Mayse fun Vorms -Historia de Worms
Contamos que, hace muchos años, vivía un maravilloso Rav (rabino) en una ciudad que hasta el día de hoy se llama Worms. Es ésta una antigua comunidad que existe desde los tiempos de Isaí.
Este Rav se llamaba Rav Salman. Era un hombre muy rico y dirigía una gran yeshivá (academia de estudios religiosos judíos), en la que siempre había cien excelentes estudiantes que estudiaban allí día y noche.
El Rav tenía un único hijo, que era también un estudiante excelente. Su padre y su madre lo amaban mucho por sus buenas acciones.
Llegó cierta vez el día llamado Lag BaOmer (festividad judía celebrada en el día 33 de la cuenta del Ómer), en el que los estudiantes acostumbran divertirse. En la ciudad de Worms existe un jardín llamado Jardín Havel. Quienes hayan estado alguna vez allí sabrán seguramente dónde se encuentra ese lugar.
Los estudiantes fueron allí en Lag BaOmer para jugar y llevaron también consigo al hijo del Rav.
Jugaban a un juego que en yidis se llama Guckebergeles. Se juega de la siguiente manera: uno debe inclinarse mientras los demás se esconden. El que se ha inclinado debe buscarlos hasta encontrar a todos los que se ocultaron.
Los estudiantes jugaron hasta que llegó el turno del hijo del Rav de inclinarse. Los demás se escondieron. Él comenzó a buscarlos y encontró a todos los estudiantes excepto a uno llamado Anschel.
Lo buscó durante mucho tiempo, pero no pudo encontrarlo.
Había muchos árboles en aquel jardín. El hijo del Rav buscó al estudiante detrás de todos ellos hasta llegar a un árbol hueco. Allí vio una mano que salía del árbol.
El hijo del Rav pensó que era el estudiante al que buscaba y que se había escondido dentro del árbol.
Comenzó a gritar:
—¡Anschel, sal! ¡Te he encontrado!
El hijo del Rav vio que la mano no se retiraba. Entonces tomó de su propia mano un anillo de oro y se lo puso a aquella mano que salía del árbol.
Y dijo:
—Puesto que no quieres salir del árbol, me desposaré contigo.
Lo hizo en broma, pues pensaba que se trataba de su amigo Anschel, al que estaba buscando.
Tan pronto como se hubo desposado con aquella mano, ésta desapareció llevándose consigo el anillo.
Cuando el hijo del Rav vio que la mano había desaparecido, sintió un gran temor, pues el anillo era muy valioso. Tuvo miedo de regresar a casa con su padre y su madre.
Fue entonces en busca de sus amigos, los estudiantes, y encontró entre ellos al estudiante Anschel.
Le dijo:
—Querido Anschel, devuélveme mi anillo.
El estudiante respondió:
—Yo no he visto tu anillo y nada sé de él.
El hijo del Rav le contestó:
—Querido Anschel, devuélveme mi anillo. Yo mismo te lo puse en la mano dentro de aquel árbol en el que estabas escondido.
El estudiante respondió:
—Llamaré a todos nuestros amigos como testigos de que yo no estaba escondido dentro de aquel árbol, sino en otro lugar.
Y así se perdió el anillo.
Los estudiantes regresaron a casa y contaron al Rav lo que habían escuchado.
Cuando el Rav supo lo ocurrido, dijo:
—Id y llamad a mi hijo para que vuelva a casa. Decidle que no se aflija. Yo le daré algo más hermoso.
Fueron entonces a buscarlo y él regresó a casa.
Y el anillo fue olvidado.
Con el paso del tiempo, el hijo del Rav creció y se convirtió en un hombre extraordinario. Incluso en lugares lejanos se hablaba de su sabiduría.
Había en Speyer un parnas (dirigente de la comunidad judía). Éste preguntó al Rav de Worms si estaría dispuesto a entregar a su hijo por esposo a su hija. Había oído que el joven estudiaba con gran diligencia y, por ello, lo deseaba como yerno y estaba dispuesto a entregarle una gran suma como dote.
Se preparó entonces la boda y todos se alegraron mucho.
Cuando llegó el momento de celebrar el matrimonio, acudió mucha gente, como es costumbre en las bodas de los ricos. Hubo gran alegría y se celebró la boda.
Después de comer, condujeron con gran regocijo al novio y a la novia hasta el lecho. Después cerraron la habitación, como era costumbre.
Tan pronto como el novio se acostó, quedó dormido.
Pero la novia permaneció despierta.
Mientras permanecía allí acostada y despierta, vio acercarse al lecho a una hermosa criatura, vestida con magníficas ropas, con oro y seda.
La criatura dijo a la novia:
—¡Insolente! ¿Por qué te has acostado junto a mi novio, que se desposó conmigo dentro de un árbol?
La novia respondió:
—Eso no es verdad. Él es mi novio. Hoy mismo he celebrado mi boda con él. Por tanto, ¡vete de aquí!
Cuando la hermosa criatura oyó esto, agarró a la novia y la estranguló.
La dejó muerta junto al novio.
Después de la medianoche, el novio despertó y quiso hablar con su esposa, como es costumbre.
Entonces vio a su novia muerta junto a él.
Se levantó lleno de espanto y despertó a la gente. Entraron en la habitación y encontraron muerta a la novia.
Preguntaron al novio qué le había sucedido.
Él respondió:
—Por desgracia, estaba dormido. Yo mismo no lo sé.
Entonces enterraron a la novia.
La alegría de todos se convirtió en duelo y cada uno regresó a su casa.
Sin embargo, hubo muchas personas que dijeron que el novio la había matado.
Durante tres años sucedió que el hijo del Rav, a pesar de su riqueza y de su gran sabiduría, no pudo conseguir esposa, pues nadie quería arriesgar a su hija.
Así permanecieron las cosas hasta que llegó un rico parnas que era pariente del joven.
Éste dijo al Rav de Worms:
—Yo arriesgaré a mi hija, porque somos de la misma sangre y de la misma carne. Puesto que ya ha ocurrido una vez un acontecimiento tan inaudito, confío en que no vuelva a suceder.
Se preparó entonces otra boda y se celebró la ceremonia matrimonial.
Después de que el novio fuera llevado junto a su novia, cerraron nuevamente la habitación y todos salieron.
El novio volvió a quedarse dormido.
La novia permaneció acostada y despierta, llena de miedo.
Mientras estaba allí, volvió a aparecer la hermosa criatura vestida con ropas de oro.
Dijo a la novia:
—¡Insolente! Ya he matado a una mujer por haberse acostado junto a mi novio, y aun así no has aprendido.
Y mató también a aquella novia.
Cuando el novio despertó encontró nuevamente a su esposa muerta.
Comenzó a gritar y todos acudieron corriendo.
Él dijo:
—¡Por desgracia, mi novia ha muerto otra vez!
La enterraron, y todos abandonaron la boda sumidos en un gran duelo.
Después de aquello, el novio permaneció diez años sin poder conseguir esposa.
Tenía ya unos treinta años.
Cierta vez, en el Sabbat del Arrepentimiento, el padre del joven y su madre se encontraban sentados juntos.
El Rav dijo a su esposa:
—Querida esposa, ¿qué haremos? Tenemos un solo hijo y grandes riquezas. Si durante toda su vida ninguna mujer puede permanecer junto a él, nuestro recuerdo desaparecerá del mundo y nuestras riquezas acabarán dispersas en manos de extraños. ¿Quién querrá ahora darle a su hija?
Hablaron entre ellos de su desgracia con lágrimas y lamentos.
Entonces la rebbetzin (esposa de un rabino), la esposa del Rav, dijo:
—Querido esposo, si no me equivoco, ningún parnas volverá jamás a darle a su hija. Pero conozco a una pobre rebbetzin, una viuda que procede de una familia muy buena. Tiene una única hija, una hermosa criatura, y ambas viven en la casa de los pobres.
»¿Quién sabe, querido esposo? Si voy a verla, quizá entregue a su hija a nuestro hijo. Tal vez la muchacha obtenga provecho de su piedad y su pobreza agrade a Dios. Entonces quizá permanezca con vida.
El Rav dijo a su esposa:
—Lo que dices es correcto. Ve pronto y habla con la pobre rebbetzin. Pregúntale si está dispuesta a hacerlo y a entregar su hija a mi hijo.
Inmediatamente, la rica rebbetzin, madre del joven, fue hasta la casa de los pobres y llamó a la puerta.
Cuando la pobre rebbetzin vio quién llamaba, corrió rápidamente hasta su hija y le dijo:
—Querida hija, ¿por qué estará llamando aquí la rica rebbetzin?
Su hija respondió:
—Querida madre, quizá quiera regalarnos algo de comer.
Abrieron entonces la puerta y la recibieron honradamente.
Le pidieron que se sentara y dijeron:
—Querida señora rebbetzin, ¿qué puede traerla hasta nuestra casa?
Ella respondió:
—He venido por lo siguiente. Seguramente habéis oído lo que, a causa de nuestros muchos pecados, le ha sucedido dos veces a mi hijo. Quisiera pediros, si fuera posible, que vuestra hija tomase a mi hijo por esposo. ¿Quién sabe si, gracias a su piedad, conseguirá permanecer viva? De esa manera, vos y vuestra hija quedaríais también libres de vuestra pobreza.
La pobre rebbetzin se volvió hacia su hija y dijo:
—Querida hija, ya has oído lo que dice la rica rebbetzin. Si quieres hacerlo, yo no te obligaré. Pero no puedo darte ninguna dote. De otro modo tendrías que permanecer aquí sin casarte.
La hija respondió:
—Querida madre, somos gente pobre, y un hombre pobre es igual que un hombre muerto.
»Haré lo siguiente: si el Rav se compromete mediante un acuerdo a que, en caso de que yo muera, te mantendrá y sostendrá en su casa durante toda tu vida, mientras vivas, entonces tomaré a su hijo por esposo y arriesgaré mi vida.
Así se preparó otra boda.
La rica rebbetzin hizo inmediatamente hermosos vestidos para la pobre muchacha.
Tan pronto como ésta se puso los vestidos, nadie pudo reconocerla debido a su gran belleza, pues hasta entonces había vestido con ropas desgarradas y jamás había salido de casa.
Pero ahora, después de haberla adornado un poco, y puesto que ya era muy hermosa, todos hablaban de su belleza.
Prepararon la boda con poca gente y no mostraron demasiada alegría, pues pensaban:
—Siempre podremos alegrarnos después, si permanece viva.
Celebraron la boda.
Después de comer, llevaron al novio y a la novia hasta el lecho, como era costumbre, y todos salieron.
Cerraron la habitación.
El novio quedó dormido.
La novia permaneció acostada, despierta y llena de miedo.
Cuando llegó la medianoche, vio acercarse nuevamente al lecho a una hermosa shedá (demonio femenino) con vestidos bordados de perlas y cabellos de oro.
Ésta dijo a la novia:
—¡Insolente! Ya he matado anteriormente a dos mujeres porque se acostaron junto a mi novio. Tú lo has oído y, a pesar de ello, te atreves a hacerlo. Por eso te mataré también a ti.
Cuando la novia escuchó aquellas palabras sintió un gran temor y dijo:
—Querida madre, durante toda mi vida he vivido en la casa de los pobres. Nada he oído acerca de la muerte de sus dos novias.
»Por tanto, querida madre, si él es vuestro novio, me levantaré y permitiré que vos os acostéis junto a él.
Cuando la shedá oyó aquello, dijo:
—Querida hija, debes recibir recompensa por tu piedad, puesto que me hablas de una manera tan piadosa.
»Pero tendrás que hacer lo siguiente si quieres que él sea tu marido: todos los días desaparecerá de tu vista durante una hora y vendrá conmigo. Por eso, si amas a Dios y valoras tu cuello, no debes hablar de ello.
La novia respondió:
—Si Dios quiere, nadie llegará a saberlo.
Entonces la shedá desapareció ante sus ojos.
Apenas media hora después, el novio despertó lleno de terror y buscó rápidamente a su esposa con las manos.
Cuando la encontró viva, sintió una gran alegría.
Al aproximarse el amanecer, la gente entró en la habitación y encontró al novio y a la novia todavía juntos.
El suegro, la suegra y la madre de la novia se alegraron muchísimo.
Sólo entonces hubo verdadera alegría en la boda.
La pobre muchacha se volvió muy rica, y también todos los suyos.
Ella amaba a su marido, y su marido la amaba igualmente, pues era una mujer muy virtuosa.
Tuvo con él tres hijos.
Ahora bien, las mujeres siempre quieren saber más de lo que les conviene.
Cada día perdía de vista a su marido durante una hora y no sabía adónde iba.
Veía que entraba en su habitación y, una vez dentro de ella, desaparecía.
La buena mujer observó a su esposo y pensó:
—Arriesgaré mi cuello para saber adónde va. Lo seguiré, aunque hacerlo me cueste la vida.
Prestó entonces atención al lugar donde su esposo guardaba las llaves.
Tomó su llave y abrió la habitación.
Pero no encontró allí a su marido.
Buscó por toda la habitación, incluso debajo de la cama.
Allí encontró una gran piedra.
Cuando la vio, la apartó de su sitio.
Entonces descubrió un gran agujero y dentro del agujero había una escalera por la que se podía descender.
Pensó:
—Querido Dios, ¿debo bajar? Mi esposo seguramente ha descendido por aquí.
Durante mucho tiempo pensó qué debía hacer.
Finalmente descendió.
Llegó a un gran campo.
En medio del campo encontró una hermosa casa y entró en ella.
Encontró abierta una habitación. Dentro había una mesa preparada con hermosa vajilla, pero nadie estaba sentado a la mesa.
Había además otra puerta que comunicaba aquella habitación con una segunda estancia.
Atravesó la puerta.
Allí encontró a su marido acostado junto a la hermosa shedá en una cama de seda.
Dormían estrechamente abrazados.
La shedá estaba acostada en la parte delantera y tenía cabellos de oro.
Su cabello colgaba desde la cama hasta el suelo.
Cuando la esposa vio aquello pensó que era una lástima que un cabello tan hermoso estuviese colgando sobre la tierra.
Tomó una silla, la colocó delante de la cama y puso sobre ella los cabellos.
Después regresó por el mismo camino por el que había venido.
Volvió a colocar la piedra sobre el agujero, cerró la habitación y devolvió las llaves al lugar del que las había tomado.
No dijo nada a nadie en toda la casa.
Cuando la shedá despertó comenzó a gritar fuerte y amargamente.
Dijo:
—Querido esposo, aquí estoy y debo morir, porque tu querida esposa ha venido hasta aquí y me ha tocado en los pies. Cuando alguien me toca, debo morir.
»Por tanto, querido esposo, puesto que ella lo hizo por piedad y porque sintió pena al ver que mi hermoso cabello colgaba hasta la tierra, recibirás beneficio de ello.
»Ahora, querido esposo, aquí tengo en mi mano el anillo de oro con el que te desposaste conmigo. Tómalo de nuevo.
»Regresa a casa por el agujero. Después desaparecerá el agujero y quedaremos separados el uno del otro para toda la eternidad.
Así lo hizo.
Tomó el anillo y regresó a casa.
El agujero desapareció.
A partir de entonces permaneció en su hogar.
No dijo nada a su esposa y su esposa tampoco le dijo nada.
Cuando comprobó que había permanecido tres días enteros en casa, organizó un gran banquete para toda la comunidad.
Ni su esposa, ni su padre, ni su madre sabían por qué había preparado aquel banquete.
Después de que toda la comunidad hubo comido y bebido, y cuando llegó el momento de pronunciar las bendiciones, el hijo del Rav dijo:
—Queridos señores, no permitiré que se pronuncien las bendiciones hasta que haya contado por qué he preparado este banquete.
»Querido padre: aquí está el anillo que perdí dentro de un árbol.
»Allí me desposé con una shedá, pues creí que se trataba del muchacho al que estaba buscando.
»La shedá mató a mis primeras novias.
»Mi querida esposa me ha liberado de ella.
Entonces contó toda la historia.
Después comenzó a hablar también su esposa, pues había escuchado sus palabras, y contó igualmente todo lo que le había sucedido, desde la primera noche de bodas hasta el momento presente, cuando finalmente lo había liberado.
Así fue como la pobre muchacha, gracias a su gran piedad y virtud, alcanzó riqueza y honor.
Por eso, todo ser humano debería actuar de la misma manera.
Aquí termina la Historia de Worms.
Traducido del hebreo al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026
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