Hubo un tiempo en que una ciudad alemana vio arder a sus vecinos no por una rebelión, ni por una invasión extranjera, ni por una guerra abierta dentro de sus murallas, sino porque sus autoridades llegaron a creer que el demonio había contaminado a la comunidad entera. La cacería de brujas de Würzburg, ocurrida en el siglo XVII dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, pertenece a una de las etapas más feroces de la persecución europea contra la brujería. No fue un episodio medieval, como suele imaginarse, sino una tragedia de la Edad Moderna: un mundo de universidades, tribunales, códigos penales, sermones impresos y funcionarios convencidos de que podían arrancarle la verdad al cuerpo mediante el tormento.
Entre 1625 y 1630, durante el gobierno del príncipe-obispo Philipp Adolf von Ehrenberg, Würzburg fue escenario de una persecución que las fuentes académicas sitúan entre las más severas de toda Europa. El sitio complementario del historiador Brian P. Levack, una de las referencias centrales para el estudio de las cacerías de brujas europeas, registra alrededor de 900 ejecuciones en el principado durante ese periodo, con víctimas de distintas edades y rangos sociales. En la ciudad de Würzburg, los procesos de 1627 a 1629 incluyeron no solo mujeres pobres o marginales, sino también clérigos, miembros de familias notables, niños y adolescentes.
Cuando la sospecha se volvió ley
La persecución no nació de la nada. Europa central atravesaba una época de miedo religioso, guerra, inflación, malas cosechas y tensiones sociales. La Guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618, había convertido buena parte del Sacro Imperio en territorio de violencia confesional y militar. En regiones como Franconia, donde se encontraba Würzburg, los desastres climáticos, el encarecimiento del grano, la pobreza y la enfermedad encontraron una explicación conveniente en la figura de la bruja. Lo inexplicable dejó de verse como desgracia y empezó a leerse como conspiración.
Pero el miedo popular, por sí solo, no habría bastado para producir una matanza de esa escala. Hacía falta una autoridad dispuesta a actuar, jueces capaces de convertir rumores en expedientes y un marco legal que permitiera tratar la brujería como crimen excepcional. En los territorios germánicos, la construcción jurídica de la brujería como pacto con el demonio ya había madurado durante los siglos anteriores. Para el siglo XVII, la persecución podía apoyarse en tratados demonológicos, códigos criminales y procedimientos judiciales que transformaban la sospecha en causa penal.
Ésa fue la primera oscuridad de Würzburg: la hoguera no apareció como una turba fuera de control, sino como una consecuencia de instituciones funcionando. Había acusaciones, interrogatorios, escribanos, jueces, cárceles, confesores y verdugos. El crimen imaginario era sobrenatural, pero el mecanismo que lo castigaba era perfectamente humano.
El príncipe-obispo y la maquinaria del fuego
Würzburg no era una ciudad cualquiera. Era un principado eclesiástico, gobernado por un príncipe-obispo que concentraba autoridad religiosa y política. En ese tipo de territorios del Sacro Imperio, la persecución de brujas alcanzó algunas de sus formas más extremas. El Historisches Lexikon Bayerns señala que las peores persecuciones conocidas en Europa ocurrieron en ciertos principados eclesiásticos durante la primera mitad del siglo XVII, y ubica a los obispados francos de Bamberg y Würzburg entre los escenarios más intensos de esos años.
Philipp Adolf von Ehrenberg no actuó en el vacío. Lo rodeaban consejeros, funcionarios, juristas, comisarios y predicadores que compartían, alimentaban o administraban la persecución. La idea popular de que “la Iglesia” actuó sola simplifica demasiado el fenómeno; las fuentes muestran una alianza más compleja entre autoridad religiosa, poder territorial, derecho penal, administración local y presión comunitaria. La cacería necesitó creencia, pero también organización. Necesitó miedo, pero también sellos, firmas y procedimientos.
La palabra “purificación” permite entender el mecanismo moral de la tragedia. Quienes perseguían no se presentaban a sí mismos como asesinos, sino como defensores de la comunidad cristiana. Creían, o decían creer, que estaban extirpando una infección espiritual. Esa certeza resultó más peligrosa que el odio común, porque permitió convertir la violencia en deber. Matar ya no parecía matar: parecía salvar.
Confesar para morir
El corazón de la maquinaria fue la tortura. En los procesos por brujería, el tormento no se entendía como castigo, sino como medio legítimo para descubrir la verdad. La lógica era perversa: si el acusado confesaba, confirmaba la sospecha; si resistía, podía interpretarse como señal de ayuda demoníaca; si nombraba cómplices bajo dolor, la persecución se multiplicaba. Así, cada confesión arrancada abría nuevas puertas, y cada nombre pronunciado podía convertirse en otra celda, otro interrogatorio y otra hoguera.
En Würzburg, como en otras grandes persecuciones del periodo, el sistema se volvió expansivo. El acusado no solo debía confesar su propia culpa, sino revelar la red oculta del demonio. La justicia buscaba una conspiración invisible, y por eso nunca encontraba un límite natural. Si había una bruja, debía haber más. Si había una reunión nocturna, debía existir una comunidad secreta. Si el demonio actuaba en la ciudad, entonces cualquier vecino podía ser parte de su ejército.
La confesión, en ese contexto, dejó de ser prueba y se convirtió en producto. El dolor fabricaba relatos esperados: pactos satánicos, vuelos nocturnos, aquelarres, profanaciones, daños a cosechas, enfermedades provocadas y renuncias a Dios. El acusado terminaba hablando el idioma que sus jueces ya querían escuchar. No era la verdad la que salía del cuerpo, sino la forma exacta del miedo de la época.
La ciudad donde nadie estaba a salvo
Lo más inquietante de Würzburg es que la persecución cruzó fronteras sociales que, en otros delitos, habrían protegido a muchos. Al principio, como ocurrió en numerosas cacerías de brujas, las sospechas podían caer sobre personas vulnerables, mujeres pobres, marginados o vecinos incómodos. Pero en la gran persecución de Würzburg el círculo se abrió hasta alcanzar a clérigos, estudiantes, funcionarios, personas de prestigio, niños y nobles. Levack registra que entre las víctimas de la ciudad hubo la esposa de un alcalde, la esposa de un antiguo canciller, un consejero, 43 clérigos y 17 niños o adolescentes.
Una carta escrita en agosto de 1629 por el canciller del príncipe-obispo a un amigo permite asomarse al clima de terror. El documento describe una ciudad donde personas “de todo rango y sexo”, incluidos clérigos, podían ser arrestadas en cualquier momento. También menciona estudiantes, funcionarios y niños entre los acusados o condenados. La carta no debe leerse como un censo completo, sino como una ventana contemporánea a la sensación de que la persecución se había desbordado hasta envolver a toda la comunidad.
Ésa es la dimensión más siniestra de Würzburg: cuando el sistema alcanzó cierto punto, la inocencia dejó de ofrecer protección. La edad no bastaba. La reputación no bastaba. El cargo no bastaba. El hábito clerical no bastaba. En una ciudad convencida de que el demonio podía esconderse detrás de cualquier rostro, toda vida quedó expuesta a la sospecha.
Los niños del fuego
La presencia de niños y adolescentes entre los acusados y ejecutados convierte esta persecución en una de las más perturbadoras de la historia europea. No se trató solo de menores usados como testigos contra adultos, aunque eso también ocurrió en distintas cacerías. En Würzburg, algunos niños fueron directamente absorbidos por la lógica penal de la brujería. La maquinaria no se detuvo ante ellos porque su visión del mal no reconocía inocencia absoluta: si el demonio podía corromperlo todo, también podía corromper la infancia.
La carta de 1629 es especialmente brutal en ese punto, pues habla de niños pequeños acusados y de menores ejecutados. El lenguaje de la época mezclaba horror religioso, credulidad judicial y una imaginación demonológica capaz de atribuir a criaturas actos imposibles. Lo que para un lector moderno revela delirio, para aquellos tribunales podía funcionar como confirmación del peligro.
Würzburg muestra aquí una inversión moral completa. Los adultos que debían proteger a los niños los entregaron a una teología del miedo. La comunidad que debía reconocer su indefensión los convirtió en enemigos espirituales. La justicia que debía distinguir entre responsabilidad y fantasía se arrodilló ante una doctrina que veía pactos satánicos donde había infancia, fragilidad y dolor.
La hoguera como espectáculo de obediencia
La ejecución pública no solo eliminaba al acusado. Enseñaba. La hoguera comunicaba a la ciudad que el poder estaba despierto, que el demonio estaba siendo combatido y que la autoridad religiosa y política conservaba el control de la comunidad. En los procesos por brujería, incluso cuando el condenado era decapitado o estrangulado antes de ser quemado, el cuerpo podía terminar en el fuego porque la combustión seguía teniendo una carga simbólica: borrar, purificar, impedir que quedara algo impuro.
La repetición de ejecuciones produjo una pedagogía del terror. Cada hoguera confirmaba la necesidad de la siguiente. Cada condenado hacía más creíble la existencia de una conspiración mayor. Cada confesión obtenida bajo tortura parecía justificar nuevas detenciones. El proceso se alimentaba de sí mismo, como si la ciudad hubiese construido una rueda que solo podía seguir girando mientras encontrara cuerpos para arrojar al fuego.
En ese sentido, la cacería de Würzburg no fue únicamente una suma de muertes. Fue una transformación de la vida urbana. La sospecha entró en las casas, en los templos, en las aulas, en las oficinas y en los vínculos familiares. El vecino podía convertirse en delator. El hijo podía ser usado contra el padre. El acusado podía salvar unas horas de dolor nombrando a otro. La comunidad se volvió una red de miedo.
La voz que dudó del tormento
En medio de esa época apareció una de las críticas más importantes contra los procesos de brujería: la de Friedrich Spee, jesuita alemán que publicó en 1631 la Cautio Criminalis. Spee no fue un escéptico moderno en el sentido pleno; no negó necesariamente toda creencia en brujas. Lo decisivo fue otra cosa: atacó la lógica judicial que producía confesiones mediante tortura y advirtió el peligro de condenar inocentes dentro de procesos construidos para confirmar de antemano la culpabilidad. El Historisches Lexikon Bayerns lo identifica como el opositor más notable de las cacerías de brujas dentro de la Compañía de Jesús.
Su importancia está precisamente ahí. Spee entendió desde dentro de su mundo que el sistema era capaz de fabricar culpables. Comprendió que una justicia que tortura para encontrar la verdad puede terminar creando la mentira que necesita. En una época en que muchos veían la hoguera como defensa espiritual, él señaló el punto que quebraba todo el edificio: ninguna fe verdadera podía necesitar procedimientos tan corruptos para sostenerse.
El final de la gran persecución
Las grandes cacerías de Würzburg y Bamberg empezaron a disminuir alrededor de 1630. No fue porque la mentalidad europea cambiara de golpe ni porque todos los jueces despertaran de pronto de su error. Influyeron la expansión de la Guerra de los Treinta Años hacia el sur de Alemania, el peligro creciente de que las acusaciones alcanzaran a las élites y la intervención imperial o de tribunales superiores que exigieron volver a procedimientos legales ordinarios.
La hoguera se apagó lentamente, no porque el miedo hubiese desaparecido, sino porque la maquinaria empezó a volverse políticamente peligrosa. Cuando una persecución ya no distingue entre pobres y poderosos, cuando amenaza a clérigos, funcionarios y familias influyentes, deja de ser solo instrumento de control y se convierte en riesgo para el propio orden que decía defender.
La creencia en la brujería persistió mucho tiempo después, y los procesos no terminaron de manera uniforme en todos los territorios. Pero Würzburg quedó como uno de los grandes símbolos del exceso: una ciudad donde la justicia aceptó la fantasía demonológica como realidad penal y donde la verdad fue subordinada al tormento.
La herida
La cacería de brujas de Würzburg importa para una sección como Historia del mal porque muestra una forma de barbarie especialmente inquietante: la que nace cuando una comunidad entrega su miedo a instituciones capaces de convertirlo en sentencia. Aquí el horror no apareció como crimen clandestino, sino como acto público. No necesitó monstruos ocultos en el bosque, sino jueces, príncipes, teólogos, verdugos y vecinos dispuestos a creer que la salvación de todos exigía la muerte de algunos.
Su oscuridad no está solo en las hogueras, sino en la convicción que las encendió. Würzburg demuestra que el mal puede vestirse de pureza, hablar en nombre de Dios, invocar la justicia y presentarse como defensa de la comunidad. Cuando una sociedad decide que el enemigo puede estar en cualquier parte, incluso dentro de un niño, ya no necesita pruebas: le basta con sospechas. Y cuando la sospecha se vuelve ley, la inocencia deja de existir antes de que el fuego toque el cuerpo.
Fuentes de referencia
Historisches Lexikon Bayerns — “Persecution of witches”.
Sirve para fijar el contexto general de las persecuciones de brujas en los territorios germánicos y bávaros: el desarrollo legal del delito de brujería, el papel de la tortura, los procedimientos inquisitoriales, la importancia de los principados eclesiásticos y la intensidad particular de Würzburg y Bamberg durante la primera mitad del siglo XVII. También ayuda a explicar que estas persecuciones pertenecen a la Edad Moderna y no a la Edad Media.
Brian P. Levack / Routledge — The Witch-Hunt in Early Modern Europe, sitio complementario.
Aporta datos de síntesis sobre la escala de la persecución en Würzburg: alrededor de 900 ejecuciones en el principado durante el gobierno de Philipp Adolf von Ehrenberg, así como la composición social de las víctimas en la ciudad, donde aparecen clérigos, personas de rango elevado, niños y adolescentes. Es una fuente útil porque Levack es una referencia central en los estudios modernos sobre las cacerías de brujas europeas.
Hanover Historical Texts Project — “The Witch Hunts at Wurzburg”.
Recoge una carta contemporánea de agosto de 1629 atribuida al canciller del príncipe-obispo de Würzburg. Sirve como testimonio de época sobre el ambiente de persecución, la amplitud de las acusaciones y la sensación de que personas de todos los rangos podían ser alcanzadas por los procesos. No se usa aquí como estadística cerrada, sino como ventana documental al clima de terror.
Friedrich Spee — Cautio Criminalis .
Se utiliza por su valor como crítica interna a los procesos de brujería. Spee, jesuita alemán, publicó esta obra en 1631 y cuestionó de manera decisiva el uso de la tortura y la fragilidad de las confesiones obtenidas bajo tormento. Su importancia está en mostrar que, incluso dentro del mundo religioso del siglo XVII, hubo voces capaces de advertir la corrupción moral y judicial de las cacerías.