Leyenda

San Francisco de Asís y el lobo

Cuando caía la noche, las puertas de Gubbio se cerraban y nadie quería encontrarse fuera de las murallas. En los caminos que atravesaban los bosques de Umbría, en el centro de Italia, había comenzado a aparecer algo que atacaba al ganado, destrozaba animales y desaparecía nuevamente entre los árboles antes de que los hombres pudieran alcanzarlo. Al principio bastaron antorchas, perros y grupos de campesinos armados para intentar mantenerlo lejos, pero pronto aquellas precauciones dejaron de parecer suficientes.

Después llegaron las historias sobre los muertos, los viajeros comenzaron a evitar ciertos caminos y quienes necesitaban abandonar la ciudad lo hacían acompañados y llevando armas. Según la tradición, la criatura ya no se conformaba con las ovejas o el ganado, pues también había atacado personas. Algunos no regresaron y otros fueron encontrados después. El miedo terminó extendiéndose de tal manera que cruzar las puertas de Gubbio significaba adentrarse en un territorio donde cualquier movimiento entre los árboles podía anunciar que el animal estaba cerca.

Era un lobo, aunque quienes conservaron la historia se ocuparon de dejar claro que no parecía uno cualquiera. Lo describieron enorme, feroz y suficientemente poderoso para matar a un hombre. Había aprendido que podía aproximarse a los lugares habitados y los hombres habían aprendido, a su vez, a temer el momento en que surgiera del bosque. La bestia no necesitó entrar en Gubbio para someterla; desde las montañas había conseguido mantener a toda una ciudad encerrada detrás de sus muros.

Entonces llegó San Francisco de Asís.

Escuchó las historias sobre los ataques y tomó una decisión que debió parecer absurda para quienes sabían lo que había ocurrido fuera de las murallas. No pidió una espada, no reunió cazadores ni organizó hombres para perseguir a la criatura. Anunció simplemente que iría a buscarla.

Los habitantes trataron de convencerlo de que no lo hiciera. La fama del animal era conocida por todos y enfrentarlo desarmado parecía una forma innecesaria de buscar la muerte. Francisco, sin embargo, salió de Gubbio acompañado por algunos de sus hermanos y comenzó a caminar hacia el territorio donde se decía que merodeaba la bestia.

Conforme avanzaban, sus acompañantes comenzaron a tener miedo. Francisco continuó.

En algún punto del camino apareció finalmente aquello que todos temían. El lobo vio al fraile y corrió hacia él con las fauces abiertas. Francisco permaneció inmóvil, esperó a que la bestia se aproximara, levantó una mano e hizo la señal de la cruz. Después, frente al animal al que nadie se atrevía a enfrentar sin armas, pronunció unas palabras que convertirían aquel encuentro en una de las leyendas más extraordinarias de la Edad Media.

Lo llamó hermano.

—Ven aquí, hermano lobo.

El terror fuera de las murallas

Gubbio es una antigua ciudad de Umbría situada relativamente cerca de Asís. En tiempos de Francisco estaba protegida por murallas y rodeada por un territorio de colinas y bosques donde la presencia de lobos no habría resultado extraña para los habitantes medievales.

Según I Fioretti di San Francesco, la recopilación donde se conserva la versión más conocida de la historia, durante una estancia de Francisco en Gubbio apareció en los alrededores un lobo de tamaño extraordinario. El animal comenzó atacando ganado, pero pronto adquirió una reputación mucho más siniestra: el texto asegura que también había matado y devorado personas.

El miedo llegó a ser tan grande que los habitantes dejaron de salir con normalidad de la ciudad. Quienes necesitaban hacerlo iban armados como si fueran a combatir y, aun de esa manera, sostiene el relato, un hombre solo difícilmente podía defenderse si encontraba al animal.

La amenaza había transformado la vida cotidiana. El lobo no necesitaba derribar las murallas para dominar Gubbio; bastaba con permanecer al otro lado de ellas. Caminos que antes conectaban a la población con campos y aldeas se habían convertido en lugares peligrosos, mientras la presencia de la bestia crecía en la imaginación colectiva hasta adquirir dimensiones casi monstruosas.

Fue entonces cuando Francisco decidió intervenir.

San Francisco de Asís sale en busca del lobo

Los habitantes trataron de impedir que Francisco abandonara la seguridad de la ciudad. El animal había demostrado ser peligroso y enfrentarlo sin armas parecía una imprudencia, pero el fraile mantuvo su decisión y caminó hacia el territorio donde acostumbraba aparecer.

Cuando el lobo surgió finalmente y corrió hacia él con la boca abierta, Francisco hizo la señal de la cruz y le ordenó, en nombre de Cristo, que no le hiciera daño ni a él ni a ninguna otra persona.

Según I Fioretti, algo cambió inmediatamente.

El animal dejó de correr, cerró las fauces y avanzó lentamente hasta echarse a los pies del fraile. La criatura que durante tanto tiempo había provocado que hombres armados temieran abandonar la ciudad permanecía ahora inmóvil frente a un hombre que no llevaba nada con qué defenderse.

Francisco comenzó entonces a hablarle.

Los crímenes del hermano lobo

La escena suele representarse como un ejemplo sencillo del amor de San Francisco por los animales, pero el relato medieval es mucho más complejo. Francisco no acarició al lobo y simplemente lo dejó marchar. Primero lo acusó de aquello que había hecho.

Le dijo que había causado enormes daños, destruido criaturas y matado seres humanos. Por esa razón todos lo consideraban enemigo y querían verlo muerto. La población lo perseguiría y los hombres acabarían intentando destruirlo si continuaba comportándose de aquella manera.

El fraile reconocía, por tanto, la violencia de la bestia. No intentaba convertir al depredador en una criatura inocente ni negar las muertes que la tradición le atribuía, pero tampoco pretendía matarlo.

Francisco propuso algo que, dentro de la lógica de la leyenda, resultaba mucho más difícil: terminar la enemistad entre el lobo y los habitantes de Gubbio.

Para conseguirlo, ambas partes tendrían que cambiar.

El animal debía dejar de atacar a las personas y al ganado. Los hombres, a cambio, abandonarían su persecución y garantizarían que el lobo tuviera alimento durante el resto de su vida.

Francisco incluso explicó la razón por la que estaba dispuesto a interceder ante los habitantes. Comprendía que gran parte del daño provocado por el animal había sido consecuencia del hambre. Si la ciudad eliminaba esa necesidad, la bestia ya no tendría motivo para matar.

Era una propuesta insólita: Gubbio no derrotaría al monstruo, sino que tendría que hacerse responsable de mantenerlo con vida.

El pacto

Francisco preguntó al lobo si aceptaba las condiciones.

Según el relato, el animal inclinó la cabeza y mostró mediante sus movimientos que comprendía las palabras del fraile. Francisco quiso entonces obtener una señal más clara y extendió la mano para pedirle que confirmara su promesa.

La bestia levantó una de sus patas delanteras y la colocó sobre la mano del hombre.

El pacto quedó sellado.

La imagen sobrevivió durante siglos porque transformaba un gesto exclusivamente humano en algo casi imposible: un acuerdo entre especies. Francisco no aparecía como amo del animal, sino como intermediario entre dos enemigos que habían aprendido a temerse mutuamente.

Una pintura realizada por Sassetta durante el siglo XV muestra precisamente ese instante. El lobo entrega su pata a Francisco mientras varios habitantes observan la escena. A un lado aparecen incluso restos de las supuestas víctimas del animal, recordando que la reconciliación no había comenzado entre criaturas inocentes, sino después de una historia de violencia.

Pero todavía faltaba convencer a Gubbio.

Francisco ordenó entonces al lobo que lo siguiera y el animal obedeció.

El regreso de la bestia

Los habitantes debieron contemplar una escena difícil de imaginar. Por el mismo camino donde durante meses nadie se había atrevido a caminar sin armas regresaba Francisco acompañado tranquilamente por el animal al que todos temían.

El lobo avanzaba junto a él como si hubiera dejado atrás la ferocidad que había provocado el terror de la ciudad.

La noticia se extendió rápidamente y hombres, mujeres, ancianos y niños comenzaron a reunirse para observarlo. La criatura que había mantenido a Gubbio encerrada dentro de sus murallas se encontraba ahora en medio de sus habitantes sin atacar a nadie.

Francisco explicó entonces las condiciones del acuerdo.

La población debía perdonar al animal y comprometerse a proporcionarle comida todos los días. El lobo, por su parte, renunciaría definitivamente a atacar a personas y animales.

Los vecinos aceptaron.

Francisco volvió a pedir al lobo una señal y, delante de la multitud, el animal levantó otra vez la pata y la colocó en su mano.

Aquella segunda entrega de la pata convirtió el acuerdo privado realizado fuera de las murallas en un pacto público. El lobo había prometido ante Francisco; ahora lo hacía ante toda la ciudad.

Dos años entre los hombres

La historia podría haber terminado allí, pero I Fioretti añade uno de sus detalles más extraordinarios.

El lobo permaneció viviendo en Gubbio.

Durante aproximadamente dos años recorrió las calles y entró en las casas buscando alimento. Los habitantes le daban comida y el animal no volvió a hacer daño a ninguna persona. El relato asegura incluso que los perros dejaron de ladrarle cuando pasaba.

La criatura que había sido perseguida y temida terminó convertida en una presencia habitual de la ciudad. Los vecinos podían verlo caminar por las mismas calles donde poco tiempo antes su aparición habría provocado pánico.

Cada familia que le entregaba comida participaba de alguna manera en el acuerdo realizado por Francisco y cada jornada sin ataques demostraba que la paz continuaba vigente.

Finalmente, después de dos años, el lobo murió.

El texto asegura que murió de viejo y que los habitantes de Gubbio lamentaron su pérdida. Ya no veían en él a la bestia que había aterrorizado los caminos, sino a un recordatorio viviente de Francisco y de aquel extraño pacto que había conseguido transformar a un enemigo en vecino.

El monstruo había dejado de serlo sin que nadie tuviera que matarlo.

El lobo y Francisco

La historia encajaba perfectamente con la imagen que siglos después terminaría asociándose a Francisco de Asís, pero su relación con los animales era mucho más profunda que una simple sensibilidad moderna hacia la naturaleza.

Para Francisco, la creación formaba una comunidad vinculada por su origen divino. En el célebre Cántico de las criaturas llamó hermano al Sol y hermanas al agua y a la Luna. Dentro de esa concepción, dirigirse a un animal como “hermano lobo” no resulta tan extraño como puede parecernos actualmente.

Sin embargo, el lobo ocupaba un lugar particularmente poderoso dentro del imaginario medieval. Era un depredador real, capaz de atacar rebaños y competir con los seres humanos por recursos, pero también funcionaba dentro de la tradición religiosa como símbolo de amenaza, violencia y peligro.

Por eso la leyenda tenía una fuerza especial. Francisco no había hecho amistad con un animal dócil. Se había acercado precisamente a la criatura que representaba aquello que una comunidad consideraba peligroso y había intentado restaurar el equilibrio sin destruirla.

La paz exigía además obligaciones para los dos lados. El lobo debía contener su naturaleza depredadora, pero la población tenía que alimentarlo. El relato no depositaba toda la responsabilidad sobre la bestia: para que dejara de matar, los seres humanos debían garantizar que dejara de padecer hambre.

Una historia escrita mucho después

Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre la tradición y aquello que puede demostrarse históricamente.

Francisco de Asís murió en 1226. El episodio del lobo no figura en la Legenda Maior de San Buenaventura, la gran biografía oficial del santo redactada durante el siglo XIII. Una de las versiones artísticas más antiguas y conocidas del encuentro, realizada por Sassetta, toma precisamente el episodio de I Fioretti y no de aquella biografía oficial.

I Fioretti di San Francesco pertenece a una tradición bastante posterior. Se trata de una recopilación italiana procedente del ambiente franciscano cuya forma conocida se desarrolló durante el siglo XIV, varias generaciones después de la muerte de Francisco.

Esto no demuestra que el encuentro jamás ocurriera. Significa simplemente que no poseemos un testimonio contemporáneo que permita reconstruirlo como un acontecimiento histórico de la misma manera que otros episodios de la vida del santo.

El lobo de Gubbio pertenece, por tanto, al territorio de la tradición hagiográfica: historias transmitidas para mostrar la santidad, virtudes y enseñanzas de una figura religiosa, donde hechos reales, recuerdos orales, símbolos y elaboraciones posteriores pueden terminar formando una sola narración.

La tumba del lobo

Gubbio nunca abandonó completamente la historia.

En la ciudad existe todavía la iglesia de San Francesco della Pace, construida durante la primera mitad del siglo XVII en un lugar que la tradición vinculaba con la cueva donde habría vivido el animal después de hacer las paces con los habitantes. El templo conserva numerosas referencias al encuentro entre Francisco y el lobo.

La tradición local posee además un elemento todavía más intrigante.

En 1873, cerca de la iglesia, fue hallada una antigua sepultura cubierta por una piedra. Dentro aparecieron restos de un animal que, según la documentación conservada por la propia iglesia, fueron examinados por un veterinario y considerados pertenecientes a un lobo. La cubierta de aquella tumba se conserva actualmente en la cripta del templo.

El hallazgo resulta sugestivo, pero no demuestra que se trate del animal de la leyenda. Que existiera una antigua sepultura de un lobo cerca del lugar vinculado tradicionalmente con Francisco constituye un elemento notable de la memoria local; identificar esos restos con el protagonista de I Fioretti requeriría evidencias históricas y arqueológicas que no poseemos.

La tumba, por tanto, no permite demostrar la historia, pero añade una nueva capa a una tradición que Gubbio ha conservado durante siglos.

¿Existió realmente el lobo de Gubbio?

Quizá detrás del relato existió un animal verdadero. Los lobos formaban parte del paisaje medieval italiano y un ejemplar particularmente agresivo pudo haber generado miedo entre los habitantes de una población. Tampoco sería imposible que Francisco, cuya relación con Gubbio forma parte de su tradición biográfica, hubiera protagonizado algún episodio posteriormente transformado por la memoria franciscana.

Pero entre esa posibilidad y afirmar que un lobo asesino entregó su pata a Francisco existe una distancia que las fuentes disponibles no permiten recorrer.

La historia tal como la conocemos aparece mucho después y utiliza elementos perfectamente adecuados para transmitir una enseñanza religiosa: la bestia feroz, el hombre santo que se acerca sin armas, el reconocimiento de la culpa, el perdón, el alimento ofrecido por la comunidad y finalmente la convivencia entre antiguos enemigos.

Eso no disminuye el valor de la leyenda. En realidad ayuda a explicar por qué consiguió sobrevivir durante tantos siglos.

El monstruo que recibió un nombre

Antes de encontrar a Francisco, el animal era simplemente el lobo. Era aquello que esperaba fuera de las murallas, la criatura que podía aparecer en un camino y convertir cualquier viaje en una tragedia.

Francisco hizo algo aparentemente insignificante antes de realizar cualquier milagro: lo llamó hermano.

Con aquella palabra cambió la naturaleza del enfrentamiento. Si el lobo era solamente una bestia, podía ser perseguido y destruido. Si era una criatura perteneciente al mismo orden de la creación, entonces resultaba posible exigirle que dejara de matar, pero también reconocer que tenía hambre y que conservar su vida implicaba una responsabilidad para los hombres.

La paz de Gubbio no surgió porque Francisco demostrara ser más fuerte que el animal. Surgió porque consiguió, al menos dentro de la leyenda, modificar las condiciones que habían hecho inevitable la violencia.

La ciudad alimentó al lobo y el lobo dejó de atacar a la ciudad. Durante dos años, según la tradición, aquello que había sido el mayor terror de Gubbio caminó tranquilamente entre sus habitantes hasta morir de viejo.

Quizá nunca sepamos qué ocurrió realmente en los caminos de Umbría hace ocho siglos. Puede que detrás de la historia existiera un animal verdadero, un recuerdo transformado con el paso de las generaciones o una parábola franciscana que terminó incorporándose a la memoria de una ciudad.

Pero pocas leyendas han resumido de una manera tan poderosa la idea que Francisco representó para quienes preservaron su recuerdo.

Frente a la criatura que todos querían matar, Francisco no levantó un arma. Se aproximó a ella, extendió la mano y, según cuentan desde hace siglos en Gubbio, el lobo colocó sobre ella su pata.

Fuentes de referencia

  • I Fioretti di San Francesco, capítulo XXI, relato del lobo de Gubbio.
  • Actus Beati Francisci et Sociorum Eius, tradición franciscana medieval relacionada con los posteriores Fioretti.
  • San Buenaventura, Legenda Maior.
  • National Gallery, Londres, The Wolf of Gubbio, de Sassetta, siglo XV.
  • Chiesa di San Francesco della Pace, Gubbio, tradición sobre la cueva y la sepultura atribuida al lobo.
  • Comune di Gubbio, documentación histórica y monumental relacionada con San Francesco della Pace.

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