Ἰλεως ἦν δ’ ἐγώ, ἔστω ὁ ἀνδριὰς
καὶ ἤπιος, οὔτως ἀνδρεῖος ὢν.
(“Yo mostré clemencia; ojalá la estatua también
sea benigna y suave, pese a su aire tan enérgico”)
Luciano, Filópsuedes
Descendía yo la última ladera del Canigó y, aunque el sol ya se había puesto, todavía distinguía en la llanura las casas de la pequeña ciudad de Ille, hacia la cual me dirigía.
—Usted sabe, le dije al catalán que me servía de guía desde el día anterior, usted sabrá sin duda dónde vive el señor de Peyrehorade.
—¡Que si lo sé! —exclamó—. Conozco su casa como la mía; y si no estuviera ya tan oscuro, se la señalaría. Es la más hermosa de Ille. Tiene dinero, sí, el señor de Peyrehorade; y además casa a su hijo con una muchacha aún más rica que él.
—¿Y esa boda será pronto? —le pregunté.
—¿Pronto? Puede que ya hayan encargado los violines para la fiesta. Esta noche, quizá; mañana, pasado mañana… ¡qué sé yo! Será en Puygarrig, porque es con la señorita de Puygarrig con quien se casa el señorito. ¡Será algo hermoso, sí!
Yo iba recomendado al señor de Peyrehorade por mi amigo el señor de P. Éste me lo había descrito como un anticuario muy instruido y de una complacencia inagotable. Le daría verdadero gusto mostrarme todas las ruinas de diez leguas a la redonda. Y yo contaba con él para visitar los alrededores de Ille, que sabía ricos en monumentos antiguos y medievales. Aquella boda, de la que me hablaban por primera vez, venía a trastornar todos mis planes.
“Voy a presentarme como un aguafiestas”, pensé. Pero me esperaban; anunciado por el señor de P., era preciso comparecer.
—Apuesto, señor —me dijo mi guía cuando ya habíamos entrado en la llanura—, apuesto un cigarro a que adivino lo que va usted a hacer en casa del señor de Peyrehorade.
—Bueno —respondí, tendiéndole un cigarro—, no es tan difícil de adivinar. A estas horas, después de haber andado seis leguas por el Canigó, lo más importante es cenar.
—Sí… pero ¿y mañana? Mire usted, yo apostaría a que viene a Ille para ver el ídolo. Eso lo adiviné en cuanto lo vi dibujar los santos de Serrabona.
—¿El ídolo? ¿Qué ídolo?
Aquella palabra despertó mi curiosidad.
—¿Cómo? ¿No le han contado en Perpiñán cómo el señor de Peyrehorade encontró un ídolo enterrado?
—¿Quiere decir una estatua de tierra cocida? ¿De barro?
—¡No, hombre! De metal… y bien que hay con qué hacer buenos cuartos. Pesa tanto como una campana de iglesia. La sacamos de muy hondo, al pie de un olivo.
—¿Así que usted estuvo presente cuando la encontraron?
—Sí, señor. Hace quince días, el señor de Peyrehorade nos mandó a Jean Coll y a mí arrancar un viejo olivo que se había helado el año pasado; porque bien malo fue, como usted sabe. Pues bien, allí estábamos, y Jean Coll, que trabajaba con ganas, le dio un golpe de azadón… y oigo: ¡bim!… como si hubiera pegado en una campana. “¿Qué es eso?”, digo yo. Seguimos cavando, seguimos cavando, y entonces aparece una mano negra, como la mano de un muerto saliendo de la tierra. A mí me entró miedo. Fui corriendo a avisar al amo y le dije: “¡Un muerto, señor, hay un muerto bajo el olivo! Hay que llamar al cura.” “¿Qué muerto?”, me respondió. Vino, y apenas vio la mano exclamó: “¡Un antiguo! ¡Un antiguo!” Hubiera jurado cualquiera que había encontrado un tesoro. Y ahí lo tiene, con el azadón, con las manos, removiendo la tierra, casi trabajando tanto como nosotros dos.
—¿Y al fin qué hallaron?
—Una mujer grande, negra, más que medio desnuda, con perdón, señor; toda de metal. Y el señor de Peyrehorade nos dijo que era un ídolo de los tiempos paganos… del tiempo de Carlomagno, vaya.
—Ya veo lo que será… Alguna buena Virgen de bronce de un convento destruido.
—¿Una buena Virgen? ¡Ya, hombre! ¡Bien la habría reconocido yo si hubiera sido una buena Virgen! Es un ídolo, se lo digo yo; se le nota en el gesto. Lo mira a uno con sus grandes ojos blancos… parece que lo estuviera examinando. Uno baja la vista cuando la mira.
—¿Ojos blancos? Estarán incrustados en el metal. Quizá sea una estatua romana.
—¡Romana! Eso mismo dice el señor de Peyrehorade: que es una romana. Ah, ya veo que usted es un sabio como él.
—¿Está entera? ¿Se conserva bien?
—¡Oh, señor! No le falta nada. Es más hermosa y está mejor acabada que el busto de Luis Felipe que hay en el ayuntamiento, hecho de yeso pintado. Pero, con todo y eso, la cara de ese ídolo no me gusta. Tiene aire de mala… y también lo es.
—¿Mala? ¿Y qué maldad le ha hecho?
—A mí no exactamente; pero ya verá. Nos pusimos entre cuatro para ponerla en pie; y también tiraba de la cuerda el señor de Peyrehorade, aunque no tiene más fuerza que un pollo, ¡el pobre hombre! Con mucho trabajo conseguimos alzarla. Yo estaba juntando un pedazo de teja para calzarla, cuando ¡cataplún!, allá va al suelo de espaldas, de una sola pieza. Yo grito: “¡Cuidado abajo!” Pero ya demasiado tarde, porque Jean Coll no tuvo tiempo de apartar la pierna…
—¿Y se la hirió?
—¡Partida en dos, limpia, como una estaca, la pobre pierna! ¡Pecaire! Cuando vi aquello me puse furioso. Quise hacer pedazos el ídolo a golpes de azadón, pero el señor de Peyrehorade me detuvo. Le dio dinero a Jean Coll, que de todos modos lleva quince días en cama, y el médico dice que nunca volverá a andar con esa pierna como con la otra. Es una lástima, porque era nuestro mejor corredor y, después del señorito, el mejor jugador de pelota. Y eso sí que dejó triste al joven don Alphonse, porque Coll era quien hacía pareja con él. ¡Daba gusto verlos cómo se devolvían las pelotas! ¡Paf! ¡Paf! Jamás tocaban el suelo.
Conversando de este modo entramos en Ille y muy pronto me encontré en presencia del señor de Peyrehorade.
Era un viejecillo aún ágil y vigoroso, empolvado, de nariz roja y expresión jovial y burlona. Antes incluso de haber abierto la carta del señor de P., ya me había instalado ante una mesa bien servida y me había presentado a su mujer y a su hijo como un arqueólogo ilustre que venía a arrancar al Rosellón del olvido en que lo dejaba la indiferencia de los sabios.
Mientras comía con excelente apetito —porque nada dispone mejor a ello que el aire vivo de las montañas— examinaba yo a mis anfitriones. Ya he dicho algo del señor de Peyrehorade; debo añadir que era la vivacidad en persona. Hablaba, comía, se levantaba, corría a su biblioteca, me traía libros, me enseñaba estampas, me servía de beber; no estaba nunca quieto dos minutos.
Su mujer, algo demasiado gruesa, como les sucede a la mayoría de las catalanas pasados los cuarenta, me pareció una provinciana de tomo y lomo, completamente absorbida por los cuidados de la casa. Aunque la cena bastaba con holgura para seis personas, corrió a la cocina, mandó matar palomas, freír tortas, abrir no sé cuántos tarros de confitura. En un instante la mesa se vio abarrotada de platos y botellas, y yo habría muerto sin duda de una indigestión si hubiera probado siquiera todo cuanto se me ofrecía. Sin embargo, a cada plato que yo rehusaba, seguían nuevas disculpas. Temían que yo me sintiera muy mal en Ille. En la provincia —decían— hay pocos recursos, y los parisinos son tan delicados…
En medio del incesante ir y venir de sus padres, el señor Alphonse de Peyrehorade permanecía inmóvil como un término. Era un joven alto, de veintiséis años, de rostro hermoso y regular, pero falto de expresión. Su talla y sus formas atléticas justificaban plenamente la fama de infatigable jugador de pelota que tenía en la comarca. Aquella noche iba vestido con elegancia, exactamente según el grabado del último número del Journal des modes. Pero parecía incómodo dentro de sus ropas; estaba tieso como una estaca en su cuello de terciopelo, y al volverse lo hacía entero, de una pieza. Sus manos grandes y tostadas por el sol, sus uñas cortas, contrastaban singularmente con su atuendo. Eran manos de labrador saliendo de las mangas de un dandi. Por lo demás, aunque me examinó de arriba abajo con mucha curiosidad en mi calidad de parisino, no me dirigió una sola vez la palabra en toda la velada, salvo para preguntarme dónde había comprado la cadena de mi reloj.
—Veamos, mi querido huésped —me dijo el señor de Peyrehorade, cuando la cena tocaba ya a su fin—, usted me pertenece; está en mi casa. No pienso soltarlo hasta que haya visto todo lo curioso que tenemos en estas montañas. Es preciso que aprenda a conocer nuestro Rosellón y que le haga justicia. No se imagina usted todo lo que vamos a mostrarle. Monumentos fenicios, celtas, romanos, árabes, bizantinos… verá usted de todo, desde el cedro hasta el hisopo. Lo llevaré a todas partes y no le ahorraré ni un ladrillo.
Un acceso de tos lo obligó a detenerse. Aproveché para decirle que me dolería muchísimo incomodarlo en unas circunstancias tan interesantes para su familia. Si quería darme sus excelentes consejos sobre las excursiones que debía hacer, yo podría muy bien, sin exigirle que se tomara la molestia de acompañarme…
—¡Ah! ¿Habla usted de la boda de este muchacho? —exclamó interrumpiéndome—. ¡Bagatela! Eso quedará hecho pasado mañana. Usted celebrará la boda con nosotros, en familia, pues la novia guarda luto por una tía de la que ha heredado. Así que nada de gran fiesta, nada de baile… Es una lástima… Habría visto usted bailar a nuestras catalanas… Son hermosas, y tal vez le habría entrado ganas de imitar a mi Alphonse. Un matrimonio —dicen— trae otros detrás… El sábado, cuando los jóvenes estén casados, yo quedo libre, y nos echamos al camino. Le pido perdón por darle el fastidio de una boda de provincia. Para un parisino, ya harto de fiestas… ¡y una boda sin baile además! Sin embargo, verá usted una novia… una novia… ya me dirá qué le parece… Pero usted es un hombre grave y ya no mira a las mujeres. Tengo algo mejor que mostrarle. ¡Voy a enseñarle una cosa! Le reservo una sorpresa formidable para mañana.
—Dios mío —le dije—, es difícil tener un tesoro en casa sin que el público acabe enterándose. Creo adivinar la sorpresa que me prepara. Pero si se trata de su estatua, la descripción que me ha hecho mi guía no ha hecho sino excitar mi curiosidad y predisponerme a la admiración.
—¡Ah! Ya le ha hablado del ídolo, porque así lo llaman ellos, de mi hermosa Venus Tur… pero no quiero decir nada. Mañana, a plena luz, la verá usted y me dirá si tengo razón al considerarla una obra maestra. ¡Vaya! No podía usted llegar en mejor momento. Hay inscripciones que yo, pobre ignorante, explico a mi manera… pero un sabio de París… Usted se reirá quizá de mi interpretación… porque he escrito una memoria… yo, que le hablo… viejo anticuario de provincia, me he lanzado… ¡Quiero hacer gemir a la prensa! Si quisiera usted leerme y corregirme, yo podría esperar… Por ejemplo, estoy muy curioso por saber cómo traducirá esta inscripción del pedestal: CAVE… Pero no quiero preguntarle nada todavía. ¡Mañana, mañana! ¡Ni una palabra hoy sobre la Venus!
—Tienes razón, Peyrehorade —dijo su mujer—, deja ya tu ídolo. Deberías ver que impides a monsieur comer. En París habrá visto estatuas mucho más hermosas que la tuya. En las Tullerías las hay por docenas, y de bronce también.
—¡He ahí la ignorancia, la santa ignorancia de la provincia! —interrumpió el señor de Peyrehorade—. ¡Comparar un antiguo admirable con las figuras insípidas de Coustou!
Si habla con irreverencia
De los dioses mi ama de llaves…
—¿Sabe usted que mi mujer quería que fundiera mi estatua para hacer una campana para nuestra iglesia? Así habría podido ser madrina de ella. ¡Una obra maestra de Mirón, señor!
—¡Obra maestra! ¡Obra maestra! ¡Bonita obra maestra la que ha hecho! ¡Romperle la pierna a un hombre!
—Mujer —dijo el señor de Peyrehorade con tono decidido, tendiendo hacia ella su pierna derecha enfundada en una media de seda jaspeada—, si mi Venus me hubiera roto esta pierna, no me lamentaría por ello.
—¡Dios mío, Peyrehorade! ¿Cómo puedes decir eso? Bastante suerte es que ese hombre vaya mejorando… Y aun así, no puedo decidirme a mirar una estatua que trae desgracias como ésa. ¡Pobre Jean Coll!
—Herido por Venus, señor —dijo M. de Peyrehorade soltando una sonora carcajada—, herido por Venus, ¡y el bribón se queja!
Veneris nec præmia noris.
¿Quién no ha sido herido por Venus?
M. Alphonse, que entendía el francés mejor que el latín, guiñó un ojo con aire de inteligencia y me miró como para preguntarme: “Y usted, parisino, ¿lo entiende?”
La cena terminó. Hacía ya una hora que yo no comía. Estaba fatigado, y no conseguía ocultar los frecuentes bostezos que se me escapaban. Madame de Peyrehorade fue la primera en advertirlo y observó que ya era hora de ir a dormir. Entonces comenzaron nuevas excusas por el mal alojamiento que iba a darme. No estaría yo como en París. En provincia se vive tan mal… Hacía falta indulgencia para los roselloneses. Por mucho que protesté diciendo que, después de una jornada por la montaña, un montón de paja me parecería un lecho delicioso, siguieron suplicándome que perdonara a unos pobres campesinos si no lograban tratarme tan bien como hubieran deseado.
Subí por fin a la habitación que me estaba destinada, acompañado por el señor de Peyrehorade. La escalera, cuyos peldaños superiores eran de madera, desembocaba en medio de un corredor al que daban varias habitaciones.
—A la derecha —me dijo mi anfitrión— está el apartamento que reservo para la futura señora Alphonse. Su habitación está al fondo del corredor opuesto. Comprende usted, añadió con un aire que quería hacer fino, que es preciso aislar a los recién casados. Usted está en un extremo de la casa, ellos en el otro.
Entramos en una habitación bien amueblada, y lo primero que me llamó la atención fue una cama de siete pies de largo, seis de ancho y tan alta que había que valerse de un escabel para subir a ella. Mi anfitrión me indicó dónde estaba la campanilla y se aseguró por sí mismo de que el azucarero estuviera lleno, los frascos de agua de colonia bien colocados sobre la mesa de tocador, y tras preguntarme varias veces si no me faltaba nada, me deseó buenas noches y me dejó solo.
Las ventanas estaban cerradas. Antes de desvestirme, abrí una para respirar el aire fresco de la noche, delicioso después de una cena tan larga. Frente a mí se alzaba el Canigó, admirable en todo momento, pero que aquella noche me pareció la montaña más hermosa del mundo, iluminada como estaba por una luna resplandeciente. Permanecí unos minutos contemplando su silueta maravillosa, y ya iba a cerrar la ventana cuando, al bajar la vista, advertí la estatua, sobre un pedestal, a unas veinte toesas de la casa.
Estaba colocada en el ángulo de un seto vivo que separaba un pequeño jardín de un gran rectángulo perfectamente llano, que más tarde supe era el juego de pelota de la ciudad. Ese terreno, propiedad del señor de Peyrehorade, había sido cedido por él al municipio por insistentes ruegos de su hijo.
A la distancia en que yo estaba, me resultaba difícil distinguir la actitud de la estatua; sólo podía juzgar su altura, que calculé en unos seis pies. En ese momento, dos muchachos de la ciudad cruzaban por el juego de pelota, bastante cerca del seto, silbando el bonito aire del Rosellón: Montagnes régalades. Se detuvieron a mirar la estatua; uno incluso le habló en voz alta. Hablaba catalán; pero yo llevaba ya suficiente tiempo en el Rosellón para comprender más o menos lo que decía.
—Así que aquí estás, bribona. —El término catalán era más enérgico—. ¡Aquí estás! ¿Conque fuiste tú la que le rompió la pierna a Jean Coll? Si fueras mía, te rompería el cuello.
—¡Bah! ¿Y con qué? —dijo el otro—. Es de metal, y tan dura que Étienne rompió su lima sobre ella, al tratar de morderla. Es metal del tiempo de los paganos; más duro que no sé qué.
—Si tuviera mi cincel de acero frío —parece que era aprendiz de herrero—, le sacaría muy pronto esos grandes ojos blancos, como quien saca una almendra de la cáscara. Ahí hay por más de cien sueldos de plata.
Dieron algunos pasos para alejarse.
—Tengo que desearle las buenas noches al ídolo —dijo de pronto el más alto de los aprendices, deteniéndose.
Se agachó y probablemente recogió una piedra. Lo vi echar el brazo atrás y lanzar algo; al instante resonó un golpe sonoro sobre el metal. En el mismo momento, el muchacho se llevó la mano a la cabeza, lanzando un grito de dolor.
—¡Me la devolvió! —exclamó.
Y los dos pilluelos echaron a correr a toda velocidad. Era evidente que la piedra había rebotado en el metal y había castigado al insolente por la ofensa hecha a la diosa.
Cerré la ventana riéndome de muy buena gana.
—¡Otro vándalo castigado por Venus! ¡Ojalá todos los destructores de nuestros viejos monumentos acabaran así, con la cabeza rota!
Con ese caritativo deseo me dormí.
Ya era pleno día cuando desperté. Junto a mi cama estaban, a un lado, el señor de Peyrehorade en bata; al otro, un criado enviado por su mujer, con una taza de chocolate en la mano.
—¡Vamos, arriba, parisino! ¡Así son mis perezosos de la capital! —decía mi anfitrión mientras yo me vestía a toda prisa—. Son las ocho y todavía en la cama. Yo estoy levantado desde las seis. Ya he subido tres veces; me he acercado a su puerta de puntillas: nada, ni una señal de vida. Dormir tanto a su edad le sentará mal. ¿Y mi Venus, que aún no ha visto? Vamos, bébase pronto esta taza de chocolate de Barcelona… Contrabando del bueno… Chocolate como no lo hay en París. Tome fuerzas, porque cuando esté usted delante de mi Venus no habrá quien lo arranque de allí.
En cinco minutos estuve listo; es decir, medio afeitado, mal abotonado y escaldado por el chocolate, que me tragué hirviendo. Bajé al jardín y me hallé ante una estatua admirable.
Era, en efecto, una Venus, y de una belleza maravillosa. Tenía desnuda la parte superior del cuerpo, como solían representar los antiguos a las grandes divinidades; la mano derecha, alzada a la altura del seno, estaba vuelta con la palma hacia dentro, el pulgar y los dos primeros dedos extendidos, y los otros dos ligeramente doblados. La otra mano, cercana a la cadera, sostenía el paño que cubría la parte inferior del cuerpo. La actitud de aquella estatua recordaba la del Jugador de morra al que, no sé bien por qué, llaman Germánico. Tal vez habían querido representar a la diosa jugando a la morra.
Fuera como fuese, era imposible ver nada más perfecto que el cuerpo de aquella Venus; nada más suave, más voluptuoso que sus contornos; nada más elegante y noble que su ropaje. Yo esperaba una obra del Bajo Imperio; tenía ante mis ojos una obra maestra del mejor tiempo de la estatuaria. Lo que más me impresionaba era la exquisita verdad de las formas, hasta el punto de que se las hubiera podido creer tomadas del natural, si la naturaleza produjera modelos tan perfectos.
La cabellera, alzada sobre la frente, parecía haber estado dorada en otro tiempo. La cabeza, pequeña como la de casi todas las estatuas griegas, se inclinaba ligeramente hacia adelante. En cuanto al rostro, jamás lograré expresar su carácter extraño, cuyo tipo no se parecía al de ninguna estatua antigua que yo recordara. No era aquella belleza tranquila y severa de los escultores griegos, que por sistema daban a todos los rasgos una majestuosa inmovilidad. Aquí, por el contrario, observaba con sorpresa la intención manifiesta del artista de dar malicia, rozando incluso la maldad. Todos los rasgos estaban apenas contraídos: los ojos un poco oblicuos, la boca levantada en las comisuras, las aletas de la nariz algo hinchadas. Desdén, ironía, crueldad, se leían en ese rostro de increíble belleza, sin embargo. En verdad, cuanto más se la miraba, más se experimentaba la penosa impresión de que una belleza tan maravillosa pudiera ir unida a la ausencia de toda sensibilidad.
—Si el modelo existió alguna vez —le dije al señor de Peyrehorade—, y dudo que el cielo haya producido jamás una mujer así, compadezco a sus amantes. Debió de complacerse en hacerlos morir de desesperación. Hay en su expresión algo de feroz, y, sin embargo, nunca he visto nada tan hermoso.
—¡Es Venus toda entera prendida de su presa! —exclamó el señor de Peyrehorade, satisfecho de mi entusiasmo.
Aquella expresión de ironía infernal se acrecentaba quizá por el contraste de sus ojos incrustados de plata, muy brillantes, con la pátina verde negruzca que el tiempo había dado a toda la estatua. Aquellos ojos brillantes producían una ilusión singular, recordando la realidad, la vida. Me acordé de lo que me había dicho mi guía: que hacía bajar la vista a quien la contemplaba. Era casi cierto, y no pude evitar sentirme un poco incómodo ante aquella figura de metal.
—Ahora que ya lo ha admirado todo en detalle, mi querido colega en anticuallas —dijo mi anfitrión—, entremos, si le parece, en conferencia científica. ¿Qué dice usted de esta inscripción, en la que aún no se ha fijado?
Me señalaba el pedestal de la estatua, y allí leí estas palabras:
CAVE AMANTEM
—Quid dicis, doctissime? —me preguntó frotándose las manos—. Veamos si coincidimos en el sentido de ese cave amantem.
—Tiene dos sentidos —respondí—. Puede traducirse: “Guárdate del que te ama; desconfía de los amantes.” Pero, en ese sentido, no sé si cave amantem sería de una latinidad irreprochable. Viendo la expresión diabólica de la dama, yo creería más bien que el artista quiso poner en guardia al espectador contra tan terrible belleza. Traduciría, por tanto: “Guárdate de ti si ella te ama.”
—¡Hum! —dijo el señor de Peyrehorade—. Sí, es un sentido admirable; pero, no se ofenda usted, yo prefiero la primera traducción, aunque la desarrollaría un poco. ¿Conoce usted al amante de Venus?
—Tiene varios.
—Sí; pero el primero es Vulcano. ¿No habrán querido decir: “A pesar de toda tu belleza y tu aire desdeñoso, tendrás por amante a un herrero, a un feísimo cojo”? ¡Lección profunda, señor, para las coquetas!
No pude evitar sonreír, pues la explicación me pareció tirada de los cabellos.
—Es una lengua terrible el latín, con esa concisión —observé, para no contradecirlo de frente; y me aparté unos pasos para contemplar mejor la estatua.
—¡Un momento, colega! —dijo el señor de Peyrehorade, deteniéndome por un brazo—. Aún no ha visto usted todo. Hay otra inscripción. Suba al pedestal y mire el brazo derecho.
Mientras hablaba, me ayudaba a subir.
Me aferré sin demasiados miramientos al cuello de la Venus, con la que comenzaba ya a familiarizarme. Incluso la miré un instante muy de cerca y la encontré, a esa distancia, aún más malvada y más hermosa. Después advertí que en el brazo había grabados algunos caracteres en escritura cursiva antigua, al parecer. A fuerza de lentes fui deletreando, mientras el señor de Peyrehorade repetía cada palabra, aprobando con gesto y voz. Leí, pues:
VENERI TVRBVL…
EVTYCHES MYRO
IMPERIO FECIT.
Después de la palabra TVRBVL de la primera línea, me pareció que había algunas letras borradas; pero TVRBVL se leía perfectamente.
—¿Y eso quiere decir?… —me preguntó mi anfitrión, radiante y sonriendo con malicia, porque daba por seguro que no me las arreglaría fácilmente con ese TVRBVL.
—Hay una palabra que aún no logro explicarme —le dije—. Todo lo demás es sencillo. “Eutiques Mirón hizo esta ofrenda a Venus por mandato suyo.”
—Muy bien. Pero ¿qué hace usted con TVRBVL? ¿Qué es TVRBVL?
—TVRBVL me desconcierta bastante. Busco en vano algún epíteto conocido de Venus que pueda ayudarme. Veamos… ¿qué diría usted de TVRBVLENTA? Venus que turba, que agita… Ya ve que sigo obsesionado con su expresión perversa. TVRBVLENTA no sería un epíteto tan malo para Venus —añadí con modestia, porque yo mismo no estaba muy satisfecho de mi explicación.
—¡Venus turbulenta! ¡Venus la alborotadora! Ah, ¿cree usted entonces que mi Venus es una Venus de taberna? No, señor; es una Venus de buena compañía. Pero voy a explicarle ese TVRBVL… Al menos prométame que no divulgará mi descubrimiento antes de que se imprima mi memoria. Verá usted, me siento orgulloso de ese hallazgo… Hay que dejarles algunas espigas que recoger a nosotros, pobres diablos de provincia. ¡Son ustedes tan ricos, los sabios de París!
Desde lo alto del pedestal, donde yo seguía encaramado, le prometí solemnemente que jamás tendría la indignidad de robarle su descubrimiento.
—TVRBVL…, señor —dijo, acercándose y bajando la voz por temor a que alguien más pudiera oírlo—, lea usted TVRBVLNERÆ.
—No comprendo mucho más.
—Escuche. A una legua de aquí, al pie de la montaña, hay un pueblo que se llama Boulternère. Es una corrupción del latín TVRBVLNERA. Nada más corriente que esas inversiones. Boulternère, señor, fue una ciudad romana. Yo siempre lo había sospechado, pero jamás había tenido prueba. La prueba, aquí la tiene. Esta Venus era la divinidad tutelar de la ciudad de Boulternère; y ese nombre de Boulternère, cuyo origen antiguo acabo de demostrar, prueba algo aún más curioso: que Boulternère, antes de ser una ciudad romana, ¡fue una ciudad fenicia!
Se detuvo un momento para respirar y disfrutar de mi sorpresa. A mí me costó bastante trabajo reprimir una fuerte gana de reír.
—En efecto —continuó—, TVRBVLNERA es puro fenicio. TVR, pronuncie usted tour… tour y sour, la misma palabra, ¿no? Sour es el nombre fenicio de Tiro; no hace falta que le recuerde su significado. BVL, es Baal; Bâl, Bel, Bul, ligeras diferencias de pronunciación. En cuanto a NERA, eso sí me da un poco más de trabajo. Estoy tentado de creer, a falta de encontrar palabra fenicia, que viene del griego neros, húmedo, pantanoso. Sería, pues, un término híbrido. Para justificar neros, le mostraré en Boulternère cómo los arroyos de la montaña forman allí charcas infectas. Por otra parte, esa terminación NERA pudo añadirse mucho más tarde en honor de Nera Pivesuvia, esposa de Tétrico, quien habría hecho algún bien a la ciudad de Turbul. Pero, a causa de las charcas, prefiero la etimología griega.
Tomó una pizca de tabaco con aire satisfecho.
—Pero dejemos a los fenicios y volvamos a la inscripción. Yo traduzco, entonces: “A Venus de Boulternère, Mirón dedica por orden suya esta estatua, obra suya.”
Me cuidé muy bien de criticar su etimología, pero quise a mi vez hacer gala de penetración y le dije:
—Un momento, señor. Mirón consagró algo, sí; pero yo no veo en absoluto que se trate de esta estatua.
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Acaso Mirón no era un célebre escultor griego? El talento se habrá perpetuado en su familia. Algún descendiente suyo habrá hecho esta estatua. No puede haber nada más seguro.
—Pero, le respondí, veo en el brazo un pequeño agujero. Pienso que sirvió para sujetar algo, por ejemplo un brazalete, que este Mirón entregó a Venus en ofrenda expiatoria. Mirón fue un amante desgraciado. Venus estaba irritada con él; él la aplacó consagrándole un brazalete de oro. Observe que fecit se toma muy a menudo por consecravit. Son términos sinónimos. Le mostraría más de un ejemplo si tuviera a mano a Gruter o a Orelli. Es natural que un enamorado vea a Venus en sueños, que imagine que ella le ordena dar un brazalete de oro a su estatua. Mirón le consagró un brazalete… Después, los bárbaros, o algún ladrón sacrílego…
—¡Ah, cómo se nota que usted ha escrito novelas! —exclamó el señor de Peyrehorade, dándome la mano para ayudarme a bajar—. No, señor; es una obra de la escuela de Mirón. Mire usted nada más la ejecución, y estará de acuerdo conmigo.
Me había impuesto como regla no contradecir jamás demasiado a los anticuarios obstinados; así que incliné la cabeza con gesto convencido y dije:
—Es un trabajo admirable.
—¡Dios mío! —exclamó el señor de Peyrehorade—. ¡Otro rasgo de vandalismo! ¡Le han tirado una piedra a mi estatua!
Acababa de advertir una marca blanca un poco por encima del seno de la Venus. Yo observé una señal parecida en los dedos de la mano derecha; supuse entonces que habían sido alcanzados por la piedra en su trayectoria, o que un fragmento del golpe se había desprendido y había rebotado sobre la mano. Conté a mi anfitrión la ofensa de la que había sido testigo y el castigo inmediato que siguió. Se rió mucho y, comparando al aprendiz con Diomedes, le deseó ver, como el héroe griego, a todos sus compañeros convertidos en pájaros blancos.
La campana del desayuno interrumpió aquella conversación clásica y, lo mismo que la víspera, me vi obligado a comer por cuatro. Después llegaron algunos arrendatarios del señor de Peyrehorade; y mientras él los atendía, su hijo me llevó a ver una calesa que había comprado en Toulouse para su prometida, y que, como es natural, admiré debidamente. Luego entré con él en la cuadra, donde me retuvo media hora alabando a sus caballos, haciéndome su genealogía y contándome los premios que habían ganado en las carreras del departamento.
Por fin vino a hablarme de su futura esposa, aprovechando la transición de una yegua torda que tenía destinada para ella.
—La veremos hoy —dijo—. No sé si a usted le parecerá bonita. En París son ustedes difíciles; pero aquí y en Perpiñán todo el mundo la encuentra encantadora. Lo bueno es que es muy rica. Su tía de Prades le ha dejado toda su fortuna. ¡Oh, voy a ser muy feliz!
Me desagradó profundamente ver que aquel joven parecía más conmovido por la dote que por los hermosos ojos de su futura.
—Usted entiende de joyas —continuó—. ¿Qué le parece esto? Éste es el anillo que le daré mañana.
Al decirlo, se sacó de la primera falange del meñique un grueso anillo cargado de diamantes y formado por dos manos entrelazadas; alusión que me pareció infinitamente poética. La labor era antigua, pero juzgué que la habían retocado para engastar los diamantes. En el interior del anillo se leían estas palabras, en letras góticas: Sempr’ ab ti, es decir, siempre contigo.
—Es un anillo bonito —le dije—; pero esos diamantes añadidos le han quitado algo de su carácter.
—¡Oh! Así está mucho más hermoso —respondió sonriendo—. Ahí hay por mil doscientos francos en diamantes. Me lo dio mi madre. Era una joya de familia, muy antigua… de tiempos de caballería. Dios sabe de cuándo data.
—La costumbre en París —le dije— es dar una alianza muy simple, compuesta por lo general de dos metales distintos, como oro y platino. Mire, este otro anillo que lleva usted en ese dedo sería muy apropiado. Éste, con sus diamantes y sus manos en relieve, es tan grueso que no se podría poner un guante encima.
—¡Oh! Madame Alphonse se arreglará como quiera. Creo que le agradará mucho tenerlo. Mil doscientos francos en un dedo son cosa agradable. Ese anillito de aquí —añadió mirando con aire satisfecho la sortija lisa que llevaba en la mano—, ése me lo dio una mujer en París un martes de Carnaval. ¡Ah, cómo me divertí en París hace dos años! ¡Allá sí que se goza!…
Y suspiró con nostalgia.
Debíamos cenar aquel día en Puygarrig, en casa de los padres de la novia; subimos al carruaje y nos dirigimos al castillo, distante de Ille una legua y media más o menos. Fui presentado y recibido como amigo de la familia. No hablaré ni de la cena ni de la conversación que siguió, en la que tomé poca parte. El señor Alphonse, sentado junto a su futura, le decía algo al oído cada cuarto de hora. Ella apenas levantaba los ojos y, cada vez que su prometido le hablaba, se sonrojaba con modestia, aunque le respondía sin embarazo.
Mademoiselle de Puygarrig tenía dieciocho años; su talle flexible y delicado contrastaba con la armazón ósea de su robusto prometido. No sólo era bella, sino seductora. Admiré la perfecta naturalidad de todas sus respuestas; y el aire de bondad que mostraba, aunque no exento de una ligera malicia, me recordó, contra mi voluntad, a la Venus de mi anfitrión. Haciendo para mis adentros esa comparación, me preguntaba si la superioridad de belleza que había que conceder a la estatua no provenía en gran parte de su expresión de tigresa; porque la energía, incluso en las malas pasiones, despierta siempre en nosotros asombro y una especie de admiración involuntaria.
—¡Qué lástima! —me dije al salir de Puygarrig— que una persona tan amable sea rica, y que su dote haga que la busque un hombre indigno de ella.
De regreso a Ille, y sin saber muy bien de qué hablar con Madame de Peyrehorade, a quien me parecía conveniente dirigir de vez en cuando alguna palabra, le dije:
—¡Vaya espíritus fuertes tienen ustedes en el Rosellón! ¿Cómo, señora? ¿Celebran una boda en viernes? En París seríamos más supersticiosos; nadie se atrevería a casarse un día así.
—¡Ay, Dios mío, no me hable de eso! —me respondió—. Si hubiera dependido de mí, ciertamente habríamos escogido otro día. Pero Peyrehorade lo quiso así, y hubo que ceder. Y, sin embargo, me da mala espina. ¿Y si ocurriera alguna desgracia? Alguna razón debe de haber, después de todo, para que todo el mundo le tenga miedo al viernes.
—¡Viernes! —exclamó su marido—. ¡Es el día de Venus! ¡Buen día para una boda! Ya lo ve, mi querido colega: yo no pienso más que en mi Venus. ¡Voto a bríos! Si he elegido el viernes ha sido por ella. Mañana, si quiere usted, antes de la boda le haremos un pequeño sacrificio; sacrificaremos dos palomas, y si supiera dónde encontrar incienso…
—¡Qué horror, Peyrehorade! —lo interrumpió su mujer, escandalizada hasta el extremo—. ¡Quemar incienso ante un ídolo! ¡Sería una abominación! ¿Qué dirían de nosotros en el pueblo?
—Por lo menos —dijo el señor de Peyrehorade— me permitirás ponerle en la cabeza una corona de rosas y lirios:
Manibus date lilia plenis.
Ya lo ve usted, señor; la Carta es letra muerta. ¡No tenemos libertad de cultos!
Los preparativos del día siguiente quedaron dispuestos del modo siguiente: todos debían estar listos y vestidos a las diez en punto. Tomado el chocolate, partiríamos en coche hacia Puygarrig. El matrimonio civil debía celebrarse en la alcaldía del pueblo, y la ceremonia religiosa en la capilla del castillo. Vendría luego un almuerzo. Después del almuerzo se mataría el tiempo como se pudiera hasta las siete. A esa hora regresaríamos a Ille, a casa del señor de Peyrehorade, donde debían cenar reunidas las dos familias. El resto se sobreentiende. Como no se podía bailar, se había querido, por lo menos, comer cuanto fuese posible.
A las ocho de la mañana ya estaba yo sentado ante la Venus, lápiz en mano, recomenzando por vigésima vez la cabeza de la estatua sin lograr nunca captar su expresión. El señor de Peyrehorade iba y venía a mi alrededor, me daba consejos, me repetía sus etimologías fenicias; luego colocaba rosas de Bengala sobre el pedestal de la estatua y, con un tono tragicómico, formulaba votos por la pareja que iba a vivir bajo su techo.
Hacia las nueve entró para ocuparse de su tocado, y en ese mismo momento apareció el señor Alphonse, bien ajustado dentro de un traje nuevo, con guantes blancos, zapatos de charol, botones cincelados y una rosa en el ojal.
—¿Harán usted el retrato de mi mujer? —me preguntó inclinándose sobre mi dibujo—. Ella también es hermosa.
En ese instante comenzaba, en el juego de pelota del que ya he hablado, una partida que atrajo de inmediato la atención del señor Alphonse. Y yo, fatigado y desesperando ya de reproducir aquella diabólica fisonomía, dejé pronto el dibujo para mirar a los jugadores. Entre ellos había algunos muleros españoles llegados la víspera. Eran aragoneses y navarros, casi todos de una habilidad maravillosa. Así, pues, los hombres de Ille, aunque alentados por la presencia y los consejos del señor Alphonse, fueron derrotados con bastante rapidez por aquellos nuevos campeones. Los espectadores del país estaban consternados.
El señor Alphonse miró su reloj. No eran aún más que las nueve y media. Su madre no estaba todavía peinada. No vaciló más: se quitó el traje, pidió una chaqueta y desafió a los españoles. Yo lo miraba hacer, sonriendo y un poco sorprendido.
—Hay que sostener el honor del país —dijo.
Entonces me pareció verdaderamente hermoso. Estaba apasionado. El traje, que hacía poco lo preocupaba tanto, ya no significaba nada para él. Minutos antes habría temido volver la cabeza por no descomponer su corbata. Ahora no pensaba ya ni en sus cabellos rizados ni en su pechera tan bien plisada. ¿Y su prometida?… A fe mía, si hubiese sido necesario, creo que habría hecho aplazar la boda. Lo vi calzarse apresuradamente unas sandalias, remangarse y ponerse al frente del partido vencido con aire resuelto, como César reuniendo a sus soldados en Dirraquio.
Salté la cerca y me coloqué cómodamente a la sombra de un almez, de manera que pudiera ver bien ambos bandos.
Contra toda expectativa, el señor Alphonse falló la primera pelota; verdad es que ésta venía rozando el suelo y lanzada con fuerza sorprendente por un aragonés que parecía ser el jefe de los españoles.
Era un hombre de unos cuarenta años, seco y nervioso, de seis pies de altura, cuya piel aceitunada tenía una tonalidad casi tan oscura como el metal de la Venus.
El señor Alphonse arrojó la raqueta al suelo con furia.
—¡Es este maldito anillo! —gritó—. ¡Me aprieta el dedo y me hace fallar una pelota segura!
Se quitó, no sin trabajo, el anillo de diamantes. Yo me acercaba para recibirlo; pero él se me adelantó, corrió hacia la Venus, le pasó el anillo por el dedo anular y volvió a su puesto al frente de los de Ille.
Estaba pálido, pero sereno y resuelto. Desde entonces no volvió a cometer una sola falta, y los españoles fueron derrotados por completo. Fue un espectáculo magnífico el entusiasmo de los espectadores: unos lanzaban mil gritos de alegría tirando las gorras al aire; otros le estrechaban las manos, llamándolo el honor del país. Si hubiera rechazado una invasión, dudo que hubiese recibido felicitaciones más vivas y más sinceras. La tristeza de los vencidos realzaba aún más el brillo de su victoria.
—Haremos otras partidas, amigo mío —le dijo al aragonés, con tono de superioridad—; pero la próxima vez le daré ventaja.
Yo habría querido que el señor Alphonse mostrara más modestia, y casi me dolió la humillación de su rival.
El gigante español sintió profundamente aquella ofensa. Lo vi palidecer bajo su piel morena. Miraba con aire sombrío su raqueta, apretando los dientes; luego dijo en voz baja y ahogada:
—Me lo pagarás.
La voz del señor de Peyrehorade vino a turbar el triunfo de su hijo; mi anfitrión, muy sorprendido de no encontrarlo presidiendo los preparativos del coche nuevo, lo estuvo mucho más al verlo todo sudoroso y con la raqueta en la mano. El señor Alphonse corrió a la casa, se lavó cara y manos, volvió a ponerse el traje nuevo y los zapatos de charol, y cinco minutos más tarde trotábamos ya por el camino de Puygarrig. Todos los jugadores de pelota de la ciudad y gran número de espectadores nos seguían con gritos de júbilo. Apenas podían los vigorosos caballos que tiraban de nosotros mantener su delantera sobre aquellos intrépidos catalanes.
Estábamos ya en Puygarrig y el cortejo iba a ponerse en marcha hacia la alcaldía, cuando el señor Alphonse, llevándose la mano a la frente, me dijo en voz baja:
—¡Qué torpeza! ¡He olvidado el anillo! Está en el dedo de la Venus, ¡que se la lleve el diablo! No se lo diga al menos a mi madre. Quizá ni siquiera lo note.
—Podría mandar a alguien —le dije.
—¡Bah! Mi criado se ha quedado en Ille. En ésos no confío mucho. ¡Mil doscientos francos en diamantes! Eso podría tentar a más de uno. Además, ¿qué pensarían aquí de mi distracción? Se burlarían demasiado de mí. Me llamarían el marido de la estatua… ¡Con tal de que no me lo roben! Por suerte, mi ídolo mete miedo a esos bribones. No se atreven a acercarse a él a brazo partido. En fin, no importa; tengo otro anillo.
Las dos ceremonias, la civil y la religiosa, se cumplieron con la pompa debida; y la señorita de Puygarrig recibió el anillo de una modista de París, sin sospechar que su prometido hacía sacrificio de una prenda amorosa.
Luego nos sentamos a la mesa, donde se bebió, se comió y hasta se cantó, todo ello durante largo tiempo. Yo sufría por la novia, a causa de la ruidosa alegría que estallaba a su alrededor; sin embargo, ella hacía mejor papel del que yo hubiera esperado, y su embarazo no era ni torpeza ni afectación.
Quizá el valor viene con las situaciones difíciles.
Terminado el almuerzo cuando a Dios le plugo, serían ya las cuatro. Los hombres salieron a pasear por el parque, que era magnífico, o contemplaron bailar sobre el césped del castillo a las campesinas de Puygarrig, vestidas con sus trajes de fiesta. Así fuimos ocupando algunas horas. Entretanto, las mujeres se mostraban muy atentas con la novia, a quien hacían admirar su canastilla. Luego ella cambió de vestido, y noté que cubrió sus hermosos cabellos con cofia y sombrero emplumado; pues nada se apresuran tanto las mujeres a tomar como los adornos que la costumbre les prohíbe mientras siguen siendo señoritas.
Serían cerca de las ocho cuando nos dispusimos a partir hacia Ille. Pero antes tuvo lugar una escena patética. La tía de la señorita de Puygarrig, que hacía las veces de madre suya, mujer muy anciana y muy devota, no debía acompañarnos a la ciudad. A la hora de la despedida, dirigió a su sobrina un sermón conmovedor sobre los deberes de esposa, sermón del que resultó un torrente de lágrimas y abrazos interminables. El señor de Peyrehorade comparaba aquella separación con el rapto de las sabinas. Partimos, no obstante, y durante el trayecto todos se esforzaron por distraer a la novia y hacerla reír; pero fue en vano.
En Ille nos aguardaba la cena. ¡Y qué cena! Si ya me había chocado la ruidosa alegría de la mañana, mucho más me escandalizaron las equívocas bromas y las chanzas de que fueron objeto el novio y la novia sobre todo. El novio, que había desaparecido un instante antes de sentarse a la mesa, estaba pálido y con una seriedad glacial. Bebía a cada momento viejo vino de Collioure, casi tan fuerte como aguardiente. Yo estaba a su lado, y me creí en el deber de advertirle:
—¡Tenga cuidado! Dicen que el vino…
No sé qué tontería le dije, sólo por ponerme a tono con los convidados.
Me dio con la rodilla y, muy bajo, me dijo:
—Cuando se levanten de la mesa…, necesito decirle a usted dos palabras.
Su tono solemne me sorprendió. Lo miré con más atención y advertí la extraña alteración de sus rasgos.
—¿Se siente usted indispuesto? —le pregunté.
—No.
Y volvió a beber.
Entretanto, en medio de los gritos y los aplausos, un muchacho de once años, que se había deslizado debajo de la mesa, mostraba a los asistentes una bonita cinta blanca y rosa que acababa de desprender del tobillo de la novia. A eso lo llaman su liga. Se cortó enseguida en pedazos y se repartió entre los jóvenes, que la prendieron en la botonera, según una antigua costumbre que se conserva aún en algunas familias patriarcales. Para la novia fue motivo de rubor hasta el blanco de los ojos. Pero su turbación llegó al colmo cuando el señor de Peyrehorade, reclamando silencio, le cantó algunos versos catalanes improvisados, según decía. He aquí el sentido, si es que lo entendí bien:
“¿Qué pasa, amigos míos? ¿Será el vino que he bebido el que me hace ver doble? Aquí hay dos Venus…”
El novio volvió bruscamente la cabeza con aire de espanto, lo cual hizo reír a todos.
—Sí —prosiguió el señor de Peyrehorade—, hay dos Venus bajo mi techo. Una la encontré en la tierra como una trufa; la otra, bajada del cielo, viene de compartirnos su cinturón.
Quería decir su liga.
—Hijo mío, escoge entre la Venus romana y la catalana la que prefieras. El bribón elige a la catalana, y su parte es la mejor. La romana es negra, la catalana es blanca. La romana es fría, la catalana incendia todo cuanto se le acerca.
Aquella caída provocó un clamor tal, unos aplausos tan estruendosos y unas carcajadas tan sonoras, que creí que el techo se nos venía encima. Alrededor de la mesa no había más que tres rostros serios: los de los recién casados y el mío. Yo tenía un gran dolor de cabeza; y además, no sé por qué, una boda me entristece siempre. Aquélla, además, me repugnaba un poco.
Después de que el adjunto del alcalde cantó los últimos couplets —y debo decir que eran muy subidos de tono—, se pasó al salón para asistir a la retirada de la novia, que debía ser conducida en breve a su aposento, pues era ya cerca de la medianoche.
El señor Alphonse me llevó aparte, hasta el hueco de una ventana, y me dijo sin mirarme:
—Se va usted a reír de mí… Pero no sé qué me pasa… ¡Estoy hechizado! ¡Que se me lleve el diablo!
Lo primero que pensé fue que se creía amenazado por alguno de esos accidentes de los que hablan Montaigne y Madame de Sévigné:
“Todo el imperio amoroso está lleno de historias trágicas”, etcétera.
“Yo creía”, me dije para mis adentros, “que esas desgracias sólo les ocurrían a los hombres de ingenio.”
—Ha bebido usted demasiado vino de Collioure, querido señor Alphonse —le dije—. Ya se lo había advertido.
—Sí, quizá. Pero es algo mucho más terrible.
Hablaba con la voz entrecortada. Lo creí completamente borracho.
—¿Se acuerda usted de mi anillo? —prosiguió tras un silencio.
—¿Qué pasa con él? ¿Se lo han robado?
—No.
—Entonces, ¿lo tiene usted?
—No… yo… no puedo quitárselo del dedo a esa maldita Venus.
—¡Vamos! No habrá tirado usted con suficiente fuerza.
—¡Sí que lo hice! Pero la Venus… ha doblado el dedo… me aprieta la mano, ¿me oye?… Es mi mujer, sin duda, puesto que le he dado mi anillo… Ya no quiere devolverlo.
Me miraba fijamente, con aire extraviado, apoyándose en la falleba de la ventana para no caer.
—¡Qué cuento! —le dije—. Ha metido usted demasiado el anillo. Mañana se lo sacarán con unas tenazas. Pero cuidado de no estropear la estatua.
—No, se lo digo. El dedo de la Venus está encogido, replegado; me aprieta la mano, ¿me oye?…
Confieso que sentí un estremecimiento repentino. Por un instante se me erizó la piel. Pero enseguida lanzó un gran suspiro que me trajo una bocanada de vino y toda emoción desapareció.
“El infeliz”, pensé, “está completamente ebrio.”
—Usted es anticuario, señor —añadió con tono lastimero—; entiende de esas estatuas… Tal vez haya algún resorte, alguna diablura que yo desconozco… ¿Querría usted ir a verlo?
—Con mucho gusto —respondí—. Venga usted conmigo.
—No. Prefiero que vaya usted solo.
Salí del salón.
El tiempo había cambiado durante la cena, y la lluvia comenzaba a caer con fuerza. Iba a pedir un paraguas, cuando una reflexión me detuvo.
“Sería un perfecto necio”, me dije, “si voy a comprobar lo que me ha contado un borracho. Además, quizá haya querido gastarme una mala broma para divertir a estos honestos provincianos; y lo menos que podría sucederme sería empaparme hasta los huesos y pescar un buen resfriado.”
Desde la puerta lancé una mirada a la estatua, que chorreaba agua, y subí a mi cuarto sin volver a entrar en el salón. Me acosté; pero el sueño tardó mucho en llegar.
Todas las escenas del día se representaban de nuevo en mi espíritu. Pensaba en aquella joven tan bella y tan pura, abandonada a un borracho brutal. “¡Qué cosa tan odiosa es un matrimonio de conveniencia!”, me decía. Un alcalde se pone una banda tricolor, un cura una estola, y hete aquí a la muchacha más honesta del mundo entregada al Minotauro. Dos seres que no se aman, ¿qué pueden decirse en un momento semejante, por el que dos amantes pagarían con su existencia? ¿Puede una mujer amar jamás a un hombre al que ha visto grosero una sola vez? Las primeras impresiones no se borran, y estoy seguro de que ese señor Alphonse merecerá bien ser odiado…
Durante aquel monólogo, que abrevio mucho, había oído gran movimiento en la casa: puertas que se abrían y se cerraban, coches que partían; luego me pareció distinguir en la escalera los pasos ligeros de varias mujeres dirigiéndose hacia el extremo del corredor opuesto al de mi cuarto. Debía de ser el cortejo que conducía a la novia al lecho. Después los oí bajar de nuevo. La puerta de Madame de Peyrehorade se cerró.
“¡Qué turbada y qué incómoda debe de sentirse esa pobre muchacha!”, pensé. Me revolvía en la cama de mal humor. Un hombre soltero desempeña un papel bien tonto en una casa donde se celebra una boda.
Hacía ya algún tiempo que reinaba el silencio cuando éste se vio alterado por unos pasos pesados que subían la escalera. Los peldaños de madera crujieron con fuerza.
—¡Qué bruto! —exclamé—. Apostaría a que va a caerse en la escalera.
Todo volvió a quedar en calma. Tomé un libro para cambiar el curso de mis ideas. Era una estadística del departamento, adornada con una memoria del señor de Peyrehorade sobre los monumentos druídicos del distrito de Prades. Me quedé dormido en la tercera página.
Dormí mal y me desperté varias veces. Serían las cinco de la mañana, y llevaba ya más de veinte minutos despierto cuando cantó el gallo. Iba a amanecer. Entonces oí distintamente los mismos pasos pesados, el mismo crujido de la escalera que había oído antes de dormirme. Aquello me pareció extraño. Traté, bostezando, de adivinar por qué el señor Alphonse se levantaba tan temprano. No imaginé nada verosímil.
Iba a cerrar los ojos de nuevo cuando mi atención se vio otra vez excitada por unos pisotones extraños, a los que no tardaron en mezclarse campanillazos y ruido de puertas abriéndose con estrépito; luego distinguí gritos confusos.
“Mi borracho habrá prendido fuego a alguna parte”, pensé, saltando de la cama.
Me vestí a toda prisa y salí al corredor. Del extremo opuesto partían gritos y lamentos, y una voz desgarradora dominaba las demás:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío!
Era evidente que le había sucedido una desgracia al señor Alphonse. Corrí a la habitación nupcial: estaba llena de gente. El primer espectáculo que hirió mi vista fue el del joven, medio vestido, tendido de través sobre la cama, cuya madera estaba rota. Estaba lívido, inmóvil. Su madre lloraba y gritaba a su lado. El señor de Peyrehorade se agitaba, le frotaba las sienes con agua de colonia o le ponía sales bajo la nariz. ¡Ay!, hacía ya mucho tiempo que su hijo estaba muerto.
En un sofá, al otro extremo del cuarto, estaba la novia, presa de horribles convulsiones. Lanzaba gritos inarticulados, y dos robustas criadas apenas podían contenerla.
—¡Dios mío! —exclamé—. ¿Qué ha ocurrido?
Me acerqué al lecho y levanté el cuerpo del infeliz joven; ya estaba rígido y frío. Sus dientes apretados y el rostro ennegrecido expresaban las más atroces angustias. Se veía con claridad que su muerte había sido violenta y su agonía espantosa. Sin embargo, no había rastro alguno de sangre en sus ropas. Le aparté la camisa y vi sobre el pecho una huella amoratada que continuaba por las costillas y la espalda. Parecía como si hubiera sido estrechado dentro de un aro de hierro.
Mi pie tropezó con algo duro que yacía en la alfombra; me incliné y vi el anillo de diamantes.
Llevé al señor y a la señora de Peyrehorade a su habitación; luego hice llevar allí también a la novia.
—Aún tienen ustedes una hija —les dije—. Le deben ahora sus cuidados.
Y los dejé solos.
No me cabía duda de que el señor Alphonse había sido víctima de un asesinato cuyos autores habían encontrado la manera de introducirse por la noche en la estancia de la novia. Sin embargo, aquellos moratones en el pecho, su dirección circular, me desconcertaban mucho, pues ni un bastón ni una barra de hierro habrían podido producirlos. De pronto recordé haber oído decir que en Valencia ciertos valientes se servían de largos sacos de cuero rellenos de arena fina para matar a golpes a quienes les mandaban asesinar. Enseguida me acordé del mulero aragonés y de su amenaza; sin embargo, apenas me atrevía a pensar que hubiese tomado venganza tan terrible por una ligereza.
Recorrí la casa buscando por todas partes señales de fractura o de entrada forzada, y no hallé ninguna. Bajé al jardín para ver si los asesinos habrían podido introducirse por aquel lado; tampoco encontré indicio cierto. La lluvia de la víspera había empapado de tal modo el suelo que no podía conservar huellas nítidas. Observé, no obstante, algunos pasos profundamente impresos en la tierra; había pasos en dos direcciones contrarias, pero alineados, partiendo del ángulo del seto contiguo al juego de pelota y llegando hasta la puerta de la casa. Podían muy bien ser los del señor Alphonse cuando fue a recoger su anillo del dedo de la estatua. Por otra parte, como el seto era allí menos tupido que en otros lugares, sin duda por ese punto habrían saltado los asesinos.
Al pasar una y otra vez delante de la estatua, me detuve un instante a contemplarla. Esta vez, lo confieso, no pude mirarla sin espanto. Su expresión de maldad irónica me parecía aún más evidente; y, con la cabeza llena todavía de las escenas horribles de que acababa de ser testigo, se me figuró una divinidad infernal aplaudiendo la desgracia que acababa de abatirse sobre aquella casa.
Volví a mi habitación y permanecí allí hasta mediodía. Entonces salí y pregunté por noticias de mis huéspedes. Estaban algo más calmados. Mademoiselle de Puygarrig —debería decir la viuda del señor Alphonse— había recobrado el conocimiento. Incluso había hablado ya con el fiscal del rey de Perpiñán, que se hallaba de paso en Ille, y ese magistrado había recogido su declaración. Luego me pidió la mía. Le conté cuanto sabía y no le oculté mis sospechas sobre el mulero aragonés. Ordenó que lo arrestaran en el acto.
—¿Ha averiguado usted algo de madame Alphonse? —pregunté al fiscal una vez que mi declaración fue redactada y firmada.
—Esa pobre muchacha ha perdido la razón —me dijo, sonriendo tristemente—. ¡Loca, completamente loca! He aquí lo que cuenta:
“Dice que estaba acostada desde hacía algunos minutos, con las cortinas corridas, cuando la puerta de su habitación se abrió y alguien entró. Madame Alphonse se hallaba entonces en la parte interior de la cama, con el rostro vuelto hacia la pared. No hizo el menor movimiento, persuadida de que se trataba de su marido. Al cabo de un instante, la cama crujió como si un peso enorme hubiese caído sobre ella. Tuvo muchísimo miedo, pero no se atrevió a volver la cabeza. Cinco minutos, diez quizá… no puede calcular el tiempo, transcurrieron así. Después hizo ella un movimiento involuntario, o bien lo hizo la persona que estaba en la cama, y entonces sintió el contacto de algo frío como el hielo; son palabras suyas. Se encogió en la estrechez del lecho, temblando de pies a cabeza. Poco después, la puerta volvió a abrirse y alguien entró diciendo: ‘Buenas noches, mujercita’. Poco después corrieron las cortinas. Oyó un grito ahogado. La persona que estaba en la cama, a su lado, se incorporó y pareció tender los brazos hacia adelante. Ella volvió entonces la cabeza… y vio —dice— a su marido de rodillas junto a la cama, con la cabeza a la altura de la almohada, entre los brazos de una especie de gigante verdoso que lo estrechaba con fuerza. Afirma —y me lo ha repetido veinte veces, ¡pobre mujer!— que reconoció… ¿lo adivina usted? A la Venus de metal, a la estatua del señor de Peyrehorade… Desde que está en el país, todo el mundo sueña con ella. Pero continúo con el relato de la desdichada loca. Ante ese espectáculo perdió el sentido, y probablemente hacía ya algunos momentos que había perdido la razón. No puede decir en modo alguno cuánto tiempo permaneció desvanecida. Al recobrarlo, volvió a ver el fantasma, o la estatua, como dice siempre, inmóvil, con las piernas y la parte baja del cuerpo dentro de la cama, el busto y los brazos tendidos hacia adelante, y entre sus brazos a su marido, sin movimiento. Cantó un gallo. Entonces la estatua salió de la cama, dejó caer el cadáver y se marchó. Madame Alphonse se colgó de la campanilla… y usted sabe el resto.”
Trajeron al español; estaba tranquilo y se defendió con mucha sangre fría y gran serenidad. Por lo demás, no negó la frase amenazadora que yo había oído; pero la explicó diciendo que no había querido significar otra cosa sino que, al día siguiente, una vez descansado, ganaría una partida de pelota a su vencedor. Recuerdo que añadió:
—Un aragonés, cuando ha sido ofendido, no espera hasta el día siguiente para vengarse. Si hubiera creído que el señor Alphonse quería insultarme, le habría metido en el acto mi cuchillo en el vientre.
Compararon sus zapatos con las huellas del jardín: los zapatos del español eran mucho mayores.
Por último, el posadero donde se alojaba aseguró que había pasado toda la noche frotando y medicando a uno de sus mulos, que estaba enfermo.
Además, aquel aragonés era un hombre bien considerado, muy conocido en la región, a la que acudía todos los años por sus negocios. Así que fue puesto en libertad, no sin antes presentársele excusas.
Olvidaba la declaración de un criado que fue el último en ver con vida al señor Alphonse. Fue en el momento mismo en que iba a subir al cuarto de su mujer. Llamó al criado y le preguntó, con visible inquietud, si sabía dónde me encontraba yo. El criado respondió que no me había visto. Entonces el señor Alphonse lanzó un suspiro y permaneció más de un minuto sin hablar; luego dijo:
—¡Vamos! ¡También a él se lo habrá llevado el diablo!
Pregunté a aquel hombre si el señor Alphonse llevaba puesto su anillo de diamantes cuando le habló. El criado vaciló antes de responder; por fin dijo que no lo creía, que en realidad no se había fijado. Pero se corrigió enseguida:
—Si hubiera llevado ese anillo, seguramente lo habría notado; porque yo creía que se lo había dado ya a madame Alphonse.
Mientras interrogaba a aquel hombre sentía algo del terror supersticioso que la declaración de la viuda había esparcido por toda la casa. El fiscal me miró sonriendo, y me guardé muy bien de insistir.
Pocas horas después del entierro del señor Alphonse me dispuse a abandonar Ille. La carroza del señor de Peyrehorade debía llevarme a Perpiñán. A pesar de su estado de abatimiento, el pobre anciano quiso acompañarme hasta la puerta del jardín. Lo atravesamos en silencio, él apenas arrastrando los pies, apoyado en mi brazo.
En el momento de separarnos, lancé una última mirada a la Venus. Ya preveía yo que mi anfitrión, aunque no compartiese los terrores ni el odio que ella inspiraba a parte de su familia, querría deshacerse de un objeto que habría de recordarle sin cesar una desgracia espantosa. Mi intención era aconsejarle que la colocara en algún museo. Dudaba todavía sobre cómo empezar, cuando el señor de Peyrehorade volvió maquinalmente la cabeza hacia el lugar donde yo miraba fijamente. Vio la estatua y rompió de pronto en llanto. Lo abracé y, sin atreverme a decirle una sola palabra, subí al carruaje.
Desde mi partida, no he sabido que ningún dato nuevo haya venido a aclarar aquella misteriosa catástrofe.
El señor de Peyrehorade murió pocos meses después de su hijo. Por su testamento me legó sus manuscritos, que acaso publique algún día. No he encontrado entre ellos la memoria relativa a las inscripciones de la Venus.
P. S. Mi amigo el señor de P. me escribe que la estatua ya no existe. Tras la muerte de su marido, el primer cuidado de Madame de Peyrehorade fue mandarla fundir para hacer una campana, y bajo esa nueva forma sirve ahora en la iglesia de Ille. Pero añade mi amigo que parece que una maldición persigue a quienes poseen ese metal. Desde que la campana suena en Ille, las viñas se han helado dos veces.
1837.
Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026