Historia del mal

Baal: el demonio que cambió de nombre

Hay “dioses” que desaparecen cuando cae su templo, cuando sus sacerdotes mueren o cuando la ciudad que los invocaba termina reducida a polvo. Otros, en cambio, sobreviven de una forma más inquietante: cambian de lengua, de rostro y de altar: Baal fue uno de ellos. En Canaán fue invocado como señor de la tormenta, de la fertilidad y del poder de la tierra; en el mundo fenicio viajó con los navegantes y mercaderes; en Cartago tomó el nombre de Baal Hammon; los griegos lo vieron como Cronos y los romanos lo tradujeron como Saturno. Pero para la Biblia y para la tradición cristiana, detrás de esas máscaras no había un dios legítimo, sino una presencia demoníaca alimentada por la idolatría y por la sangre de los inocentes.

La sombra de Baal aparece una y otra vez en el Antiguo Testamento como el rostro más peligroso de la apostasía; no se trataba solo de venerar una imagen extraña ni de levantar altares ajenos a Yahvé. El culto cananeo estaba asociado, en los textos bíblicos, a una ruptura profunda del orden sagrado: la entrega de los hijos al fuego.

El Levítico prohíbe entregar a los hijos a Molech, porque eso profanaba el nombre de Dios; Jeremías es todavía más explícito cuando acusa a Judá de haber construido lugares altos para Baal, donde quemaban a sus hijos como ofrenda. En otro pasaje, el profeta une ambas figuras: los lugares altos de Baal, levantados en el valle de Ben-Hinom, servían para hacer pasar a los hijos y las hijas por el fuego a Molech. Baal y Molech aparecen así dentro de un mismo paisaje de horror: altares levantados en nombre de la fertilidad, de la prosperidad o del favor divino, pero alimentados con la vida de los propios hijos.

Esa es la primera clave de esta historia: para la Biblia, el culto a Baal no es una religión pintoresca de pueblos antiguos, sino una abominación. Y el Salmo 106 lleva la acusación aún más lejos, al recordar la infidelidad de Israel, dice que sacrificaron a sus hijos y a sus hijas a los demonios, derramando sangre inocente ante los ídolos de Canaán.

El demonio que viajó por el Mediterráneo

Baal significa “señor”, “amo”, “dueño”, y por eso su nombre podía unirse a distintas regiones, ciudades o atributos: Hubo un Baal de Tiro, un Baal del Carmelo, un Baal-Zebub en Ecrón y, en el mundo púnico, un Baal Hammon. No todos eran idénticos en sus detalles locales, pero todos pertenecían a una misma matriz religiosa cananeo-fenicia que se extendió por el Mediterráneo.

Los fenicios llevaron sus dioses en sus barcos, fundaron colonias, levantaron santuarios y mezclaron sus tradiciones con las de otros pueblos. Cartago, la gran ciudad púnica del norte de África, heredó esa religión y la transformó en una de las expresiones más poderosas de Baal. Allí, Baal Hammon fue venerado junto a Tanit, y su culto quedó asociado a una de las discusiones más oscuras de la historia antigua: el sacrificio de niños.

Durante mucho tiempo se dijo que aquello podía ser propaganda de enemigos griegos y romanos contra Cartago, pues la acusación era demasiado monstruosa, demasiado útil para justificar el odio contra una ciudad rival. Pero la arqueología moderna volvió más difícil descartar la historia: En los llamados tophets, recintos funerarios y rituales del mundo púnico, se han encontrado urnas con restos cremados de niños muy pequeños, bebés y animales, acompañadas de estelas e inscripciones dedicadas a Baal Hammon y Tanit. El debate académico continúa en algunos puntos, sobre todo en la escala y naturaleza exacta del rito, pero ya no es serio reducir todo a simple propaganda romana.

Cronos, Saturno, Baal y el fuego

Las fuentes antiguas también conservaron esa memoria, pues Diodoro de Sicilia cuenta que, durante una crisis militar, los cartagineses pensaron que Cronos (recordar que así lo identificaban los griegos para referirse al dios africano) se había vuelto contra ellos porque antes le ofrecían a los hijos de las familias nobles y después habían comenzado a sustituirlos por niños comprados. La imagen era tan perturbadora que los propios griegos la conectaron con su mito de Cronos devorando a sus hijos.

Ese detalle es decisivo, pues los griegos no dijeron simplemente que los cartagineses adoraban a un dios desconocido, lo llamaron Cronos. Después, Roma lo llamó Saturno, el equivalente de Cronos en su panteón. Es decir, Baal no fue borrado, sino que fue traducido, el dios púnico fue incorporado al lenguaje religioso romano como Saturno africano, una divinidad local aceptada dentro del orden imperial. Roma, que muchas veces no destruía los cultos de los pueblos sometidos sino que los reorganizaba bajo sus propios nombres, no persiguió a Baal por ser Baal, e incluso lo identificó con Saturno.

Pero Roma sí podía perseguir el rito: Ahí aparece el testimonio de Tertuliano, cristiano africano de finales del siglo II, quien afirma que en África se sacrificaban niños a Saturno hasta el proconsulado de un tal Tiberio, y que este funcionario mandó castigar a los sacerdotes, colgándolos en los mismos árboles que daban sombra a sus templos. La escena debe leerse con prudencia, porque Tertuliano escribe como polemista cristiano, no como cronista neutral. Sin embargo, su testimonio encaja con un mundo en el que Baal Hammon había sobrevivido bajo el nombre romano de Saturno, mientras algunas de sus prácticas más antiguas seguían siendo recordadas como un crimen sagrado.

La contradicción romana es reveladora: el dios podía ser absorbido; el sacrificio, castigado. Baal podía convertirse en Saturno, recibir inscripciones latinas y ocupar un lugar dentro del mapa religioso del Imperio. Pero cuando el culto conservaba su rostro más arcaico y sangriento, Roma podía verlo como una práctica inadmisible, no necesariamente por compasión moderna, sino porque el sacrificio humano desbordaba el orden que el Imperio quería administrar.

Para la mirada cristiana, sin embargo, el problema no terminaba en el rito. El mal no estaba solo en el fuego, en la urna o en el sacerdote que ofrecía a un niño. Estaba también en la entidad que recibía ese culto. San Pablo, al hablar de los sacrificios paganos, fue tajante: lo que los gentiles sacrifican, lo sacrifican a demonios y no a Dios. Esa frase convierte toda la historia en algo más que un fenómeno religioso antiguo. Desde la fe cristiana, detrás del altar pagano no había un simple error cultural ni una divinidad menor, sino una comunión con fuerzas demoníacas.

Por eso Baal ocupa un lugar tan oscuro en la historia bíblica. No es solo el dios extranjero de los pueblos cananeos. No es solo Baal Hammon en Cartago, Cronos para los griegos o Saturno para los romanos, sino que es el rostro cambiante de una idolatría que exige al ser humano entregar lo más sagrado: sus propios hijos.

La historia de Baal es, entonces, la de una máscara que cambia sin desaparecer: En el monte Carmelo fue desafiado por Elías y ejecutados cientos de sus sacerdotes; en Judá fue denunciado por Jeremías; en Cartago recibió el humo de los tophets; en Grecia fue llamado Cronos; en Roma, Saturno. Pero en la lectura bíblica y cristiana, su verdadera naturaleza no dependía del idioma de sus adoradores. Detrás del dios traducido, del altar romanizado y de la estatua aceptada por el Imperio, seguía latiendo la misma sombra: un demonio con muchos nombres, pero con una misma hambre.