Testimonio real — Fantasmas con las cuencas de los ojos vacías
Ubicación: Ciudad de México-Veracruz
Fecha: No especificada
Relator: Yerno y amigo de las testigos
Mi suegra, cuando era niña, solía ver algo que nadie más podía. Una figura pequeña, con vestido sencillo, de apariencia infantil. Lo terrible era su rostro: carecía de ojos. Y aun peor, le hablaba. Con voz infantil, susurrante, siempre le repetía lo mismo: “quiero tus ojos”.
Ella dejó de verla después de casarse con mi suegro. Yo conocí la historia a través de sus hijas, una de ellas mi esposa. Una vez intentamos que la contara en familia, entre tazas de café y risas nerviosas, pero solo se quedó en silencio. Sus manos rodearon la taza, bajó la mirada y no quiso decir una palabra más. Como si al evocarla, la presencia pudiera volver.
Años después, en una fogata con amigos, relaté esa anécdota. Las llamas iluminaban los rostros a medias, y en medio del murmullo apareció una voz femenina, baja, casi susurrada, que nos hizo callar: “Sí… es que no tienen ojos”.
La chica levantó la vista hacia el fuego y comenzó a contar:
—Mi familia es de Veracruz. Tenemos una casa antigua, enorme, de esas que parecen guardar un aire que nunca se renueva. Desde pequeña siempre me dio miedo dormir ahí, porque sentía que alguien vigilaba. Una noche, desperté sin poder moverme, con el peso invisible de, como decimos, “cuando se sube el muerto”. El corazón me retumbaba, mi cuerpo no respondía.
De pronto, la vi. Una mujer, o algo parecido, flotando a unos pasos de mi cama. Lo peor era su rostro: un hueco liso donde deberían estar los ojos. Avanzaba sin ruido, acercándose poco a poco. Yo trataba de gritar, de zafarme, y apenas logré mover un brazo. Alcancé a tocar un peine en el buró, intentando hacer ruido con él. Pero se me resbaló de las manos. Fue inútil.
La figura se retiró lentamente y yo, por un instante, respiré aliviada. Pero en un movimiento brusco, casi irreal, volvió a lanzarse hacia mí. Puso su rostro vacío frente al mío, tan cerca que podía sentir un frío extraño en la piel. Aunque no tenía ojos, juraría que me observaba con un odio silencioso. Permaneció allí, y luego comenzó a alejarse hasta desaparecer en la penumbra.
Caí en un sueño profundo. Cuando desperté, el sol entraba a raudales por la ventana. Todo parecía un mal sueño… hasta que vi el peine en el suelo.
Bajé a la cocina, todavía temblando. Mi madre, al verme pálida, preguntó qué me ocurría. Le conté todo. Ella dejó de mover la cuchara, suspiró con pesadez y me dijo: “no quería que lo supieras, para no espantarte, pero el árbol grande del patio… durante la Revolución lo usaban para colgar a la gente”.