Testimonio real — Criatura desconocida
Ubicación: Santa Ana Maya, Michoacán, México.
Fecha: No especificada
Relator: Usuario de Facebook Ventura Vega
Cuando tenía 17 años fui a la Casa de la Cultura ubicada en la cabecera municipal, a unos cuatro kilómetros de mi pueblo. Ese día decidí ir en bicicleta, principalmente para probarla, porque yo mismo acababa de arreglarla.
Cuando emprendí el regreso ya había oscurecido. Debían ser cerca de las 8:00 u 8:30 de la noche. Era octubre y la luna llena iluminaba bastante bien la carretera, así que el camino no estaba completamente oscuro. Todo iba tranquilo, salvo por un detalle: la cadena de mi bicicleta se trababa de vez en cuando y tenía que detenerme para destrabarla con un desarmador.
Así iba avanzando, hasta que llegué a los límites de mi pueblo, una zona perfectamente marcada por un puente. Justo ahí la cadena volvió a trabarse. Me bajé de la bicicleta, con la guitarra en la espalda, el desarmador en la mano y un celular de esos antiguos que apenas tenían una pequeña linterna.
Mientras intentaba arreglar la cadena, escuché un ruido al otro lado de la carretera. Sonaba como si algo estuviera rompiendo los matorrales. Al principio no le di mucha importancia. Pensé que podían ser perros o algún animal moviéndose entre la maleza. Pero el ruido se repitió.
Entonces decidí voltear.
Lo primero que vi fue una figura en cuclillas. A simple vista parecía una persona sin ropa. Mi primera reacción fue pensar que tal vez alguien se había detenido ahí para hacer sus necesidades a un costado del camino. Pero casi de inmediato me di cuenta de que algo no estaba bien.
El color de su piel no era normal. Tenía una tonalidad grisácea. Su cuerpo era demasiado delgado, al punto de que la estructura ósea se marcaba de una forma inquietante. No entendía por qué alguien estaría completamente desnudo, a esa hora, junto a la carretera.
Decidí iluminarlo mejor con la linterna de mi celular.
Gracias a la luz de la luna ya podía distinguir parte de su silueta, pero cuando apunté el flash hacia donde estaba, aquella cosa se puso de pie. Fue en ese momento cuando comprendí que no podía tratarse de un ser humano.
Su complexión era extremadamente delgada. La columna vertebral se le marcaba con claridad, formando pequeños bultos en la espalda, como si fueran espinas o protuberancias. Sus brazos eran largos, delgados y cadavéricos; le llegaban por debajo de las rodillas.
Pero lo más impresionante eran sus piernas.
No tenían una forma humana. Se parecían más a las patas traseras de un perro: dobladas hacia atrás, hacia abajo y luego nuevamente hacia delante. La criatura no mediría más de 1.60 metros, pero su cuerpo estaba construido de una manera imposible de confundir con el de una persona común.
Me quedé paralizado. No podía moverme.
Después de unos segundos, aquella criatura se alejó dando saltos. Cada salto parecía cubrir más de cuatro metros de distancia. No corría como un animal ni como una persona: simplemente se impulsaba y desaparecía entre la oscuridad.
Yo seguía ahí, sosteniendo mi bicicleta, sin poder reaccionar. Hasta el día de hoy no recuerdo en qué momento volví a subirme ni cómo empecé a pedalear. Solo sé que me fui de ahí lo más rápido que pude.
Cuando llegué a mi casa, mi mamá estaba vendiendo cena afuera. Me vio alterado y me preguntó qué me había pasado. Le conté lo que había visto.
Ella no se burló. Solo se sorprendió un poco y me dijo que mi papá siempre contaba que en ese puente se veían “cosas”.
Jamás pude ver a esa criatura de frente.
Pero sé lo que vi.