Testimonio

Las manos de Manuel Acuña

Testimonio real — Aparición en el antiguo Palacio de la Escuela de Medicina
Ubicación: Palacio de la Escuela de Medicina, Centro Histórico de la Ciudad de México
Fecha: No especificada
Relatora: Abigail Benítez

Aquel día me pidieron una tarea simple: entrar al auditorio y recoger un bonche de papeles que habían quedado en la cabina del fondo. Soy voluntaria del museo y no tenía ningún motivo para pensar que ese recorrido terminaría conmigo llorando, en crisis, en las escaleras principales del edificio.

El lugar estaba oscuro, aunque no era una oscuridad absoluta, pero sí lo suficiente para que el auditorio pareciera más grande, más profundo y más vacío de lo normal.

Caminé alumbrándome con la linterna del celular, cuidando los pasos entre las butacas, hasta llegar a la cabina, omé los papeles y empecé a regresar por el mismo camino, sin pensar demasiado en nada. Sólo quería salir de ahí y volver a mis labores.

A unos metros de la cabina sentí unas manos sobre los hombros; no fue una sensación vaga, ni un roce, ni esa impresión extraña que a veces uno atribuye al cansancio o al miedo, me sujetaron con fuerza y me aventaron hacia enfrente.

Los papeles se me cayeron de golpe, el celular salió disparado y por un instante me quedé tratando de entender qué había pasado, en medio de la oscuridad y con la luz tirada en el suelo.

Aquello que me había empujado me tomó de los tobillos y me arrastró hacia atrás, en dirección a la cabina, bo fue mucho, quizá un metro y medio, pero bastó para que el cuerpo entero se me helara.

Sentí el jalón, la fuerza contra el piso, la certeza brutal de que algo me estaba llevando de regreso al fondo del auditorio.

Me levanté como pude y corrí, no pensé en los papeles, ni en el celular, ni en nada más que en salir de ahí. Corrí hasta donde las piernas me dieron y terminé llorando, en crisis, en las escaleras principales del museo.

Cuando fueron a buscarme pude contar lo que había sucedido y alguien trató de tranquilizarme con una explicación que, lejos de calmarme, me dejó todavía más inquieta.

—Tranquila, fue Manuel.

Yo no entendí.

—¿Qué Manuel?

—Manuel Acuña.

Me explicaron que se referían al poeta y estudiante que, cuando el edificio todavía funcionaba como Escuela Nacional de Medicina, se quitó la vida dentro del lugar. Según la historia que se cuenta entre quienes conocen el edificio, su presencia suele manifestarse en ciertas zonas del museo, dicen que tiende a asustar a las mujeres, aunque, según me aseguraron, nunca había hecho algo así.

Hoy, en 2026, sigo siendo voluntaria en el museo, a veces todavía me asusta recorrer ciertos espacios, aunque Manuel nunca volvió a manifestarse con la misma violencia de aquella ocasión. No sé por qué esa vez fue distinto, ni por qué conmigo se presentó de esa manera.

Lo que sí sé es que no soy la única que ha sentido algo en esa zona, con frecuencia, algunas visitantes me cuentan que han escuchado susurros, que les han jalado el cabello o que han percibido presencias cerca del auditorio y de los espacios asociados a Manuel.

Y tampoco es el único relato del edificio, en el museo se habla de otras apariciones: inquisidores, figuras en las antiguas celdas, sombras que parecen pertenecer a otra época. Porque ese lugar no guarda una sola historia.

Antes de ser museo fue escuela, y antes de eso fue sede del Santo Oficio, es decir, de la Inquisición. Sus muros han visto estudiantes, médicos, prisioneros, religiosos, autoridades y condenados.

Quizá por eso el miedo no se concentra en un solo punto, se mueve por todo el edificio, como si cada corredor conservara algo de quienes pasaron por ahí y nunca terminaron de irse.

Nota editorial: Manuel Acuña Narro fue un poeta mexicano nacido en Saltillo, Coahuila, en 1849. También fue estudiante de medicina y murió el 6 de diciembre de 1873, a los 24 años, dentro del antiguo Palacio de la Escuela de Medicina, tras ingerir cianuro de potasio. Su muerte quedó ligada a su amor frustrado por Rosario de la Peña, a quien dedicó su célebre Nocturno a Rosario.