Cuando se acercó el tiempo de su examen, Malcolm Malcolmson decidió irse a algún sitio a estudiar por su cuenta. Temía los atractivos de la costa, y también temía el aislamiento completamente rural, pues desde antiguo conocía sus encantos; así que resolvió encontrar una pequeña población sin pretensiones, donde no hubiera nada que lo distrajera. Se abstuvo de pedir sugerencias a cualquiera de sus amigos, porque razonó que cada uno le recomendaría un lugar que conocía y donde ya tenía conocidos. Como Malcolmson deseaba evitar a los amigos, no tenía ningún deseo de cargarse con las atenciones de los amigos de sus amigos, y por eso decidió buscar un lugar por sí mismo. Metió en un portamantas algo de ropa y todos los libros que necesitaba, y luego tomó boleto para el primer nombre del horario local que no conocía.
Cuando, al cabo de tres horas de viaje, bajó en Benchurch, se sintió satisfecho de haber borrado lo bastante bien sus huellas como para estar seguro de disfrutar una oportunidad tranquila de proseguir sus estudios. Fue directamente a la única posada que contenía aquel soñoliento pueblecito y se hospedó allí por la noche. Benchurch era una villa de mercado, y una vez cada tres semanas se llenaba en exceso, pero durante los veintiún días restantes era tan atractiva como un desierto. Al día siguiente de su llegada, Malcolmson recorrió el lugar para intentar encontrar alojamiento más aislado incluso que una posada tan silenciosa como The Good Traveller. Sólo hubo un sitio que le agradó, y ciertamente satisfacía sus ideas más extremas de tranquilidad; de hecho, tranquilidad no era la palabra apropiada para aplicarle: desolación era el único término capaz de transmitir alguna idea adecuada de su aislamiento. Era una vieja casa amplia y maciza, de estilo jacobino, con pesados hastiales y ventanas inusualmente pequeñas, colocadas más altas de lo acostumbrado en casas de ese tipo, y rodeada por un alto muro de ladrillo sólidamente construido. En verdad, al examinarla, parecía más una casa fortificada que una vivienda ordinaria. Pero todo aquello complacía a Malcolmson.
—Aquí está —pensó— el sitio exacto que andaba buscando, y si consigo la oportunidad de usarlo, seré feliz.
Su alegría aumentó cuando comprendió, fuera de toda duda, que la casa no estaba habitada en aquel momento.
En la oficina de correos obtuvo el nombre del agente, quien se mostró poco sorprendido ante la solicitud de alquilar una parte de la vieja casa. El señor Carnford, abogado y agente local, era un anciano afable, y confesó francamente su satisfacción de que alguien estuviera dispuesto a vivir en aquella casa.
—Para decirle la verdad —dijo—, yo estaría encantado, en nombre de los propietarios, de dejar que cualquiera ocupara la casa sin pagar renta, por un plazo de años, con tal de acostumbrar a la gente de aquí a verla habitada. Lleva tanto tiempo vacía que ha crecido en torno a ella una especie de prejuicio absurdo, y eso sólo puede disiparse si se la ocupa… aunque sea —añadió, echando una mirada astuta a Malcolmson— por un estudioso como usted, que necesita su quietud por un tiempo.
A Malcolmson le pareció innecesario preguntar al agente por aquel “prejuicio absurdo”; sabía que, si llegaba a necesitar información sobre el asunto, la obtendría mejor por otras vías. Pagó tres meses de renta, recibió un recibo y el nombre de una anciana que probablemente aceptaría “atenderlo”, y se marchó con las llaves en el bolsillo. Después fue a ver a la posadera, que era una mujer alegre y de gran bondad, y le pidió consejo acerca de las provisiones y víveres que probablemente necesitaría. Ella levantó las manos con asombro cuando él le dijo dónde pensaba instalarse.
—¡No en la casa del juez! —exclamó, y palideció al decirlo.
Él le explicó la ubicación de la casa, diciendo que no conocía su nombre. Cuando terminó, ella respondió:
—Sí, claro… sí, claro, es ese mismo lugar. Es la casa del juez, sí, señor.
Le pidió que le hablara de aquel sitio, por qué lo llamaban así y qué tenía en contra. Ella le contó que se le daba ese nombre en el lugar porque había sido, muchos años atrás —cuántos, no podía decirlo, pues ella misma era de otra parte del país, aunque calculaba que debía de haber sido un siglo o más—, la residencia de un juez al que se temía grandemente por la dureza de sus sentencias y su hostilidad hacia los presos en las sesiones judiciales. En cuanto a qué era lo que tenía la casa, no supo decirlo. Ella lo había preguntado muchas veces, pero nadie había podido informarla; no obstante, existía una sensación general de que había algo, y por su parte no aceptaría ni todo el dinero del banco de Drinkwater a cambio de permanecer una hora sola en aquella casa. Luego se disculpó con Malcolmson por haberlo inquietado con su charla.
—Es muy malo de mi parte, señor, y usted… y además un joven caballero —si me perdona que se lo diga—, yéndose a vivir allí, tan solo. Si usted fuera mi hijo —y perdóneme otra vez que se lo diga—, no dormiría allí ni una noche, ni aunque yo misma tuviera que ir y tirar de la gran campana de alarma que hay en el tejado.
La buena mujer estaba tan manifiestamente sincera y sus intenciones eran tan bondadosas, que Malcolmson, aunque divertido, se sintió conmovido. Le dijo amablemente cuánto apreciaba su interés por él y añadió:
—Pero, mi querida señora Witham, de veras no tiene usted por qué preocuparse por mí. Un hombre que se prepara para el Mathematical Tripos tiene demasiado en qué pensar como para dejarse inquietar por cualquiera de esos misteriosos “algos”, y su trabajo es de una clase demasiado exacta y prosaica para dejar sitio en su mente a misterios de ningún género. ¡La progresión armónica, las permutaciones y combinaciones y las funciones elípticas me bastan ya de sobra en materia de misterios!
La señora Witham se ofreció bondadosamente a encargarse de las compras por él, y Malcolmson fue personalmente a buscar a la anciana que le habían recomendado. Cuando regresó a la casa del juez con ella, al cabo de un par de horas, encontró a la propia señora Witham esperándolo, junto con varios hombres y muchachos cargados de paquetes, y a un empleado del tapicero que traía una cama en un carro; decía ella que, aunque mesa y sillas podían muy bien servir, una cama que quizá no había sido ventilada en cincuenta años no era cosa apropiada para que se acostara un joven. Era evidente que sentía curiosidad por ver el interior de la casa y, aunque estaba manifiestamente tan asustada por los “algos” que al menor ruido se aferraba a Malcolmson, a quien no soltó ni un instante, recorrió el lugar entero.
Después de examinar la casa, Malcolmson decidió instalarse en el gran comedor, que era bastante amplio para satisfacer todas sus necesidades, y la señora Witham, con ayuda de la mujer de limpieza, la señora Dempster, procedió a poner todo en orden. Cuando introdujeron y deshicieron las cestas, Malcolmson vio que, con amable previsión, ella había enviado de su propia cocina provisiones suficientes para varios días. Antes de irse le expresó toda clase de buenos deseos, y en la puerta se volvió para decir:
—Y quizá, señor, puesto que la habitación es grande y correteada por el aire, convendría poner de noche uno de esos grandes biombos alrededor de su cama… aunque, a decir verdad, yo misma me moriría si me viera encerrada así con toda clase de… de “cosas” que asomaran la cabeza por los lados o por encima y se quedaran mirándome.
La imagen que acababa de evocar fue demasiado para sus nervios, y huyó de inmediato.
La señora Dempster resopló con aire de superioridad cuando desapareció la posadera, y observó que, por su parte, no le tenía miedo a todos los fantasmas del reino.
—Le diré una cosa, señor —dijo—: los fantasmas son toda clase de cosas… ¡excepto fantasmas! Ratas y ratones, escarabajos y puertas que rechinan, tejas flojas, vidrios rotos y tiradores de cajones que se quedan afuera cuando uno los jala y luego se caen a media noche. ¡Mire el entablado de la habitación! Es viejo… ¡viejo de cientos de años! ¿Cree usted que no hay ratas y escarabajos ahí? ¿Y se imagina, señor, que no va a ver ninguno? Las ratas son fantasmas, se lo digo yo, y los fantasmas son ratas; ¡y no se ponga a pensar otra cosa!
—Señora Dempster —dijo Malcolmson gravemente, haciéndole una cortés reverencia—, usted sabe más que un Senior Wrangler. Y permítame decirle que, como prueba de estima por la indudable sensatez de su cabeza y de su corazón, cuando me vaya le cederé posesión de esta casa y la dejaré quedarse aquí sola durante los dos últimos meses de mi arrendamiento, pues cuatro semanas me bastarán para mi propósito.
—¡Muchas gracias, señor! —respondió ella—, pero yo no podría dormir fuera de casa ni una noche. Estoy en la Caridad de Greenhow, y si durmiera una sola noche fuera de mis habitaciones perdería cuanto tengo para vivir. Las reglas son muy estrictas, y hay demasiados al acecho de una vacante como para que yo me arriesgue en este asunto. Si no fuera por eso, señor, vendría con mucho gusto a atenderlo aquí durante toda su estancia.
—Mi buena mujer —dijo apresuradamente Malcolmson—, he venido aquí con el propósito de obtener soledad, y crea usted que agradezco al difunto Greenhow haber organizado su admirable obra de caridad —sea lo que sea—, por la cual se me niega por fuerza la oportunidad de sufrir una tentación de tal índole. ¡Ni san Antonio podría ser más riguroso en ese punto!
La anciana rio con aspereza.
—¡Ah, ustedes los jóvenes caballeros! —dijo—. No temen en vano, y puede que aquí obtenga toda la soledad que quiera.
Se puso a trabajar en la limpieza, y al caer la noche, cuando Malcolmson regresó de su paseo —siempre llevaba consigo uno de sus libros para estudiar mientras caminaba—, encontró la habitación barrida y ordenada, un fuego encendido en el viejo hogar, la lámpara prendida y la mesa servida para la cena con los excelentes alimentos de la señora Witham.
—Esto sí es comodidad —dijo, y se frotó las manos.
Cuando terminó de cenar y llevó la bandeja al otro extremo de la gran mesa de roble del comedor, sacó de nuevo sus libros, echó más leña al fuego, recortó la mecha de la lámpara y se sentó a trabajar con auténtico empeño. Continuó sin pausa hasta alrededor de las once, cuando hizo un alto para arreglar el fuego y la lámpara, y prepararse una taza de té. Siempre había sido bebedor de té y, durante su vida universitaria, acostumbraba trabajar hasta tarde y tomar té a deshora. Aquel descanso era para él un gran lujo, y lo disfrutó con una deliciosa sensación de molicie. El fuego renovado saltó y chisporroteó, proyectando sombras caprichosas a través de la vieja y gran habitación, y mientras sorbía el té caliente se recreó en la sensación de estar aislado de sus semejantes. Entonces fue cuando comenzó a notar por primera vez el ruido que hacían las ratas.
—Seguramente —pensó— no pudieron haber estado haciendo eso todo el tiempo que estuve estudiando. ¡De haber sido así, lo habría notado!
Poco después, al aumentar el ruido, se convenció de que realmente era algo nuevo. Resultaba evidente que, al principio, las ratas se habían asustado ante la presencia de un extraño y la luz del fuego y la lámpara, pero que, a medida que pasaba el tiempo, se habían ido envalentonando y ahora se entregaban a sus habituales andanzas.
¡Qué ocupadas estaban… y qué ruidos extraños! Corrían arriba y abajo por el viejo entablado, sobre el techo y bajo el suelo; roían, arañaban y escarbaban. Malcolmson sonrió para sí al recordar el dicho de la señora Dempster:
“¡Los fantasmas son ratas, y las ratas son fantasmas!”
El té comenzaba a producir en él su efecto estimulante sobre la inteligencia y los nervios; veía con alegría que le aguardaba todavía una larga sesión de trabajo antes de que acabara la noche, y, en la sensación de seguridad que esto le daba, se permitió el lujo de echar una buena mirada a la habitación. Tomó la lámpara en una mano y dio la vuelta entera, maravillándose de que una casa antigua tan curiosa y hermosa hubiera sido descuidada durante tanto tiempo. La talla del roble en los paneles del entablado era excelente, y en torno de puertas y ventanas resultaba bellísima y de raro mérito. Había algunos viejos cuadros en las paredes, pero estaban tan cubiertos de polvo y suciedad que no pudo distinguir detalle alguno, aunque levantó la lámpara cuanto pudo por encima de su cabeza. Aquí y allá, a medida que avanzaba, veía alguna grieta o agujero momentáneamente taponado por la cara de una rata, con sus ojos brillantes reluciendo en la luz; pero al instante desaparecía, seguida de un chillido y una carrera. Lo que más le llamó la atención, sin embargo, fue la cuerda de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un rincón de la habitación, del lado derecho de la chimenea. Acercó al hogar un gran sillón de roble tallado, de respaldo alto, y se sentó a tomar su última taza de té. Cuando acabó, avivó el fuego y volvió a su trabajo, sentándose en la esquina de la mesa, con el fuego a su izquierda. Durante un rato, las ratas lo inquietaron un poco con su continuo correteo, pero se acostumbró al ruido como uno se acostumbra al tic-tac del reloj o al rumor del agua en movimiento, y acabó tan inmerso en su labor que todo en el mundo, salvo el problema que intentaba resolver, desapareció para él.
De pronto levantó la vista; el problema seguía sin resolverse, y había en el aire esa sensación de la hora anterior al amanecer, tan temible para la vida incierta. El ruido de las ratas había cesado. En verdad, le pareció que debía de haber cesado hacía poco y que había sido la interrupción repentina la que lo había perturbado. El fuego había bajado, pero todavía arrojaba un profundo resplandor rojizo. Al mirar, se sobresaltó pese a su sangre fría.
Allí, sobre el gran sillón de roble tallado y de alto respaldo, al lado derecho de la chimenea, estaba sentada una rata enorme, mirándolo fijamente con ojos malignos. Hizo un movimiento como para espantarla, pero no se movió. Entonces hizo ademán de arrojarle algo. Tampoco se movió, sino que mostró con ira sus grandes dientes blancos, y sus crueles ojos brillaron a la luz de la lámpara con redoblada animosidad.
Malcolmson se sintió asombrado y, apoderándose del atizador de la chimenea, corrió hacia ella para matarla. Pero antes de que pudiera descargar el golpe, la rata, con un chillido que sonó como la concentración misma del odio, saltó al suelo y, subiendo por la cuerda de la campana de alarma, desapareció en la oscuridad más allá del alcance de la lámpara de pantalla verde. Instantáneamente, cosa extraña, recomenzó el ruidoso correteo de las ratas por el entablado.
Para entonces la mente de Malcolmson se había apartado por completo del problema y, cuando un agudo canto de gallo afuera le anunció la proximidad de la mañana, se fue a la cama y se durmió.
Durmió tan profundamente que ni siquiera lo despertó la entrada de la señora Dempster para arreglar la habitación. Sólo cuando ella ya había puesto todo en orden, dejado listo el desayuno y golpeado el biombo que rodeaba la cama, despertó. Aún se sentía un poco cansado tras la ardua labor nocturna, pero una taza fuerte de té lo reanimó de inmediato y, tomando su libro, salió a dar su paseo matutino, llevando consigo algunos emparedados por si no quería regresar hasta la hora de la cena. Encontró, a cierta distancia del pueblo, un sendero tranquilo entre altos olmos, y allí pasó la mayor parte del día estudiando a Laplace. Al volver, entró a ver a la señora Witham para agradecerle su bondad. Cuando ella lo vio pasar por la ventana salediza, de pequeños vidrios emplomados, de su salita, salió a recibirlo y lo hizo entrar. Lo miró con atención, meneó la cabeza y dijo:
—No debe usted exagerar, señor. Esta mañana está más pálido de lo que debería. Las trasnochadas y el trabajar demasiado el cerebro no le hacen bien a nadie. Pero dígame, señor, ¿cómo pasó la noche? ¿Bien, espero? ¡Pero, santo cielo, señor, qué gusto me dio cuando esta mañana la señora Dempster me dijo que estaba usted bien y dormía profundamente cuando ella entró!
—Oh, estuve perfectamente —respondió él, sonriendo—. Los “algos” no me molestaron… por ahora. Sólo las ratas, y vaya circo que montaron por todas partes. Hubo un viejo diablo de aspecto perverso que se sentó en mi propio sillón, junto al fuego, y no quiso irse hasta que le eché mano al atizador; entonces subió corriendo por la cuerda de la campana de alarma y se fue a algún sitio de la pared o del techo… no pude ver a dónde, estaba demasiado oscuro.
—¡Virgen santa! —dijo la señora Witham—. ¡Un viejo diablo sentado en una silla junto al hogar! ¡Tenga cuidado, señor, tenga cuidado! Más de una verdad se dice en broma.
—¿Qué quiere decir? Palabra que no la entiendo.
—¡Un viejo diablo! Quizá el viejo diablo. ¡Vamos, señor, no se ría! —pues Malcolmson había soltado una franca carcajada—. Ustedes los jóvenes creen muy fácil reírse de las cosas que hacen estremecer a los mayores. ¡No importa, señor, no importa! ¡Pluguiera a Dios que siga riéndose siempre! ¡Eso es lo que le deseo de todo corazón!
La buena mujer sonrió con simpatía ante el placer de él, y sus temores desaparecieron por un momento.
—Oh, perdóneme —dijo Malcolmson al cabo de un rato—. No piense que quise faltarle al respeto, pero la idea fue demasiado para mí… ¡pensar que el mismo diablo viejo estuvo anoche sentado en la silla!
Y volvió a reír al pensarlo. Luego se marchó a cenar.
Aquella noche el correteo de las ratas comenzó más temprano; de hecho, ya estaba en marcha antes de su llegada, y sólo cesó mientras la novedad de su presencia las perturbó. Después de cenar, se sentó un rato junto al fuego y fumó, y luego, una vez despejada la mesa, comenzó a trabajar como la noche anterior. Sin embargo, aquella noche las ratas lo molestaron más que antes.
¡Cómo corrían arriba y abajo, por debajo y por encima! ¡Cómo chillaban, arañaban y roían! ¡Cómo, envalentonándose poco a poco, llegaban hasta la boca de sus agujeros y a las rendijas, grietas y hendiduras del entablado, de modo que sus ojos brillaban como lamparitas cuando la luz del fuego subía y bajaba! Pero a él, ya sin duda acostumbrado a ellas, sus ojos no le parecían malignos; sólo le llamaba la atención su vivacidad. A veces, las más atrevidas salían al suelo o recorrían las molduras del entablado. De vez en cuando, cuando lo distraían, Malcolmson hacía algún ruido para espantarlas, golpeando la mesa con la mano o lanzando un feroz “¡shh, shh!”, y ellas huían al instante hacia sus agujeros.
Así transcurrió la primera parte de la noche, y, a pesar del ruido, Malcolmson se fue abismando cada vez más en su trabajo.
De pronto se detuvo, como la noche anterior, vencido por un silencio repentino. No se oía el menor ruido de roedura, rasguño o chillido. El silencio era el de la tumba.
Recordó el extraño incidente de la víspera y, por instinto, miró hacia la silla colocada junto al fuego. Entonces una sensación muy singular lo estremeció.
Allí, sobre el gran sillón antiguo de roble tallado y alto respaldo, junto a la chimenea, estaba sentada la misma rata enorme, mirándolo fijamente con sus ojos malignos.
Instintivamente, tomó lo primero que tuvo a mano, un libro de logaritmos, y se lo arrojó. El tiro salió mal y la rata no se movió, de modo que repitió la escena del atizador de la noche anterior, y una vez más la rata, perseguida de cerca, huyó por la cuerda de la campana de alarma. También, de manera extraña, la retirada de aquella rata fue seguida de inmediato por la reanudación del ruido hecho por la comunidad general de ratas. En esta ocasión, como en la anterior, Malcolmson no pudo ver por qué parte del cuarto desaparecía la rata, pues la pantalla verde de su lámpara dejaba la parte alta del aposento en penumbra y el fuego estaba ya bajo.
Al mirar su reloj vio que eran casi las doce, y, no del todo disgustado por aquel divertissement, avivó el fuego y se preparó su tetera nocturna. Había hecho ya una buena sesión de trabajo y creyó tener derecho a un cigarrillo; de modo que se sentó en el gran sillón de roble tallado frente al fuego y lo disfrutó. Mientras fumaba, empezó a pensar que le gustaría saber dónde desaparecía la rata, pues tenía ciertas ideas para el día siguiente no del todo ajenas a una trampa para ratas. En consecuencia, encendió otra lámpara y la colocó de modo que iluminara bien el rincón derecho de la pared junto a la chimenea. Luego tomó todos los libros que tenía consigo y los colocó a mano para arrojarlos al animal. Por último, levantó la cuerda de la campana de alarma y puso su extremo sobre la mesa, sujetando la punta bajo la lámpara. Al manipularla, no pudo evitar notar lo flexible que era, sobre todo tratándose de una cuerda tan fuerte y además fuera de uso.
—Con esto se podría ahorcar a un hombre —pensó.
Cuando tuvo todo preparado, miró en torno suyo y dijo con satisfacción:
—Ahora sí, amigo mío, creo que esta vez averiguaremos algo de usted.
Reanudó su trabajo y, aunque al principio volvió a sentirse algo perturbado por el ruido de las ratas, pronto se perdió en su proposición y en sus problemas.
Una vez más volvió bruscamente a la conciencia de su entorno inmediato. Esta vez tal vez no había sido sólo el repentino silencio lo que atrajo su atención; había también un leve movimiento de la cuerda, y la lámpara se había balanceado. Sin moverse, comprobó si su montón de libros estaba a tiro, y luego siguió con la vista la cuerda. Mientras miraba, vio a la gran rata dejarse caer desde la cuerda sobre el sillón de roble y quedarse allí mirándolo fijamente. Tomó un libro con la mano derecha y, apuntando con cuidado, se lo lanzó. La rata, con un movimiento rápido, saltó a un lado y esquivó el proyectil. Entonces tomó otro libro, y luego un tercero, arrojándolos uno tras otro, pero siempre sin éxito. Al fin, cuando estaba de pie con un libro en la mano listo para lanzar, la rata chilló y pareció asustada. Esto hizo que Malcolmson se empeñara todavía más en acertarle, y el libro voló y golpeó a la rata con un sonoro impacto. Ella lanzó un chillido aterrorizado y, volviendo hacia su perseguidor una mirada de terrible malevolencia, trepó por el respaldo del sillón y dio un gran salto hacia la cuerda de la campana de alarma, subiendo por ella como un relámpago. La lámpara osciló bajo la sacudida repentina, pero era pesada y no se volcó. Malcolmson mantuvo los ojos fijos en la rata y vio, a la luz de la segunda lámpara, que saltaba a una moldura del entablado y desaparecía por un agujero en uno de los grandes cuadros que colgaban de la pared, oculto e invisible bajo su capa de polvo y suciedad.
—Mañana miraré el escondrijo de mi amigo —dijo el estudiante mientras iba a recoger sus libros—. El tercer cuadro desde la chimenea; no lo olvidaré.
Fue levantando los libros uno por uno, comentándolos al alzarlos.
—A Secciones cónicas no le importa; ni a Oscilaciones cicloidales, ni a los Principia, ni a los Cuaterniones, ni a la Termodinámica… ¡Ahora, a ver el libro que sí le dio!
Malcolmson lo tomó y lo miró. Al hacerlo, se sobresaltó, y una repentina palidez cubrió su rostro. Miró alrededor con inquietud y se estremeció levemente mientras murmuraba para sí:
—La Biblia que me dio mi madre. Qué coincidencia tan extraña.
Volvió a sentarse a trabajar y las ratas reanudaron sus juegos en el entablado. No lo inquietaban, sin embargo; de algún modo, su presencia le daba sensación de compañía. Pero no conseguía concentrarse en el estudio y, después de esforzarse en dominar el tema que tenía entre manos, lo abandonó desesperado y se fue a la cama cuando el primer resplandor del amanecer se coló por la ventana del este.
Durmió pesadamente, aunque con desasosiego, y soñó mucho; cuando la señora Dempster lo despertó ya avanzada la mañana, parecía incómodo y durante unos minutos no pareció darse cuenta exacta de dónde estaba. Su primera petición sorprendió bastante a la sirvienta.
—Señora Dempster, cuando yo salga hoy, quisiera que buscara la escalera y quitara el polvo o limpiara esos cuadros… especialmente ése, el tercero desde la chimenea. Quiero ver qué representan.
Ya avanzada la tarde, Malcolmson estudió sus libros en el paseo sombreado, y a medida que avanzó el día volvió en él la jovialidad de la víspera, al comprobar que su lectura progresaba bien. Había resuelto satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces lo habían desconcertado, y en un estado de júbilo fue a visitar a la señora Witham a The Good Traveller. Encontró en la acogedora salita a un desconocido junto a la posadera, quien se lo presentó como el doctor Thornhill. La mujer no parecía del todo tranquila, y esto, unido a que el doctor se lanzó de inmediato a una serie de preguntas, hizo que Malcolmson llegara a la conclusión de que la presencia de aquel hombre no era accidental; así que, sin preámbulos, dijo:
—Doctor Thornhill, con mucho gusto responderé cualquier pregunta que quiera hacerme, si antes responde usted una sola pregunta mía.
El médico pareció sorprendido, pero sonrió y contestó en seguida:
—Hecho. ¿Cuál es?
—¿La señora Witham le pidió que viniera a verme y aconsejarme?
El doctor quedó por un instante desconcertado, y la señora Witham se puso colorada como la grana y se apartó, pero el doctor era un hombre franco y resuelto, y respondió enseguida y abiertamente:
—Sí, me lo pidió, aunque no pensó que usted fuera a saberlo. Supongo que fue mi torpe premura la que lo hizo sospechar. Me dijo que no le gustaba la idea de que usted estuviera en esa casa completamente solo, y que creía que tomaba demasiado té fuerte. En realidad quiere que, si es posible, le aconseje dejar el té y las horas tan avanzadas. Yo fui un estudiante apasionado en mis tiempos, así que supongo que puedo tomarme la libertad, como hombre universitario, de darle un consejo sin ofenderlo.
Malcolmson, sonriendo vivamente, le tendió la mano.
—Estrechémosla, como dicen en América —dijo—. Debo agradecerle su bondad, y también a la señora Witham; y su bondad merece una correspondencia de mi parte. Prometo no tomar más té fuerte… ningún té, en realidad, hasta que usted me lo permita… y esta noche me iré a la cama a la una, a más tardar. ¿Le parece bien?
—Magnífico —dijo el doctor—. Ahora cuéntenos todo cuanto haya observado en la vieja casa.
Y así, Malcolmson les refirió allí mismo, minuciosamente, todo lo ocurrido durante las dos noches anteriores. La señora Witham lo interrumpía de vez en cuando con alguna exclamación, hasta que por fin, cuando él habló del episodio de la Biblia, las emociones contenidas de la posadera estallaron en un grito, y no fue sino hasta que le administraron una buena copa de brandy con agua que recobró la calma. El doctor Thornhill escuchaba con expresión cada vez más grave y, una vez concluido el relato y repuesta la señora Witham, preguntó:
—¿La rata subía siempre por la cuerda de la campana de alarma?
—Siempre.
—Supongo que sabe usted —dijo el doctor, tras una pausa— qué es esa cuerda.
—¿No?
—Es —dijo el doctor lentamente— la misma cuerda que utilizó el verdugo para todas las víctimas del rencor judicial del juez.
Aquí lo interrumpió otro grito de la señora Witham, y hubo que atender nuevamente a su recuperación. Malcolmson, al mirar su reloj y ver que ya era casi la hora de cenar, se marchó a casa antes de que la mujer se hubiera restablecido por completo.
Cuando la señora Witham volvió en sí, casi acometió al doctor con preguntas airadas sobre qué había querido decir al poner semejantes ideas horribles en la mente del pobre muchacho.
—Ya tiene bastante ahí adentro para trastornarlo —añadió.
El doctor Thornhill respondió:
—Mi querida señora, lo hice con un propósito muy definido. Quería llamar su atención sobre la cuerda de la campana y fijarla en su mente. Puede ser que esté en un estado de gran sobreexcitación y haya estudiado demasiado, aunque debo decir que parece un joven tan sano y equilibrado, de cuerpo y mente, como cualquiera que haya visto… pero están también las ratas… y esa sugerencia del diablo.
El doctor meneó la cabeza y continuó:
—Le habría ofrecido ir a pasar la primera noche con él, pero estaba seguro de que lo tomaría como una ofensa. Puede sufrir durante la noche algún miedo extraño o alguna alucinación, y si eso ocurre quiero que tire de esa cuerda. Estando tan solo, eso nos serviría de aviso y quizá lleguemos a tiempo para serle útiles. Esta noche me quedaré despierto hasta bastante tarde y tendré los oídos atentos. No se asuste si Benchurch recibe una sorpresa antes de la mañana.
—¡Ay, doctor, qué quiere decir! ¿Qué quiere decir?
—Quiero decir esto: que posiblemente… no, más probablemente… oigamos esta noche la gran campana de alarma de la casa del juez.
Y el doctor hizo una salida tan efectista como cabía imaginar.
Cuando Malcolmson llegó a casa, encontró que era un poco más tarde de lo habitual, y la señora Dempster ya se había marchado: las reglas de la Caridad de Greenhow no podían descuidarse. Se alegró de ver que el lugar estaba limpio y agradable, con un fuego reconfortante y una lámpara bien arreglada. La noche era más fría de lo que cabía esperar en abril, y soplaba un fuerte viento que aumentaba con tal rapidez que prometía una tormenta durante la noche. Durante unos minutos después de su entrada cesó el ruido de las ratas, pero en cuanto se acostumbraron a su presencia, recomenzaron. Le alegró oírlas, pues volvió a sentir aquella impresión de compañía en su alboroto, y su mente regresó al hecho extraño de que sólo dejaban de manifestarse cuando aparecía la otra… la gran rata de ojos malignos. Sólo estaba encendida la lámpara de estudio, y su pantalla verde mantenía en penumbra el techo y la parte superior de la habitación, de manera que la alegre luz del hogar, extendiéndose sobre el suelo y brillando sobre el mantel blanco tendido al extremo de la mesa, resultaba cálida y acogedora. Malcolmson se sentó a cenar con buen apetito y el ánimo levantado. Después de la cena y un cigarrillo, se puso a trabajar con firmeza, decidido a no permitir que nada lo distrajera, pues recordaba su promesa al doctor y estaba resuelto a aprovechar lo mejor posible el tiempo de que disponía.
Durante una hora o así trabajó bastante bien, y luego sus pensamientos empezaron a apartarse de los libros. Las circunstancias reales que lo rodeaban, las exigencias de su atención física y su susceptibilidad nerviosa no podían negarse. Para entonces el viento se había convertido en temporal, y el temporal en tormenta. La vieja casa, sólida como era, parecía estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rugía y bramaba a través de sus numerosas chimeneas y sus extraños hastiales antiguos, produciendo sonidos extraños, sobrenaturales, en las habitaciones y corredores vacíos. Incluso la gran campana de alarma del tejado debía de sentir la fuerza del viento, porque la cuerda subía y bajaba ligeramente, como si la campana se moviese un poco de vez en cuando, y la flexible soga golpeaba el piso de roble con un sonido duro y hueco.
Mientras Malcolmson la escuchaba, recordó las palabras del doctor:
“Es la cuerda que utilizó el verdugo para las víctimas del rencor judicial del juez”, y fue hasta el rincón de la chimenea y la tomó en la mano para examinarla. Había en ella una especie de interés mortífero y, mientras permanecía allí, se perdió por un momento en especulaciones acerca de quiénes habían sido aquellas víctimas y del sombrío deseo del juez de tener siempre ante la vista una reliquia tan espantosa. Mientras estaba así, el vaivén de la campana en el tejado seguía levantando la cuerda de vez en cuando; pero poco después sintió una nueva sensación: una especie de temblor en la soga, como si algo se moviera por ella.
Alzando la vista instintivamente, Malcolmson vio a la gran rata descender lentamente hacia él, mirándolo fijamente. Soltó la cuerda y retrocedió con una maldición entre dientes, y la rata, dándose vuelta, volvió a subir por la pendiente y desapareció; al mismo tiempo Malcolmson advirtió que el ruido de las otras ratas, que había cesado un rato, reanudaba su actividad.
Todo aquello lo hizo pensar, y se le ocurrió que no había investigado el escondrijo de la rata ni examinado los cuadros, como se había propuesto. Encendió la otra lámpara sin pantalla, y sosteniéndola en alto fue a colocarse frente al tercer cuadro desde la chimenea, del lado derecho, por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.
A la primera mirada retrocedió con tal brusquedad que casi dejó caer la lámpara, y una palidez mortal cubrió su rostro.
Le temblaron las rodillas, gruesas gotas de sudor le brotaron en la frente y se estremeció como una hoja. Pero era joven y valiente; se sobrepuso, y tras una pausa de algunos segundos avanzó otra vez, levantó la lámpara y examinó el cuadro, ya desempolvado y lavado, que ahora se destacaba con claridad.
Representaba a un juez vestido con sus ropas de escarlata y armiño. Su rostro era enérgico y despiadado, maligno, astuto y vengativo, con una boca sensual, una nariz ganchuda de color rojizo y forma de pico de ave de presa. El resto del rostro tenía un color cadavérico. Los ojos poseían un brillo peculiar y una expresión terriblemente maligna. Al mirarlos, Malcolmson se heló, pues veía allí el exacto duplicado de los ojos de la gran rata. La lámpara casi cayó de su mano; vio a la rata, con sus ojos malignos, asomando por el agujero en la esquina del cuadro, y advirtió la repentina cesación del ruido de las otras ratas. Sin embargo, se dominó y continuó examinando la pintura.
El juez estaba sentado en un gran sillón de roble tallado, de alto respaldo, al lado derecho de una gran chimenea de piedra, donde, en el rincón, colgaba una cuerda del techo, con el extremo enrollado sobre el suelo. Con una sensación cercana al horror, Malcolmson reconoció la escena exacta de la habitación tal como estaba, y miró a su alrededor con aire sobrecogido, como si esperara encontrar alguna extraña presencia detrás de él. Luego volvió la vista al rincón de la chimenea… y con un grito fuerte dejó caer la lámpara de la mano.
Allí, en el sillón del juez, con la cuerda colgando detrás, estaba sentada la rata con los ojos malignos del juez, ahora intensificados con una mueca diabólica. Salvo por el aullido de la tormenta afuera, reinaba el silencio.
La lámpara caída devolvió a Malcolmson el dominio de sí mismo. Por fortuna era metálica, y el aceite no se derramó. La necesidad práctica de atenderla bastó de inmediato para aplacar sus aprensiones nerviosas. Cuando la apagó, se secó la frente y pensó un momento.
—Esto no puede seguir así —se dijo—. Si continúo de esta manera, me volveré un loco. ¡Esto tiene que parar! Le prometí al doctor que no tomaría té. ¡A fe mía, tenía bastante razón! Mis nervios deben de haberse puesto en un estado extraño. Qué raro que no lo notara. Nunca me he sentido mejor en mi vida. Pero en fin, ya está bien, y no volveré a hacer semejante tontería.
Se sirvió entonces una buena y fuerte copa de brandy con agua y volvió resueltamente a su trabajo.
Había pasado casi una hora cuando levantó la vista del libro, inquietado por la repentina quietud. Afuera el viento aullaba y rugía más fuerte que nunca, y la lluvia azotaba las ventanas en ráfagas, golpeando el vidrio como granizo; pero dentro no se oía absolutamente nada, salvo el eco del viento bramando en la gran chimenea y, de vez en cuando, un siseo cuando algunas gotas de lluvia lograban bajar por ella en algún amainar de la tormenta. El fuego había bajado y había dejado de lanzar llamas, aunque seguía arrojando un resplandor rojo. Malcolmson aguzó el oído y al cabo distinguió un ruido tenue y agudo, como de chillido, muy débil. Venía del rincón de la habitación donde colgaba la cuerda, y pensó que era el rechinar de la soga contra el suelo mientras el vaivén de la campana la levantaba y la dejaba caer. Sin embargo, al mirar hacia arriba vio, en la penumbra, a la gran rata aferrada a la cuerda y royéndola. La cuerda estaba ya casi cortada; se veía el color más claro donde habían quedado descubiertas las hebras. Mientras miraba, la tarea quedó concluida, y el extremo seccionado de la cuerda cayó traqueteando sobre el piso de roble, mientras por un instante la gran rata quedó colgando como un borlón o un fleco al final de la soga, que empezó entonces a oscilar de un lado a otro. Malcolmson sintió por un momento otro acceso de terror al pensar que la posibilidad de llamar en su auxilio al mundo exterior había quedado destruida; pero ese temor dio paso a una cólera intensa y, apoderándose del libro que estaba leyendo, se lo lanzó a la rata. El golpe iba bien dirigido, pero antes de que el proyectil la alcanzara, la rata se dejó caer y golpeó el suelo con un sordo golpe. Malcolmson corrió inmediatamente hacia ella, pero el animal se escurrió y desapareció en la oscuridad de las sombras de la habitación. Sintió entonces que por aquella noche su trabajo había concluido y decidió variar la monotonía de la situación emprendiendo una cacería de la rata, quitó la pantalla verde de la lámpara para lograr una luz más amplia. Al hacerlo, la penumbra de la parte alta del aposento se disipó y, bajo la nueva inundación de claridad, grande en comparación con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared se destacaron con nitidez.
Desde donde estaba, Malcolmson vio frente a sí el tercer cuadro desde la derecha de la chimenea. Se frotó los ojos con asombro, y luego comenzó a apoderarse de él un miedo profundo.
En el centro del cuadro había una gran mancha irregular de lienzo pardo, tan fresca como cuando había sido tensado en el bastidor. El fondo seguía como antes, con la silla, el rincón de la chimenea y la cuerda, pero la figura del juez había desaparecido.
Malcolmson, casi estremecido de horror, se volvió lentamente, y entonces empezó a temblar y a sacudirse como un hombre atacado de parálisis. Parecía habérsele ido toda la fuerza, y era incapaz de actuar o moverse, apenas incluso de pensar. Sólo podía ver y oír.
Allí, sentado en el gran sillón de roble tallado y respaldo alto, estaba el juez con sus ropas de escarlata y armiño, mirándolo vengativamente con sus ojos malignos, y una sonrisa de triunfo en la firme y cruel boca, mientras levantaba con las manos una cofia negra. Malcolmson sintió como si la sangre se le escapara del corazón, tal como sucede en momentos de suspense prolongado. Le zumbaban los oídos. Afuera oía el rugido y el aullido de la tempestad y, a través de ella, llevado por el temporal, llegó el tañido de la medianoche dado por las grandes campanas de la plaza del mercado. Permaneció un espacio de tiempo que le pareció interminable, quieto como una estatua, con los ojos abiertos de horror, sin aliento. Y a medida que el reloj daba las campanadas, la sonrisa de triunfo del rostro del juez se acentuaba, y al sonar la última campanada de medianoche se colocó la cofia negra en la cabeza.
Lentamente y de manera deliberada, el juez se levantó de su silla y recogió el trozo de cuerda de la campana de alarma que yacía en el suelo; la hizo pasar entre sus manos como si disfrutara de su tacto, y luego comenzó a anudar un extremo, dándole forma de lazo corredizo. Lo apretó y lo probó con el pie, tirando con fuerza hasta quedar satisfecho y, una vez hecho el nudo corredizo, lo sostuvo en la mano. Después empezó a avanzar a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a Malcolmson, sin apartar de él los ojos, hasta que lo sobrepasó y, con un movimiento rápido, se colocó delante de la puerta. Malcolmson comenzó entonces a sentir que estaba atrapado e intentó pensar qué debía hacer. Había una especie de fascinación en los ojos del juez, que no dejaba de fijar en él, y Malcolmson se vio obligado a mirarlo. Vio al juez acercarse —siempre interponiéndose entre él y la puerta— y levantar el lazo, arrojándolo hacia él como para atraparlo. Con un enorme esfuerzo hizo un rápido movimiento a un lado, vio caer la cuerda junto a él y oyó cómo golpeaba el piso de roble. De nuevo el juez levantó el lazo e intentó enredarlo, manteniendo siempre fijos en él sus ojos malignos, y cada vez, mediante un esfuerzo supremo, el estudiante alcanzaba apenas a esquivarlo. Así continuó aquello muchas veces, sin que el juez pareciera jamás desalentarse ni turbarse por el fracaso, sino jugando con él como un gato con un ratón. Por fin, en la desesperación llevada al extremo, Malcolmson lanzó una rápida mirada en torno suyo. La lámpara parecía haber cobrado más intensidad, y había bastante buena luz en la estancia. En los múltiples agujeros de las ratas y en las rendijas y hendiduras del entablado vio los ojos de los roedores, y ese aspecto, puramente físico, le dio un destello de consuelo. Miró alrededor y vio que la cuerda de la gran campana de alarma estaba cargada de ratas. Cada pulgada estaba cubierta por ellas, y más y más seguían brotando por el pequeño agujero circular del techo del cual salía la cuerda, de modo que con su peso la campana empezaba a balancearse.
¡Escucha! Se había balanceado hasta que el badajo tocó la campana. El sonido no fue más que un tintineo mínimo, pero la campana apenas estaba comenzando a moverse, y el sonido crecería.
Al oírlo, el juez, que había mantenido los ojos fijos en Malcolmson, levantó la vista, y una expresión de diabólica ira cubrió su rostro. Sus ojos relucieron como carbones encendidos, y golpeó el suelo con el pie con un ruido que pareció hacer temblar la casa. Un espantoso trueno estalló sobre sus cabezas cuando volvió a alzar la cuerda, mientras las ratas seguían corriendo arriba y abajo por ella como si lucharan contra el tiempo. Esta vez, en lugar de arrojar el lazo, se acercó a su víctima y lo mantuvo abierto mientras avanzaba. A medida que se aproximaba, había algo paralizante en su sola presencia, y Malcolmson permaneció rígido como un cadáver. Sintió los dedos helados del juez tocarle la garganta mientras le ajustaba la cuerda. El lazo se apretó… se apretó. Entonces el juez, tomando en brazos la forma rígida del estudiante, lo llevó y lo colocó de pie sobre la silla de roble; luego, subiéndose junto a él, alzó la mano y sujetó el extremo de la cuerda oscilante de la campana de alarma. Al levantar la mano, las ratas huyeron chillando y desaparecieron por el agujero del techo. Tomó el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcolmson y lo ató a la cuerda colgante de la campana, y luego, al bajar, retiró la silla.
Cuando la campana de alarma de la casa del juez comenzó a sonar, una multitud se reunió pronto. Aparecieron luces y antorchas de toda clase, y al poco rato una silenciosa multitud se apresuraba hacia el lugar. Golpearon con fuerza la puerta, pero no hubo respuesta. Entonces la echaron abajo y se precipitaron al gran comedor, con el doctor al frente.
Allí, al extremo de la cuerda de la gran campana de alarma, colgaba el cuerpo del estudiante, y en el rostro del juez del cuadro había una sonrisa maligna.
FIN
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