(El Destino de la Bruja I)
La aguardo al amparo de la noche. La he visto de día, andando hacia la escuela, camino a comprar pan y cotilleando con sus amigas en la plaza del pueblo.
Es una chica hermosa. Su piel blanca brilla con el contacto del sol y, aunque no me he acercado demasiado, sé que siempre huele a perfume de rosas.
Meto mi mano en el bolsillo y tanteo la navaja. La he seguido por varios días y creo que hoy la fortuna, si es que tal cosa existe, me ha sonreído.
Esta tarde la vi salir de su casa y todavía no ha regresado. Si no vuelve, la noche se habrá desperdiciado y seguiré al acecho, oculto entre las sombras hasta que cometa un error.
Si regresa… no tendré que acecharla nunca más.
Las horas pasan y la Luna asciende en el cielo, el viento susurra entre los arboles que bordean el camino. A lo lejos, la casa de esta chica es la única con luces en las ventanas.
Aguardan su regreso, es obvio. Puede que la espera valga la pena.
Oigo pasos en el camino. Es ella. Trae un vestido blanco que para el amanecer se habrá vuelto rojo. Luce confiada, pero mañana, su rostro petrificado tendrá dibujada una mueca de terror.
Su cabello dorado brilla con la luz de la Luna y guardaré un mechón como recuerdo. Trae paquetes bajo el brazo, lo que contengan pronto estará entre mis manos.
Contengo la respiración y no muevo ni un músculo cuando pasa junto al árbol en el que me oculto. Dejo que avance un paso, dos, tres.
Abandono mi escondite, con una mano tapo su boca y con la otra apoyo el cuchillo contra su vientre.
–Ésta noche serás mía, puta –le susurro en sus oídos–. No te resistas y dejaré que vivas para contar cuanto gozaste esta noche.
La chica comienza a debatirse, pero sólo un instante. Parece aceptar su destino como una vaca frente al matadero y, atrapada, se deja llevar entre los árboles.
Avanzamos por el bosque hasta donde sé que nadie podrá escuchar sus gritos. Entonces la suelto y la empujo para que caiga con violencia.
Le doy la vuelta con brusquedad. Sus rodillas sangran. Pronto sangrará por muchas partes.
Clavo la navaja en el suelo, justo al alcance de mi mano. No es tiempo de ocuparla, todavía no. Primero, la recompensa que tanto me ha quitado el sueño.
Abro sus piernas y me colocó en posición para tomarla.
Su rostro no muestra expresión alguna.
Comienzo a moverme en medio de ella, quiero que sufra, así que golpeo su rostro, su vientre y sus pechos mientras arremeto con fuerza.
Su rostro no muestra expresión alguna.
Estoy a punto de llegar al clímax, tomo el cuchillo y lo alzo para que lo vea, reflejando la luz de la Luna. Le advierto que le cortare el cuello cuando termine dentro de ella.
Su rostro no muestra expresión alguna.
Suelto un grito de placer al acabar, pero el cuchillo no desciende. Siento mi brazo paralizado.
Mis ojos buscan el rostro de la chica. Está sonriendo. ¿Por qué sonríe?
Mi otro brazo se dirige a su garganta. Pero grito de angustia porque mi mano se ve enflaquecida, marchita, muerta.
La sangre que manchaba el vestido de la muchacha comienza a desaparecer, como si su cuerpo volviera a absorberla.
Ella sigue sonriendo.
La navaja cae de mi mano, pues ya no hay carne para sostenerla. Puedo sentir como la vida se escapa por mi virilidad y fluye hacia ella.
Sombras oscuras danzan entre los árboles. Sombras con forma de lobos, murciélagos, serpientes y demonios danzan alrededor de nosotros.
“Bruja, bruja, bruja, bruja…”, repiten voces en mi mente.
Ella sigue sonriendo.
–Bruja –dice ella en voz alta, antes de empujarme hacia un lado.
Con lentitud, como si tuviera todo el tiempo del mundo, se levanta y se arregla el vestido. Inerte en el suelo, puedo ver como se aleja. Las sombras se apartan para dejarla pasar y desaparece entre los árboles en dirección a su hogar.
Pero las sombras no se van.
Puedo sentir mi corazón, bombeando cada vez más despacio.
Con cada débil latido las sombras se acercan un poco más.
Sus ojos son rojos y todas sonríen con dientes afilados y brillantes, del mismo color que la Luna.
No tengo fuerzas para gritar. Mi último aliento se desperdicia en un ligero gemido de terror mientras siento como mi vida llega a su fin.
Las sombras ya están sobre mí.