue a buscarlo esta mañana y encontró su litera vacía, pero la ropa desparramada tal cual la había dejado. El camarero era el único a bordo que lo conocía de vista, y ha estado buscándolo por todas partes. ¡Ha desaparecido! Ahora, señor, le ruego que no mencione el asunto a ninguno de los pasajeros; no quiero que el barco adquiera mala fama, y nada se le pega tanto a un transatlántico como las historias de suicidios. Tendrá usted a su elección cualquiera de los camarotes de los oficiales, incluido el mío, para el resto de la travesía. ¿Le parece un trato justo?
—Muy justo —dije—, y le quedo muy agradecido. Pero, ya que estoy solo y tengo el camarote para mí, preferiría no moverme. Si el camarero retira las cosas de ese desdichado, me quedo donde estoy. No diré nada del asunto, y creo que puedo prometerle que no seguiré a mi compañero.
III.
Jugamos al whist por la noche y me acosté tarde. Confesaré ahora que sentí una desagradable impresión al entrar en mi camarote. No podía evitar pensar en el hombre alto que había visto la noche anterior, que ahora estaba muerto, ahogado, mecido por el largo oleaje a dos o trescientas millas a popa. Su rostro se alzó con gran nitidez ante mí mientras me desvestía, y hasta llegué a correr las cortinas de la litera superior, como para convencerme de que realmente se había ido. También eché el cerrojo de la puerta del camarote. De pronto caí en la cuenta de que el ojo de buey estaba abierto. Eso ya era más de lo que podía tolerar. Me puse a toda prisa la bata y salí en busca de Robert, el camarero encargado de mi pasaje. Recuerdo que estaba furioso, y cuando lo hallé lo llevé casi a rastras hasta la puerta del 105 y lo empujé hacia la ventanilla.
—¿Qué demonios significa, granuja, dejar el ojo de buey abierto todas las noches? ¿No sabe que va contra el reglamento? ¿No sabe que, si el barco escorara y empezara a entrar agua, ni diez hombres podrían cerrarlo? ¡Lo denunciaré al capitán, sinvergüenza, por poner en peligro el barco!
Estaba extraordinariamente airado. El hombre tembló y palideció, y luego empezó a cerrar el vidrio redondo con los herrajes de latón macizo.
—¿Por qué no me contesta? —le solté ásperamente.
—Si usté me permite, señor —balbució Robert—, no hay nadie a bordo que consiga mantener cerrada esta portilla por la noche. Puede probarlo usted mismo, señor. Yo no pienso quedarme ya mucho tiempo en este barco, no, señor. Pero si yo fuera usted, me largaba y me iba a dormir con el cirujano o con quien sea, eso haría. Mire, señor: ¿diría usted que eso ha quedado bien asegurado o no, señor? Pruébelo, vea si se mueve un ápice.
Probé la portilla y la encontré perfectamente ajustada.
—Pues, señor —prosiguió Robert, triunfante—, me juego mi reputación de camarero de primera, A1, a que en media hora vuelve a estar abierta; y hasta trabada hacia atrás, señor, ¡eso es lo horrendo!, ¡trabada hacia atrás!
Examiné el gran tornillo y la tuerca con argolla que corría por él.
—Si la encuentro abierta durante la noche, Robert, le daré un soberano. No es posible. Puede retirarse.
—¿Un soberano ha dicho, señor? Muy bien, señor. Gracias, señor. Buenas noches, señor. Que tenga usted un plácido reposo, señor, y toda clase de sueños… encantadores, señor.
Robert se escabulló encantado de verse libre. Naturalmente, pensé que trataba de excusar su negligencia con un cuentecillo bobo destinado a asustarme, y no le creí. La consecuencia fue que se ganó su soberano y yo pasé una noche particularmente desagradable.
Me metí en la cama, y a los cinco minutos de haberme arrebujado en las mantas el implacable Robert apagó la luz que ardía, constante, detrás del vidrio esmerilado junto a la puerta. Me quedé muy quieto en la oscuridad tratando de dormirme, pero pronto vi que era imposible. Había sido un cierto desahogo enojarme con el camarero, y la distracción había ahuyentado la sensación ingrata que al principio tuve al pensar en el ahogado que había sido mi compañero; pero ya no tenía sueño, y estuve un buen rato despierto, mirando de cuando en cuando el ojo de buey, que apenas alcanzaba a ver desde donde yacía y que, en la oscuridad, parecía un plato sopero débilmente luminoso suspendido en la negrura. Creo que estuve así una hora, y, según recuerdo, justo estaba cabeceando cuando me despertó una corriente de aire frío y la sensación inequívoca del rocío del mar azotándome la cara. Salté de pie y, por no haber contado en la oscuridad con el movimiento del barco, al instante fui arrojado con violencia al otro lado del camarote, contra el diván situado bajo el ojo de buey. Me repuse enseguida y me incorporé de rodillas. ¡La ventanilla estaba otra vez abierta de par en par y sujeta hacia atrás!
Ahora bien, estos hechos son reales. Estaba completamente despierto cuando me levanté, y sin duda me habría despertado la caída si aún hubiera estado dormitando. Además, me magullé con fuerza los codos y las rodillas, y los moretones estaban allí a la mañana siguiente para atestiguarlo, por si yo mismo lo hubiera puesto en duda. La ventanila estaba abierta de par en par y calzada hacia atrás, algo tan inexplicable que recuerdo muy bien haber sentido más asombro que miedo al descubrirlo. Cerré de inmediato el cristal y apreté la tuerca con argolla con todas mis fuerzas. En el camarote había mucha oscuridad. Pensé que, con toda seguridad, el ojo de buey se había abierto dentro de la hora posterior a que Robert la cerrara en mi presencia, y decidí vigilarla para ver si volvería a abrirse. Esos herrajes de latón son muy pesados y nada fáciles de mover; no podía creer que la abrazadera se hubiera girado por la mera vibración del tornillo. Me quedé mirando, a través del vidrio grueso, las franjas alternas, blancas y grises, del mar que espumaba bajo la amurada. Debí de permanecer así un cuarto de hora.
De pronto, mientras estaba allí, oí con toda claridad que algo se movía a mis espaldas, en una de las literas, y un momento después, justo cuando instintivamente me volví para mirar, aunque, por supuesto, no podía ver nada en la oscuridad, oí un gemido muy tenue. Crucé de un salto el camarote y descorrí de un tirón las cortinas de la litera superior, metiendo las manos para averiguar si había alguien allí. Había alguien.
Recuerdo que la sensación, al adelantar las manos, fue como si las hundiera en el aire de un sótano húmedo, y de detrás de la cortina vino una ráfaga que olía horriblemente a agua de mar estancada. Aferré algo con forma de brazo humano, pero liso, mojado y helado como el hielo. Pero, de pronto, al tirar, la criatura se me lanzó encima con violencia: una masa viscosa, rezumante, así me pareció, pesada y húmeda, aunque dotada de una especie de fuerza sobrenatural. Tropecé atravesando el camarote, y en un instante la puerta se abrió y la cosa se precipitó afuera. No había tenido tiempo de asustarme, recobrándome con rapidez, me lancé por la puerta y eché a correr a toda velocidad, pero llegué tarde. A unos diez pasos delante de mí pude ver, estoy seguro de que la vi, una sombra oscura moviéndose por el pasillo débilmente iluminado, tan rápida como la sombra de un caballo veloz proyectada por la lámpara, delante de un carruaje ligero, en una noche cerrada. Pero en un momento había desaparecido, y me encontré asido a la barandilla pulida que corría a lo largo del mamparo, donde el pasillo giraba hacia la escalerilla. Se me erizó el cabello y el sudor frío me corría por la cara. No me avergüenza en absoluto, estaba muy asustado.
Aun así, dudé de mis sentidos y me rehíce. Era absurdo, pensé. El Welsh rarebit que había comido me había caído mal. Había tenido una pesadilla. Regresé como pude a mi camarote y entré a fuerza de voluntad. Todo el lugar olía a agua de mar estancada, igual que cuando desperté la noche anterior. Me costó lo indecible entrar y tantear entre mis cosas hasta dar con una caja de cerillas de cera. Al encender una linterna de lectura de ferrocarril que siempre llevo por si quiero leer después de apagadas las lámparas, advertí que la ventanilla estaba otra vez abierta, y una especie de horror reptante empezó a apoderarse de mí, un horror que jamás había sentido y que no deseo volver a sentir. Pero conseguí luz y me dispuse a examinar la litera superior, esperando encontrarla empapada de agua de mar.
Pero me llevé una decepción. La cama había sido usada, y el olor del mar era intenso; pero la ropa de cama estaba seca como un hueso. Imaginé que Robert no había tenido valor para arreglarla tras el percance de la noche anterior, todo había sido una pesadilla espantosa. Corrí las cortinas todo lo que pude y examiné el lugar con mucho cuidado. Estaba perfectamente seco. Pero el ojo de buey volvía a estar abierto. Con una especie de embotada perplejidad de horror, lo cerré y lo atornillé, y, metiendo mi bastón pesado por el aro de latón, hice palanca con todas mis fuerzas, hasta que el grueso metal empezó a doblarse bajo la presión. Luego enganché mi linterna de lectura en el terciopelo rojo del cabecero del diván y me senté a recobrar el juicio, si podía. Me quedé allí toda la noche, incapaz de descansar, apenas capaz de pensar en absoluto. Pero la ventanilla permaneció cerrada, y no creí que volviera a abrirse sin aplicar una fuerza considerable.
Al fin amaneció, y me vestí despacio, dándole vueltas a todo lo ocurrido durante la noche. Hacía un día espléndido y subí a cubierta, contento de salir al sol temprano y limpio y de oler la brisa sobre las aguas azules, tan distinta del olor nauseabundo y estancado de mi camarote. Instintivamente me dirigí a popa, hacia el camarote del doctor. Allí estaba él, con la pipa en la boca, tomando su resuello matinal, exactamente como el día anterior.
—Buenos días —dijo en voz tranquila, pero mirándome con evidente curiosidad.
—Doctor, tenía usted toda la razón —dije—. Hay algo mal en ese lugar.
—Ya pensé que cambiaría de parecer —respondió, con un punto de triunfo—. ¿Ha pasado mala noche, eh? ¿Le preparo un reconstituyente? Tengo una receta estupenda.
—No, gracias —exclamé—. Pero me gustaría contarle lo que pasó.
Entonces intenté explicar con la mayor claridad posible lo ocurrido, sin omitir que me había asustado como nunca en mi vida. Me detuve en particular en el fenómeno del ojo de buey, un hecho del que podía dar fe, aunque lo demás hubiese sido ilusión. Lo había cerrado dos veces en la noche, y la segunda incluso había doblado el latón al hacer palanca con el bastón. Creo que insistí bastante en este punto.
—Parece que cree que voy a poner en duda la historia —dijo el doctor, sonriendo ante el relato pormenorizado del estado de la portilla—. No la dudo en lo más mínimo. Renuevo mi invitación. Traiga sus bártulos aquí y ocupe la mitad de mi camarote.
—Venga usted y ocupe la mitad del mío por una noche —dije—. Ayúdeme a llegar al fondo de esto.
—Llegará al fondo de otra cosa si lo intenta —respondió el doctor.
—¿De qué? —pregunté.
—Del mar. Voy a dejar el barco. No es cosa de buen agüero.
—Entonces no me ayudará a averiguar…
—Yo no —dijo el doctor, con rapidez—. Mi oficio es mantener la cabeza fría, no andar hurgando con fantasmas y esas cosas.
—¿De veras cree que es un fantasma? —inquirí, con cierta desdén. Pero, mientras hablaba, recordé muy bien la horrible sensación de lo sobrenatural que se apoderó de mí durante la noche. El doctor se volvió bruscamente hacia mí.
—¿Tiene usted alguna explicación razonable que ofrecer de todo esto? —preguntó—. No; no la tiene. Bien; usted dice que la encontrará. Yo digo que no, sencillamente porque no la hay.
—Pero, mi querido señor —repliqué—, ¿quiere decirme usted, hombre de ciencia, que tales cosas no pueden explicarse?
—Sí —respondió con firmeza—. Y, si pudieran, yo no me ocuparía de la explicación.
No me apetecía pasar otra noche a solas en el camarote, y aun así estaba obstinadamente decidido a llegar al fondo de aquellas perturbaciones. No creo que haya muchos hombres que hubieran dormido allí solos después de dos noches semejantes. Pero resolví intentarlo si no conseguía que alguien compartiera conmigo la guardia. El doctor, evidentemente, no estaba por la labor. Dijo que era cirujano y que, si ocurría cualquier accidente a bordo, debía estar siempre dispuesto; no podía permitirse desbaratarse los nervios. Quizá tuviera razón, aunque me inclino a pensar que su prudencia obedecía a su inclinación. Al preguntarle, me informó de que no había nadie a bordo con probabilidades de unirse a mis pesquisas, y tras un rato más de charla lo dejé. Un poco después me crucé con el capitán y le conté mi historia. Le dije que, si nadie quería pasar la noche conmigo, pediría permiso para dejar la luz encendida toda la noche e intentaría afrontarlo solo.
—Mire —dijo—, le diré lo que haré. Compartiré su guardia yo mismo y veremos qué pasa. Creo que entre los dos podemos averiguarlo. Puede que haya algún tipo que se ha colado a bordo, un polizón, que se gana el pasaje asustando a los pasajeros. También es posible que haya algo raro en la carpintería de esa litera.
Propuse llevar abajo al carpintero del barco y examinar el lugar; pero estaba encantado con la oferta del capitán de pasar la noche conmigo. En consecuencia mandó llamar al operario y le ordenó que hiciera todo cuanto yo pidiera. Bajamos enseguida. Hice retirar toda la ropa de cama de la litera superior y examinamos a fondo el sitio, por si había alguna tabla floja, o un panel que pudiera abrirse o empujarse a un lado. Probamos las tablas por todas partes, aporreamos el entarimado, desmontamos los herrajes de la litera inferior y la desarmamos; en suma, no quedó una pulgada cuadrada del camarote que no registráramos y pusiéramos a prueba. Todo estaba en perfecto orden, y volvimos a dejar cada cosa en su sitio. Cuando estábamos terminando, Robert asomó a la puerta y miró dentro.
—Bueno, señor… ¿han encontrado algo, señor? —preguntó con una mueca macabra.
—Tenías razón respecto a la ventanilla, Robert —dije, y le di el soberano prometido. El carpintero trabajó en silencio y con destreza, siguiendo mis indicaciones. Cuando terminó, habló.
—Soy un hombre sencillo, señor —dijo—. Pero creo que lo mejor sería que sacara sus cosas y me dejara pasar media docena de tornillos de cuatro pulgadas por la puerta de este camarote. Nada bueno ha salido nunca de este camarote, señor, y eso es todo. Que yo recuerde, han sido cuatro las vidas que se han perdido desde aquí, y eso en cuatro travesías. Más le vale dejarlo, señor… más le vale dejarlo.
—Lo intentaré una noche más —dije.
—Más le vale dejarlo, señor, más le vale dejarlo. Es un asunto condenadamente feo —repitió el carpintero, metiendo las herramientas en la bolsa y saliendo del camarote.
Pero mi ánimo había subido considerablemente con la perspectiva de tener la compañía del capitán, y resolví que nada me impediría llegar hasta el final de aquel extraño asunto. Esa noche me abstuve del Welsh rare bit y del grog, y ni siquiera me uní a la acostumbrada partida de whist. Quería tener bien firmes los nervios, y mi vanidad me impulsaba a hacer buen papel a ojos del capitán.
IV.
El capitán era uno de esos espléndidos y recios ejemplares de humanidad marinera cuya mezcla de valor, temple y serenidad en la dificultad los conduce naturalmente a altos cargos de confianza. No era hombre que se dejara arrastrar por un cuento ocioso, y el mero hecho de que estuviese dispuesto a acompañarme en la investigación probaba que creía que había algo seriamente mal, que no podía explicarse con teorías corrientes ni despacharse como superstición vulgar. En parte, además, estaba en juego su reputación, como también la del barco. No es cosa ligera perder pasajeros por la borda, y él lo sabía.
Hacia las diez de esa noche, mientras fumaba el último cigarro, se me acercó y me apartó del ir y venir de los demás pasajeros que patrullaban la cubierta en la tibia oscuridad.
—Es un asunto serio, señor Brisbane —dijo—. Debemos estar preparados para cualquiera de las dos cosas: para decepcionarnos o para pasarlo bastante mal. Verá, no puedo permitirme reírme del asunto, y le pediré que firme con su nombre una declaración de lo que ocurra. Si esta noche no pasa nada, lo intentaremos mañana y pasado. ¿Listo?
Bajamos, pues, y entramos en el camarote. Al entrar alcancé a ver a Robert, el camarero, un poco más abajo en el pasillo, observándonos con su sonrisa habitual, como si estuviera seguro de que iba a suceder algo espantoso. El capitán cerró la puerta tras nosotros y echó el cerrojo.
—Supongamos que ponemos su baúl delante de la puerta —sugirió—. Uno de nosotros puede sentarse encima. Así nada podrá salir. ¿La ventanilla está bien atornillada?
La encontré como la había dejado por la mañana. En efecto, sin usar una palanca, como había hecho yo, nadie habría podido abrirla. Corrí las cortinas de la litera superior para ver bien dentro. Por consejo del capitán encendí mi linterna de lectura y la coloqué de modo que alumbrara las sábanas blancas de arriba. Él insistió en sentarse sobre el baúl, declarando que quería poder jurar que había estado sentado delante de la puerta.
Luego me pidió que registrara a fondo el camarote, operación que se concluyó pronto, pues consistía sólo en mirar debajo de la litera inferior y bajo el diván situado junto a la portilla. Los huecos estaban completamente vacíos.
—Es imposible que entre ningún ser humano —dije—, o que ningún ser humano abra el ojo de buey.
—Muy bien —repuso tranquilamente el capitán—. Si vemos algo ahora, tendrá que ser o imaginación, o algo sobrenatural.
Me senté en el borde de la litera inferior.
—La primera vez que ocurrió —dijo el capitán, cruzando las piernas y recostándose contra la puerta— fue en marzo. El pasajero que dormía aquí, en la litera superior, resultó ser un demente; en todo caso, se sabía que estaba un poco tocado, y había tomado pasaje sin conocimiento de sus amigos. Salió corriendo en mitad de la noche y se arrojó por la borda antes de que el oficial de guardia pudiera detenerlo. Paramos y echamos un bote; la noche era tranquila, justo antes de que se nos viniera encima el temporal fuerte; pero no conseguimos hallarlo. Desde luego, después se atribuyó su suicidio a su locura.
—Supongo que eso pasa a menudo —observé, algo distraído.
—No a menudo, no —dijo el capitán—; nunca antes en mi experiencia, aunque he oído que ha pasado en otros barcos. Bien, como decía, eso fue en marzo. En el viaje siguiente… ¿Qué está mirando? —preguntó, interrumpiéndose de pronto en su relato.
Creo que no respondí. Tenía los ojos clavados en la ventanilla. Me pareció que la tuerca con argolla de bronce empezaba a girar muy lentamente sobre el tornillo—tan lentamente, sin embargo, que no estaba seguro de que se moviera en absoluto. La observé con fijeza, fijando su posición en mi mente e intentando averiguar si cambiaba. Al ver adónde miraba yo, el capitán miró también.
—¡Se mueve! —exclamó con tono de convicción—. No, no se mueve —añadió, al cabo de un minuto.
—Si fuera por la vibración del tornillo —dije—, se habría abierto durante el día; pero esta tarde la encontré trabada a tope, tal como la dejé por la mañana.
Me levanté y probé la tuerca. Estaba, sin duda, aflojada, porque con un esfuerzo pude hacerla girar con las manos.
—Lo curioso —dijo el capitán— es que se supone que el segundo hombre que se perdió salió precisamente por esa misma portilla. Lo pasamos fatal con aquello. Fue en plena noche, y el tiempo estaba durísimo; sonó la alarma de que una de las ventanillas estaba abierta y el mar entraba a raudales. Bajé y encontré todo anegado; el agua se vertía dentro cada vez que el barco escoraba, y toda la tapa exterior del ojo de buey oscilaba prendida sólo de los pernos superiores. Bueno, conseguimos cerrarlo, pero el agua causó destrozos. Desde entonces este sitio huele de cuando en cuando a agua de mar. Suponíamos que el pasajero se había lanzado por ahí, aunque sólo el Señor sabrá cómo lo hizo. El camarero no dejaba de decirme que aquí no lograba mantener nada cerrado. Por mi vida—ahora mismo puedo olerlo, ¿no lo nota? —preguntó, husmeando el aire con suspicacia.
—Sí, claramente —dije, y me estremecí cuando ese mismo hedor a agua de mar estancada se hizo más intenso en el camarote—. Para que huela así, el sitio tiene que estar húmedo —continué—, y sin embargo, cuando lo examiné esta mañana con el carpintero, todo estaba perfectamente seco. Es de lo más extraordinario… ¡eh!
Mi linterna de lectura, que había dejado en la litera superior, se apagó de repente. Aún entraba bastante luz por el vidrio esmerilado junto a la puerta, detrás del cual se perfilaba la lámpara reglamentaria. El barco se balanceaba con fuerza, y la cortina de la litera superior flotó hacia afuera y volvió a su sitio. Me levanté de un brinco del borde de la cama, y en ese mismo instante el capitán se irguió con un grito de sorpresa. Yo me había vuelto con intención de descolgar la linterna para examinarla, cuando oí su exclamación e, inmediatamente después, su llamada de auxilio. Salté hacia él. Forcejeaba con todas sus fuerzas con la argolla de latón de la ventanilla. Parecía girar en contra de sus manos pese a todos sus esfuerzos. Agarré mi bastón, un pesado palo de roble que solía llevar, lo metí por el anillo y hice palanca con todas mis fuerzas. Pero la madera recia se partió de pronto y me caí sobre el diván. Cuando me incorporé, el ojo de buey estaba abierto de par en par, y el capitán, pálido hasta los labios, se había pegado a la puerta, de espaldas.
—¡Hay algo en esa litera! —gritó con voz extraña, con los ojos casi saltándosele de la cara—. ¡Sostenga la puerta mientras miro, no se nos escapará, sea lo que sea!
Pero en lugar de ocupar su puesto, yo me encaramé a la cama inferior y aferré algo que yacía en la litera de arriba.
Era algo fantasmagórico, horrible más allá de las palabras, y se movió en mi presa. Era como el cuerpo de un hombre ahogado desde hacía mucho, y aun así se movía, y tenía la fuerza de diez hombres vivos; pero lo sujeté con todas mis fuerzas: aquella cosa viscosa, resbaladiza, espantosa. Los ojos, blancos y muertos, parecían mirarme fijamente desde la penumbra; alrededor de él se alzaba el hedor pútrido del mar rancio, su pelo brillante colgaba en asquerosos bucles mojados sobre el rostro muerto. Luché con la cosa muerta; se me echó encima y me empujó hacia atrás, y casi me rompió los brazos; me enroscó sus brazos de cadáver en torno al cuello, aquella muerte viviente, y me dominó, hasta que, al fin, solté un grito, caí y aflojé la presa.
Al caer, la cosa saltó por encima de mí y pareció arrojarse sobre el capitán. La última vez que lo vi de pie tenía el rostro blanco y los labios apretados. Me pareció que descargaba un golpe violentísimo sobre el ser muerto, y entonces él también cayó de bruces, con un grito inarticulado de horror.
La cosa vaciló un instante, como si flotara sobre el cuerpo postrado, y yo habría gritado de nuevo de puro espanto, pero ya no me quedaba voz. La cosa desapareció de súbito, y a mis sentidos trastornados les pareció que salió por la ventanilla abierta, aunque cómo fuera posible eso, dada la pequeñez de la abertura, es más de lo que nadie podría explicar. Permanecí tendido mucho tiempo en el suelo, y el capitán yacía a mi lado. Por fin recobré en parte el sentido y me moví, y en el acto supe que tenía un brazo roto, el hueso más delgado del antebrazo izquierdo, cerca de la muñeca.
Me puse en pie como pude, y con la mano que me quedaba libre intenté levantar al capitán. Gimió y se movió, y al cabo volvió en sí. No estaba herido, pero parecía aturdido de mala manera.
V.
Bueno, ¿quieren oír algo más? No hay nada más. Ése es el final de mi historia. El carpintero llevó a cabo su plan de pasar media docena de tornillos de cuatro pulgadas por la puerta del 105; y si alguna vez toman pasaje en el Kamtschatka, pueden pedir una litera en ese camarote. Les dirán que está ocupado, sí, está reservado por la cosa muerta.
Terminé el viaje en el camarote del cirujano. Él me curó el brazo roto y me aconsejó que no “anduviera trasteando con fantasmas y esas cosas” nunca más. El capitán estuvo muy callado y no volvió a navegar en ese barco, aunque sigue en servicio. Y yo tampoco volveré a embarcarme en él. Fue una experiencia muy desagradable, y pasé muchísimo miedo, cosa que no me gusta. Eso es todo. Así fue como vi un fantasma, si es que era un fantasma. Muerto estaba, en cualquier caso.
FIN
Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026