Cuentos

Relatos donde la penumbra siempre sabe tu nombre.

El monte de las Ánimas

¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas… ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.

La mujer alta

La mujer alta se echó á reir y me señaló ignominiosamente con el abanico, cual si hubiese leído en mi pensamiento y denunciase al público mi cobardía…—Yo tuve que apoyarme en el brazo de un amigo para no caer al suelo, y entonces ella hizo un ademán compasivo ó desdeñoso, giró sobre los talones y penetró en el Campo Santo.

El guardavía

—Nunca me he equivocado en eso, señor. Jamás he confundido el sonido del espectro con el de los hombres. El toque del fantasma es una extraña vibración en la campanilla que no proviene de ninguna otra cosa, y no he afirmado que la campanilla se mueva a la vista. No me sorprende que usted no lo oyera. Pero yo lo oí.

¿Qué era aquello? Un misterio

¡No vi nada! Sí; yo tenía un brazo firmemente ceñido en torno a una forma corpórea, jadeante y palpitante; mi otra mano oprimía con todas sus fuerzas una garganta tan cálida y, al parecer, tan carnosa como la mía; y, sin embargo, con aquella sustancia viva entre mis brazos, con su cuerpo pegado al mío, y todo ello bajo el resplandor brillante de un gran chorro de gas, ¡no veía absolutamente nada!

La reina de picas

La puerta de su cuarto se abrió y una mujer vestida de blanco entró. Se acercó a la cama, y el hombre, aterrado, reconoció a la condesa.
—He venido a ti contra mi voluntad —dijo ella bruscamente—; pero me mandaron concederte lo que pedías. El tres, el siete y el as, sucesivamente, son las cartas mágicas. Deben transcurrir veinticuatro horas entre el uso de cada una, y, después de haber usado las tres, no deberás volver a jugar nunca más.

El invitado de Drácula

Entonces, de pronto, surgió al trote desde más allá de los árboles una tropa de jinetes con antorchas. El lobo se alzó de mi pecho y corrió hacia el cementerio. Vi a uno de los jinetes —soldados, por sus gorras y sus largas capas militares— alzar la carabina y apuntar. Un compañero le levantó el brazo de un golpe, y oí silbar la bala sobre mi cabeza.

La cosa maldita

El testigo Harker se dirigió a la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, desfallecido y con náusea. Dejando caer el pañuelo sobre el cuello del muerto, el forense fue hasta un rincón de la habitación y, de un montón de ropa, fue sacando una prenda tras otra, sosteniéndola un instante para que la inspeccionaran. Todas estaban desgarradas y tiesas de sangre.

Cuando la luz se ausenta

Marcus fue el primero en verlos salir de entre los árboles. Había niños y ancianos, hombres y mujeres, aún vestidos con las ropas que llevaban puestas cuando la muerte los sorprendió, sucias y descoloridas por días, semanas o meses bajo tierra.