Cuentos

Relatos donde la penumbra siempre sabe tu nombre.

La Venus de Ille

Me aferré sin demasiados miramientos al cuello de la Venus, con la que comenzaba ya a familiarizarme. Incluso la miré un instante muy de cerca y la encontré, a esa distancia, aún más malvada y más hermosa. Después advertí que en el brazo había grabados algunos caracteres en escritura cursiva antigua, al parecer

La historia de la vieja nodriza

Entonces el viejo lord reunió a todos sus criados y les dijo, entre juramentos terribles y palabras más terribles todavía, que su hija lo había deshonrado y que la había arrojado de la casa, a ella y a su niña; y que si alguno les daba ayuda, alimento o refugio, rogaba que jamás entrara en el cielo.

Té verde

El interior del ómnibus estaba casi oscuro. Había advertido, en el rincón opuesto a mí, del otro lado, y en el extremo más cercano a los caballos, dos pequeños reflejos circulares que me parecieron de una luz rojiza. Estaban separados unas dos pulgadas y eran aproximadamente del tamaño de esos pequeños botones de latón que los hombres de yate solían llevar en la chaqueta.

La casa del juez

Allí, sentado en el gran sillón de roble tallado y respaldo alto, estaba el juez con sus ropas de escarlata y armiño, mirándolo vengativamente con sus ojos malignos, y una sonrisa de triunfo en la firme y cruel boca, mientras levantaba con las manos una cofia negra.

El monte de las Ánimas

¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.

La mujer alta

La mujer alta se echó á reir y me señaló ignominiosamente con el abanico, cual si hubiese leído en mi pensamiento y denunciase al público mi cobardía…—Yo tuve que apoyarme en el brazo de un amigo para no caer al suelo, y entonces ella hizo un ademán compasivo ó desdeñoso, giró sobre los talones y penetró en el Campo Santo.

El guardavía

—Nunca me he equivocado en eso, señor. Jamás he confundido el sonido del espectro con el de los hombres. El toque del fantasma es una extraña vibración en la campanilla que no proviene de ninguna otra cosa, y no he afirmado que la campanilla se mueva a la vista. No me sorprende que usted no lo oyera. Pero yo lo oí.

¿Qué era aquello? Un misterio

¡No vi nada! Sí; yo tenía un brazo firmemente ceñido en torno a una forma corpórea, jadeante y palpitante; mi otra mano oprimía con todas sus fuerzas una garganta tan cálida y, al parecer, tan carnosa como la mía; y, sin embargo, con aquella sustancia viva entre mis brazos, con su cuerpo pegado al mío, y todo ello bajo el resplandor brillante de un gran chorro de gas, ¡no veía absolutamente nada!

La reina de picas

La puerta de su cuarto se abrió y una mujer vestida de blanco entró. Se acercó a la cama, y el hombre, aterrado, reconoció a la condesa.
—He venido a ti contra mi voluntad —dijo ella bruscamente—; pero me mandaron concederte lo que pedías. El tres, el siete y el as, sucesivamente, son las cartas mágicas. Deben transcurrir veinticuatro horas entre el uso de cada una, y, después de haber usado las tres, no deberás volver a jugar nunca más.