Cuento

Número 13

(1862-1936) · 33 min de lectura

Número 13, por M. R. James

Entre las ciudades de Jutlandia, Viborg ocupa con justicia un lugar destacado. Es sede episcopal y posee una hermosa catedral, aunque reconstruida casi en su totalidad, un jardín encantador, un lago de extraordinaria belleza y numerosas cigüeñas. En sus cercanías se encuentra Hald, considerado uno de los parajes más hermosos de Dinamarca, y no muy lejos está Finderup, donde el mariscal Stig asesinó al rey Erik Glipping el día de Santa Cecilia de 1286. Cuando se abrió la tumba del monarca en el siglo XVII, se encontraron en su cráneo las huellas de cincuenta y seis golpes propinados con mazas de hierro de cabeza cuadrada.

Pero no estoy escribiendo una guía de viajes.

En Viborg hay buenos hoteles. Tanto el Preisler como el Fénix ofrecen todo cuanto puede desearse. Sin embargo, mi primo, cuyas experiencias me propongo relatar, eligió el León de Oro en su primera visita a la ciudad. Nunca ha vuelto a hospedarse allí, y las páginas que siguen quizá expliquen el motivo de su decisión.

El León de Oro es una de las poquísimas casas de la ciudad que sobrevivieron al gran incendio de 1726, que prácticamente destruyó la catedral, la iglesia parroquial, el ayuntamiento y tantos otros edificios antiguos e interesantes. Se trata de una gran construcción de ladrillo rojo, al menos en lo que respecta a su fachada, cuyos hastiales están rematados por escalones y sobre cuya puerta puede leerse una inscripción. El patio, al que entraba el coche del hotel, estaba construido, en cambio, con un entramado de madera oscura y yeso blanco.

El sol comenzaba a descender cuando mi primo llegó a la entrada, y sus rayos iluminaban de lleno la imponente fachada. El aspecto anticuado del edificio le produjo una excelente impresión y se prometió una estancia agradable y entretenida en aquella posada tan representativa de la vieja Jutlandia.

No habían sido asuntos comerciales, en el sentido habitual de la expresión, los que llevaron al señor Anderson hasta Viborg. Se encontraba realizando ciertas investigaciones sobre la historia eclesiástica de Dinamarca y había sabido que en el Rigsarkiv, el archivo estatal de la ciudad, se conservaban documentos salvados del incendio, relativos a los últimos tiempos del catolicismo romano en aquel país.

Su intención era dedicar un periodo considerable, quizá dos o tres semanas, a examinar y copiar aquellos papeles. Esperaba, por tanto, que el León de Oro pudiera proporcionarle una habitación suficientemente espaciosa para servir al mismo tiempo de dormitorio y estudio. Explicó sus necesidades al propietario y este, después de reflexionar un poco, sugirió que lo mejor sería mostrarle algunas de las habitaciones más grandes para que eligiera por sí mismo. La propuesta le pareció excelente.

La última planta quedó descartada enseguida, pues suponía subir demasiadas escaleras después de cada jornada de trabajo. En la segunda no había ninguna habitación de las dimensiones que necesitaba, pero en la primera encontró dos o tres que, por su tamaño, resultaban perfectamente adecuadas.

El propietario se inclinaba decididamente por la número 17, aunque Anderson señaló que sus ventanas daban únicamente a la pared desnuda de la casa vecina y que, por tanto, la habitación debía quedar muy oscura durante la tarde. La número 12 o la 14 serían preferibles, pues ambas daban a la calle, y la claridad de las últimas horas del día, junto con la agradable vista, compensarían sobradamente las molestias ocasionadas por el ruido.

Finalmente eligió la número 12.

Como las habitaciones contiguas, tenía tres ventanas, todas situadas en uno de sus lados. El techo era bastante alto y la estancia, inusualmente larga. No había chimenea, por supuesto, pero sí una hermosa y antigua estufa de hierro fundido, en uno de cuyos costados aparecía representado Abraham en el momento de sacrificar a Isaac, con la inscripción «1 Bog Mose, Cap. 22» sobre la escena. Ningún otro objeto merecía especial atención. El único cuadro interesante era una vieja estampa coloreada de la ciudad, fechada aproximadamente en 1820.

Se acercaba la hora de cenar. Cuando Anderson terminó de asearse y bajó las escaleras, todavía faltaban algunos minutos para que sonara la campana. Los aprovechó para examinar la lista de huéspedes. Como era habitual en Dinamarca, los nombres estaban escritos en un gran pizarrón dividido en filas y columnas, con los números de las habitaciones pintados al comienzo de cada renglón.

La lista no ofrecía nada extraordinario. Había un abogado, o Sagförer, un alemán y varios viajantes de comercio procedentes de Copenhague.

El único detalle que mereció su atención fue la ausencia del número 13 entre las habitaciones. Sin embargo, aquello tampoco constituía una novedad, pues Anderson había advertido la misma circunstancia en media docena de hoteles daneses.

No pudo evitar preguntarse si la aversión hacia aquel número, por común que fuese, estaba tan extendida y profundamente arraigada como para dificultar el alquiler de una habitación que lo llevara en la puerta. Decidió preguntar al propietario si él y sus colegas del oficio habían encontrado realmente muchos clientes que se negaran a dormir en la habitación trece.

Mi primo no tuvo nada que contarme sobre lo ocurrido durante la cena —estoy refiriendo la historia tal como él me la relató—, y el resto de la velada, dedicado a deshacer el equipaje y ordenar su ropa, sus libros y sus papeles, transcurrió sin acontecimientos dignos de mención.

Hacia las once resolvió acostarse. Pero Anderson, como muchas personas de nuestra época, necesitaba leer algunas páginas antes de dormir. Entonces recordó que el libro que había estado leyendo en el tren, y que precisamente aquella noche era el único que le apetecía continuar, permanecía en el bolsillo de su abrigo, colgado de una percha junto al comedor.

Bajar a buscarlo le llevó apenas un momento y, como los pasillos estaban suficientemente iluminados, no tuvo dificultad en encontrar de nuevo la puerta de su habitación. Al menos, eso creyó. Cuando llegó ante ella e hizo girar el picaporte, la puerta se negó por completo a abrirse. Al mismo tiempo oyó, procedente del interior, el ruido de alguien que se movía apresuradamente hacia la entrada.

Se había equivocado de habitación, desde luego.

¿La suya quedaba a la derecha o a la izquierda? Miró el número de la puerta. Era el 13.

Su habitación debía estar a la izquierda y, efectivamente, allí se encontraba.

Solo después de llevar varios minutos en la cama, haber leído las tres o cuatro páginas acostumbradas, apagado la luz y acomodado el cuerpo para dormir, recordó que en el pizarrón del hotel no figuraba ninguna habitación número 13, aunque acababa de comprobar que semejante habitación existía indudablemente.

Lamentó un poco no haberla elegido para sí mismo. Quizá habría prestado un pequeño servicio al propietario, proporcionándole la oportunidad de contar a sus clientes que un caballero inglés de buena familia había ocupado aquella habitación durante tres semanas y había quedado muy satisfecho.

Pero seguramente estaría destinada al servicio o a algún propósito semejante. Después de todo, era probable que no fuese tan grande ni tan cómoda como la suya.

Contempló adormilado la habitación, cuyos contornos podían distinguirse gracias a la tenue claridad de una farola de la calle. Entonces advirtió algo curioso.

Las habitaciones suelen parecer más amplias con poca luz que cuando están completamente iluminadas. Sin embargo, aquella parecía haberse acortado, al tiempo que su altura aumentaba en proporción.

En fin, dormir era mucho más importante que entregarse a semejantes divagaciones, de modo que se quedó dormido.

Al día siguiente de su llegada, Anderson emprendió sus investigaciones en el Rigsarkiv de Viborg. Como cabía esperar en Dinamarca, fue recibido con gran amabilidad y se le facilitaron cuantos documentos deseaba consultar. Los papeles que pusieron a su disposición resultaron mucho más numerosos e interesantes de lo que había imaginado.

Además de la documentación oficial, encontró un voluminoso conjunto de correspondencia relacionada con el obispo Jörgen Friis, el último católico romano que había ocupado aquella sede episcopal. Entre sus cartas aparecían abundantes detalles curiosos y de carácter, por así decirlo, íntimo, sobre la vida privada y la personalidad de distintas personas.

Varias misivas mencionaban una casa situada en la ciudad que pertenecía al obispo, aunque no estaba habitada por él. Su inquilino constituía, al parecer, un verdadero escándalo y una piedra de tropiezo para el partido reformista.

Según sus adversarios, aquel hombre era una deshonra para la ciudad. Practicaba artes secretas y perversas y había vendido su alma al Enemigo. Que el obispo protegiera y diera cobijo a semejante víbora, a aquel Troldmand chupasangre, no hacía sino demostrar, según ellos, la profunda corrupción y superstición de la Iglesia de Babilonia.

El obispo respondió con firmeza a tales acusaciones. Protestó que aborrecía personalmente todas aquellas prácticas ocultas y exigió que sus adversarios presentaran el asunto ante el tribunal competente, es decir, el tribunal eclesiástico, para que se investigara hasta sus últimas consecuencias. Nadie estaría más dispuesto que él a condenar al magíster Nicolas Francken si las pruebas demostraban que había cometido alguno de los crímenes que se le atribuían de manera informal.

Antes de que cerrara el archivo, Anderson apenas tuvo tiempo de echar un vistazo a la siguiente carta del dirigente protestante Rasmus Nielsen. No obstante, pudo hacerse una idea de su contenido general. Nielsen sostenía que los cristianos ya no estaban obligados a someterse a las decisiones de los obispos de Roma y que el tribunal episcopal no era, ni podía ser, una instancia apropiada o competente para juzgar un asunto de semejante gravedad.

Al abandonar el archivo, Anderson salió acompañado por el anciano caballero que lo dirigía. Mientras caminaban, la conversación derivó naturalmente hacia los documentos que acabo de mencionar.

El señor Scavenius, archivero de Viborg, conocía bastante bien el conjunto de los documentos que se encontraban bajo su custodia, aunque no era especialista en los correspondientes al periodo de la Reforma. Escuchó con gran interés cuanto Anderson le contó sobre ellos y manifestó que esperaba con verdadero placer la publicación en la que mi primo se proponía incorporar sus hallazgos.

—Esa casa del obispo Friis —añadió— es para mí un verdadero enigma. No he conseguido averiguar dónde pudo encontrarse. He estudiado cuidadosamente la topografía del antiguo Viborg, pero hemos tenido una suerte desgraciada. Del antiguo registro de propiedades del obispo, confeccionado en 1560 y del cual conservamos la mayor parte en el archivo, falta precisamente el fragmento que contenía la relación de los inmuebles situados dentro de la ciudad. En fin, quizá algún día consiga encontrarla.

Después de hacer algo de ejercicio —no recuerdo exactamente dónde ni de qué manera—, Anderson regresó al León de Oro para cenar, jugar una partida de solitario y acostarse.

Mientras se dirigía a su habitación recordó que había olvidado preguntar al propietario por la ausencia del número 13 en el pizarrón. Pensó también que sería conveniente asegurarse de que aquella habitación existía realmente antes de mencionar el asunto.

No tuvo que esforzarse mucho para comprobarlo.

Allí estaba la puerta, con su número perfectamente visible. En el interior parecía desarrollarse alguna actividad, pues al acercarse distinguió pasos y varias voces, o quizá una sola. Durante los pocos segundos que se detuvo para cerciorarse del número, las pisadas cesaron, aparentemente muy cerca de la puerta, y sintió cierta inquietud al escuchar una respiración rápida y sibilante, como la de una persona presa de una intensa excitación.

Continuó hasta su habitación y volvió a sorprenderse de lo mucho más pequeña que parecía en comparación con el día en que la había elegido. Aquello le produjo una ligera decepción, aunque no demasiado importante. Si finalmente resultaba insuficiente para sus necesidades, siempre podía mudarse a otra.

Por el momento necesitaba sacar algo de su baúl de viaje —creo recordar que era un pañuelo—, que el mozo había colocado sobre una especie de soporte o taburete demasiado endeble, junto a la pared del extremo más alejado de la cama.

Entonces descubrió algo verdaderamente extraño.

El baúl había desaparecido.

Seguramente algún criado demasiado servicial lo había cambiado de lugar y colocado sus pertenencias dentro del armario. Pero no, tampoco estaban allí.

Aquello resultaba irritante.

Descartó enseguida la posibilidad de un robo. Tales cosas rara vez ocurrían en Dinamarca, pero alguien había cometido sin duda una estupidez, y eso no era tan infrecuente. La camarera tendría que escuchar una reprimenda bastante severa.

Fuera lo que fuese que necesitaba, no resultaba tan indispensable para su comodidad como para no poder esperar hasta la mañana siguiente. Decidió, por tanto, no tocar la campanilla ni molestar al servicio.

Se acercó a la ventana, la situada a la derecha, y contempló la calle silenciosa.

Enfrente se levantaba un edificio alto, con grandes extensiones de pared desnuda. No había transeúntes. La noche era oscura y apenas podía distinguirse nada.

La luz estaba a sus espaldas y su propia sombra se proyectaba con toda claridad sobre el muro de enfrente.

También podía ver la sombra del hombre barbudo que ocupaba la habitación número 11, situada a su izquierda, y que pasó un par de veces de un lado a otro en mangas de camisa. Primero apareció cepillándose el cabello y, más tarde, vestido con un camisón de dormir.

Pero también estaba la sombra del ocupante de la habitación número 13, a su derecha.

Aquella podía resultar más interesante.

El huésped de la trece, al igual que Anderson, apoyaba los codos en el alféizar y contemplaba la calle. Parecía un hombre alto y delgado, aunque ¿no podría tratarse de una mujer?

En cualquier caso, era alguien que antes de acostarse se cubría la cabeza con una especie de tela. También parecía poseer una pantalla roja para la lámpara, cuya llama debía de oscilar considerablemente, porque sobre la pared opuesta podía verse una luz rojiza y apagada que subía y bajaba de forma perceptible.

Anderson se inclinó un poco hacia afuera con la esperanza de distinguir mejor a aquella figura, pero no consiguió ver más que un pliegue de una tela clara, quizá blanca, sobre el alféizar.

Entonces se escucharon unos pasos lejanos en la calle.

Su proximidad pareció recordar al ocupante de la habitación 13 que estaba demasiado expuesto a las miradas, pues se apartó de la ventana con una rapidez extraordinaria y su luz roja se extinguió.

Anderson, que había estado fumando un cigarrillo, dejó la colilla sobre el alféizar y se acostó.

A la mañana siguiente lo despertó la camarera, que entró con agua caliente y las demás cosas necesarias para su aseo. Anderson terminó de despabilarse, buscó mentalmente las palabras danesas apropiadas y dijo con toda la claridad que pudo:

—No debe usted cambiar de sitio mi baúl. ¿Dónde lo ha puesto?

Como ocurre con cierta frecuencia, la muchacha se echó a reír y salió de la habitación sin darle ninguna respuesta precisa.

Bastante irritado, Anderson se incorporó en la cama con intención de llamarla nuevamente, pero permaneció sentado, mirando fijamente hacia el frente.

Allí estaba su baúl.

Descansaba sobre el mismo soporte y exactamente en el lugar donde había visto que lo dejaba el mozo a su llegada.

Aquello constituyó un duro golpe para un hombre que se enorgullecía de la exactitud de sus observaciones. No pretendió explicarse cómo podía haberlo pasado por alto durante la noche anterior. Fuese como fuese, el baúl estaba allí.

La claridad del día reveló algo más que su equipaje. Permitió apreciar las verdaderas proporciones de la habitación, con sus tres ventanas, y convenció a Anderson de que, después de todo, su elección no había sido mala.

Cuando estaba casi vestido, se acercó a la ventana central para observar el tiempo.

Le aguardaba otra sorpresa.

¡Qué extraordinariamente distraído debía de haber estado la noche anterior!

Habría jurado diez veces que, justo antes de acostarse, había estado fumando junto a la ventana de la derecha. Sin embargo, la colilla de su cigarrillo descansaba sobre el alféizar de la ventana central.

Se dispuso a bajar a desayunar.

Era un poco tarde, aunque el ocupante de la trece parecía haberse retrasado todavía más. Sus botas seguían fuera de la puerta; unas botas de caballero, por cierto. Así que el huésped de la trece era un hombre, no una mujer.

En ese instante reparó en el número de la puerta.

Era el 14.

Debía de haber pasado frente a la número 13 sin advertirlo.

Tres equivocaciones tan absurdas en apenas doce horas resultaban demasiado para un hombre metódico y de espíritu preciso. Por eso retrocedió para asegurarse.

La habitación contigua a la 14 era la número 12.

Su propia habitación.

No existía ninguna número 13.

Después de dedicar varios minutos a repasar cuidadosamente cuanto había comido y bebido durante las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió abandonar el asunto.

Si sus ojos o su cerebro comenzaban a fallarle, no tardaría en encontrar nuevas oportunidades para comprobarlo. Si, por el contrario, sus facultades permanecían intactas, estaba viviendo una experiencia verdaderamente interesante.

En cualquiera de los dos casos, merecía la pena observar cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Durante aquel día continuó examinando la correspondencia episcopal de la que ya he hablado. Para su decepción, descubrió que estaba incompleta. Solo logró encontrar una carta más relacionada con el asunto del magíster Nicolas Francken. Había sido enviada por el obispo Jörgen Friis a Rasmus Nielsen, y decía lo siguiente:

«Aunque no estamos en absoluto dispuestos a aceptar vuestro juicio acerca de nuestro tribunal, y aunque, si fuese necesario, nos opondremos a vos con todas nuestras fuerzas en defensa de su autoridad, puesto que nuestro fiel y muy amado magíster Nicolas Francken, contra quien habéis osado formular ciertas acusaciones falsas y maliciosas, ha sido súbitamente apartado de entre nosotros, resulta evidente que, por esta vez, la cuestión ha quedado sin objeto.

»Pero puesto que además afirmáis que el apóstol y evangelista san Juan, en su celestial Apocalipsis, describe a la Santa Iglesia Romana bajo la figura y el símbolo de la Mujer Escarlata, sabed que…».

Y así continuaba la carta.

Por mucho que buscó, Anderson no consiguió encontrar ninguna respuesta posterior ni indicio alguno que explicara la causa o las circunstancias de la «desaparición» del hombre que había dado origen a la disputa.

Solo pudo suponer que Francken había muerto repentinamente. Como entre la fecha de la última carta de Nielsen, cuando Francken se encontraba evidentemente con vida, y la del obispo apenas habían transcurrido dos días, su muerte debió de producirse de manera completamente inesperada.

Por la tarde hizo una breve excursión a Hald y tomó el té en Baekkelund. Aunque su ánimo se encontraba algo alterado, no consiguió descubrir ninguna señal de aquel supuesto deterioro de sus facultades visuales o mentales que las experiencias de la mañana le habían llevado a temer.

Durante la cena se encontró sentado junto al propietario del hotel.

—Dígame una cosa —le preguntó después de conversar un rato sobre asuntos sin importancia—. ¿Por qué razón en la mayoría de los hoteles de este país se omite el número trece de la lista de habitaciones? Veo que aquí tampoco lo tienen.

El propietario pareció divertido.

—¡Quién iba a pensar que se fijaría usted en semejante cosa! A decir verdad, yo mismo he reflexionado sobre ello alguna que otra vez. Un hombre instruido, siempre he dicho, no debería dejarse llevar por esas supersticiones. Yo estudié aquí mismo, en la escuela superior de Viborg, y nuestro viejo maestro era un hombre que se oponía resueltamente a semejantes tonterías. Lleva muchos años muerto. Era un hombre magnífico, de gran presencia, tan hábil con las manos como con la cabeza. Recuerdo que una vez, siendo nosotros unos muchachos, durante un día de nieve…

Y entonces se entregó a una larga serie de recuerdos.

—De modo que usted no encuentra ninguna objeción particular a que exista una habitación número trece —intervino Anderson.

—¡Ah, claro! Verá usted, yo aprendí el oficio de mi pobre padre. Primero dirigía un hotel en Aarhus y, después, cuando nacimos nosotros, se trasladó aquí, a Viborg, que era su ciudad natal. Se hizo cargo del Fénix y lo conservó hasta su muerte, en 1876. Luego establecí mi propio negocio en Silkeborg y no fue sino hasta el año antepasado cuando me trasladé a esta casa.

A continuación siguieron más explicaciones sobre el estado en que había encontrado el edificio y el negocio cuando se hizo cargo de ellos.

—Y cuando llegó usted aquí, ¿había una habitación número trece?

—No, no. Precisamente iba a explicárselo. Comprenderá que en un establecimiento como este nuestros principales clientes son los comerciantes y los viajantes de comercio. ¿Y cree usted que aceptarían alojarse en la número trece? ¡Antes dormirían en la calle! Por lo que a mí respecta, el número de mi habitación me daría exactamente igual, y así se lo he dicho muchas veces. Pero ellos insisten en que trae mala suerte. Conocen montones de historias sobre hombres que durmieron en una habitación trece y nunca volvieron a ser los mismos, o que perdieron a sus mejores clientes, o que… en fin, una cosa u otra.

El propietario pareció buscar una expresión más elocuente, pero no consiguió encontrarla.

—Entonces, ¿para qué utiliza usted su habitación número trece? —preguntó Anderson, consciente, mientras pronunciaba aquellas palabras, de una extraña ansiedad completamente desproporcionada respecto de la importancia de la cuestión.

—¿Mi habitación número trece? ¡Pero si acabo de decirle que no existe ninguna en esta casa! Creí que ya se habría dado cuenta. Si la hubiera, estaría precisamente al lado de la suya.

—Bueno, sí, pero… se me había ocurrido… Quiero decir que anoche me pareció ver una puerta con el número trece en aquel pasillo. Y, a decir verdad, estoy casi completamente seguro de que no me equivoco, porque también la vi la noche anterior.

Como Anderson había previsto, el señor Kristensen recibió aquella afirmación con una carcajada de incredulidad. Repitió una y otra vez que en su hotel no existía ninguna habitación número trece y que jamás había existido desde que él se hizo cargo del establecimiento.

La seguridad del propietario tranquilizó a Anderson en cierta medida, aunque no disipó su desconcierto. Comenzó entonces a pensar que la mejor manera de determinar si había sido víctima de una ilusión consistiría en invitar al hombre a fumar un cigarro en su habitación aquella misma noche.

Llevaba consigo algunas fotografías de ciudades inglesas que podrían proporcionar una excusa perfectamente razonable.

El señor Kristensen se sintió halagado por la invitación y la aceptó de buen grado. Quedaron en reunirse hacia las diez, pero antes Anderson tenía algunas cartas que escribir, de modo que se retiró a su habitación para ocuparse de ellas.

Casi se avergonzaba de reconocerlo ante sí mismo, pero no podía negar que la cuestión de la existencia de la habitación número trece comenzaba a ponerlo verdaderamente nervioso. Tanto era así que decidió aproximarse a su dormitorio por el lado de la habitación once, para evitar pasar frente a la puerta de la trece, o por el lugar donde aquella puerta debería encontrarse.

Al entrar, examinó la estancia con una mirada rápida y recelosa. No encontró nada que justificara sus temores, aparte de aquella indefinible impresión de que el cuarto era más pequeño de lo habitual.

Aquella noche no cabía ninguna duda sobre la presencia o ausencia de su baúl, pues él mismo lo había vaciado y lo había guardado debajo de la cama.

Con cierto esfuerzo apartó de su pensamiento la habitación trece y se sentó a escribir.

Sus vecinos permanecían bastante tranquilos. De vez en cuando se abría alguna puerta en el pasillo y alguien arrojaba fuera un par de botas, o pasaba un viajante de comercio tarareando una canción. En la calle, un carro recorría ocasionalmente el espantoso empedrado con gran estrépito, o se escuchaban los pasos apresurados de algún peatón sobre las losas de la acera.

Anderson terminó sus cartas, pidió que le llevaran whisky con soda y se acercó a la ventana para contemplar la pared desnuda del edificio de enfrente y las sombras que se proyectaban sobre ella.

Por lo que recordaba, la habitación número catorce estaba ocupada por el abogado, un hombre serio y reservado que apenas hablaba durante las comidas, pues acostumbraba a dedicar su atención a un pequeño montón de documentos que colocaba junto al plato.

Sin embargo, parecía que cuando se encontraba a solas tenía la costumbre de dar rienda suelta a una alegría desbordante.

¿De qué otra manera podía explicarse que estuviese bailando?

La sombra proyectada desde la habitación contigua no dejaba lugar a dudas. Una y otra vez, su delgada figura cruzaba frente a la ventana, agitaba los brazos y levantaba una pierna huesuda con sorprendente agilidad.

Al parecer bailaba descalzo, y el suelo debía de estar muy bien construido, porque ningún ruido delataba sus movimientos.

El abogado Anders Jensen, bailando a las diez de la noche en una habitación de hotel, habría constituido un tema digno de una gran pintura histórica. Y los pensamientos de Anderson, como los de Emily en Los misterios de Udolfo, comenzaron a «ordenarse en los siguientes versos»:

Cuando regreso a mi hotel,

a las diez de la noche,

los camareros creen que estoy enfermo;

pero eso no me importa.

Mas cuando cierro mi habitación con llave

y dejo las botas afuera,

me paso toda la noche bailando.

Y aunque mis vecinos protesten,

bailaré con mayor entusiasmo todavía,

pues conozco bien las leyes

y, por mucho que se quejen,

sus protestas me traen sin cuidado.

De no haber llamado el propietario a la puerta en aquel preciso instante, es probable que el lector se hubiera visto obligado a soportar un poema bastante más largo.

A juzgar por la sorpresa que reflejó su rostro al entrar, el señor Kristensen quedó impresionado, igual que Anderson, por algo inusual en el aspecto de la habitación. Sin embargo, no hizo comentario alguno.

Las fotografías de Anderson despertaron enormemente su interés y dieron pie a numerosos relatos autobiográficos.

Tampoco está del todo claro cómo habría conseguido mi primo llevar la conversación hacia el asunto de la habitación trece si, precisamente entonces, el abogado no hubiera comenzado a cantar.

Y lo hizo de una manera que no dejaba lugar a dudas de que se encontraba completamente borracho o había perdido la razón.

Lo que escucharon fue una voz aguda y delgada, que parecía reseca, como si llevara muchísimo tiempo sin utilizarse.

No había palabras reconocibles ni melodía alguna.

La voz ascendió hasta alcanzar una altura sorprendente y luego descendió en un gemido desesperado, semejante al viento invernal que sopla por una chimenea vacía o a un órgano cuyo suministro de aire se interrumpe repentinamente.

Era un sonido verdaderamente horrible.

Anderson sintió que, de haber estado solo, habría huido en busca de refugio y compañía a la habitación de cualquier viajante de comercio.

El propietario permanecía sentado con la boca abierta.

—No lo comprendo —dijo finalmente, mientras se secaba la frente—. Es espantoso. Ya lo había escuchado una vez, pero estaba convencido de que era un gato.

—¿Está loco? —preguntó Anderson.

—Debe de estarlo. ¡Y qué desgracia! Es un cliente excelente y, por lo que tengo entendido, sus negocios marchan estupendamente. Además, tiene una familia joven que mantener.

En aquel momento alguien llamó impacientemente a la puerta y entró sin esperar a recibir autorización.

Era el abogado.

Se encontraba a medio vestir, llevaba el cabello completamente revuelto y parecía furioso.

—Le ruego que me disculpe, señor —comenzó—, pero le agradecería enormemente que tuviese la amabilidad de dejar de…

Se interrumpió al comprender que ninguno de los dos hombres que tenía delante era responsable del escándalo.

Después de una breve pausa, aquel sonido volvió a elevarse con una violencia todavía mayor.

—¡Pero qué significa esto, en nombre del Cielo! —exclamó el abogado—. ¿De dónde viene? ¿Quién es? ¿Me estoy volviendo loco?

—Seguramente procede de su habitación, señor Jensen, aquí al lado. ¿No tendrá un gato o algún otro animal atrapado en la chimenea?

Fue lo mejor que Anderson pudo ocurrírsele, y comprendió lo absurdo de su explicación mientras la pronunciaba. Pero cualquier cosa resultaba preferible a permanecer allí escuchando aquella voz espantosa y contemplando el rostro ancho y pálido del propietario, que sudaba y temblaba mientras se aferraba a los brazos de su sillón.

—Imposible —replicó el abogado—, completamente imposible. No hay ninguna chimenea. He venido aquí porque estaba convencido de que el ruido salía de esta habitación. Lo cierto es que venía de la habitación contigua a la mía.

—¿No había ninguna puerta entre su habitación y la mía? —preguntó Anderson con ansiedad.

—No, señor —respondió Jensen con cierta brusquedad—. Al menos, esta mañana no la había.

—¡Ah! —exclamó Anderson—. ¿Y esta noche?

—No estoy seguro —contestó el abogado después de vacilar un instante.

De pronto, aquella voz que lloraba o cantaba en la habitación vecina se extinguió y escucharon que su propietario parecía reír para sus adentros, con una especie de risita canturreada.

Los tres hombres se estremecieron.

Después se hizo el silencio.

—Vamos, señor Kristensen —dijo el abogado—, ¿qué tiene usted que decir? ¿Qué significa todo esto?

—¡Santo Cielo! —exclamó Kristensen—. ¿Cómo voy a saberlo? No sé más que ustedes, caballeros. Solo ruego no volver a escuchar jamás un ruido semejante.

—Lo mismo digo —respondió Jensen.

Y añadió algo entre dientes.

A Anderson le pareció escuchar las últimas palabras del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum, pero no pudo estar seguro.

—Tenemos que hacer algo —dijo Anderson—. Los tres juntos. ¿Por qué no vamos a investigar la habitación contigua?

—¡Pero esa es la habitación del señor Jensen! —se lamentó el propietario—. No tiene sentido. Él mismo acaba de salir de allí.

—No estoy tan seguro —replicó el abogado—. Creo que este caballero tiene razón. Debemos ir a comprobarlo.

Las únicas armas defensivas que pudieron reunir allí mismo fueron un bastón y un paraguas.

La expedición salió al pasillo, no sin considerables temblores.

Afuera reinaba un silencio sepulcral, pero por debajo de la puerta contigua se filtraba una línea de luz.

Anderson y Jensen se acercaron a ella.

Este último hizo girar el picaporte y empujó con una fuerza repentina y considerable.

Fue inútil.

La puerta permaneció firmemente cerrada.

—Señor Kristensen —dijo Jensen—, ¿tendría la bondad de ir a buscar al criado más fuerte que tenga en el establecimiento? Tenemos que llegar hasta el fondo de este asunto.

El propietario asintió y se alejó rápidamente, visiblemente aliviado de poder abandonar el escenario de los acontecimientos.

Jensen y Anderson permanecieron en el pasillo, contemplando la puerta.

—Como puede ver, es la habitación número trece —dijo Anderson.

—Sí. Ahí está su puerta y allí está la mía —respondió Jensen.

—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —observó Anderson, reprimiendo con dificultad una risa nerviosa.

—¡Por todos los diablos! ¡La mía también! —exclamó el abogado, volviéndose para mirar a Anderson.

Ahora estaba de espaldas a la puerta.

En aquel preciso instante, la puerta se abrió y un brazo surgió de su interior, extendiendo los dedos como garras hacia el hombro del abogado.

Estaba cubierto por una manga de lino amarillento y desgarrado. La piel desnuda, en las partes donde podía verse, estaba cubierta de largos pelos grises.

Anderson alcanzó a tirar de Jensen para apartarlo de aquella mano, mientras dejaba escapar un grito de repugnancia y terror.

La puerta volvió a cerrarse y escucharon una risa apagada.

Jensen no había visto nada, pero cuando Anderson le explicó apresuradamente el peligro que acababa de correr, el abogado cayó en un estado de profunda agitación. Propuso abandonar aquella empresa y encerrarse bajo llave en cualquiera de sus habitaciones.

Sin embargo, mientras exponía su plan, regresó el propietario acompañado por dos hombres robustos. Los tres tenían expresiones serias y asustadas.

Jensen los recibió con un torrente de descripciones y explicaciones que no contribuyeron en absoluto a aumentar su disposición para la lucha.

Los criados dejaron caer al suelo las barras de hierro que habían traído y declararon tajantemente que no pensaban arriesgar sus cuellos entrando en aquella guarida del demonio.

El propietario se encontraba miserablemente nervioso e indeciso. Comprendía que, si no afrontaban el peligro, su hotel estaría arruinado, pero tampoco sentía el menor deseo de enfrentarse personalmente con aquello.

Por fortuna, Anderson encontró una manera de reunir el valor de aquella tropa desmoralizada.

—¿Es este —preguntó— el valor danés del que tanto he oído hablar? ¡Lo que hay ahí dentro no es un alemán! Y aunque lo fuera, somos cinco contra uno.

Aquellas palabras hirieron el orgullo de Jensen y de los dos criados, que se precipitaron inmediatamente hacia la puerta.

—¡Alto! —ordenó Anderson—. No pierdan la cabeza. Usted, señor Kristensen, quédese aquí con la luz. Y uno de ustedes dos —añadió, dirigiéndose a los criados— derribe la puerta, pero no entre cuando ceda.

Los hombres asintieron.

El más joven dio un paso al frente, levantó su barra de hierro y descargó un golpe tremendo contra el panel superior.

El resultado no se pareció en absoluto a lo que ninguno de ellos esperaba.

No se escuchó el crujido de la madera ni el ruido de ninguna tabla partiéndose, sino únicamente un golpe sordo, como si la barra hubiese chocado contra un muro macizo.

El hombre soltó la herramienta con un grito y comenzó a frotarse el codo.

Su exclamación atrajo durante un instante todas las miradas.

Entonces Anderson volvió los ojos hacia la puerta.

Había desaparecido.

La pared enyesada del pasillo se encontraba frente a él, con una considerable hendidura en el lugar donde había golpeado la barra de hierro.

La habitación número trece había dejado de existir.

Durante unos momentos permanecieron completamente inmóviles, contemplando la pared desnuda.

En el patio situado debajo de ellos comenzó a cantar un gallo madrugador.

Anderson volvió la mirada hacia el lugar de donde procedía el sonido y, a través de la ventana que se encontraba al extremo del largo pasillo, vio cómo el cielo oriental empezaba a palidecer con las primeras luces del amanecer.

—Quizá —sugirió el propietario con vacilación—, caballeros, prefieran ustedes ocupar otra habitación esta noche. ¿Una con dos camas?

Ni Jensen ni Anderson encontraron inconveniente alguno en la propuesta.

Después de su última experiencia, ambos se sentían inclinados a no separarse.

También les pareció conveniente que, cuando cada uno entrara en su habitación para recoger las cosas que necesitaría durante la noche, el otro lo acompañara sosteniendo una vela.

Comprobaron entonces que tanto la habitación número doce como la número catorce tenían tres ventanas.

A la mañana siguiente, el mismo grupo volvió a reunirse en la habitación doce.

El propietario, como es natural, deseaba evitar la intervención de personas ajenas al establecimiento, pero al mismo tiempo consideraba indispensable esclarecer el misterio que rodeaba aquella parte de la casa.

Por consiguiente, se convenció a los dos criados de que asumieran provisionalmente las funciones de carpinteros.

Retiraron los muebles y, a costa de estropear irremediablemente un buen número de tablas, levantaron la parte del suelo más próxima a la habitación catorce.

Naturalmente, ustedes supondrán que descubrieron un esqueleto, quizá el del magíster Nicolas Francken.

No fue así.

Lo que encontraron entre las vigas que sostenían el piso fue una pequeña caja de cobre.

En su interior había un documento de pergamino cuidadosamente doblado, que contenía unas veinte líneas de escritura.

Tanto Anderson como Jensen, quien resultó poseer ciertos conocimientos de paleografía, se entusiasmaron con el descubrimiento. Todo parecía indicar que aquel documento les proporcionaría la clave de tan extraordinarios fenómenos.

Poseo un ejemplar de una obra de astrología que jamás he leído.

A modo de frontispicio contiene un grabado en madera de Hans Sebald Beham, en el que aparecen varios sabios sentados alrededor de una mesa. Este detalle quizá permita a los entendidos identificar el libro.

Yo mismo no consigo recordar su título y, en este preciso momento, tampoco lo tengo a mi alcance. Pero las hojas de guarda están cubiertas de escritura y, durante los diez años que llevo siendo propietario del volumen, no he conseguido averiguar siquiera en qué posición deben colocarse para leerlas, mucho menos en qué idioma están redactadas.

La situación de Anderson y Jensen, después del prolongado examen al que sometieron el documento encontrado dentro de la caja de cobre, no fue muy diferente.

Tras dos días de contemplarlo, Jensen, que era el más atrevido de los dos, aventuró la hipótesis de que el idioma podía ser latín o danés antiguo.

Anderson no se atrevió a formular ninguna conjetura y se mostró perfectamente dispuesto a entregar la caja y el pergamino a la Sociedad Histórica de Viborg para que fueran depositados en su museo.

Escuché toda esta historia de sus propios labios algunos meses después, mientras nos encontrábamos sentados en un bosque cercano a Upsala, tras una visita a la biblioteca de aquella ciudad.

Allí habíamos estado riéndonos —o, mejor dicho, yo había estado riéndome— del contrato mediante el cual Daniel Salthenius, que más adelante llegaría a ser profesor de hebreo en Königsberg, se había vendido a Satanás.

Anderson no encontró el asunto especialmente divertido.

—¡Joven idiota! —exclamó, refiriéndose a Salthenius, que era apenas un estudiante universitario cuando cometió aquella imprudencia—. ¿Cómo podía saber con qué clase de compañía estaba tratando?

Cuando le expuse las consideraciones habituales sobre el asunto, se limitó a gruñir.

Aquella misma tarde me contó la historia que ustedes acaban de leer.

Pero se negó a sacar conclusión alguna de ella y tampoco quiso aceptar ninguna de las que yo le propuse.

Fin.

Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026

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