Testimonio

Susurros a la nada

Testimonio real — Presencia oscura/demonio
Ubicación: Ciudad de México
Fecha: No especificada
Relator: Enfermera asignada a cuidado domiciliario

Trabajo como enfermera para una agencia, lo que significa que cada asignación me lleva a un lugar distinto, con personas variadas… y, a veces, con cosas que preferiría no recordar.

Una de esas asignaciones me llevó al hogar de una pareja de ancianos. Él estaba enfermo y requería atención constante; ella, aparentemente, cuidaba de la casa… y de mantener su reputación. El lugar estaba lleno de fotografías familiares y símbolos religiosos: crucifijos, imágenes de santos, y varias fotos enmarcadas de la pareja, incluso un par sonriendo junto al mismísimo Papa Juan Pablo II.

Me enteré, con el paso de los días, que la mujer era pariente de un sacerdote muy conocido en México, una persona cuyo nombre —Maciel— había pasado de ser respetado a convertirse en sinónimo de vergüenza para la Iglesia.

Desde el primer día sentí un aire pesado, casi opresivo, flotando en cada rincón. La mujer trataba a su esposo con un desprecio apenas disimulado, como si cuidarlo fuera un castigo. Yo me limitaba a hacer mi trabajo, sin involucrarme más de lo necesario… hasta que llegó esa noche.

Estaba de guardia, viendo una serie en mi celular, cuando escuché un ruido proveniente de la habitación principal. Pensé que quizá requerían de mis servicios, así que caminé hasta allí y abrí la puerta con cuidado.

La luz de noche bañaba la cama con un resplandor tenue. La anciana dormía profundamente, respirando de manera pausada. Pero el anciano… él estaba despierto. Hablaba en voz baja, sin pausa, mirando hacia el techo.

Solo que… no había techo.

Lo que vi sobre él me heló la sangre: no era la superficie blanca y lisa que esperaba encontrar, sino una sombra… no, la sombra. Una oscuridad espesa, sin forma, que no parecía pertenecer a este mundo. Una negrura tan profunda que casi sentía que si me acercaba un paso más, caería en ella para siempre.

Él seguía hablando, sin percatarse de mi presencia, como si dialogara con algo que habitaba en esa negrura. No entendí sus palabras, pero sí comprendí una cosa: lo que fuera que lo escuchaba, no era humano.

Retrocedí en silencio, cerré la puerta y permanecí despierta el resto de la noche, con la certeza de que en esa casa había algo más que una pareja de ancianos.

A la mañana siguiente, sin despedirme, pedí a la agencia que me transfirieran de inmediato. No quise saber más. Y, hasta hoy, prefiero no pensar en lo que pude haber escuchado si me hubiera quedado un instante más en aquella habitación.