Leyenda

Los hijos de Troya: el viaje de Eneas

Troya ardía. Después de diez años de guerra, las murallas que habían resistido a los mayores guerreros de Grecia fueron atravesadas mediante el engaño.

Del vientre del enorme caballo de madera surgieron los soldados aqueos, las puertas de la ciudad fueron abiertas desde dentro y el ejército que aguardaba en la oscuridad regresó para concluir la destrucción; las casas fueron saqueadas, los templos profanados y los descendientes del rey Príamo perseguidos entre el fuego.

En medio de aquella noche, mientras todo un mundo desaparecía, un hombre recibió una misión que parecía más grande que la victoria o la supervivencia. Eneas, príncipe de Troya, hijo del mortal Anquises y de la diosa Afrodita, comprendió que ya no podía salvar la ciudad, pero todavía podía rescatar aquello que permitiría reconstruirla en otra tierra.

Cargó sobre los hombros a su anciano padre, tomó de la mano a su hijo Ascanio y llevó consigo las imágenes sagradas de los Penates, los dioses protectores del hogar troyano. No escapaba únicamente con su familia, sobre su espalda transportaba el pasado; en la mano de su hijo conducía el futuro, y entre los objetos sagrados que rescató de las llamas viajaba el alma de una civilización derrotada.

Según el gran mito fundacional de Roma, de aquel hombre que abandonó Troya en ruinas descenderían los pueblos que un día gobernarían el Mediterráneo. Roma se consideró heredera de Eneas y, cuando Europa heredó la lengua, las leyes, la religión y las instituciones romanas, también recibió aquella antigua genealogía. Así nació la idea de que la civilización occidental no procedía solamente de los vencedores griegos, sino también de los troyanos que sobrevivieron a la destrucción.

El último héroe de Troya

Eneas no fue inventado por los romanos, pues aparece en la Ilíada de Homero combatiendo entre los defensores de Troya. Por supuesto, no posee la ferocidad de Héctor ni la fama de Aquiles, pero está protegido por los dioses y destinado a sobrevivir. Durante su enfrentamiento con Aquiles, Poseidón interviene para salvarlo porque la estirpe de Dárdano, el antiguo fundador de la casa real troyana, no debía desaparecer.

Aquella profecía era apenas una promesa en la tradición griega, pero Roma la convirtió en el principio de su propia historia, al punto que, siglos después, el poeta Virgilio recogería la figura del guerrero troyano y escribiría la Eneida, una epopeya destinada a explicar cómo una ciudad destruida pudo renacer convertida en el mayor imperio de la Antigüedad.

En la obra, Eneas no es un conquistador que busca riquezas y tampoco es un aventurero movido por el deseo de conocer tierras lejanas. Es un exiliado obligado a obedecer una misión divina que con frecuencia contradice sus propios deseos; los dioses le han ordenado abandonar las ruinas de Asia Menor, cruzar el Mediterráneo y encontrar en Italia la tierra donde sus descendientes levantarán una nueva patria.

Su mayor virtud es la pietas, palabra romana que no puede traducirse únicamente como piedad religiosa. Significa el deber hacia los dioses, la familia, los antepasados y la comunidad. Eneas sufre, ama, duda y combate, pero continúa avanzando porque su vida ya no le pertenece por completo. Sobre él recae el destino de generaciones que todavía no han nacido.

La ciudad que viajó sobre sus hombros

Los supervivientes construyeron naves y abandonaron las costas de Troya, detrás de ellos quedaban las tumbas de sus reyes, los templos de sus dioses y las murallas donde habían combatido Héctor, Paris, Deífobo y tantos otros príncipes troyanos. Frente a ellos se extendía un mar gobernado por fuerzas que podían auxiliarlos o condenarlos.

Durante años navegaron sin conocer con certeza el lugar donde terminaría su viaje, intentaron establecerse en distintas regiones, consultaron oráculos, enfrentaron tormentas y presenciaron señales que interpretaban como advertencias de los dioses. Cada puerto parecía ofrecer descanso, pero el destino volvía a empujarlos hacia occidente.

Eneas perdió compañeros, barcos y esperanzas; su padre Anquises murió antes de alcanzar la tierra prometida, dejando al héroe sin el hombre que había representado la memoria de Troya. Sin embargo, ni siquiera la muerte rompió el vínculo entre ambos, pues en Sicilia, durante unos juegos funerarios, Eneas honró a su padre; más tarde, en las profundidades del inframundo, volvería a encontrarlo.

Aquella reunión entre padre e hijo sería uno de los momentos decisivos de la epopeya, Anquises le mostró las almas de quienes todavía aguardaban su nacimiento: los reyes de Alba Longa, Rómulo, los héroes de la República, Julio César y Augusto. Eneas contempló entonces el porvenir que justificaba todas sus pérdidas: Troya había sido destruida, pero de sus cenizas surgiría un pueblo llamado a imponer su autoridad sobre el mundo conocido.

Dido y el precio del destino

Antes de llegar a Italia, los troyanos arribaron a las costas del norte de África, donde la reina Dido levantaba una nueva ciudad llamada Cartago. Ella también era una exiliada, había huido de su patria después del asesinato de su esposo y había reunido a sus seguidores para fundar un reino lejos de quienes pretendían destruirla.

Dido recibió a Eneas y escuchó el relato de la caída de Troya. Entre ambos nació un amor que parecía ofrecer al héroe aquello que llevaba años buscando: una ciudad segura, una reina poderosa y el final de sus viajes.

Pero Cartago no era la tierra prometida.

Los dioses recordaron a Eneas que su destino se encontraba en Italia, permanecer junto a Dido significaba renunciar a la misión por la que habían muerto tantos troyanos. El héroe preparó en secreto sus barcos y partió, dejando atrás a la reina, quien, consumida por la desesperación, se quitó la vida y maldijo a los descendientes de Eneas.

Los romanos vieron en aquel episodio el origen mítico del odio entre Roma y Cartago, las dos potencias que siglos después lucharían por el dominio del Mediterráneo. El amor imposible de Eneas y Dido se convirtió así en el preludio legendario de las guerras púnicas.

El héroe no abandonó Cartago porque fuera incapaz de amar, sino porque había aceptado que el cumplimiento del destino exigía sacrificios. En la mentalidad romana, aquella renuncia mostraba que la fundación de un imperio no dependía solamente de la fuerza, sino de la capacidad de someter los deseos personales al deber colectivo.

La tierra prometida

Cuando los troyanos alcanzaron finalmente las costas del Lacio, no encontraron una tierra vacía: Italia estaba habitada por numerosos pueblos, gobernada por reyes y protegida por guerreros que no estaban dispuestos a entregar su territorio a los recién llegados.

El rey Latino recibió a Eneas y comprendió, mediante antiguos augurios, que su hija Lavinia debía casarse con un extranjero cuyo linaje alcanzaría una gloria extraordinaria. Sin embargo, la princesa había sido prometida a Turno, rey de los rútulos, un guerrero orgulloso que vio en la llegada de los troyanos una humillación y una amenaza.

Comenzó entonces una nueva guerra, los supervivientes de Troya, que habían cruzado el mar para escapar de la destrucción, tuvieron que volver a empuñar las armas para conquistar el derecho a establecerse. Eneas buscó aliados entre los pueblos enemigos de Turno, recibió armas forjadas por el dios Vulcano y condujo a sus hombres en una lucha cuyo resultado decidiría el futuro de Italia.

La guerra culminó en un combate singular entre Eneas y Turno; los dos guerreros se enfrentaron como representantes de dos mundos: uno defendía la tierra de sus antepasados; el otro luchaba por la patria que todavía no existía. Turno fue derrotado y pidió clemencia, pero Eneas descubrió entre sus despojos el cinturón de Palante, un joven aliado asesinado por el rey rútulo. Lleno de furia, hundió su espada en el pecho de su enemigo.

Así termina la Eneida. No con la fundación de Roma ni con una celebración, sino con la muerte de Turno, así Virgilio parecía recordar que incluso los imperios destinados por los dioses nacen mediante la violencia, la pérdida y la sangre de quienes se oponen a su llegada.

Eneas no fundó Roma

La tradición suele resumirse afirmando que Eneas fue el fundador de Roma, pero la genealogía legendaria es más extensa. El héroe habría fundado la ciudad de Lavinio, llamada así en honor de su esposa Lavinia. Después de su muerte, su hijo Ascanio, también conocido como Iulo, estableció Alba Longa.

Durante generaciones, los descendientes de Eneas gobernaron aquella ciudad. De esa estirpe procedería Rea Silvia, madre de los gemelos Rómulo y Remo, hijos del dios Marte. Abandonados junto al río Tíber y amamantados por una loba, los hermanos crecerían hasta fundar una nueva ciudad.

Rómulo mataría a Remo durante una disputa y se convertiría en el primer rey de Roma.

La cadena legendaria quedaba completa:

Troya engendró a Eneas; Eneas condujo a Ascanio hasta Italia; Ascanio fundó Alba Longa, y de los reyes de Alba Longa descendieron Rómulo y Remo.

Roma no se consideraba una simple continuación geográfica de Troya. Era su resurrección. Los troyanos habían perdido su ciudad en Oriente, pero sus descendientes levantarían en Occidente una potencia capaz de conquistar incluso las tierras de los antiguos vencedores griegos.

La venganza de los vencidos

La elección de Troya como origen de Roma contenía una poderosa revancha simbólica. En los poemas de Homero, los griegos vencieron y destruyeron la ciudad de Príamo. Sin embargo, siglos después, Roma conquistó Grecia y sometió las regiones donde habían nacido las historias de Aquiles, Agamenón y Odiseo.

Los descendientes míticos de los derrotados terminaron gobernando sobre los herederos de los vencedores.

Roma admiró profundamente la cultura griega. Adoptó sus dioses, estudió su filosofía, imitó su literatura y educó a sus jóvenes en su lengua. Pero al afirmar que procedía de Troya, podía incorporarse al universo heroico griego sin reconocerse como una simple imitación de Grecia.

Los romanos no eran alumnos tardíos de los helenos. Dentro de su propio relato, eran los sobrevivientes de una civilización antiquísima que había regresado para ocupar el lugar que el destino le había reservado.

Augusto, heredero de Venus

La tradición troyana adquirió una importancia política especial durante los últimos años de la República. La familia Julia afirmaba descender de Iulo, el hijo de Eneas. Como Eneas era hijo de Venus, Julio César y sus parientes podían presentar a la diosa como antepasada de su linaje.

César promovió esa genealogía y Augusto, su hijo adoptivo y heredero, la convirtió en una de las bases simbólicas del nuevo régimen imperial. La Eneida, escrita durante su gobierno, vinculó el viaje de Eneas con el surgimiento de Roma y con la misión universal del Imperio.

En el poema, Júpiter promete a los descendientes del héroe un dominio sin límites. Anquises revela que Roma impondrá la paz, establecerá leyes, perdonará a los sometidos y derribará a los soberbios. La expansión romana dejaba de ser el resultado de guerras, ambiciones y decisiones humanas para convertirse en el cumplimiento de una promesa divina formulada desde la caída de Troya.

Augusto no aparecía entonces como un gobernante que había triunfado después de décadas de guerras civiles. Era presentado como el heredero final de una misión iniciada cuando Eneas atravesó las llamas llevando a su padre sobre los hombros.

Cuando Europa quiso descender de Troya

El Imperio romano de Occidente cayó en el siglo V, pero Roma no desapareció de la memoria europea. Su lengua sobrevivió en el latín de la Iglesia y en las lenguas romances; sus leyes fueron estudiadas y recuperadas; sus ciudades, caminos, instituciones y títulos continuaron siendo modelos de autoridad.

Los reyes medievales no deseaban destruir el recuerdo de Roma, sino apropiarse de él. Emperadores, dinastías y naciones buscaron presentarse como continuadores de la antigua grandeza romana y, al hacerlo, heredaron también la genealogía troyana.

Los francos desarrollaron relatos que los hacían descender de supervivientes de Troya. En las islas británicas surgió la historia de Bruto, supuesto descendiente de Eneas, quien habría llegado a Albión y fundado una Nueva Troya en el lugar donde después se levantaría Londres. Otros pueblos europeos construyeron leyendas semejantes para demostrar que su origen no era inferior al de Roma.

Durante siglos, Troya funcionó como una fuente de legitimidad. Descender de los troyanos significaba pertenecer a la misma cadena heroica que había producido a Roma. La historia no importaba tanto como el poder del relato: cada reino quería encontrar entre las ruinas de la ciudad de Príamo a su propio antepasado.

¿Occidente desciende realmente de Troya?

No existen pruebas históricas de que Eneas viajara hasta Italia ni de que los fundadores de Roma descendieran de los habitantes de Troya. La arqueología muestra que Roma se formó a partir de comunidades latinas, sabinas, etruscas y de otros pueblos de la península itálica. La genealogía troyana pertenece al terreno del mito.

Sin embargo, los mitos pueden ser tan poderosos como los hechos cuando una civilización los utiliza para explicar su identidad.

Occidente no desciende biológicamente de Troya. Desciende de ella a través de una narración que Roma convirtió en memoria, propaganda y destino. Los romanos imaginaron que su ciudad había nacido del último superviviente de una guerra legendaria, y los europeos posteriores aceptaron a Roma como una de las fuentes principales de sus leyes, lenguas, instituciones y símbolos de poder.

En ese sentido cultural, Troya nunca fue completamente destruida.

Sobrevivió en los dioses que Eneas rescató de las llamas, en el hijo al que condujo a través de la oscuridad y en el anciano padre que cargó sobre sus hombros. Renació en Lavinio, continuó en Alba Longa y alcanzó su forma definitiva en Roma. Desde allí, su memoria se extendió por los reinos, imperios y naciones que se proclamaron herederos de la civilización romana.

La ciudad de Príamo cayó durante una sola noche, pero su derrota dio origen a uno de los relatos más duraderos de la historia. Los griegos conquistaron Troya con un caballo de madera; Eneas, en cambio, conquistó el futuro preservando aquello que las llamas no podían destruir.

Por eso, dentro de la gran mitología de Occidente, Roma no nació únicamente a orillas del Tíber. Comenzó a existir mucho antes, durante la última noche de Troya, cuando un hombre salió de una ciudad en llamas cargando sobre sus hombros el peso de sus antepasados y llevando de la mano a las generaciones que gobernarían el mundo.

Fuentes de referencia

  • Homero, Ilíada, especialmente los libros V y XX.
  • Virgilio, Eneida.
  • Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, libro I.
  • Dionisio de Halicarnaso, Antigüedades romanas.
  • Ovidio, Metamorfosis.
  • Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania.
  • Museo del Ara Pacis, representaciones de Eneas y la genealogía augustea.