En el siglo XVII, dentro del Real Convento de Jesús María de la Ciudad de México, la monja sor María de San Nicolás fue vinculada con apariciones, profecías y episodios que sus contemporáneos atribuyeron al demonio. Carlos de Sigüenza y Góngora dejó uno de los más inquietantes por escrito: el demonio habría adoptado la apariencia de la religiosa para sembrar discordia entre sus compañeras.
Mucho antes de que las historias de fantasmas convirtieran los conventos de la Ciudad de México en escenarios de leyendas, un hombre dejó por escrito lo que aseguraba haber encontrado en las memorias de uno de ellos. Era 1684. Carlos de Sigüenza y Góngora, matemático, cosmógrafo, sacerdote e intelectual novohispano, publicó una extensa obra dedicada al Real Convento de Jesús María.
La llamó Parayso occidental. No era un libro de cuentos de terror. Era una historia religiosa destinada a conservar la memoria de la fundación del convento y de algunas de las mujeres que habían vivido detrás de sus muros. La edición salió de la imprenta de Juan de Ribera, en la Ciudad de México, y hoy todavía puede consultarse en ejemplares digitalizados de aquella impresión del siglo XVII.
Entre aquellas mujeres aparece sor María de San Nicolás.
Sigüenza le reservó dos capítulos completos. El XI comienza en el folio 161 vuelto bajo el título: “Memoria de la M. María de S. Nicolás por la que ha quedado de sus virtudes”. El siguiente continúa con los últimos acontecimientos atribuidos a la religiosa y su muerte. La estructura original del libro permite ubicar con precisión dónde comienza su historia.
María había nacido en la Nueva España. Sigüenza la describió como hija de una familia de posición acomodada, descendiente de conquistadores, y aseguró que profesó en Jesús María en 1584. Dentro del convento terminó adquiriendo fama de mujer virtuosa y de poseer conocimientos que, de acuerdo con la interpretación religiosa de la época, no podían explicarse por medios ordinarios.
En la Ciudad de México vivía, escribió Sigüenza, una mujer admirada por su extraordinaria belleza y por otras cualidades personales. En algún momento decidió abandonar la vida que llevaba y entrar al Real Convento de Jesús María. Llegó el día de recibir el hábito de novicia.
Mientras en otra parte del convento se desarrollaba la ceremonia, María de San Nicolás permanecía sola en la enfermería, recuperándose de sus padecimientos.
Entonces, según la crónica, algo apareció frente a ella.
Sigüenza fue extraordinariamente breve al describirlo:
“Apareciósele allí el demonio con espantable figura…”
María comenzó a gritar y el propio texto habla de la confusión provocada por sus alaridos. No explica que aquella criatura tuviera cuernos, garras, alas o alguna de las formas con las que siglos posteriores representaron al diablo.
La coincidencia tenía para el cronista un significado evidente. Mientras una mujer daba la espalda a su antigua vida para entrar en religión, el enemigo se manifestaba frente a una de las religiosas más respetadas de Jesús María. Para la mentalidad católica novohispana, aquello era parte de una batalla invisible que se libraba alrededor del convento.
Pero el episodio más extraño todavía estaba por venir.
En algún momento de su vida religiosa, María de San Nicolás dejó de ser solamente la mujer que veía al demonio. Según el relato conservado por Sigüenza, el demonio comenzó a parecerse a ella.
La criatura habría adoptado exteriormente la forma de María.
No existe razón para adornar más el episodio porque su planteamiento original ya es suficientemente inquietante: las religiosas de Jesús María conocían perfectamente a una mujer con la que compartían el encierro, las oraciones, los corredores y la vida cotidiana. Sin embargo, la crónica sostiene que dentro del mismo convento apareció otra presencia con su aspecto.
Y su intención era provocar enfrentamientos.
El episodio se encuentra precisamente dentro del capítulo XI dedicado a María. El investigador José María Mínguez resume la escena señalando que Satanás toma la apariencia exterior de la religiosa con la finalidad de sembrar discordia en el convento, aunque el engaño fracasa debido a la autoridad que María tenía entre sus compañeras.
La idea resulta particularmente perturbadora dentro de un convento de clausura.
Jesús María era una comunidad cerrada. La identidad de cada religiosa, sus hábitos y sus movimientos formaban parte de una rutina conocida por todas. No estamos hablando del desconocido que aparece en un camino oscuro. El personaje inquietante de esta historia tenía un rostro familiar.
El rostro de una de ellas.
Para Sigüenza, sin embargo, el episodio no demostraba el poder del demonio, sino exactamente lo contrario. María era presentada como una mujer cuya virtud frustraba los intentos del adversario. El Maligno podía copiar su apariencia, pero ni siquiera bajo aquella forma conseguía destruir la cohesión de la comunidad.
Otras historias de la monja
No fue el único fenómeno extraordinario que la crónica vinculó con ella.
En otra ocasión, mientras María nuevamente permanecía enferma, aseguró conocer algo que estaba ocurriendo en otro punto del convento. Envió a una criada para advertir a la abadesa que una novicia había entrado secretamente a los corrales, se había vestido con ropa de seglar y estaba intentando abrir una pared para escapar.
La joven fue descubierta.
Para Sigüenza, María poseía un don que permitía conocer acontecimientos ocultos. El episodio fue posteriormente citado precisamente como ejemplo de las facultades proféticas que la tradición del convento atribuía a la religiosa.
Todavía existe otro relato donde María aparece como testigo de algo imposible.
En 1633 murió sor Inés de la Cruz, una antigua religiosa de Jesús María que había salido del convento para participar en la fundación del monasterio de carmelitas descalzas de San José. María de San Nicolás se encontraba entonces en la enfermería.
Según Parayso occidental, la difunta se presentó ante ella.
No apareció como carmelita, el hábito con el que había muerto, sino con el de la Concepción que había vestido durante su primera etapa religiosa. La aparición estaba, según el relato, rodeada de resplandor y acompañada por una fragancia.
María la reconoció.
La tradición recogida por Sigüenza sostiene que otras religiosas que atendían la enfermería fueron testigos de las luces, del olor y de las palabras pronunciadas por María. En Jesús María llegaron incluso a tocar las campanas antes de que desde el convento de las carmelitas les comunicaran oficialmente que Inés había muerto. El episodio aparece en Parayso occidental y ha sido localizado en el folio 151 vuelto.
Los tres acontecimientos forman un retrato muy diferente al de una monja poseída.
Sor María de San Nicolás no era, dentro del relato del siglo XVII, una religiosa dominada por el demonio. Era exactamente lo contrario. Sigüenza la presentó como una adversaria del Maligno: una mujer ante la cual aparecía, cuyo aspecto llegó a imitar y a la que, pese a sus intentos, no habría podido derrotar.
También es necesario entender quién contó todo aquello.
Carlos de Sigüenza y Góngora nació en 1645. No presenció personalmente los episodios principales de María de San Nicolás, que pertenecían a décadas anteriores. Cuando recibió el encargo de escribir la historia de Jesús María, tuvo acceso a un archivo extraordinario: manuscritos, biografías, memorias conventuales y documentos que difícilmente salían de la clausura.
El propio Sigüenza explicó su procedimiento: “ocurrí al archivo del Real Convento cuyos papeles se me entregaron”. Además de esos documentos, utilizó testimonios y tradiciones conservados oralmente entre las religiosas.
Eso convierte a Parayso occidental en algo especialmente valioso.
No demuestra que Satanás caminara por los corredores de Jesús María ni que pudiera tomar la apariencia de una persona. Sí demuestra que, en el México del siglo XVII, esos acontecimientos formaban parte de la memoria que una comunidad religiosa conservaba acerca de una de sus integrantes.
Y esa memoria sobrevivió.
Han pasado más de tres siglos desde que Juan de Ribera imprimió el libro en México. Las mujeres que conocieron a María desaparecieron, la biografía original que alguna vez contó su vida se perdió y el enorme convento sufrió las transformaciones de la ciudad durante siglos.
Pero en el folio 161 vuelto de un libro fechado en 1684 todavía comienza su nombre.
María de San Nicolás.
Y páginas después permanece una de las afirmaciones más extrañas que Carlos de Sigüenza y Góngora decidió conservar de aquel antiguo convento mexicano: que el demonio no sólo se había presentado ante aquella religiosa.
También había utilizado su rostro.