Ya saben, queridos míos, que su madre fue huérfana y además hija única; y me atrevo a decir que habrán oído que su abuelo era un clérigo allá en Westmoreland, de donde yo vengo. Yo no era más que una muchacha en la escuela del pueblo cuando, un día, su abuela entró a preguntar a la maestra si había entre las alumnas alguna que sirviera para niñera. Y bien orgullosa estaba yo, se los aseguro, cuando la maestra me llamó y dijo que yo era una muchacha hacendosa con la aguja, seria, honrada y de padres muy respetables, aunque pobres.
Pensé que nada podría gustarme más que servir a aquella hermosa joven dama, que se sonrojaba tanto como yo mientras hablaba del bebé que venía y de lo que yo tendría que hacer con él. Pero ya veo que esta parte del cuento no les importa tanto como lo que creen que viene después, así que iré al grano.
Yo ya estaba contratada y establecida en la rectoría antes de que naciera la señorita Rosamond —que era aquella niña y que ahora es su madre—. La verdad sea dicha, tuve poco que ver con ella cuando llegó al mundo, porque jamás salía de los brazos de su madre y dormía junto a ella toda la noche. Aun así, algunas veces me sentía orgullosísima cuando la señora me la confiaba. Nunca hubo un bebé como aquél, ni antes ni después; aunque ustedes han sido muy hermosos a su tiempo, ninguno alcanzó jamás a su madre en dulzura ni en gracia cautivadora. Había heredado el temple de su madre, que era una dama de nacimiento, una señorita Furnivall, nieta de lord Furnivall, en Northumberland.
Creo que ella no tenía ni hermanos ni hermanas y que se había criado en casa de mi lord hasta que se casó con su abuelo, que no era más que un simple coadjutor, hijo de un tendero de Carlisle; pero un caballero tan fino y tan inteligente como el mejor, y además un hombre de trabajo incansable en su parroquia, que era muy extensa y estaba desperdigada por los montes de Westmoreland.
Cuando su madre, la pequeña señorita Rosamond, tenía unos cuatro o cinco años, sus dos padres murieron en el espacio de quince días, uno tras otro. Ah, aquél sí fue un tiempo triste. Mi hermosa joven señora y yo aguardábamos otro niño cuando mi amo volvió de una de sus largas cabalgatas, mojado y exhausto, y agarró la fiebre de la que murió. Y ella ya no levantó cabeza; vivió apenas lo suficiente para ver a su niño muerto y tenerlo puesto sobre el pecho antes de suspirar y entregar también la vida.
Mi señora me había pedido, en su lecho de muerte, que jamás abandonara a la señorita Rosamond; pero aunque no hubiese dicho palabra, yo habría acompañado a aquella criatura hasta el fin del mundo.
Lo siguiente ocurrió antes de que hubiéramos siquiera terminado de secarnos las lágrimas: llegaron los albaceas y tutores a arreglar los asuntos. Eran el propio lord Furnivall, primo de mi pobre joven señora, y el señor Esthwaite, hermano de mi amo, un comerciante de Manchester que entonces no estaba tan bien situado como después y que tenía ya una familia numerosa creciendo a su alrededor.
Bueno, no sé si fue por lo que resolvieron entonces o por una carta que mi señora escribió en su lecho de muerte a su primo, mi lord; el caso es que quedó dispuesto que la señorita Rosamond y yo iríamos a Furnivall Manor House, en Northumberland. Mi lord habló como si hubiese sido deseo de la madre de la niña que ésta viviera con la familia, y como si él no tuviera reparo en ello, porque una persona más o menos nada significaba en una casa tan grande.
Así que, aunque no era ésa la manera en que yo hubiese querido que se hablara de la llegada de mi brillante y preciosa niña —que era como un rayo de sol en cualquier familia, por grande que fuese—, quedé muy contenta de pensar que toda la gente del valle se quedaría boquiabierta y admirada al saber que yo iba a convertirme en doncella de una joven dama en casa de lord Furnivall, en Furnivall Manor.
Pero me equivoqué al creer que íbamos a vivir donde residía mi lord. Resultó que la familia había abandonado Furnivall Manor House hacía cincuenta años o más. No pude averiguar si mi pobre joven señora había estado alguna vez allí, aunque se había criado en el seno de la familia; y lo lamenté, porque me habría gustado que la infancia de la señorita Rosamond transcurriera allí donde había pasado la de su madre.
El ayuda de cámara de mi lord, a quien yo pregunté cuanto me atreví, me dijo que la casa solariega se hallaba al pie de los montes de Cumberland, y que era un lugar magnífico; que una anciana señorita Furnivall, tía abuela de mi lord, vivía allí con unos pocos criados; pero que era un sitio muy saludable, y que mi lord había pensado que le vendría muy bien a la señorita Rosamond durante unos cuantos años, y que quizá su presencia entretenía a la vieja tía.
Mi lord me ordenó tener preparadas las cosas de la señorita Rosamond para cierto día. Era un hombre severo y orgulloso, como se decía que habían sido todos los lords Furnivall, y no pronunciaba jamás una palabra más de las necesarias. La gente murmuraba que había amado a mi joven señora; pero como ella sabía que el padre de él se opondría, nunca quiso escucharlo y acabó casándose con el señor Esthwaite. Pero yo no lo sé. Lo cierto es que él nunca se casó. Tampoco mostró demasiado afecto por la señorita Rosamond, cosa que yo creía que habría podido hacer si de verdad había querido a su madre difunta.
Envió a su ayuda de cámara con nosotras hasta la casa solariega, diciéndole que se reuniera con él en Newcastle aquella misma tarde; de modo que apenas hubo tiempo para que aquel hombre nos presentara a los extraños antes de sacudirse también nuestra carga y dejarnos, a dos pobres criaturas solitarias —pues yo aún no había cumplido los dieciocho—, en aquella inmensa y antigua mansión.
Parece que fue ayer cuando llegamos en carruaje. Habíamos dejado nuestra querida rectoría muy temprano, y las dos lloramos como si se nos partiera el corazón, a pesar de viajar en el coche de mi lord, que a mí tanta ilusión me había hecho en otro tiempo. Y ahora era ya entrada la tarde de un día de septiembre, pasado el mediodía con creces, cuando nos detuvimos a cambiar caballos por última vez en una pequeña ciudad ennegrecida por el humo, llena de mineros y carboneros.
La señorita Rosamond se había quedado dormida, pero el señor Henry me ordenó que la despertara para que viera el parque y la casa solariega al entrar. Me dio pena hacerlo, pero obedecí por miedo a que se quejara de mí a mi lord.
Ya habíamos dejado atrás toda señal de pueblo, incluso de aldea, y nos encontrábamos dentro de los límites de un extenso parque salvaje, nada parecido a los parques del sur, sino lleno de peñascos, rumor de agua corriente, espinos retorcidos y viejos robles blanqueados y pelados por la edad.
La carretera ascendía unas dos millas y entonces divisamos una casa inmensa y solemne, rodeada de árboles tan cercanos que, en algunos puntos, sus ramas azotaban los muros cuando soplaba el viento; otras colgaban partidas y abatidas. Nadie parecía ocuparse demasiado del lugar: ni de podar la arboleda, ni de mantener en buen estado la avenida cubierta de musgo. Sólo el frente estaba despejado. La gran rotonda de entrada no tenía una mala hierba, y no se permitía que ningún árbol ni enredadera trepara por la larga fachada, llena de ventanas, que estaba protegida por dos alas a cada lado, cada una final de otras fachadas laterales; porque la casa, por desolada que estuviera, era aún más grandiosa de lo que yo había esperado.
Detrás de ella se alzaban los montes, desnudos y abiertos; y a la izquierda, según se la miraba de frente, había un pequeño jardín de flores a la antigua usanza, como supe después. Una puerta se abría a él desde la fachada oeste; alguna antigua lady Furnivall debió haberlo hecho cavar allí, pero las ramas del gran bosque habían vuelto a crecer y a ensombrecerlo, de modo que eran muy pocas las flores que lograban vivir en aquel tiempo.
Cuando nos detuvimos ante la gran entrada principal y penetramos en el vestíbulo, pensé que nos perderíamos; era tan vasto, tan grande, tan imponente. Colgaba del centro del techo una araña de bronce, y como yo jamás había visto una, me quedé mirándola embobada. Después, en un extremo del vestíbulo, había una chimenea enorme, tan grande como el costado de una casa de mi tierra, con sus macizos morillos y perros de hierro para sujetar la leña; junto a ella, unos sofás pesados y anticuados.
En el extremo opuesto, a la izquierda al entrar, en el lado occidental, había un órgano empotrado en la pared, tan grande que ocupaba casi todo ese testero. Más allá, en la misma pared, había una puerta; y enfrente, a ambos lados de la chimenea, otras puertas que daban al ala este; pero por esas jamás pasé mientras permanecí en la casa, de modo que no puedo decir qué había al otro lado.
La tarde se iba cerrando, y el vestíbulo, donde no había fuego encendido, se veía oscuro y lúgubre; pero no permanecimos allí ni un momento. El viejo criado que nos había abierto hizo una reverencia al señor Henry y nos condujo por la puerta situada más allá del gran órgano, atravesando varios salones y corredores más pequeños, hasta el salón de recibir del ala oeste, donde dijo que estaba sentada la señorita Furnivall.
La pobre señorita Rosamond se aferraba con fuerza a mí, como si estuviera asustada y perdida en aquel lugar tan grande; y yo no estaba mucho mejor.
El salón del ala oeste tenía un aspecto agradable, con buen fuego encendido y abundante mobiliario cómodo. La señorita Furnivall era una anciana cercana a los ochenta años, según creo, aunque no lo sé con certeza. Era delgada y alta, y su rostro estaba tan lleno de finas arrugas como si se las hubiesen dibujado con una aguja. Sus ojos eran muy vigilantes, para compensar tal vez lo sorda que estaba, pues necesitaba una trompetilla para oír.
Sentada con ella, trabajando ambas en la misma gran pieza de tapicería, estaba la señora Stark, doncella y compañera de la anciana, casi tan vieja como ella. Había vivido con la señorita Furnivall desde la juventud de ambas, y ahora parecía más una amiga que una sirvienta; tenía un aspecto tan frío, gris y pétreo como si jamás hubiese amado ni se hubiese preocupado por nadie. Y no supongo que se preocupara por nadie, salvo por su señora; y, debido a la gran sordera de ésta, la señora Stark la trataba casi como si fuera una niña.
El señor Henry entregó algún mensaje de parte de mi lord y luego se despidió con una reverencia de todos nosotros —sin hacer caso alguno de la mano tendida de la pequeña señorita Rosamond— y se fue, dejándonos allí plantadas, bajo la mirada escrutadora de aquellas dos viejas damas detrás de sus gafas.
Me alegré mucho cuando hicieron sonar la campanilla y llamaron al viejo lacayo que nos había mostrado el camino, ordenándole que nos llevara a nuestros aposentos. Salimos así de aquel inmenso salón y atravesamos otro cuarto de estar, luego otro, y después subimos una gran escalera y recorrimos una amplia galería —algo parecido a una biblioteca, con libros alineados a un lado y ventanas y escritorios al otro— hasta llegar a nuestras habitaciones, que no me disgustó oír que se hallaban justo encima de las cocinas, porque ya empezaba a pensar que me perdería en aquel laberinto de casa.
Había una antigua nursery, usada tiempo atrás por todos los pequeños lords y ladies, con un fuego alegre ardiendo en la chimenea, el hervidor silbando en el hogar y el servicio de té dispuesto sobre la mesa; y desde ese cuarto se pasaba a la habitación de noche, donde había una pequeña cuna para la señorita Rosamond, pegada a mi cama.
Y el viejo James hizo llamar a Dorothy, su mujer, para darnos la bienvenida; y tanto él como ella fueron tan hospitalarios y bondadosos que, al cabo de un rato, la señorita Rosamond y yo nos sentimos casi como en casa; y para cuando terminamos el té, ella ya estaba sentada sobre las rodillas de Dorothy, parloteando sin descanso con su lengüecita.
Pronto descubrí que Dorothy era de Westmoreland, y eso nos unió de inmediato; y jamás desearía encontrarme con gente más amable que aquel viejo James y su esposa. James había vivido casi toda su vida al servicio de la familia de mi lord y no creía que existiera nadie tan grandioso como ellos. Incluso miraba un poco por encima del hombro a su esposa, porque antes de casarse con él ella nunca había servido sino en casa de granjeros. Pero la quería mucho, y con razón.
Tenían una sola criada a sus órdenes para hacer todo el trabajo pesado. Se llamaba Agnes, y entre ella, yo, James y Dorothy, junto con la señorita Furnivall y la señora Stark, se componía toda la familia; ¡siempre contando a mi dulce señorita Rosamond, claro está!
Muchas veces me pregunté qué habrían hecho antes de su llegada, pues ahora todos pensaban tanto en ella. En la cocina o en el salón, daba lo mismo. Incluso la severa y triste señorita Furnivall y la fría señora Stark parecían complacidas cuando ella entraba revoloteando como un pájaro, jugando y correteando de aquí para allá, con su continuo murmullo y su encantadora charla. Estoy segura de que lamentaban más de una vez verla escapar hacia la cocina, aunque eran demasiado orgullosas para pedirle que se quedara, y se sorprendían un poco de sus gustos; aunque, como decía la señora Stark, no era extraño, recordando la clase de gente de la que había salido su padre.
La enorme y vieja mansión era un lugar maravilloso para la pequeña señorita Rosamond. Hacía expediciones por toda ella, conmigo pegada a sus talones, por todas partes salvo el ala este, que nunca se abría y a la cual nunca se nos ocurrió ir. Pero en las alas oeste y norte había muchas salas agradables, llenas de cosas que para nosotras eran curiosidades, aunque quizá no lo fueran para gente más viajada.
Las ventanas estaban oscurecidas por las grandes ramas de los árboles y la hiedra que las cubría; pero, dentro de aquella penumbra verdosa, podíamos distinguir antiguos jarrones chinos, cofres de marfil tallado, enormes libros pesados y, sobre todo, los retratos antiguos.
Recuerdo que una vez mi niña quiso que Dorothy nos acompañara para decirnos quiénes eran todos aquellos personajes, porque todos eran retratos de la familia de mi lord, aunque Dorothy no conocía el nombre de cada uno. Habíamos recorrido la mayor parte de las habitaciones cuando llegamos al viejo salón de estado, sobre el vestíbulo, y allí colgaba un retrato de la señorita Furnivall, o más bien de la señorita Grace, como se la llamaba entonces, pues era la hermana menor. ¡Qué belleza debió de haber sido! Pero con qué gesto altivo, y qué desdén asomándose desde aquellos hermosos ojos, las cejas apenas arqueadas como si se preguntara cómo podía alguien atreverse a mirarla, y el labio curvado en una mueca de desprecio mientras nosotras la contemplábamos. Llevaba un vestido como jamás había visto otro igual, aunque era toda la moda de su época; un sombrero de algún material blanco y suave, como castor, un poco echado sobre las cejas, y una hermosa pluma que lo rodeaba por un lado; el vestido, de satén azul, se abría en el frente para mostrar un corpiño acolchado de color blanco.
—¡Vaya, vaya! —dije cuando hube mirado bastante—. Dicen que toda carne es hierba; pero ¿quién hubiera pensado, viendo cómo está ahora la señorita Furnivall, que hubiera sido semejante belleza?
—Sí —dijo Dorothy—. La gente cambia terriblemente. Pero, si era verdad lo que decía el padre de mi amo, la señorita Furnivall, la mayor, era todavía más hermosa que la señorita Grace. Su retrato está por aquí en alguna parte; pero, si te lo enseño, no debes decir jamás, ni siquiera a James, que lo has visto. ¿Crees que la pequeña sabrá guardar el secreto?
Yo no estaba tan segura, porque era una criatura dulce, valiente y franca, así que le pedí que se escondiera; y entonces ayudé a Dorothy a dar vuelta a un gran retrato que estaba apoyado contra la pared, con la cara hacia adentro, y no colgado como los demás.
Y verdaderamente superaba a la señorita Grace en belleza, y creo que también en orgullo desdeñoso, aunque en eso sería difícil decidir. Me habría quedado mirándolo una hora; pero Dorothy parecía medio asustada de habérmelo mostrado, y volvió a ocultarlo deprisa, mandándome correr a buscar a la señorita Rosamond, porque había en aquella casa, según ella, sitios muy feos donde no quería que la niña se internara.
Yo era una muchacha valiente y resuelta, y poco caso hice a las palabras de la vieja, porque me gustaba jugar a las escondidas tanto como a cualquier cría de la parroquia; así que salí corriendo en busca de mi pequeña.
Conforme avanzaba el invierno y los días se hacían más cortos, a veces me parecía casi seguro oír como si alguien tocara el gran órgano del vestíbulo. No lo oía todas las noches; pero sí muy a menudo, sobre todo cuando estaba sentada con la señorita Rosamond, después de acostarla, y permanecía quieta y silenciosa en el dormitorio. Entonces escuchaba aquel sonido retumbante y creciente, lejano. La primera noche, cuando bajé a cenar, pregunté a Dorothy quién había estado tocando música, y James respondió muy seco que yo era una boba por tomar por música el viento que silbaba entre los árboles; pero vi a Dorothy mirarlo con gran temor, y Bessy, la criada de la cocina, murmuró algo entre dientes y se puso muy pálida. Comprendí que mi pregunta no les gustaba, así que me callé hasta quedarme a solas con Dorothy, cuando sabía que podría sacarle algo. Así que al día siguiente aguardé mi ocasión, la mimé y le pregunté quién era el que tocaba el órgano; porque yo bien sabía que era el órgano y no el viento, por mucho que hubiese guardado silencio delante de James. Pero Dorothy ya estaba escarmentada, se ve, y no hubo forma de arrancarle una palabra.
Entonces probé con Bessy, aunque siempre había mantenido cierta superioridad sobre ella, pues yo estaba al mismo nivel que James y Dorothy, y ella era poco más que su sirvienta. Me dijo que jamás, jamás debía repetirlo, y que si alguna vez hablaba del asunto nunca debía decir que ella me lo había contado; pero que era un sonido muy extraño, que ella lo había oído muchas veces, sobre todo en las noches de invierno y antes de las tormentas, y que la gente decía que era el viejo lord tocando el gran órgano del vestíbulo, tal como hacía cuando vivía. Pero quién había sido el viejo lord, o por qué tocaba, y por qué justamente en las noches tormentosas de invierno, eso no quiso o no pudo decírmelo.
Bueno, ya les he dicho que tenía buen ánimo, y a mí me parecía incluso agradable tener aquella gran música rodando por la casa, la tocara quien la tocara; porque a veces se elevaba por encima de las ráfagas de viento y gemía y triunfaba como una criatura viva, y luego descendía hasta una suavidad completísima; pero siempre era música, siempre melodía, de modo que era absurdo llamarlo viento.
Pensé al principio que quizá era la señorita Furnivall quien tocaba, sin que Bessy lo supiera; pero un día, estando sola en el vestíbulo, abrí el órgano y fisgoneé por todas partes, tal como había hecho una vez con el de la iglesia de Crosthwaite, y vi que por dentro estaba roto y arruinado, aunque por fuera lucía tan majestuoso. Entonces, aunque era pleno mediodía, se me erizó un poco la carne, y volví a cerrarlo y salí corriendo hacia mi luminosa nursery; y durante algún tiempo dejé de encontrar placer en aquella música, igual que James y Dorothy.
Mientras tanto, la señorita Rosamond se hacía querer cada día más. Las ancianas querían que comiera con ellas en su temprana cena. James se colocaba detrás de la silla de la señorita Furnivall, y yo detrás de la de la señorita Rosamond, con toda solemnidad; y después de cenar ella jugaba en silencio en un rincón del gran salón, como un ratoncito, mientras la señorita Furnivall dormitaba y yo cenaba en la cocina. Pero, pasada esa hora, se alegraba mucho de volver conmigo a la nursery, porque, según decía, la señorita Furnivall era muy triste y la señora Stark muy aburrida; pero ella y yo éramos suficientemente alegres. Y poco a poco dejé de preocuparme por aquella extraña música que, al fin y al cabo, no hacía daño si no sabíamos de dónde venía.
Aquel invierno fue muy crudo. A mediados de octubre comenzaron las heladas y duraron muchas, muchísimas semanas. Recuerdo que un día, durante la cena, la señorita Furnivall levantó sus ojos tristes y pesados y dijo a la señora Stark:
—Me temo que tendremos un invierno terrible.
Lo dijo con una extraña intención. Pero la señora Stark fingió no oírla y habló muy alto de otra cosa. A la pequeña señorita Rosamond y a mí no nos importaba el hielo, ¡ni mucho menos! Mientras el tiempo se mantuviera seco, subíamos las escarpadas lomas detrás de la casa y salíamos a los montes, áridos y desnudos, y allí corríamos carreras en aquel aire vivo y cortante. Una vez bajamos por un sendero nuevo que nos llevó junto a dos acebos viejos y nudosos, que crecían a media bajada, junto al lado este de la casa.
Pero los días se hicieron cada vez más cortos, y el viejo lord, si es que era él, tocaba en el gran órgano con una tristeza y una violencia cada vez mayores.
Una tarde de domingo —debía de ser ya hacia finales de noviembre— pedí a Dorothy que cuidara de la señorita Rosamond cuando ésta saliera del salón después de la siesta de la señorita Furnivall; hacía demasiado frío para llevarla conmigo a la iglesia y yo deseaba ir. Dorothy aceptó encantada y, como quería tanto a la niña, todo parecía en orden. Así que Bessy y yo partimos bastante animadas, aunque el cielo colgaba negro y pesado sobre la tierra blanca, como si la noche nunca se hubiera retirado del todo, y el aire, aunque inmóvil, cortaba como cuchillo.
—Va a nevar —me dijo Bessy.
Y, en efecto, aun mientras estábamos en la iglesia, la nieve comenzó a caer espesa, en grandes copos, tan espesos que casi oscurecían las ventanas. Ya había dejado de nevar cuando salimos, pero el suelo estaba cubierto de una capa blanda, honda y espesa que crujía bajo nuestros pies al regresar.
Antes de llegar al vestíbulo, salió la luna, y creo que entonces estaba más claro —entre la luna y el resplandor de la nieve— que cuando habíamos salido hacia la iglesia, entre las dos y las tres. No les he dicho que la señorita Furnivall y la señora Stark nunca iban a la iglesia; leían juntas las oraciones a su manera silenciosa y sombría; los domingos se les hacían larguísimos sin su tapicería con la que ocuparse.
Así que cuando fui a buscar a la señorita Rosamond a la cocina, donde pensaba llevarla arriba a cenar en la nursery, no me extrañó demasiado que Dorothy me dijera que las damas la habían retenido con ellas, y que nunca había bajado a la cocina, como yo le había mandado, cuando se cansó de portarse bien en el salón.
Subí entonces a buscarla y a llevarla a cenar. Pero cuando entré en el gran salón del ala oeste, allí estaban las dos ancianas, muy quietas y silenciosas, soltando alguna palabra de vez en cuando, pero con aspecto de no haber tenido cerca nunca nada tan luminoso y alegre como la señorita Rosamond. Aun así, pensé que podía estar escondida, para gastarme una broma —era una de sus gracias favoritas—, y que quizá había persuadido a las damas para que hicieran como si no supieran nada; de modo que fui asomándome con cuidado debajo de un sofá, detrás de una silla, fingiendo estar terriblemente asustada por no encontrarla.
—¿Qué ocurre, Hester? —preguntó secamente la señora Stark.
No sé si la señorita Furnivall me había visto, porque ya les he dicho lo sorda que estaba, y permanecía quietísima mirando el fuego con aquella expresión de desesperanza.
—Sólo busco a mi Rosita —respondí, todavía convencida de que la niña estaba allí, cerca, aunque yo no la viera.
—La señorita Rosamond no está aquí —dijo la señora Stark—. Se fue hace más de una hora en busca de Dorothy.
Y también ella volvió la vista al fuego.
Al oír esto, el corazón me dio un vuelco y empecé a lamentar haber dejado sola a mi niña. Regresé junto a Dorothy y se lo conté. James había salido por el día, pero ella, Bessy y yo tomamos luces y subimos primero a la nursery; luego recorrimos la enorme casa, llamando y suplicando a la señorita Rosamond que saliera de su escondite y no nos asustara hasta la muerte de ese modo. Pero no hubo respuesta. Ningún sonido.
—¡Ay! —dije por fin—. ¿Será que se ha metido en el ala este y se ha escondido allí?
Pero Dorothy respondió que era imposible, pues ella misma jamás había entrado allí; que las puertas estaban siempre cerradas con llave y que el administrador de mi lord debía de tenerlas, porque ni ella ni James las habían visto nunca. Entonces dije que volvería una vez más, a ver si al fin y al cabo no estaba escondida en el salón, sin que las viejas damas lo supieran; y añadí que si la encontraba allí la azotaría bien por el susto que me había dado. Pero nunca lo habría hecho.
Volví al salón del ala oeste y dije a la señora Stark que no lográbamos encontrarla en ninguna parte, pidiéndole permiso para revisar bien entre los muebles, pues ahora pensaba que acaso se había dormido en algún rincón cálido y escondido. Pero no. Buscamos. La señorita Furnivall se levantó también y buscó, temblando de pies a cabeza. Y no estaba allí.
Entonces volvimos a salir todos, todos los de la casa, y registramos otra vez todos los rincones ya revisados, pero no pudimos hallarla. La señorita Furnivall tiritaba y se sacudía tanto que la señora Stark la devolvió al salón cálido, pero no antes de hacerme prometer que la llevaría ante ella en cuanto apareciera.
¡Ay de mí! Empecé a creer que jamás la encontraríamos, cuando se me ocurrió mirar al gran patio delantero, completamente cubierto de nieve. Yo estaba arriba al asomarme; pero la luna brillaba tanto que pude ver con absoluta claridad dos pequeñas huellas que partían de la puerta del vestíbulo y doblaban la esquina del ala este.
No sé cómo bajé, pero abrí tirando de la gran puerta del vestíbulo, pesada y rígida, y me lancé fuera, echándome la falda del vestido sobre la cabeza como si fuese una capa. Doblé la esquina del ala este, y allí una sombra negra se tendía sobre la nieve; pero en cuanto volví a la claridad lunar, estaban las pequeñas huellas, subiendo, subiendo hacia los montes.
Hacía un frío terrible; tan terrible que el aire casi me arrancaba la piel del rostro mientras corría. Pero seguí adelante, llorando al pensar cuán helada y asustada debía de estar mi pobre tesoro. Ya tenía a la vista los acebos cuando vi bajar por la ladera a un pastor, cargando algo entre sus brazos, envuelto en su capa de lana. Me gritó, preguntando si había perdido a una niña; y, como yo no podía responder de tanto llorar, se acercó a mí, y vi a mi pequeña, tendida inmóvil, blanca y rígida entre sus brazos, como si hubiese muerto.
Me dijo que había subido a los montes a recoger sus ovejas antes de que cayera el frío más cruel de la noche, y que al pie de los acebos —manchas negras en la ladera, donde no había otro arbusto en millas— había encontrado a mi pequeña señora, tiesa y helada en aquel terrible sueño que trae la escarcha.
¡Ah, la alegría y las lágrimas de tenerla otra vez en mis brazos! Porque no permití que él siguiera cargándola; la tomé yo, envuelta aún en la capa, la estreché contra mi cuello y mi corazón calientes y sentí cómo la vida regresaba poco a poco a sus pequeñas extremidades delicadas. Pero seguía inconsciente cuando llegamos a la casa, y yo no tenía aliento para hablar. Entramos por la puerta de la cocina.
—Tráiganme la cama caliente —dije.
La subí a toda prisa y comencé a desnudarla junto al fuego de la nursery, que Bessy había mantenido vivo. Llamé a mi niña con todos los nombres dulces y juguetones que se me ocurrían, aun cuando mis ojos estaban cegados por las lágrimas. Y al fin, al fin, abrió sus grandes ojos azules.
Entonces la metí en su cama caliente y envié a Dorothy abajo a decir a la señorita Furnivall que todo estaba bien; y decidí velar junto al lecho de mi tesoro toda la noche. Ella cayó dormida con suavidad en cuanto su hermosa cabecita tocó la almohada, y yo me quedé a su lado hasta que amaneció; y entonces despertó brillante y despejada… o eso creí al principio. Y también creo ahora que así fue.
Dijo que se le había antojado ir a buscar a Dorothy, porque las dos ancianas estaban dormidas y el salón era muy aburrido; y que, al pasar por el vestíbulo del ala oeste, vio la nieve caer a través de la ventana alta, caer y caer, suave y constante. Pero quería verla tendida, blanca y hermosa, sobre el suelo; de modo que entró en el gran vestíbulo y, acercándose a la ventana, la contempló brillante y suave sobre la avenida. Pero mientras estaba allí vio a una niñita, más pequeña que ella,
—pero tan hermosa —dijo mi niña—,
y aquella niñita le hizo señas para que saliera. Y, oh, era tan bella y tan dulce, que no pudo por menos que seguirla.
Y entonces aquella otra niña la tomó de la mano, y las dos caminaron juntas doblando la esquina del ala este.
—Ahora eres una mala niña y estás inventando mentiras —le dije—. ¿Qué diría tu buena mamá, que está en el cielo y jamás dijo una mentira en su vida, si oyera a su Rosamond contar historias? Y estoy segura de que la oye.
—De verdad, Hester —sollozó la niña—, te digo la verdad. De verdad.
—No me lo digas —respondí con severidad—. Te seguí por las huellas en la nieve; sólo las tuyas podían verse. Si hubieras ido cogida de la mano de una niña hasta lo alto del monte, ¿no crees que habría también huellas junto a las tuyas?
—No puedo remediarlo, querida, querida Hester —dijo llorando—, si no estaban; yo nunca miré sus pies, pero ella sujetaba mi mano muy fuerte con su manita, y estaba helada. Me llevó por el sendero del monte hasta los acebos; y allí vi a una dama llorando y sollozando. Pero cuando me vio, dejó de llorar, sonrió con mucho orgullo y grandeza, me sentó sobre sus rodillas y comenzó a arrullarme para que me durmiera. Y eso es todo, Hester, pero es verdad; y mi querida mamá sabe que es verdad —dijo, llorando.
Así que pensé que la niña tenía fiebre, y fingí creerla mientras repetía la historia una y otra vez, siempre del mismo modo. Por fin Dorothy llamó a la puerta con el desayuno de la señorita Rosamond, y me dijo que las ancianas estaban ya abajo, en el comedor, y querían hablar conmigo.
Las dos habían pasado por la nursery la noche anterior, pero después de que la niña se durmiera; así que sólo la habían mirado, sin hacerme preguntas.
—Me caerá una buena reprimenda —pensé mientras avanzaba por la galería norte—. Y, sin embargo, también pensé, cobrando valor, que en realidad yo la había dejado bajo el cuidado de ellas, y que ellas eran las culpables por haber permitido que se escapara sin que nadie lo advirtiera.
Así que entré con resolución y conté toda la historia. Se la grité prácticamente al oído a la señorita Furnivall; pero cuando llegué a la parte de la otra niñita en la nieve, que la atraía y la persuadía para subir hasta la hermosa y gran dama junto al acebo, levantó sus brazos viejos y marchitos y gritó:
—¡Oh! ¡Que el cielo perdone! ¡Ten misericordia!
La señora Stark la sujetó, con bastante brusquedad a mi parecer; pero la anciana estaba ya fuera de su control y me habló con una especie de advertencia salvaje y autoritaria.
—¡Hester! ¡Aparta de esa niña a esa aparición! ¡La atraerá a la muerte! ¡Esa mala criatura! Dile que es una niña mala, una criatura perversa.
Entonces la señora Stark me apresuró fuera del cuarto, cosa que yo agradecí bastante; pero la señorita Furnivall seguía chillando:
—¡Oh, ten misericordia! ¿No perdonarás nunca? Hace ya tantos, tantísimos años…
Aquello me dejó muy intranquila. No me atrevía a apartarme de la señorita Rosamond ni de día ni de noche, por miedo a que volviera a escaparse siguiendo alguno de sus impulsos; más aún porque me parecía entrever que la señorita Furnivall estaba trastornada, por lo extrañas que eran sus maneras, y temía que alguna locura semejante —que quizá corriera en la familia, ya saben— pesara sobre mi niña.
Y la gran helada no cesaba; y cada vez que la noche se volvía más tormentosa que de costumbre, entre las ráfagas y a través del viento, oíamos al viejo lord tocar con más salvajismo que nunca el gran órgano. Pero, lord anciano o no, adondequiera que iba la señorita Rosamond, allí iba yo detrás; porque mi amor por aquella bonita y desamparada huérfana era más fuerte que mi miedo a aquel grandioso y terrible sonido. Además, era deber mío mantenerla alegre y risueña, como convenía a su edad.
De modo que jugábamos juntas, y paseábamos juntas, aquí y allá, por todas partes; porque jamás volví a atreverme a perderla de vista en aquella casa inmensa y laberíntica. Y fue así como una tarde, poco antes de Navidad, estábamos jugando en la mesa de billar del gran vestíbulo —no porque supiéramos jugar de verdad, sino porque a ella le gustaba hacer rodar las suaves bolas de marfil con sus preciosas manos, y a mí me gustaba hacer todo lo que ella hacía—; y poco a poco, sin que lo advirtiéramos, la casa se llenó de penumbra, aunque aún quedaba claridad en el exterior. Yo pensaba ya en llevarla de vuelta a la nursery cuando, de pronto, gritó:
—¡Mira, Hester! ¡Mira! ¡Ahí está mi pobre niñita afuera, en la nieve!
Me volví hacia las largas y estrechas ventanas, y allí estaba, sin duda, una pequeña niña, más pequeña que mi señorita Rosamond, vestida de manera totalmente impropia para hallarse a la intemperie en una noche tan cruel, llorando y golpeando los cristales como si quisiera entrar. Parecía sollozar y lamentarse, hasta el punto de que la señorita Rosamond ya no pudo soportarlo, y corría hacia la puerta para abrirla cuando, de repente, el gran órgano estalló muy cerca de nosotras, con tal estruendo y violencia que me hizo temblar de pies a cabeza; más aún cuando recordé que, pese a la calma helada de aquel tiempo muerto, no había oído ni un solo ruido de manitas golpeando el vidrio, aunque la niña fantasma parecía ejercer todas sus fuerzas; y aunque la vi llorar y lamentarse, ni el más leve sonido había llegado a mis oídos.
No sé si pensé todo aquello con claridad en ese mismo instante; el gran estallido del órgano me había aturdido de terror. Pero sí sé esto: tomé a la señorita Rosamond en brazos antes de que lograra abrir la puerta del vestíbulo, la sujeté con fuerza y me la llevé, pataleando y gritando, hasta la gran cocina iluminada, donde Dorothy y Agnes estaban ocupadas con los pastelillos de carne dulce.
—¿Qué le pasa a mi tesoro? —gritó Dorothy en cuanto entré cargándola, mientras la niña sollozaba como si el corazón se le fuera a romper.
—No quiere dejarme abrir la puerta para que entre mi niñita —sollozaba Rosamond—. Y se morirá si pasa toda la noche en los montes. Cruel, mala Hester.
Y me dio una palmada; pero bien podría haberme golpeado más fuerte, pues yo había visto una expresión de espanto mortal en el rostro de Dorothy, que me heló la sangre.
—Cierra bien la puerta de la cocina de atrás y échale el cerrojo —dijo a Agnes.
No añadió nada más. Me dio pasas y almendras para tranquilizar a la señorita Rosamond, pero ella continuó llorando por la niñita de la nieve y no quiso probar ninguno de aquellos dulces. Me sentí agradecida cuando acabó llorando hasta quedarse dormida en la cama.
Entonces bajé sigilosamente a la cocina y le dije a Dorothy que ya había tomado una decisión: me llevaría a mi tesoro de vuelta a casa de mi padre, en Applethwaite; donde, aunque viviéramos humildemente, viviríamos en paz. Le dije que bastante miedo había pasado ya con el viejo lord tocando el órgano; pero ahora que había visto con mis propios ojos a aquella niña gimiente, ataviada como ninguna criatura del vecindario podía estarlo, golpeando y golpeando para entrar, y sin emitir nunca sonido alguno, con aquella oscura herida en el hombro derecho; y ahora que la señorita Rosamond la había reconocido como el fantasma que casi la condujo a la muerte —cosa que Dorothy sabía que era cierta—, yo no lo soportaría más.
Vi a Dorothy palidecer una o dos veces. Cuando hube terminado, me dijo que no creía que pudiera llevarme a la señorita Rosamond, pues era pupila de mi lord y yo no tenía ningún derecho sobre ella; y me preguntó si iba a abandonar a la niña a la que tanto quería sólo por unos sonidos y unas visiones que no podían hacerme daño, y a las que ellos mismos habían tenido que acostumbrarse a su debido tiempo.
Yo estaba temblando de cólera y de miedo, y le dije que muy fácil le resultaba hablar a ella, que sabía lo que significaban aquellas apariciones y ruidos, y que acaso había tenido algo que ver con el espectro de la niña cuando aún estaba viva. Y la apremié y la acusé de tal modo que, al fin, me contó cuanto sabía; y entonces deseé no haberlo sabido jamás, porque me asustó todavía más.
Dijo que había oído aquella historia de viejos vecinos que aún vivían cuando recién se casó, en una época en que la gente acudía alguna vez a la mansión, antes de que adquiriera tan mala fama en toda la comarca; quizá fuera verdad, quizá no.
El viejo lord era el padre de la señorita Furnivall. La señorita Grace, como Dorothy la llamaba, era la menor; la mayor era la señorita Maude, y por derecho ella debía haber sido la señorita Furnivall. El viejo lord estaba devorado por el orgullo. Jamás se había visto ni oído hablar de hombre tan orgulloso; y sus hijas eran iguales que él. Nadie era lo bastante bueno para desposarlas, aunque no les faltaban pretendientes; porque ambas eran las grandes bellezas de su tiempo, tal como yo misma había comprobado en sus retratos colgados en el salón de estado. Pero, como suele decirse, “el orgullo precede a la caída”, y ambas jóvenes altivas cayeron enamoradas del mismo hombre, que no era más que un músico extranjero al que su padre había traído desde Londres para tocar con él en la mansión. Porque, por encima de todo, después de su orgullo, el viejo lord amaba la música. Tocaba casi todos los instrumentos que uno pueda imaginar, y era extraño que aquello no lo hubiera ablandado; pero era un hombre feroz y huraño, y decían que había roto el corazón de su pobre esposa con su crueldad.
Estaba loco por la música y pagaba cualquier cantidad por ella. Así fue como hizo venir a aquel extranjero, que producía una música tan hermosa que, según decían, hasta los pájaros detenían su canto en los árboles para escuchar. Y poco a poco el caballero extranjero obtuvo tal ascendiente sobre el viejo lord que éste no quiso otra cosa sino que volviera cada año; fue él quien mandó traer el gran órgano desde Holanda y colocarlo en el vestíbulo, donde todavía estaba. Enseñó al viejo lord a tocarlo. Pero muchas y muchas veces, mientras lord Furnivall sólo pensaba en su soberbio órgano y en su música aún más soberbia, aquel extranjero moreno paseaba por los bosques con una u otra de las jóvenes damas: primero con la señorita Maude, luego con la señorita Grace.
La señorita Maude ganó la partida y se llevó el premio, si así puede llamarse; él y ella se casaron en secreto, sin que nadie lo supiera, y antes de la visita del músico al año siguiente, ella ya había dado a luz a una niña en una granja de los páramos, mientras su padre y la señorita Grace creían que estaba en las carreras de Doncaster. Pero aunque era esposa y madre, no se enterneció en nada, sino que continuó tan altiva y apasionada como siempre; acaso más, porque se volvió terriblemente celosa de la señorita Grace, a quien su marido extranjero prodigaba toda clase de atenciones… según él mismo decía a su mujer, sólo para engañarla.
Pero la señorita Grace acabó triunfando sobre la señorita Maude, y la señorita Maude se hizo más y más feroz, tanto con su marido como con su hermana. El primero, a quien resultaba fácil apartarse de lo desagradable y esconderse en tierras extranjeras, partió un mes antes de lo acostumbrado aquel verano, amenazando a medias con no volver jamás.
Entretanto, la pequeña quedó en la granja, y su madre hacía ensillar su caballo y galopaba como una loca por los páramos para verla al menos una vez por semana; porque si amaba, amaba con locura, y si odiaba, odiaba con la misma fuerza. Y el viejo lord siguió tocando su órgano; y los criados pensaban que aquella música dulce había amansado su terrible carácter, sobre el cual, decía Dorothy, podrían contarse historias espantosas.
También se volvió más débil y tuvo que caminar con muleta; y como su hijo —el padre del actual lord Furnivall— estaba en el ejército en América, y el otro hijo en el mar, la señorita Maude tenía casi toda la casa a su capricho, mientras ella y la señorita Grace se hacían más frías y más amargas una con otra cada día, hasta apenas dirigirse la palabra si el viejo lord no estaba presente. El músico extranjero volvió el verano siguiente, pero sería la última vez; porque entre los celos y las pasiones de aquellas dos mujeres, le dieron tal vida que acabó por cansarse y se fue, sin volver a saberse jamás de él.
Y la señorita Maude, que siempre había pensado reconocer públicamente su matrimonio cuando muriera su padre, quedó convertida en esposa abandonada, a quien nadie sabía que hubiesen casado, con una hija que no se atrevía a reconocer aunque la amaba con locura; viviendo con un padre al que temía y una hermana a la que odiaba.
Cuando pasó el verano siguiente sin que el músico volviera, tanto la señorita Maude como la señorita Grace se tornaron sombrías y melancólicas; tenían el semblante ojeroso, aunque seguían siendo bellísimas. Pero poco a poco Maude recobró el ánimo, porque su padre se volvía cada vez más achacoso y cada vez más absorbido por la música; y ella y la señorita Grace vivían casi por completo separadas, cada una con sus habitaciones: la señorita Maude en el ala este —precisamente esos aposentos ahora cerrados—. Así pensó que podría tener consigo a su niña y nadie tendría por qué saberlo, salvo aquellos que no se atreverían a hablar y que tendrían que creer, como ella les dijera, que se trataba de una hija de campesinos por la que había tomado afecto.
Todo esto, dijo Dorothy, era más o menos conocido. Pero lo que vino después no lo supo nadie excepto la señorita Grace y la señora Stark, que ya por entonces era su doncella y mucho más amiga suya de lo que su hermana lo había sido jamás. Aun así, los criados supusieron, por palabras dejadas caer aquí y allá, que la señorita Maude había triunfado al fin sobre la señorita Grace y le había confesado que, todo el tiempo que el músico oscuro la había estado cortejando fingidamente, había sido en realidad su propio marido.
El color abandonó las mejillas y los labios de la señorita Grace aquel mismo día y para siempre; y se la oyó decir muchas veces que, tarde o temprano, tendría su venganza; mientras la señora Stark espiaba sin cesar en torno a las habitaciones del ala este.
Una noche espantosa, justo después del Año Nuevo, cuando la nieve yacía espesa y profunda y seguían cayendo copos suficientes para cegar a quien anduviera fuera, se oyó un gran estrépito y violencia; y por encima de todo, la voz del viejo lord maldiciendo y jurando horriblemente, y el llanto de una niña pequeña, y la orgullosa rebeldía de una mujer feroz, y el sonido de un golpe, y luego un silencio de muerte, y unos gemidos y lamentos que se apagaban por la ladera.
Entonces el viejo lord reunió a todos sus criados y les dijo, entre juramentos terribles y palabras más terribles todavía, que su hija lo había deshonrado y que la había arrojado de la casa, a ella y a su niña; y que si alguno les daba ayuda, alimento o refugio, rogaba que jamás entrara en el cielo.
Y todo ese tiempo la señorita Grace estaba de pie a su lado, blanca e inmóvil como una piedra; y cuando él terminó, dejó escapar un gran suspiro, como si dijera que su obra estaba cumplida y su fin alcanzado.
Pero el viejo lord nunca volvió a tocar el órgano, y murió antes de cumplirse el año; ¡y no era para menos! Porque a la mañana siguiente de aquella noche salvaje y terrible, los pastores que bajaban por la ladera hallaron a la señorita Maude sentada, loca y sonriente, bajo los acebos, acunando a una niña muerta, con una marca terrible en el hombro derecho.
—Pero no fue eso lo que la mató —dijo Dorothy—. Fue el hielo y el frío. Todas las criaturas salvajes estaban en su madriguera y todo el ganado en su redil, mientras la niña y su madre fueron arrojadas a vagar por los montes.
—Y ahora ya lo sabes todo. ¿Crees acaso que ahora sientes menos miedo?
Yo sentía más miedo que nunca, aunque dije que no. Quería vernos a la señorita Rosamond y a mí muy lejos para siempre de aquella casa espantosa; pero no pensaba abandonarla, ni me atrevía a llevármela. Así que la vigilé y la guardé con mayor celo que antes. Echábamos el cerrojo a las puertas y cerrábamos bien las contraventanas una hora antes del anochecer, antes que dejarlas abiertas cinco minutos de más.
Pero mi pequeña seguía oyendo a la niña extraña llorar y gemir; y cuanto hacíamos o decíamos no bastaba para apartarla del deseo de ir a ella y dejarla entrar, a salvo del viento cruel y de la nieve. Durante todo ese tiempo me mantuve alejada de la señorita Furnivall y de la señora Stark tanto como podía; porque las temía. Yo sabía que no podía haber nada bueno en torno a ellas, con aquellos rostros duros y grises y aquellos ojos soñadores, vueltos siempre hacia aquellos años atroces del pasado.
Pero, incluso en mi miedo, sentía cierta compasión por la señorita Furnivall, al menos. Quienes han caído al abismo difícilmente podrían mostrar un rostro más desesperado que el que ella llevaba siempre. Con el tiempo llegué incluso a apiadarme tanto de aquella mujer —que nunca decía una palabra si no se le arrancaba a la fuerza— que recé por ella; y enseñé a la señorita Rosamond a rezar por alguien que había cometido un pecado mortal. Pero a menudo, cuando llegaba a esas palabras, la niña se detenía, levantaba la cabeza de improviso y decía:
—Oigo a mi niñita gemir y llorar muy triste… ay, déjala entrar, o morirá.
Una noche, apenas pasado el Año Nuevo y cuando el largo invierno parecía por fin querer ceder un poco, oí sonar tres veces la campanilla del salón del ala oeste, que era la señal para llamarme. No quería dejar sola a la señorita Rosamond, aunque estuviera dormida, porque el viejo lord tocaba aquella noche más salvajemente que nunca, y yo temía que mi tesoro despertara y oyera a la niña espectral; verla, sabía que no podría, pues había atrancado las ventanas demasiado bien para ello.
Así que la saqué de la cama, la envolví en la primera ropa exterior que encontré a mano, y la bajé conmigo al salón, donde las ancianas estaban sentadas a su tapicería, como de costumbre.
Al levantar la vista cuando entré, la señora Stark preguntó, muy sorprendida:
—¿Por qué ha traído aquí a la señorita Rosamond, fuera de su cama caliente?
Yo había empezado a susurrar:
—Porque tenía miedo de que, mientras yo no estuviera, la tentaran a salir la niña salvaje de la nieve y…
Pero me interrumpió en seco con una mirada hacia la señorita Furnivall y dijo que la señorita Furnivall quería que descosiera una parte del tapiz que había hecho mal y que ninguna de las dos veía lo bastante bien como para deshacerla.
De modo que dejé a mi preciosa criatura sobre el sofá y me senté en un banquillo junto a ellas, endureciendo el corazón contra las dos al oír levantarse y aullar el viento.
La señorita Rosamond siguió durmiendo tranquilamente, aunque el viento soplaba. La señorita Furnivall no decía una palabra ni apartaba la mirada del fuego cuando las ráfagas hacían temblar las ventanas. De pronto se irguió por completo y levantó una mano, como para ordenarnos escuchar.
—¡Oigo voces! —dijo—. Oigo gritos terribles. Oigo la voz de mi padre.
Justo en ese momento mi pequeña despertó de un sobresalto:
—Mi niñita está llorando. ¡Oh, cómo llora!
Y trató de levantarse para ir a ella, pero se enredó los pies en la manta y yo la alcé; porque la carne se me erizaba ya ante aquellos ruidos que ellas oían antes que nosotras captáramos sonido alguno.
Al cabo de un minuto o dos, los ruidos llegaron de verdad, crecieron deprisa y llenaron nuestros oídos; ahora nosotras también oíamos voces y alaridos, y ya no se oía el viento del invierno que rugía afuera. La señora Stark me miró, y yo a ella, pero no nos atrevíamos a hablar.
De repente la señorita Furnivall se encaminó hacia la puerta, salió a la antesala, atravesó el vestíbulo del ala oeste y abrió la puerta que daba al gran vestíbulo. La señora Stark la siguió, y yo no me atreví a quedarme atrás, aunque el corazón casi se me detuvo de miedo. Abracé a mi tesoro con fuerza entre mis brazos y salí tras ellas.
En el vestíbulo los gritos eran aún más fuertes; parecían venir del ala este, cada vez más cerca, al otro lado de las puertas cerradas con llave, justo detrás de ellas. Entonces advertí que la gran araña de bronce parecía encendida por completo, aunque el vestíbulo seguía sumido en una penumbra azulada; y que un fuego ardía en la enorme chimenea, aunque no daba calor alguno. Sentí un escalofrío de terror y apreté aún más a mi niña.
Pero entonces la puerta del ala este se sacudió, y ella, agitándose para liberarse de mí, gritó:
—¡Hester, debo ir! ¡Mi niñita está ahí! ¡La oigo! ¡Ya viene! ¡Hester, debo ir!
La sujeté con todas mis fuerzas, con voluntad férrea. Si hubiera muerto, mis manos la habrían sujetado todavía. Tan resuelta estaba. La señorita Furnivall permanecía escuchando, sin hacer caso de mi niña, que ya estaba en el suelo y a la que yo, de rodillas, rodeaba el cuello con ambos brazos, mientras ella se debatía y lloraba por soltarse.
De pronto la puerta del ala este cedió con un estruendo tremendo, como arrancada en un acceso de furia, y entró en aquella claridad ancha y misteriosa la figura de un anciano alto, de cabellos grises y ojos relucientes. Empujaba delante de sí, con gestos implacables de aborrecimiento, a una mujer severa y bellísima, con una pequeña criatura prendida de sus faldas.
—¡Oh, Hester! ¡Hester! —gritó la señorita Rosamond—. ¡Es la dama! ¡La dama de debajo de los acebos! ¡Y mi niñita está con ella! ¡Hester, Hester, déjame ir con ella; me arrastran hacia ellas! ¡Lo siento, lo siento! ¡Tengo que ir!
De nuevo se retorció casi convulsamente para escapar; pero yo la sujeté con más y más fuerza, hasta temer hacerle daño, aunque antes habría preferido romperle un brazo que dejarla acercarse a aquellas apariciones terribles.
Ellos avanzaron hacia la gran puerta del vestíbulo, donde el viento aullaba y rugía buscando presa. Pero antes de llegar allí, la dama se volvió; y pude ver que desafiaba al anciano con una fiera y orgullosa rebeldía. Sin embargo, se amilanó; y después levantó los brazos, salvaje y lastimosamente, para proteger a su hija, a su pequeña hija, del golpe de la muleta alzada.
Y la señorita Rosamond era arrancada de mí como por una fuerza mayor que la mía, y se retorcía en mis brazos, y sollozaba —porque para entonces la pobre criatura empezaba a desfallecer—.
—Quieren que vaya con ellas a los montes. Me atraen hacia ellas. ¡Oh, mi niñita! Yo iría, pero la cruel, malvada Hester me sujeta con mucha fuerza.
Pero cuando vio alzada la muleta, se desmayó, y di gracias a Dios por ello. En ese mismo instante —cuando el anciano, con el cabello al viento como si ardiera en una fragua, se disponía a golpear a la pequeña criatura encogida—, la señorita Furnivall, la anciana que estaba a mi lado, gritó:
—¡Oh, padre! ¡Padre, perdona a la pequeña inocente!
Pero en ese momento vi —vimos todos— otra figura fantasmal que se formaba y se volvía nítida en la luz azulina y neblinosa que llenaba el vestíbulo; no la habíamos visto hasta entonces, porque era otra dama la que estaba de pie junto al anciano, con un aire de odio implacable y de escarnio triunfal. Aquella figura era hermosísima, con un suave sombrero blanco echado sobre la frente orgullosa y un labio rojo y curvado. Vestía una túnica abierta de satén azul. Ya había visto aquella figura antes. Era el retrato de la señorita Furnivall en su juventud.
Y los espantosos fantasmas siguieron avanzando, sin atender las súplicas de la anciana señorita Furnivall… y la muleta alzada cayó sobre el hombro derecho de la niña, mientras la hermana menor contemplaba aquello, pétrea, mortalmente serena.
Pero en ese mismo instante, las luces confusas y el fuego que no daba calor se apagaron por sí solos, y la señorita Furnivall cayó a nuestros pies, herida por la parálisis… herida de muerte.
Sí. La llevaron a su cama aquella noche para no levantarse nunca más. Permaneció con el rostro vuelto hacia la pared, murmurando apenas, pero siempre lo mismo:
—¡Ay, ay! Lo que se hace en la juventud no puede deshacerse en la vejez… lo que se hace en la juventud no puede deshacerse en la vejez.
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