Cuentos

Relatos donde la penumbra siempre sabe tu nombre.

¿Qué era aquello? Un misterio

¡No vi nada! Sí; yo tenía un brazo firmemente ceñido en torno a una forma corpórea, jadeante y palpitante; mi otra mano oprimía con todas sus fuerzas una garganta tan cálida y, al parecer, tan carnosa como la mía; y, sin embargo, con aquella sustancia viva entre mis brazos, con su cuerpo pegado al mío, y todo ello bajo el resplandor brillante de un gran chorro de gas, ¡no veía absolutamente nada!

La reína de picas

La puerta de su cuarto se abrió y una mujer vestida de blanco entró. Se acercó a la cama, y el hombre, aterrado, reconoció a la condesa.
—He venido a ti contra mi voluntad —dijo ella bruscamente—; pero me mandaron concederte lo que pedías. El tres, el siete y el as, sucesivamente, son las cartas mágicas. Deben transcurrir veinticuatro horas entre el uso de cada una, y, después de haber usado las tres, no deberás volver a jugar nunca más.

El invitado de Drácula

Entonces, de pronto, surgió al trote desde más allá de los árboles una tropa de jinetes con antorchas. El lobo se alzó de mi pecho y corrió hacia el cementerio. Vi a uno de los jinetes —soldados, por sus gorras y sus largas capas militares— alzar la carabina y apuntar. Un compañero le levantó el brazo de un golpe, y oí silbar la bala sobre mi cabeza.

La cosa maldita

El testigo Harker se dirigió a la ventana abierta y se inclinó sobre el alféizar, desfallecido y con náusea. Dejando caer el pañuelo sobre el cuello del muerto, el forense fue hasta un rincón de la habitación y, de un montón de ropa, fue sacando una prenda tras otra, sosteniéndola un instante para que la inspeccionaran. Todas estaban desgarradas y tiesas de sangre.

Palomos del infierno

¡Que Dios me sea testigo: a John Branner lo asesinaron en ese pasillo oscuro de arriba, y luego su cuerpo muerto bajó acechando por las escaleras con una hachuela en la mano para matarme!

Cuando la luz se ausenta

Marcus fue el primero en verlos salir de entre los árboles. Había niños y ancianos, hombres y mujeres, aún vestidos con las ropas que llevaban puestas cuando la muerte los sorprendió, sucias y descoloridas por días, semanas o meses bajo tierra.

La lítera superior

Los ojos, blancos y muertos, parecían mirarme fijamente desde la penumbra; alrededor de él se alzaba el hedor pútrido del mar rancio, su pelo brillante colgaba en asquerosos bucles mojados sobre el rostro muerto.