Historia del mal

La masacre de San Bartolomé

En agosto de 1572, miles de protestantes llegaron a París para celebrar una boda que debía reconciliar a Francia; seis días después, las campanas llamaban a la matanza, las calles estaban cubiertas de cadáveres y el río Sena recibía los cuerpos de hombres y mujeres asesinados por sus propios vecinos.

La masacre de San Bartolomé no fue únicamente una explosión de fanatismo religioso: comenzó como una decisión tomada en el corazón de la monarquía, descendió a los barrios de la capital y mostró hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el poder convierte al adversario en una amenaza que debe ser eliminada.

Durante buena parte del siglo XVI, Francia se encontraba desgarrada por la Reforma protestante, pues aunque el reino seguía siendo oficialmente católico, las doctrinas de Juan Calvino habían encontrado seguidores entre comerciantes, artesanos, intelectuales y miembros de algunas de las familias más poderosas de la nobleza.

A estos protestantes franceses se les conocía como hugonotes, de los que, por ejemplo, se habla en Los Tres Mosqueteros, de Alejandro Dumas.

La disputa no tardó en superar los límites de la teología; católicos y hugonotes formaron ejércitos, controlaron ciudades y disputaron el poder alrededor de una monarquía debilitada, d esde 1562, Francia había sufrido varias guerras religiosas marcadas por asesinatos, saqueos, profanaciones de templos y represalias contra poblaciones enteras.

Para los católicos más radicales, los hugonotes no eran simplemente cristianos equivocados, sino herejes que amenazaban la unidad espiritual y política de Francia. Para los protestantes, la Iglesia católica era una institución corrompida que perseguía a quienes intentaban recuperar la verdadera doctrina cristiana.

En 1570, la Paz de Saint-Germain puso fin temporalmente a la tercera guerra de religión y el acuerdo concedió a los hugonotes cierta libertad de culto y el control de varias plazas fortificadas como garantía de seguridad; sin embargo, ninguna de las partes confiaba realmente en la otra. Los católicos consideraban que la Corona había cedido demasiado, mientras los protestantes sospechaban que la reconciliación podía ocultar una nueva traición.

En el centro de aquel equilibrio se encontraba Carlos IX, un joven monarca sometido a la presión de las grandes familias aristocráticas; su madre, Catalina de Médici, conservaba una enorme influencia en la corte y buscaba evitar que alguna facción dominara por completo al rey. Frente a ella se encontraban la poderosa casa católica de Guisa y los dirigentes hugonotes, entre quienes destacaba el almirante Gaspard de Coligny.

La boda que prometía la paz

Con el propósito de reforzar la reconciliación, la Corona organizó el matrimonio entre Margarita de Valois, hermana católica de Carlos IX, y Enrique de Navarra, uno de los principales príncipes protestantes del reino. La boda se celebró en París el 18 de agosto de 1572 y fue presentada como el comienzo de una nueva etapa de paz.

El enlace llevó hasta la capital a numerosos nobles hugonotes, acompañados por familiares, sirvientes y soldados; muchos de ellos habían combatido contra las fuerzas reales apenas unos años antes, pero aceptaron acudir confiando en que la presencia del rey y el carácter solemne de la ceremonia garantizarían su seguridad.

París, sin embargo, no era una ciudad neutral, la población era mayoritariamente católica y profundamente hostil hacia los protestantes. El culto reformado seguía prohibido dentro de sus murallas, y la llegada de tantos hugonotes provocó rumores, temores y resentimientos; mientras la corte organizaba fiestas y banquetes, en las calles se decía que los herejes pretendían apoderarse del rey o imponer su religión por la fuerza.

La boda destinada a simbolizar la paz había reunido en un mismo lugar a los principales enemigos del reino; los líderes hugonotes estaban lejos de sus fortalezas, alojados en residencias conocidas y rodeados por una población que sabía perfectamente quiénes eran.

Entre ellos, ninguno despertaba tanto temor como Gaspard de Coligny, pues el almirante era un veterano de las guerras religiosas y había conseguido acercarse al rey Carlos IX, a quien intentaba convencer de intervenir militarmente en los Países Bajos contra la monarquía española.

Coligny creía que una guerra exterior podía unir a católicos y protestantes franceses frente a un enemigo común; sin embargo, sus adversarios pensaban que el almirante estaba manipulando al joven rey y que pretendía arrastrar a Francia a un conflicto desastroso contra Felipe II de España.

El disparo contra Coligny

La mañana del 22 de agosto de 1572, dos días antes de la festividad de San Bartolomé, Coligny regresaba a su alojamiento después de una reunión en el Louvre; al pasar por una calle estrecha, un hombre disparó contra él desde una ventana.

La bala le destrozó un dedo y le hirió gravemente un brazo, pero no consiguió matarlo, el atacante escapó, y las sospechas recayeron inmediatamente sobre la familia Guisa, enemiga personal del almirante desde el asesinato del duque Francisco de Guisa, ocurrido años antes.

Carlos IX visitó al herido y prometió encontrar a los responsables, pero los nobles protestantes, indignados, exigieron una investigación y comenzaron a reunirse alrededor de Coligny. Algunos insinuaron que, si la Corona no castigaba a los culpables, los hugonotes tomarían la justicia en sus propias manos.

En una corte dominada por el miedo y las conspiraciones, aquellas amenazas fueron interpretadas como el anuncio de una rebelión. Catalina de Médici y otros miembros del Consejo temían que los protestantes intentaran controlar al rey, vengar el atentado o asesinar a los principales dirigentes católicos.

Durante la noche del 23 al 24 de agosto, Carlos IX se reunió con sus consejeros; lo que ocurrió exactamente en aquellas deliberaciones continúa siendo discutido por los historiadores, pero la decisión fundamental parece clara: Coligny y un grupo de dirigentes hugonotes debían ser eliminados antes de que pudieran organizar una respuesta armada.

El asesinato del almirante

En la madrugada del 24 de agosto, soldados y hombres relacionados con la casa de Guisa rodearon la residencia donde Coligny se recuperaba; los guardias fueron atacados y los asesinos subieron hasta la habitación del almirante.

Coligny comprendió que no tenía escapatoria; según algunos testimonios, pidió a sus acompañantes que huyeran y permaneció esperando a sus verdugos. Los hombres irrumpieron en la habitación, lo atravesaron con sus armas y arrojaron su cuerpo por una ventana.

Abajo, el cadáver fue reconocido por los dirigentes de la casa de Guisa; después fue mutilado, arrastrado por las calles y finalmente exhibido en el patíbulo de Montfaucon, como si hubiera sido un criminal condenado por la justicia.

La muerte de Coligny se convirtió en una de las imágenes más conocidas de la masacre. Años después, el pintor protestante François Dubois representó su cuerpo arrojado desde la ventana mientras, alrededor, París era consumida por el asesinato y el saqueo.

Al mismo tiempo, otros nobles protestantes alojados cerca del Louvre fueron llamados, sacados de sus habitaciones o atacados antes de comprender que la paz había terminado. Algunos habían llegado a la capital para participar en la boda y confiaban en la protección del monarca; ahora eran asesinados por orden de aquellos que los habían recibido.

Lo que comenzó como la eliminación de un grupo de dirigentes pronto fue interpretado como una señal de que todos los hugonotes podían ser atacados.

Las campanas de la matanza

Las campanas comenzaron a sonar durante la madrugada; la tradición identifica a la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois, situada frente al Louvre, como uno de los lugares desde los que se dio la alarma, aunque distintas fuentes mencionan también otros campanarios de París.

Para los milicianos católicos y los sectores más radicales de la ciudad, el mensaje era inequívoco: el rey había comenzado una purga contra los protestantes; los hombres armados comenzaron a recorrer los barrios portando cruces blancas en sus sombreros o bandas que les permitían reconocerse entre ellos.

Las puertas de las casas hugonotes fueron derribadas. Sus habitantes fueron sacados a las calles y asesinados con espadas, dagas, arcabuces, palos y herramientas. Muchos cadáveres fueron despojados de sus ropas, mientras sus viviendas eran saqueadas y sus propiedades quedaban en manos de los atacantes.

La violencia no distinguió cuidadosamente entre nobles, comerciantes, artesanos o sirvientes; bastaba con ser identificado como protestante, haber asistido a un culto reformado, faltar a misa o ser señalado por un enemigo personal.

La monarquía no contaba con un registro completo de todos los hugonotes que vivían en París. Para localizarlos fue necesaria la participación de sus vecinos, quienes indicaron en qué casas vivían, qué familias practicaban la fe reformada y quién había combatido en el bando protestante durante las guerras anteriores.

San Bartolomé fue, en buena medida, una matanza de proximidad, pues no fueron extranjeros quienes señalaron las puertas, sino personas que compartían las mismas calles, mercados y oficios con las víctimas. Comerciantes denunciaron a comerciantes, artesanos reconocieron a otros artesanos y antiguos conocidos condujeron a los asesinos hasta los escondites.

El odio y la oportunidad

El fanatismo religioso fue una fuerza central, pero no fue el único motivo. La matanza permitió resolver antiguas enemistades, eliminar competidores, cancelar deudas y apropiarse de viviendas, talleres y mercancías.

Bajo la acusación de herejía se ocultaron venganzas personales y ambiciones económicas. Algunos atacantes no necesitaban odiar profundamente la doctrina de Calvino; bastaba con que desearan la propiedad, el negocio o el puesto de la persona que iba a ser asesinada.

Los cadáveres fueron abandonados en calles y patios, lanzados desde ventanas o arrojados al Sena. El río se convirtió en un medio para deshacerse de los muertos y en uno de los grandes símbolos de la masacre.

Durante los días siguientes, algunos parisinos acudieron a contemplar los cuerpos que el agua había depositado en las orillas; otros continuaron con sus actividades cotidianas, registrando contratos, comprando mercancías y atendiendo sus negocios mientras la persecución seguía desarrollándose en otros barrios.

Esa convivencia entre la rutina y el exterminio es uno de los aspectos más perturbadores de San Bartolomé, pues la ciudad no dejó de funcionar por completo; una parte de la población mataba o saqueaba, otra buscaba refugio y muchos continuaban viviendo como si la sangre en las calles fuera únicamente un inconveniente pasajero.

No todos los católicos participaron en los asesinatos. Hubo quienes escondieron a vecinos protestantes, facilitaron su huida o afirmaron falsamente que eran católicos; otros cerraron sus puertas y se negaron a colaborar, mientras algunos permanecieron como espectadores indiferentes.

El rey intenta recuperar el control

Cuando Carlos IX comprendió que la violencia había superado la ejecución de los dirigentes hugonotes, intentó ordenar que los asesinatos terminaran, pero sus instrucciones fueron ignoradas, aplicadas de manera desigual o llegaron demasiado tarde.

El 26 de agosto, el rey compareció ante el Parlamento de París y asumió públicamente la responsabilidad por la eliminación de Coligny y otros líderes protestantes; afirmó que había actuado para impedir una conspiración contra su persona, la familia real y el Estado.

Con aquella declaración, Carlos IX proporcionó una justificación oficial a lo sucedido. No reconocía haber ordenado una matanza general, pero admitía que la sangre había comenzado a derramarse por decisión de su Consejo.

La Corona intentó presentar los acontecimientos como una operación preventiva contra un complot hugonote, para los supervivientes, en cambio, resultaba evidente que habían sido invitados a París con una promesa de reconciliación y atacados cuando estaban lejos de sus ejércitos y fortalezas.

Enrique de Navarra, cuya boda había llevado a tantos protestantes hasta la capital, sobrevivió gracias a su rango; fue obligado a declararse católico y permaneció durante años bajo vigilancia en la corte.

Más tarde consiguió escapar, regresó al protestantismo y continuó participando en las guerras religiosas; con el paso del tiempo se convertiría en Enrique IV de Francia, aceptaría definitivamente el catolicismo y promulgaría en 1598 el Edicto de Nantes, mediante el cual se reconocieron determinados derechos religiosos y políticos a los hugonotes.

La matanza se extiende por Francia

La violencia de París duró varios días, pero San Bartolomé no terminó cuando las calles de la capital comenzaron a quedar en silencio. Las noticias, cartas y rumores llegaron a otras regiones, donde autoridades, milicias y multitudes interpretaron los acontecimientos como una autorización para atacar a sus propias comunidades protestantes.

Hubo asesinatos en ciudades como Meaux, Orléans, Lyon, Rouen, Burdeos y Toulouse; en algunos lugares, los gobernadores y magistrados se negaron a participar y protegieron a los hugonotes; en otros, las autoridades los encerraron en prisiones con el supuesto propósito de resguardarlos y posteriormente permitieron que las turbas entraran a matarlos.

La propagación de la violencia demuestra que no existió una respuesta uniforme; algunas autoridades locales consideraron que el rey había ordenado exterminar a los protestantes; otras comprendieron que ninguna disposición real las obligaba a asesinar a sus propios habitantes.

¿Cuántas personas murieron?

El número exacto de víctimas nunca podrá establecerse, pues los registros son incompletos y las cifras fueron utilizadas durante siglos como armas de propaganda tanto por católicos como por protestantes.

Las estimaciones sobre París suelen hablar de entre dos mil y tres mil muertos, aunque algunos cálculos elevan la cifra; para el conjunto de Francia, distintos historiadores proponen varios miles de víctimas, con estimaciones que frecuentemente se sitúan entre cinco mil y diez mil asesinados.

Las cifras más elevadas, difundidas en relatos confesionales posteriores, hablan de decenas de miles de muertos, pero no pueden demostrarse con la documentación disponible. Lo más prudente es afirmar que varios miles de personas fueron asesinadas en París y en las provincias durante las semanas posteriores al 24 de agosto de 1572.

La dimensión de San Bartolomé tampoco debe medirse únicamente por los cadáveres, miles de hugonotes huyeron del reino, ocultaron su fe o se convirtieron al catolicismo bajo amenaza. Además, familias enteras perdieron propiedades, redes comerciales y posiciones políticas.

El movimiento protestante francés sobrevivió, pero la matanza destruyó cualquier confianza en las promesas de protección de la monarquía; la idea de que el rey debía ser obedecido incondicionalmente también comenzó a ser cuestionada por pensadores hugonotes, quienes desarrollaron argumentos sobre el derecho a resistir a un soberano que persiguiera y asesinara a sus súbditos.

Catalina de Médici y la construcción de una villana

Durante siglos, Catalina de Médici fue representada como la gran arquitecta de la masacre: una reina madre extranjera, fría y calculadora, que habría organizado el matrimonio con el propósito secreto de atraer a los hugonotes hasta París y exterminarlos.

Esta interpretación convirtió un crimen colectivo en la obra de una sola mujer y alimentó leyendas sobre venenos, astrología, magia y conspiraciones palaciegas. Catalina fue presentada como una figura casi demoníaca, responsable de manipular a su hijo y ordenar la muerte de miles de personas.

Su responsabilidad política es indudable, pues articipó en las deliberaciones que condujeron a la eliminación de Coligny y de los principales dirigentes protestantes. También formaba parte del núcleo de poder que convenció o acompañó a Carlos IX en la decisión de recurrir al asesinato.

Sin embargo, no existen pruebas concluyentes de que la boda hubiera sido planeada desde el principio como una trampa ni de que la Corona hubiera preparado con anticipación una matanza general de todos los hugonotes.

San Bartolomé tuvo múltiples niveles de responsabilidad, como el Consejo real que autorizó el crimen inicial; la casa de Guisa dirigió la venganza contra Coligny; las milicias parisinas interpretaron la acción como una licencia para matar; los vecinos identificaron a las víctimas y las autoridades provinciales decidieron posteriormente si detenían, toleraban o encabezaban nuevos asesinatos.

Reducirlo todo a la figura de Catalina de Médici permite olvidar a los miles de hombres que participaron activamente en la persecución y se beneficiaron de ella.

Una celebración en Roma

La noticia fue recibida con satisfacción en Roma, donde inicialmente se aceptó la versión oficial de que Carlos IX había sobrevivido a una conspiración protestante. El papa Gregorio XIII ordenó celebraciones religiosas, mandó acuñar una medalla conmemorativa y encargó frescos relacionados con la muerte de Coligny y la supuesta salvación del monarca francés.

La medalla llevaba una inscripción en latín que hacía referencia a la matanza de los hugonotes; en el Vaticano, Giorgio Vasari y su taller representaron los acontecimientos como una victoria sobre una conspiración contra la Corona.

Aquellos gestos quedaron unidos para siempre a la memoria de San Bartolomé, pues aunque Roma recibió una versión de los hechos construida por la monarquía francesa, la celebración fue interpretada por los protestantes europeos como una aprobación religiosa del exterminio.

En Inglaterra, los Países Bajos, los territorios alemanes y las ciudades reformadas de Suiza, la masacre fue presentada como una prueba de que ningún tratado con las monarquías católicas podía considerarse seguro.

Grabados, sermones, panfletos y testimonios de supervivientes transformaron San Bartolomé en uno de los grandes símbolos de la persecución religiosa en Europa.

Fuentes de referencia

  • Benedict, Philip. “The Saint Bartholomew’s Massacres in the Provinces”. The Historical Journal, vol. 21, núm. 2, Cambridge University Press, 1978.
  • Crouzet, Denis. La nuit de la Saint-Barthélemy: un rêve perdu de la Renaissance. Fayard, París, 1994.
  • Foa, Jérémie. Tous ceux qui tombent: visages du massacre de la Saint-Barthélemy. La Découverte, París, 2021.
  • Foa, Jérémie. “The Massacre of St. Bartholomew’s Day Was an Affair Between Neighbors”. Institute for Advanced Study, 2022.
  • Garrisson, Janine. La Saint-Barthélemy. Éditions Complexe, Bruselas, 1987.
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  • Jouanna, Arlette. The Saint Bartholomew’s Day Massacre: The Mysteries of a Crime of State. Manchester University Press, Manchester, 2013.
  • Musée protestant. “St. Bartholomew’s Day, 24th August 1572”. Musée protestant, Fondation Pasteur Eugène Bersier.
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