Cuentos

Relatos donde la penumbra siempre sabe tu nombre.

El invitado de Drácula

Entonces, de pronto, surgió al trote desde más allá de los árboles una tropa de jinetes con antorchas. El lobo se alzó de mi pecho y corrió hacia el cementerio. Vi a uno de los jinetes —soldados, por sus gorras y sus largas capas militares— alzar la carabina y apuntar. Un compañero le levantó el brazo de un golpe, y oí silbar la bala sobre mi cabeza.

La cosa maldita

El testigo Harker se dirigió a la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, desfallecido y con náusea. Dejando caer el pañuelo sobre el cuello del muerto, el forense fue hasta un rincón de la habitación y, de un montón de ropa, fue sacando una prenda tras otra, sosteniéndola un instante para que la inspeccionaran. Todas estaban desgarradas y tiesas de sangre.

Cuando la luz se ausenta

Marcus fue el primero en verlos salir de entre los árboles. Había niños y ancianos, hombres y mujeres, aún vestidos con las ropas que llevaban puestas cuando la muerte los sorprendió, sucias y descoloridas por días, semanas o meses bajo tierra.

La litera superior

Los ojos, blancos y muertos, parecían mirarme fijamente desde la penumbra; alrededor de él se alzaba el hedor pútrido del mar rancio, su pelo brillante colgaba en asquerosos bucles mojados sobre el rostro muerto.