Confieso que me acerco con considerable vacilación al extraño relato que estoy a punto de referir. Los sucesos que me propongo detallar son de un carácter tan extraordinario y tan inaudito, que estoy completamente preparado para enfrentar una inusitada dosis de incredulidad y escarnio. Acepto todo ello de antemano. Creo tener el valor literario suficiente para afrontar la incredulidad. Después de madura reflexión, he resuelto narrar, de la manera más simple y directa que me sea posible, ciertos hechos que ocurrieron bajo mi observación el pasado mes de julio y que, en los anales de los misterios de la ciencia física, no tienen parangón alguno.
Vivo en el número — de la calle Veintiséis, en esta ciudad. La casa es, en ciertos aspectos, una propiedad singular. Desde hace dos años goza de reputación de estar embrujada. Es una residencia grande y señorial, rodeada por lo que en otro tiempo fue un jardín, aunque ahora no es más que un recinto verde utilizado para tender ropa. La seca pileta de lo que alguna vez fue una fuente, así como unos cuantos árboles frutales, desgreñados y sin podar, indican que este sitio fue en otros días un retiro agradable y sombreado, lleno de frutos, flores y del dulce murmullo de las aguas.
La casa es muy espaciosa. Un vestíbulo de noble tamaño conduce a una vasta escalera de caracol que se enrosca por su centro, mientras que los distintos aposentos son de proporciones imponentes. Fue construida hará unos quince o veinte años por el señor A–, el conocido comerciante neoyorquino que hace cinco años sacudió al mundo mercantil con un fraude bancario estupendo. El señor A–, como todo el mundo sabe, huyó a Europa y murió poco después, con el corazón destrozado. Casi inmediatamente después de que la noticia de su fallecimiento llegó a este país y fue confirmada, se propagó por la calle Veintiséis el rumor de que el número — estaba embrujado.
Medidas legales habían desposeído a la viuda del antiguo dueño, y la casa era habitada únicamente por un cuidador y su esposa, instalados allí por el agente inmobiliario en cuyas manos había quedado para fines de renta o venta. Estas personas declaraban verse atormentadas por ruidos sobrenaturales. Las puertas se abrían sin intervención visible alguna. Los restos de mobiliario esparcidos por los distintos cuartos aparecían, por la noche, apilados unos sobre otros por manos desconocidas. Pies invisibles subían y bajaban las escaleras a plena luz del día, acompañados por el roce de vestidos de seda invisibles y el deslizamiento de manos sin cuerpo a lo largo de las macizas barandillas. El cuidador y su esposa declararon que no vivirían allí ni un día más. El agente se echó a reír, los despidió y puso a otros en su lugar. Los ruidos y las manifestaciones sobrenaturales continuaron. El vecindario recogió la historia, y la casa permaneció desocupada durante tres años. Varias personas negociaron por ella; pero, de un modo u otro, siempre antes de cerrarse el trato oían los desagradables rumores y rehusaban seguir adelante.
Fue en este estado de cosas cuando mi patrona —que por entonces tenía una casa de huéspedes en Bleecker Street y deseaba mudarse más arriba en la ciudad— concibió la audaz idea de alquilar el número — de la calle Veintiséis. Como por casualidad tenía en su casa un grupo de huéspedes bastante intrépidos y filosóficos, nos expuso su plan, manifestándonos con franqueza cuanto había oído acerca de las cualidades fantasmales del establecimiento al que deseaba trasladarnos. Con excepción de dos personas tímidas —un capitán de mar y un californiano recién regresado, quienes de inmediato avisaron que se marcharían—, todos los huéspedes de la señora Moffat declararon que la acompañarían en su caballeresca incursión en la morada de los espíritus.
Nuestra mudanza se efectuó en el mes de mayo, y todos quedamos encantados con nuestra nueva residencia. La parte de la calle Veintiséis en la que se halla nuestra casa —entre la Séptima y la Octava Avenida— es una de las zonas más agradables de Nueva York. Los jardines detrás de las casas, que descienden casi hasta el Hudson, forman en verano una perfecta avenida de verdor. El aire es puro y vigorizante, pues atraviesa directamente el río desde las alturas de Weehawken, e incluso el desgreñado jardín que rodeaba la casa por dos lados, aunque en los días de lavado exhibiera demasiadas cuerdas con ropa, seguía ofreciéndonos un pedazo de césped que contemplar y un refugio fresco en las noches estivales, donde fumábamos nuestros cigarros en la penumbra y observábamos a las luciérnagas encender sus linternas oscuras entre la hierba alta.
Por supuesto, apenas nos hubimos instalado en el número —, comenzamos a esperar a los fantasmas. Aguardábamos su aparición con auténtica impaciencia. Nuestras conversaciones a la hora de la cena versaban sobre lo sobrenatural. Uno de los huéspedes, que había comprado Night Side of Nature, de la señora Crowe, para su propio deleite privado, fue considerado enemigo público por toda la casa por no haber adquirido veinte ejemplares. El pobre hombre llevó una vida de suprema desdicha mientras leía aquel volumen. Se estableció un sistema de espionaje del cual él fue la víctima. Si imprudentemente dejaba el libro un instante y salía de la habitación, era inmediatamente confiscado y leído en voz alta, a escondidas, ante una selecta minoría. Yo mismo me encontré convertido en una persona de inmensa importancia, pues se había sabido que estaba tolerablemente versado en la historia del sobrenaturalismo y que una vez había escrito para Harper’s Monthly un cuento titulado The Pot of Tulips, cuyo fundamento era un fantasma. Si una mesa o un panel de madera llegaban a crujir o torcerse mientras estábamos reunidos en el gran salón, se producía un silencio instantáneo y todos quedaban preparados para el inmediato traqueteo de cadenas y la aparición de una forma espectral.
Tras un mes de excitación psicológica, tuvimos que reconocer, con la mayor insatisfacción, que nada que remotamente se aproximara a lo sobrenatural se había manifestado. En cierta ocasión, el mayordomo negro aseguró que una agencia invisible le había apagado la vela mientras se desvestía para acostarse; pero como yo había descubierto en más de una ocasión a ese hombre de color en un estado en el que una vela debía de parecerle dos, pensé que quizá, dando un paso más en sus libaciones, hubiera invertido el fenómeno y no hubiese visto vela alguna donde debió haber visto una.
Las cosas se hallaban en este estado cuando ocurrió un incidente tan espantoso e inexplicable, que mi razón se tambalea todavía al mero recuerdo de lo sucedido. Era el diez de julio. Después de la cena bajé al jardín con mi amigo el doctor Hammond para fumar mi pipa vespertina. El doctor y yo nos hallábamos aquella noche de un humor inusualmente metafísico. Encendimos nuestros grandes meerschaums, llenos de fino tabaco turco; paseábamos de un lado a otro, conversando. Una extraña perversidad dominaba el curso de nuestros pensamientos. Estos no querían fluir por los canales iluminados por el sol hacia los que nos esforzábamos por desviarlos. Por alguna razón inexplicable se apartaban constantemente hacia cauces oscuros y solitarios sobre los cuales se cernía una continua penumbra. En vano, a la antigua usanza nuestra, nos arrojamos a las riberas de Oriente y hablamos de sus alegres bazares, de los esplendores del tiempo de Harún, de harenes y palacios de oro. Negros efrits surgían sin cesar del fondo de nuestra charla y se expandían, como el que el pescador dejó escapar de la vasija de cobre, hasta borrar de nuestra visión todo lo luminoso. Insensiblemente cedimos a la fuerza oculta que nos dominaba y nos entregamos a especulaciones sombrías. Habíamos hablado ya un buen rato sobre la propensión de la mente humana al misticismo y sobre el casi universal amor por lo Terrible, cuando Hammond me dijo de pronto:
—¿Qué consideras tú que es el mayor elemento del Terror?
La pregunta, lo confieso, me desconcertó. Que muchas cosas eran terribles, lo sabía. Tropezar con un cadáver en la oscuridad; contemplar, como yo hice una vez, a una mujer flotando río abajo por una corriente honda y rápida, con los brazos alzados con desesperación y el rostro vuelto hacia arriba en espantosa agonía, lanzando, mientras se hundía, gritos que desgarraban el corazón, mientras nosotros, los testigos, permanecíamos helados en una ventana que daba sobre el río a una altura de sesenta pies, incapaces del menor esfuerzo por salvarla y limitándonos a presenciar en silencio su suprema agonía y su desaparición. Un casco destrozado, sin rastro visible de vida, encontrado a la deriva en el océano, es también un objeto terrible, porque sugiere un enorme horror cuyas proporciones quedan veladas. Pero se me ocurrió entonces, por primera vez, que debía de existir una gran y soberana encarnación del miedo, un Rey de los Terrores al cual todos los demás habrían de someterse. ¿Cuál podría ser? ¿A qué serie de circunstancias debería su existencia?
—Confieso, Hammond —respondí a mi amigo—, que jamás había considerado el asunto. Que debe de existir un Algo más terrible que cualquier otra cosa, eso sí lo siento. No puedo intentar, sin embargo, ni siquiera la definición más vaga.
—Me ocurre algo parecido, Harry —replicó—. Siento en mí la capacidad de experimentar un terror mayor que cuanto haya sido concebido por la mente humana: algo que combine, en una mezcla espantosa y antinatural, elementos hasta ahora supuestos incompatibles. El llamado de las voces en la novela Wieland, de Brockden Brown, es terrible; también lo es la imagen del Morador del Umbral, en Zanoni, de Bulwer; pero —añadió, moviendo la cabeza sombríamente— hay algo todavía más horroroso que eso.
—Mira, Hammond —repliqué—, dejemos ese tipo de conversación, por el amor del cielo.
—No sé qué me pasa esta noche —dijo él—, pero el cerebro se me llena de toda clase de pensamientos extraños y terribles. Siento como si pudiera escribir esta noche un cuento al modo de Hoffman, si tuviera dominio del estilo literario.
—Pues si vamos a hablar de manera hoffmanniana, yo me voy a la cama. ¡Qué bochorno hace! Buenas noches, Hammond.
—Buenas noches, Harry. Que tengas sueños agradables.
—Y tú, sombrío miserable, sueña con efrits, ghouls y hechiceros.
Nos separamos y cada cual buscó su respectivo cuarto. Me desvestí rápidamente y me metí en la cama, llevándome, como era mi costumbre, un libro sobre el cual solía leerme hasta quedar dormido. Abrí el volumen apenas apoyé la cabeza en la almohada, y al instante lo arrojé al otro extremo del cuarto. Era History of Monsters, de Goudon, una curiosa obra francesa que había importado recientemente de París, pero que, en el estado de ánimo al que había llegado, distaba mucho de ser una compañera agradable. Decidí dormirme de inmediato; así que, bajando el gas hasta dejar apenas un diminuto punto azul en la punta del tubo, me dispuse al reposo.
El cuarto estaba en completa oscuridad. El átomo de gas que permanecía encendido no iluminaba ni tres pulgadas en torno al quemador. Crucé desesperadamente el brazo sobre los ojos, como si quisiera excluir incluso la oscuridad misma, y traté de no pensar en nada. Fue inútil. Los malditos temas que Hammond había tocado en el jardín seguían entrometiéndose en mi cerebro. Luché contra ellos. Levanté murallas de fingido vacío intelectual para mantenerlos fuera. Y aun así seguían atropellándose sobre mí. Mientras yacía inmóvil como un cadáver, esperando que una perfecta inacción física acelerara el reposo mental, ocurrió un incidente espantoso. Algo cayó, al parecer, del techo directamente sobre mi pecho, y al instante siguiente sentí dos manos huesudas que rodeaban mi garganta, procurando estrangularme.
No soy cobarde y poseo una fuerza física considerable. Lo repentino del ataque, en vez de aturdirme, tensó todos mis nervios al máximo. Mi cuerpo actuó por instinto, antes de que mi cerebro tuviera tiempo de comprender los horrores de mi situación. En un instante rodeé con mis dos brazos musculosos a la criatura y la apreté, con toda la fuerza de la desesperación, contra mi pecho. En pocos segundos las manos huesudas que se habían aferrado a mi garganta aflojaron su presa, y pude volver a respirar. Entonces comenzó una lucha de espantosa intensidad. Sumido en la más profunda oscuridad, ignorando por completo la naturaleza de la Cosa que tan repentinamente me había atacado, sintiendo que mi presa resbalaba a cada instante, a causa, me parecía a mí, de la absoluta desnudez de mi agresor, mordido por dientes afilados en el hombro, el cuello y el pecho, teniendo que proteger a cada momento mi garganta de un par de manos nervudas y ágiles que ni mis mayores esfuerzos lograban sujetar, todo ello constituía una combinación de circunstancias contra la cual se requerían toda la fuerza, la destreza y el valor de que yo disponía.
Por fin, tras una lucha silenciosa, mortal y agotadora, logré dominar a mi asaltante mediante una serie de increíbles esfuerzos de fuerza. Una vez inmovilizado, con mi rodilla sobre lo que deduje era su pecho, supe que era yo el vencedor. Descansé un momento para recuperar el aliento. Oí a la criatura jadear debajo de mí en la oscuridad y sentí los violentos latidos de un corazón. Parecía tan exhausta como yo; aquello al menos era un consuelo. En ese momento recordé que solía colocar bajo la almohada, antes de acostarme, un gran pañuelo de seda amarilla para usarlo durante la noche. Lo busqué de inmediato; allí estaba. Pocos segundos después había logrado, de algún modo, atar los brazos de la criatura.
Entonces me sentí razonablemente seguro. Ya no quedaba más que encender el gas y, después de ver primero cómo era mi asaltante nocturno, despertar a la casa entera. Confesaré que me movía cierto orgullo por no haber dado la alarma antes; quería efectuar la captura solo y sin ayuda.
Sin soltar a mi presa ni un instante, me deslicé desde la cama hasta el suelo, arrastrando conmigo a mi cautivo. Solo debía dar unos cuantos pasos para alcanzar el quemador de gas; los di con la mayor cautela, sosteniendo a la criatura en un apretón de hierro. Al fin me puse a la distancia justa del diminuto punto azul que me indicaba dónde estaba el quemador. Rápido como un relámpago, aflojé mi presa con una mano y abrí de golpe toda la luz. Luego me volví a mirar a mi cautivo.
Ni siquiera puedo intentar definir mis sensaciones en el instante posterior a haber encendido el gas. Supongo que debí de gritar de terror, porque menos de un minuto después mi cuarto estaba abarrotado por los habitantes de la casa. Aún me estremezco al pensar en aquel espantoso momento. ¡No vi nada! Sí; yo tenía un brazo firmemente ceñido en torno a una forma corpórea, jadeante y palpitante; mi otra mano oprimía con todas sus fuerzas una garganta tan cálida y, al parecer, tan carnosa como la mía; y, sin embargo, con aquella sustancia viva entre mis brazos, con su cuerpo pegado al mío, y todo ello bajo el resplandor brillante de un gran chorro de gas, ¡no veía absolutamente nada! Ni siquiera un contorno, ni un vapor.
Aún hoy no alcanzo a comprender plenamente la situación en la que me encontré. No puedo evocar por completo aquel asombroso incidente. La imaginación intenta en vano abarcar esa espantosa paradoja.
Respiraba. Sentía su aliento cálido sobre mi mejilla. Forcejeaba con violencia. Tenía manos. Me aferraban. Su piel era lisa, como la mía. Allí estaba, apretada contra mí, sólida como una piedra, ¡y, sin embargo, enteramente invisible!
Me asombra no haberme desmayado o vuelto loco en el acto. Algún maravilloso instinto debió de sostenerme; porque, lejos de aflojar la presa sobre aquel terrible Enigma, parecí cobrar una fuerza adicional en mi instante de horror y apreté con tal vigor que sentí a la criatura estremecerse de dolor.
En ese momento Hammond entró en mi habitación a la cabeza de la casa. Apenas vio mi rostro —que, supongo, debía de ser espantoso de contemplar— se apresuró hacia mí gritando:
—¡Santo cielo, Harry! ¿Qué ha ocurrido?
—¡Hammond! ¡Hammond! —grité—. Ven aquí. ¡Oh, esto es espantoso! He sido atacado en la cama por algo, sea lo que sea, y lo tengo sujeto; ¡pero no puedo verlo, no puedo verlo!
Hammond, sin duda impresionado por el horror sincero expresado en mi semblante, dio uno o dos pasos hacia mí con expresión ansiosa y desconcertada. Una risita muy audible brotó del resto de mis visitantes. Aquella risa contenida me enfureció. ¡Reírse de un ser humano en mi situación! Era la peor forma de crueldad. Ahora puedo comprender por qué el aspecto de un hombre luchando violentamente, al parecer, con una nada aérea, y pidiendo auxilio contra una visión, podía resultar ridículo. Pero entonces fue tan grande mi rabia contra la multitud burlona, que de haber tenido poder para ello los habría fulminado donde estaban.
—¡Hammond! ¡Hammond! —grité otra vez, desesperado—. Por Dios, ven hacia mí. Apenas podré sostener a la… a la Cosa unos segundos más. Me está venciendo. ¡Ayúdame! ¡Ayúdame!
—Harry —susurró Hammond, acercándose—, has fumado demasiado.
—Te juro, Hammond, que esto no es ninguna visión —respondí en el mismo tono bajo—. ¿No ves cómo sacude todo mi cuerpo con sus forcejeos? Si no me crees, convéncete por ti mismo. Tócala… pálpala.
Hammond avanzó y puso la mano en el lugar que yo le indicaba. Un grito salvaje de horror brotó de él. ¡La había sentido!
En un instante encontró en mi cuarto un trozo largo de cuerda, y al siguiente la estaba enrollando y anudando alrededor del cuerpo del ser invisible al que yo sujetaba entre mis brazos.
—Harry —dijo con voz ronca y agitada, pues aunque conservaba la presencia de ánimo estaba profundamente conmovido—, Harry, ya está seguro. Puedes soltarlo, viejo amigo, si estás cansado. La Cosa no puede moverse.
Yo estaba completamente extenuado, y solté gustoso mi presa.
Hammond permanecía de pie, sosteniendo en la mano los extremos de la cuerda con que había atado al Invisible, mientras veía ante sí, sosteniéndose por sí misma, por así decirlo, una cuerda cruzada y entrecruzada, tensada alrededor de un espacio vacío. Jamás vi a un hombre tan profundamente herido de asombro. Y, sin embargo, su rostro expresaba todo el valor y la determinación que yo sabía que poseía. Sus labios, aunque blancos, estaban firmemente apretados, y cualquiera podía advertir de un vistazo que, aunque sobrecogido de miedo, no estaba acobardado.
La confusión que se produjo entre los huéspedes de la casa, testigos de aquella escena extraordinaria entre Hammond y yo, que contemplaban la pantomima de atar a aquel Algo forcejeante, que me veían casi desplomado por el agotamiento físico una vez terminada mi tarea de carcelero, la confusión y el terror que se apoderaron de los presentes al ver todo aquello, son indescriptibles. Los más débiles huyeron del aposento. Los pocos que permanecieron se agruparon junto a la puerta y no hubo modo de inducirlos a acercarse a Hammond y a su Carga. Aun así, la incredulidad asomaba a través de su terror. No tenían valor para cerciorarse, pero seguían dudando. Fue inútil que yo rogara a algunos de los hombres que se acercaran y se convencieran por el tacto de la existencia, en aquella habitación, de un ser vivo que era invisible. Eran incrédulos, pero no se atrevían a desengañarse. ¿Cómo podía un cuerpo sólido, vivo y respirante ser invisible?, preguntaban. Mi respuesta fue esta. Hice una seña a Hammond, y ambos —venciendo nuestra terrible repugnancia a tocar a la criatura invisible— la levantamos del suelo, maniatada como estaba, y la llevamos hasta mi cama. Pesaba aproximadamente lo que un muchacho de catorce años.
—Ahora, amigos míos —dije, mientras Hammond y yo sosteníamos a la criatura suspendida sobre la cama—, puedo darles una prueba evidente por sí misma de que aquí hay un cuerpo sólido, ponderable y que, sin embargo, ustedes no pueden ver. Tengan la bondad de observar atentamente la superficie de la cama.
Me asombró mi propio valor al tratar con tanta calma aquel extraño suceso; pero me había recuperado ya del primer terror y sentía una especie de orgullo científico por el asunto, que dominaba todos mis demás sentimientos.
Los ojos de los presentes se fijaron de inmediato en mi cama. A una señal dada, Hammond y yo dejamos caer a la criatura. Se oyó el sonido sordo de un cuerpo pesado al caer sobre una masa blanda. Los maderos de la cama crujieron. Una profunda huella se marcó distintamente en la almohada y en el colchón mismo. La multitud que presenció aquello lanzó una especie de bajo grito unánime y huyó de la habitación. Hammond y yo quedamos solos con nuestro Misterio.
Permanecimos en silencio durante algún tiempo, escuchando la respiración baja e irregular de la criatura en la cama y observando el movimiento de las sábanas mientras forcejeaba impotente por librarse del cautiverio. Entonces Hammond habló.
—Harry, esto es espantoso.
—Sí, espantoso.
—Pero no inexplicable.
—¡¿No inexplicable?! ¿Qué quieres decir? Jamás ha ocurrido algo semejante desde el nacimiento del mundo. No sé qué pensar, Hammond. ¡Quiera Dios que no esté loco y que esto no sea una fantasía insana!
—Razonemos un poco, Harry. Aquí hay un cuerpo sólido que tocamos, pero que no podemos ver. El hecho es tan insólito que nos golpea con terror. ¿No existe, sin embargo, algún paralelo para semejante fenómeno? Toma un trozo de vidrio puro. Es tangible y transparente. Una cierta tosquedad química es todo lo que le impide ser tan enteramente transparente como para volverse totalmente invisible. No es teóricamente imposible, entiéndelo bien, fabricar un vidrio que no refleje un solo rayo de luz; un vidrio tan puro y homogéneo en sus átomos que los rayos del sol lo atraviesen como atraviesan el aire, refractados pero no reflejados. No vemos el aire y, sin embargo, lo sentimos.
—Todo eso está muy bien, Hammond, pero esas son sustancias inanimadas. El vidrio no respira, el aire no respira. Esta cosa tiene un corazón que palpita, una voluntad que la mueve, pulmones que funcionan, inspiran y espiran.
—Olvidas los extraños fenómenos de los que tanto hemos oído hablar últimamente —respondió el doctor, con gravedad—. En las reuniones llamadas “círculos espiritistas”, manos invisibles han sido puestas en las manos de las personas reunidas en torno a la mesa: manos tibias, carnosas, que parecían palpitar con vida mortal.
—¿Qué? ¿Entonces crees que esta cosa es…?
—No sé qué es —fue la solemne respuesta—; pero, con la ayuda de los dioses, y con tu asistencia, la investigaré a fondo.
Velamos juntos toda la noche, fumando muchas pipas, junto al lecho del ser antinatural, que se agitó y jadeó hasta que, al parecer, terminó por agotarse. Entonces advertimos por su respiración baja y regular que dormía.
A la mañana siguiente la casa entera estaba revuelta. Los huéspedes se congregaron en el rellano frente a mi cuarto, y Hammond y yo éramos las figuras del día. Tuvimos que responder a mil preguntas sobre el estado de nuestro extraordinario prisionero, pues hasta entonces nadie en la casa, salvo nosotros, podía ser inducido a poner un pie en la habitación.
La criatura estaba despierta. Esto se evidenciaba por la forma convulsiva en que se movían las sábanas en sus esfuerzos por escapar. Había algo verdaderamente terrible en contemplar, por así decirlo, aquellas indicaciones de segunda mano de las espantosas contorsiones y las agonizantes luchas por la libertad que en sí mismas eran invisibles.
Hammond y yo nos habíamos devanado los sesos durante la larga noche en busca de algún medio por el que pudiéramos hacernos una idea de la forma y el aspecto general del Enigma. Hasta donde pudimos deducir pasando las manos por el cuerpo de la criatura, sus contornos y facciones eran humanos. Había una boca; una cabeza redonda y lisa, sin cabello; una nariz que, sin embargo, sobresalía muy poco de las mejillas; y sus manos y pies se sentían como los de un muchacho. Al principio pensamos en colocar al ser sobre una superficie lisa y trazar con tiza su contorno, como hacen los zapateros con el contorno del pie. Pero abandonamos ese plan por carecer de valor. Tal silueta no daría la menor idea de su conformación.
Entonces se me ocurrió una idea feliz. Haríamos un molde de yeso de París. Eso nos daría la figura sólida y satisfaría todos nuestros deseos. ¿Pero cómo hacerlo? Los movimientos de la criatura alterarían el fraguado de la cubierta plástica y deformarían el molde. Otra idea: ¿por qué no administrarle cloroformo? Tenía órganos respiratorios; eso era evidente por su respiración. Una vez reducida a un estado de insensibilidad, podríamos hacer con ella lo que quisiéramos. Se mandó llamar al doctor X—; y después de que el digno facultativo se recobró de la primera conmoción de asombro, procedió a administrar el cloroformo.
Tres minutos después pudimos retirar las ataduras del cuerpo de la criatura, y un conocido modelista de esta ciudad estaba ocupado en cubrir la forma invisible con arcilla húmeda. Cinco minutos más tarde teníamos ya un molde y, antes del anochecer, un rudo facsímil del misterio. Tenía forma de hombre: deforme, tosca y horrenda, pero, aun así, de hombre. Era pequeña, no más de cuatro pies y algunas pulgadas de altura, y sus miembros revelaban un desarrollo muscular sin parangón. Su rostro sobrepasaba en fealdad cuanto yo había visto jamás. Ni Gustave Doré, ni Callot, ni Tony Johannot imaginaron nunca nada tan horroroso. Hay una cara en una de las ilustraciones de este último para Un Voyage où il vous plaira que se aproxima algo al semblante de esta criatura, pero no lo iguala. Era la fisonomía de lo que yo habría imaginado que debía de ser un ghoul. Parecía capaz de alimentarse de carne humana.
Satisfecha nuestra curiosidad, y obligando a todos los habitantes de la casa al secreto, surgió la cuestión de qué hacer con nuestro Enigma. Era imposible que conserváramos semejante horror en nuestra casa; era igualmente imposible que un ser tan espantoso quedara suelto por el mundo. Confieso que yo habría votado con gusto por su destrucción. Pero ¿quién cargaría con la responsabilidad? ¿Quién emprendería la ejecución de aquella horrible apariencia de ser humano? Día tras día se deliberó gravemente esta cuestión. Todos los huéspedes abandonaron la casa. La señora Moffat estaba desesperada y amenazó a Hammond y a mí con toda clase de sanciones legales si no retirábamos el Horror. Nuestra respuesta fue: “Nos iremos, si así lo desea, pero nos negamos a llevarnos a esta criatura. Retírela usted misma, si le place. Apareció en su casa. La responsabilidad recae sobre usted”. A eso, por supuesto, no hubo respuesta posible. La señora Moffat no logró encontrar, ni por amor ni por dinero, a una sola persona que se atreviera siquiera a aproximarse al Misterio.
La parte más singular del asunto era que ignorábamos por completo de qué se alimentaba habitualmente la criatura. Le colocamos delante todo cuanto se nos ocurrió en materia de alimento, pero jamás tocó nada. Era espantoso permanecer allí, día tras día, viendo agitarse las ropas de cama, oyendo aquella respiración áspera y sabiendo que estaba muriéndose de hambre.
Pasaron diez, doce días, una quincena, y aún seguía viva. Los latidos del corazón, sin embargo, se debilitaban cada día más y ya casi habían cesado del todo. Era evidente que la criatura se moría por falta de sustento. Mientras se desarrollaba aquella terrible lucha por la vida, yo me sentía miserable. No podía dormir por las noches. Horrible como era la criatura, resultaba conmovedor pensar en los sufrimientos que padecía.
Por fin murió. Hammond y yo la encontramos fría y rígida una mañana en la cama. El corazón había dejado de latir, los pulmones de inspirar. Nos apresuramos a enterrarla en el jardín. Fue un funeral extraño, el de dejar caer aquel cadáver invisible en el hoyo húmedo. El molde de su forma se lo entregué al doctor X–, que lo conserva en su museo de la calle Décima.
Y como estoy en vísperas de un largo viaje del que quizá no regrese, he redactado esta narración de un acontecimiento, el más singular que haya llegado jamás a mi conocimiento.
NOTA.— Corrió el rumor de que los propietarios de un museo bien conocido de esta ciudad habían hecho arreglos con el doctor X— para exhibir al público el singular molde que el señor Escott depositó en sus manos. Una historia tan extraordinaria no puede dejar de atraer la atención universal.
FIN
Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026