Testimonio

El señor del sombrero de copa

Testimonio real — Fantasma
Ubicación: Ciudad de México
Fecha: No especificada
Relator: Amigo del propietario de la casa

Hace años, cuando estudiaba en la universidad, tenía un amigo que vivía en la colonia Roma, una de las zonas más antiguas y cotizadas de la Ciudad de México. Su hogar era una casona de estilo porfiriano, con una larga y elegante escalera lateral que conducía al piso superior. Desde ahí, se podía observar el vestíbulo a través de un barandal de hierro forjado. La casa era preciosa… pero tenía algo extraño, una sensación constante de que alguien te observaba.

La primera vez que algo raro me sucedió fue una tarde, al volver de la universidad. Mi amigo me dijo que debía pasar al sanitario y yo le contesté que aprovecharía para saludar a su madre, ya que creí verla moverse en la cocina. Sin embargo, al ir a buscarla, estaba vacía. Minutos después, mi amigo salió y, al preguntar por su madre, le dije no estaba en la casa… aunque él también había percibido a alguien.

La segunda ocasión fue durante una fiesta. Entre risas y música, uno de los invitados se detuvo en seco y preguntó quién era “el señor del sombrero de copa” que observaba desde el piso superior, detrás del barandal. Subimos de inmediato a revisar… no había nadie.

La tercera y última vez que estuve en esa casa ocurrió antes de salir en grupo a un antro. Todos estaban listos menos yo, que aún me arreglaba frente al espejo del baño en la habitación de mi amigo.

Mis compañeros se adelantaron al auto y me dijeron que me diera prisa. Contesté que estaba bien, pero pedí que dejaran todas las luces encendidas; yo las apagaría al salir, ya que la oscuridad en esa casa me inquietaba. Sin embargo, al salir del baño, me encontré en medio de la oscuridad. Maldiciendo a mis amigos, avancé a tientas hacia la puerta de la habitación… hasta que tropecé y caí sobre la cama.

Entonces lo vi. Sentado en un sillón, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por la ventana, estaba el hombre del sombrero de copa. Su silueta era perfectamente nítida, inmóvil, observándome.

Salí corriendo, encendiendo todas las luces a mi paso. Cuando llegué al estacionamiento, reclamé furiosamente a mis amigos por haber apagado todo… Pero ellos juraron que habían dejado las luces encendidas. Respiré hondo y lo único que pude decir fue:

—¡El señor… el del sombrero de copa!