Cuento

Cuando la luz se ausenta

(1989-) · 14 min de lectura

Con el peso de dos semanas de cabalgata a cuestas, Marcus observaba los bosques con el tedio que solo la rutina puede otorgar. El viaje le parecía incómodo e interminable y cada jornada era una prueba para su paciencia.

Desde que descendió de la barcaza fluvial en la orilla dacia del imponente Danubio, nada en aquella tierra inhóspita había logrado captar su interés.

El avance lento y pesado de la caravana a la que se había unido lo exasperaba, mientras su destino, la otrora próspera ciudad de Sarmizegetusa Ulpia Traiana, aún se veía lejano.

El país lo tenía hastiado. El sol, siempre velado por una capa de nubes grises, apenas ofrecía luz, y la lluvia, feroz e impredecible, caía sin aviso, transformando los caminos, descuidados desde la partida de Roma, en un lodazal.

—Otra vez la niebla —murmuró Hadrianus, resignado—. Debemos detenernos y montar el campamento antes de quedar ciegos en este maldito lugar.

Marcus giró la mirada hacia su amigo, notando la espesa neblina que descendía lentamente desde las montañas, envolviendo el mundo en un manto opresivo. En el horizonte, la noche comenzaba a extender su dominio y apenas quedaban un par de horas de luz, si acaso.

—Hay que avisar a los guías —respondió con fastidio, consciente de que el tiempo jugaba en su contra. Si no fuera por la lluvia, la niebla y el fango que ralentizaban su marcha, habrían llegado a su destino tres jornadas atrás y ya estarían disfrutando de la hospitalidad de la mejor taberna de la ciudad.

Espoleó su caballo y, seguido de Hadrianus, se dirigió al trote hacia la cabeza de la columna, adelantando las carretas de los comerciantes romanos, dacios y griegos que avanzaban con parsimonia por la antigua carretera imperial.

Los guías que lideraban el convoy eran tres dacios de barbas y cabellos rizados, vestidos a la usanza local: pantalones y camisas de lana, gorros y chalecos de piel adornados con colores vivos que contrastaban con las sobrias túnicas y capas de viaje de los romanos y griegos.

—Hay que montar el campamento —espetó Marcus al guía principal—. La niebla está a punto de engullirnos.

El viejo meneó la cabeza en un gesto de negación, con expresión imperturbable.

—Strigoi, aquí —dijo, con palabras ásperas—. Seguir. Aldea adelante.

Marcus lanzó una mirada inquisitiva a su socio. La palabra “strigoi” no significaba nada para ellos, pero el tono del guía bastaba para despertar su curiosidad. Sin embargo, no podían permitirse mostrar ignorancia ante un hombre que apenas chapurreaba el latín.

Hadrianus abrió la boca para replicar, pero la mirada firme de Marcus lo detuvo.

—¿Aldea? ¿Taberna? —preguntó Marcus con un tono que bordeaba la impaciencia.

—Taberna, sí. Comida, mujeres, vino —respondió el viejo, mostrando una sonrisa rota, más una mueca desagradable que una expresión de hospitalidad.

Marcus asintió, con la mente ya enfocada en la promesa de descanso bajo techo y la posibilidad de gozar de la compañía de una mujer. Esa era razón más que suficiente para seguir avanzando un poco más.

Llegaron a la aldea una hora antes del anochecer. El enclave montañés era apenas un puñado de casas y comercios de madera y piedra, atravesado por la carretera romana que se extendía hacia lo que, hasta hacía pocos años, había sido la capital de la provincia romana de Dacia.

Contrario a lo esperado, el lugar estaba sumido en un silencio inquietante. No había campesinos fuera de sus casas, charlando sobre la ardua labor del día, ni niños correteando por los sembradíos. Tampoco se veían muchachas cerca del pozo mientras cotilleaban.

El silencio era absoluto. Marcus, Hadrianus y el resto de los comerciantes y sirvientes de la península itálica y la Magna Grecia se mostraban confundidos y furiosos. La jornada había sido larga y penosa, para finalmente llegar a una aldea de casuchas miserables. Incluso la taberna prometida por el viejo, en la que habían puesto sus esperanzas de beber ante el fuego un trago de vino o aguamiel, estaba abandonada.

En cambio, los comerciantes locales y los guías parecían nerviosos, discutiendo entre ellos en su lengua bárbara. Algunos señalaban insistentemente el camino por delante. Otros, con rostros tensos, negaban con la cabeza y señalaban el sol, que estaba a punto de ocultarse.

—¡Strigoi! ¡Strigoi! —repetían unos y otros.

Marcus se aproximó para averiguar qué estaba ocurriendo. Al principio, los dacios fingieron no verlo, pero era el hijo de un patricio de Roma y merecía respuestas.

—Mi señor —dijo el más joven de los guías—. Esta era una aldea próspera. Esta tierra produce buen trigo, hay venados y cabras en los montes, peces en los ríos y en los estanques…

—¿Dónde están todos, entonces? —preguntó Marcus, cuya paciencia se agotaba rápidamente.

—Se los ha llevado, señor —dijo el guía, mirando inquieto hacia la moribunda luz del ocaso—. ¡Se los ha llevado el strigoi!

Desde una de las casas se oyeron gritos enfurecidos. Un grupo de dacios había encontrado a un niño escondido, pálido y esquelético, como si llevara semanas sin probar bocado. Su cabello sucio y desaliñado, casi grisáceo, le daba un aspecto de anciano prematuro.

El niño, con una expresión de desesperación salvaje, no emitía palabras, solo gruñidos. Sujetado firmemente de los brazos y las piernas, se debatía con fuerza, tratando de morder a sus captores.

Marcus y Hadrianus echaron mano de sus espadas, decididos a proteger al pequeño, pero no llegaron a desenvainarlas. Los dacios lo sacaron de la casa y lo llevaron directamente a los últimos rayos de sol que, ocultos por los árboles y las casas, aún iluminaban algunas partes de la plaza.

El muchacho comenzó a arder al contacto con la luz. Los dacios soltaron su presa y retrocedieron con las espadas desenvainadas. El niño, que no tendría más de siete años, intentó esconderse entre las sombras, pero fue acorralado y obligado a retroceder. En un último grito desgarrador, su cuerpo comenzó a convertirse en humo y cenizas, como si el fuego lo consumiera desde el interior. Finalmente cayó al suelo y se desintegró, dejando solo algunos huesos sueltos y un montón de cenizas.

Varios dacios gritaban “¡strigoi!”, mientras otros, incluidos dos de los guías, aterrados, montaban en sus caballos y galopaban por el camino, dejando atrás a sus compañeros y sus mercancías.

Pero los romanos estaban hechos de otra pasta. Marcus y Hadrianus desenvainaron sus espadas, aunque no para enfrentarse a los strigoi, sino para amenazar al guía que no había escapado, el más joven, y exigirle una explicación. Tras ellos, sus sirvientes y los demás comerciantes latinos y griegos también empuñaban acero, conscientes de que el peligro los acechaba.

—Son strigoi. Espíritus de venganza, espectros del inframundo —balbuceó el dacio—. Cuando un strigoi te muerde, te conviertes en uno. Las criaturas solo salen de noche, viven en cuevas, en sombras, en lugares oscuros. Aguardan la oscuridad para buscar la sangre de los vivos, porque la luz del sol les es mortal.

—Lemures —murmuró Hadrianus.

—No creo que estas criaturas tengan nada en común con los espíritus de nuestros ancestros —dijo Marcus, mirando fijamente al guía—. Entonces, ¿los habitantes de la aldea siguen en sus casas? ¿Como el niño?

—Algunos, mi señor. Escondidos bajo los suelos de madera, en los sótanos y los cobertizos. Pero solo los más débiles, los últimos en convertirse. Los demás ya habrán buscado lugares más profundos, más oscuros, bajo tierra —dijo el guía, con ojos llenos de desesperación—. Pero eso no importa: todos vendrán por nosotros esta noche.

—Bien —Marcus se volvió hacia sus sirvientes, con la seguridad de quien fuera un oficial de la legión—. Que se atranquen las puertas y ventanas de todas las casas. Vamos a prenderles fuego.

Los romanos y griegos se apresuraron a cumplir las órdenes. Los dacios, comprendiendo la sensatez de la estrategia, los imitaron. Pronto, todas las casas ardían en llamas.

Desde el interior de las viviendas comenzaron a oírse gruñidos espantosos y fuertes golpes en las puertas y ventanas de madera. A medida que el fuego se extendía, cabezas y manos asomaban por las estrechas ranuras de los sótanos, y tanto dacios como romanos se apresuraban a cortar aquellas extremidades con golpes secos de espada.

A diferencia de su amigo, Hadrianus no había servido nunca en las legiones, pero algunos de sus compañeros y sirvientes eran veteranos de las campañas contra los catos, en el Rin, y los pictos, en Caledonia. Con su experiencia, comenzaron a organizar barricadas en el centro del pueblo, un espacio abierto con un pozo de agua en el medio.

Como buenos comerciantes, todos iban armados, previendo la posibilidad de encontrarse con bandidos; sin embargo, pocos contaban con escudos y solo tres tenían arcos, que usaban comúnmente para proveer de carne fresca a la caravana.

Organizados en pequeños grupos, protegieron los caballos y las mercancías en medio del pueblo, esperando la llegada de la noche.

El último rayo de luz desapareció detrás de las montañas y la oscuridad cayó. El resplandor de la aldea incendiada se hizo más intenso.

El bosque, que había permanecido en silencio durante el día, se llenó de pronto de gritos y gruñidos salvajes. Los strigoi habían despertado y podían oler la sangre humana, roja, caliente, espesa y llena de vida.

Marcus fue el primero en verlos salir de entre los árboles. Había niños y ancianos, hombres y mujeres, aún vestidos con las ropas que llevaban puestas cuando la muerte los sorprendió, sucias y descoloridas por días, semanas o meses bajo tierra.

Algunos vestían como campesinos, otros eran cazadores, y hasta había unos pocos guerreros que aún portaban corazas de cuero desgarradas, como si decenas de manos con uñas afiladas los hubieran atacado a la vez.

Los arqueros prendieron fuego a sus flechas y las dispararon contra los strigoi. Pero tras la tercera andanada sin éxito, Hadrianus los detuvo. Las criaturas no se acercaban a la línea de defensa; solo observaban el fuego a una distancia segura, como animales salvajes.

—¿A qué esperan? —murmuró Hadrianus.

—Le temen al fuego —respondió el guía—. Están esperando a que se consuman las casas.

Marcus miró las escasas reservas de leña. Aunque habían recogido toda la posible, dudaba que fuera suficiente para resistir toda la noche.

Y tenía razón. Conforme la luna avanzaba en el firmamento, las casas se consumían una a una, dejando solo brasas. Dentro del círculo, la leña se agotaba lentamente.

Donde el fuego amenazaba con apagarse, los strigoi se acercaban, siempre fuera del alcance de las espadas, pero con ojos llenos de odio y deseo por la sangre que corría en las venas de los hombres que los enfrentaban.

En su desesperación, a Hadrianus se le ocurrió usar un cebo. Quitaron las bridas a dos de los caballos, pero los animales, aterrorizados, se negaron a salir de la barricada a pesar de los golpes y latigazos. Entonces Marcus ordenó atarles antorchas a las colas.

Las bestias emprendieron un galope desenfrenado, solo para morir con los cuellos desgarrados en el interior del bosque. Fue un esfuerzo inútil, pues solo unos pocos strigoi les dieron caza.

Los últimos haces de leña fueron echados a las hogueras, junto con vestidos, túnicas, ricas telas griegas e incluso sedas de la lejana Xeres. Todo lo que pudiera arder fue sacrificado.

Pero era inútil. Aunque comenzaba a clarear, la noche aún no terminaba. Marcus, aconsejado por sus veteranos, sacó a todos los caballos y mulas de la barricada, abandonándolos a su suerte, y ordenó un repliegue total.

Al estilo de las legiones, los hombres formaron un cuadro en el centro del pueblo, alrededor del pozo. Con escudos y espadas al frente, iluminados por las últimas casas en llamas, se prepararon para vender caras sus vidas.

Las criaturas se abalanzaron primero sobre los animales, bebiendo su sangre a través de decenas de mordidas en sus cuerpos. Los relinchos de las pobres bestias eran aún más aterradores que los gruñidos y gritos de los strigoi.

Cuando los cadáveres de los caballos quedaron secos, los strigoi avanzaron y chocaron contra la formación de dacios, griegos y romanos. Y aunque las espadas no cesaban de cortar manos, piernas y cabezas, y de rasgar los estómagos de las criaturas, los defensores sufrían bajas.

Un tropiezo, una estocada demasiado aventurada o una distracción de un segundo bastaban para que los strigoi arrastraran a uno de los defensores hacia ellos y lo devoraran inmediatamente a la vista de sus compañeros.

Pero Hadrianus sonreía mientras la luna descendía lentamente hacia las malditas montañas. Cada minuto que pasaba aumentaba la esperanza de que pudieran salir vivos de aquella aldea maldita.

La última casa en llamas finalmente se apagó, dejando solo brasas ardientes. Fue entonces cuando un sonido proveniente del pozo, un círculo de piedra cubierto por un techo de madera, llamó su atención.

Recordó las palabras del guía: “Los demás ya habrán buscado refugios más profundos, más oscuros, bajo tierra”.

Con una antorcha en la mano, Hadrianus se acercó al pozo, asomó la cabeza y extendió el brazo para iluminar el interior.

Allí, aferrados a las paredes como reptiles, los strigoi lo observaban. El intenso resplandor de las casas en llamas los había mantenido confundidos, pero con la oscuridad creciente estaban listos para actuar. Ya solo quedaban unas pocas antorchas.

Antes de poder reaccionar, sintió las manos de los strigoi tirando de él. La antorcha se apagó al ser arrastrado al pozo y su vida se extinguió en un instante.

Marcus y sus hombres todavía repelían a los strigoi que emergían del bosque cuando el círculo de protección fue invadido por decenas de criaturas que surgían del pozo.

Los defensores cayeron rápidamente. Marcus alcanzó a cortar la cabeza de dos strigoi antes de que lo rodearan. Sintió el dolor de un brazo roto, pero antes de que pudiera reaccionar, lo arrastraron hacia la oscuridad del pozo, donde nunca llegaba la luz del sol.

Tres días después, quinientos guerreros dacios armados con hachas entraron en el valle, cazando los últimos nidos de strigoi de la región. Habían destruido tres aldeas contaminadas y ahora acompañaban a dos guías hacia una cuarta, donde estos últimos esperaban encontrar los restos de un sobrino perdido.

El sol brillaba en lo alto cuando llegaron a las ruinas de la aldea. Solo quedaban unas pocas chimeneas de piedra entre los restos carbonizados. Espadas, escudos y otros objetos de valor estaban esparcidos por el suelo, mientras los cuerpos en descomposición de caballos y mulas yacían por todas partes, junto a manchas de sangre seca.

El oficial dacio observó las señales de la batalla con respeto. Los strigoi no podían sobrevivir en un territorio dominado por Roma, pues allí donde los legionarios eran atacados, los tribunos militares ordenaban pasar a fuego y espada todo a su paso. Strigoi u hombres, daba igual: para ellos, todos eran dacios.

Pero ahora, sin los romanos, Dacia volvía a ser libre, y los strigoi eran parte del precio de esa libertad.

Los perros ladraban frenéticamente alrededor del pozo. El oficial hizo un gesto de comprensión y ordenó esperar al mediodía para derribar el techo que lo cubría. De inmediato, los gruñidos de agonía de los strigoi resonaron desde las profundidades.

Aún quedaban muchas cuevas por revisar, incansables noches de vigilancia y cientos de muertes por venir. Tal vez nunca erradicarían la plaga por completo, pero Ultrasilvam, o Transilvania, era una región estratégica, y sus habitantes debían aprender a defenderse de todos los enemigos, fueran romanos, catos, hunos o strigoi.

El oficial ordenó llenar el pozo con escombros y preparar el campamento con estacas, hogueras y barricadas. El día se les haría corto. Debían estar listos para la larga noche que se avecinaba.