Cuento

El retrato oval

(1809-1849) · 7 min de lectura

El retrato oval

El castillo al que mi criado se había aventurado a entrar por la fuerza, antes que permitirme, en mi desesperado estado de heridas, pasar la noche al aire libre, era una de esas construcciones donde la melancolía y la grandeza se mezclan, y que desde hace tanto tiempo se alzan sombrías entre los Apeninos, no menos en la realidad que en la imaginación de la señora Radcliffe.

A todas luces, había sido abandonado temporalmente y hacía muy poco. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Se hallaba en una apartada torre del edificio. Sus ornamentos eran ricos, aunque deteriorados y antiguos. De las paredes colgaban tapices y numerosos trofeos heráldicos de toda clase y forma, junto con una cantidad extraordinaria de pinturas modernas, llenas de vigor, enmarcadas en ricos arabescos dorados.

Aquellos cuadros ocupaban no sólo las principales superficies de los muros, sino también los numerosos rincones que hacía necesarios la extraña arquitectura del castillo; y tal vez a causa del delirio que comenzaba a apoderarse de mí, despertaron mi más profundo interés. Pedí entonces a Pedro que cerrara los pesados postigos de la habitación —pues ya era de noche—, que encendiera las velas de un alto candelabro situado junto a la cabecera de mi cama y que descorriera por completo las cortinas, adornadas con flecos, de terciopelo negro que envolvían el lecho.

Quise que hiciera todo aquello para poder entregarme, si no al sueño, al menos alternativamente a la contemplación de las pinturas y a la lectura de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada, y que contenía críticas y descripciones de aquellas obras.

Durante mucho, mucho tiempo leí; y contemplé con devoción, con entrega. Las horas pasaron rápidas y espléndidas, hasta que llegó la profunda medianoche. La posición del candelabro me incomodaba y, extendiendo la mano con dificultad para no despertar a mi criado dormido, lo moví de manera que sus rayos iluminaran mejor el libro.

Pero aquel movimiento produjo un efecto completamente inesperado.

La luz de las numerosas velas —pues eran muchas— cayó entonces sobre un nicho de la habitación que hasta aquel instante había permanecido sumido en una profunda sombra, proyectada por uno de los postes de la cama. Y allí vi, vivamente iluminado, un cuadro que hasta entonces no había advertido.

Era el retrato de una joven que comenzaba apenas a convertirse en mujer.

Miré apresuradamente la pintura y luego cerré los ojos. Al principio, ni yo mismo comprendí por qué lo había hecho.

Pero mientras permanecía con los párpados cerrados, busqué en mi mente la razón de aquel gesto. Había sido un movimiento impulsivo para ganar tiempo y pensar; para asegurarme de que mi vista no me hubiera engañado; para serenar y dominar mi imaginación antes de mirar nuevamente, con mayor calma y certeza.

Al cabo de unos instantes volví a fijar los ojos en la pintura.

No podía ni quería dudar de que ahora veía con claridad, pues el primer resplandor de las velas sobre aquel lienzo había disipado el sopor soñoliento que comenzaba a invadir mis sentidos y me había devuelto, de golpe, a la plena vigilia.

El retrato, como ya he dicho, representaba a una joven. Sólo mostraba la cabeza y los hombros, ejecutados en lo que técnicamente se denomina estilo de viñeta, muy semejante a las cabezas predilectas de Sully. Los brazos, el pecho e incluso las puntas de su brillante cabellera se desvanecían imperceptiblemente en la vaga y profunda sombra que constituía el fondo del cuadro.

El marco era ovalado, ricamente dorado y trabajado con filigranas de estilo morisco.

Como obra de arte, nada podía ser más admirable que aquella pintura.

Pero no podía haber sido ni la ejecución de la obra ni la inmortal belleza del rostro lo que me había conmovido tan súbita y violentamente. Mucho menos podía tratarse de que mi imaginación, sacudida de su semisueño, hubiera confundido aquella cabeza con la de una persona viva. Comprendí de inmediato que las particularidades del diseño, el efecto de viñeta y el propio marco habrían disipado semejante idea al instante, impidiendo incluso que pudiera concebirla durante un solo momento.

Reflexionando intensamente sobre aquello permanecí, quizá durante una hora, medio sentado y medio recostado, con la mirada clavada en el retrato.

Finalmente, convencido de haber descubierto el verdadero secreto de su efecto, volví a dejarme caer sobre la cama.

Había encontrado el hechizo de aquella pintura en la absoluta apariencia de vida de su expresión, que primero me había sobresaltado y después me confundía, me dominaba y me llenaba de espanto.

Con un temor profundo y reverente devolví el candelabro a su posición anterior.

Oculta así de mi vista la causa de mi profunda agitación, busqué con ansiedad el volumen que hablaba de las pinturas y de sus historias. Al llegar al número correspondiente al retrato oval, leí las vagas y extrañas palabras que siguen:

Era una doncella de rarísima belleza, y tan llena de alegría como hermosa. Y funesta fue la hora en que vio, amó y desposó al pintor.

Él, apasionado, estudioso, austero, tenía ya una esposa en su Arte. Ella, doncella de rarísima belleza, tan llena de alegría como hermosa; toda luz y sonrisas, juguetona como un joven cervatillo; amante y protectora de todas las cosas; odiaba únicamente al Arte, que era su rival; temía únicamente la paleta, los pinceles y los demás desagradables instrumentos que la privaban de la mirada de su amado.

Fue, por tanto, terrible para aquella dama escuchar al pintor expresar su deseo de retratar incluso a su joven esposa. Pero ella era humilde y obediente, y permaneció dócilmente sentada durante muchas semanas en la elevada y oscura cámara de la torre, donde la luz caía desde lo alto únicamente sobre el pálido lienzo.

Pero él, el pintor, se enorgullecía de su obra, que avanzaba hora tras hora y día tras día.

Y era un hombre apasionado, extraño y melancólico, que se perdía en sus ensueños; tanto, que no quería ver cómo la luz que caía de manera tan espectral sobre aquella torre solitaria marchitaba la salud y el ánimo de su esposa, que se consumía visiblemente ante los ojos de todos excepto los suyos.

Y, sin embargo, ella continuaba sonriendo, siempre sonriendo, sin una queja, porque veía que el pintor —hombre de gran renombre— sentía un placer ardiente y fervoroso en su tarea, y trabajaba día y noche para retratar a aquella que tanto lo amaba, pero que cada día se volvía más débil y abatida.

Y, en verdad, algunos de los que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su extraordinario parecido, como de un prodigio poderoso y una prueba tanto del talento del pintor como del profundo amor que sentía por aquella a quien retrataba con semejante perfección.

Pero, finalmente, cuando el trabajo se acercaba a su conclusión, ya no se permitió a nadie entrar en la torre; pues el pintor se había vuelto salvaje por el ardor de su obra y rara vez apartaba los ojos del lienzo, ni siquiera para mirar el rostro de su esposa.

Y no quería ver que los colores que extendía sobre el lienzo eran arrancados de las mejillas de aquella que estaba sentada a su lado.

Y cuando hubieron pasado muchas semanas, y apenas quedaba por hacer sino una pincelada sobre la boca y un toque de color sobre el ojo, el espíritu de la dama volvió a titilar, como la llama en el fondo de una lámpara.

Entonces fue dada la pincelada, y entonces fue colocado el color.

Y durante un instante el pintor permaneció extasiado ante la obra que había creado; pero al momento siguiente, mientras aún la contemplaba, comenzó a temblar y palideció intensamente y, horrorizado, exclamó con voz poderosa:

—¡Esto es, verdaderamente, la Vida misma!

Y se volvió de pronto para mirar a su amada:

Estaba muerta.

Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026

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