Cuento

Té verde

(1814-1873) · 66 min de lectura

PRÓLOGO

Martin Hesselius, el médico alemán

Aunque fui cuidadosamente educado en medicina y cirugía, nunca ejercí ninguna de las dos. El estudio de ambas, sin embargo, sigue interesándome profundamente. Ni la ociosidad ni el capricho causaron mi apartamiento de la honorable profesión que apenas comenzaba a ejercer. La causa fue un rasguño insignificante hecho por un bisturí de disección. Esa pequeñez me costó la pérdida de dos dedos, amputados de inmediato, y la pérdida, aún más dolorosa, de mi salud, pues nunca he vuelto a estar del todo bien, y rara vez he pasado doce meses seguidos en un mismo lugar.

En mis andanzas conocí al doctor Martin Hesselius, un viajero como yo, médico como yo, y como yo entusiasta de su profesión. A diferencia mía en esto: que sus viajes eran voluntarios, y él era un hombre que, si no de fortuna, al menos, en lo que nuestros antepasados llamaban, de “medios desahogados”. Era ya un anciano cuando lo vi por primera vez; casi treinta y cinco años mayor que yo.

En el doctor Martin Hesselius encontré a mi maestro. Su saber era inmenso; su comprensión de un caso, una intuición. Era exactamente el hombre que podía inspirar a un joven entusiasta como yo con asombro y deleite. Mi admiración ha resistido la prueba del tiempo y sobrevivido a la separación de la muerte. Estoy seguro de que estaba bien fundada.

Durante casi veinte años actué como su secretario médico. Su inmensa colección de papeles me la dejó a mi cuidado para que la ordenara, indexara y encuadernara. Su tratamiento de algunos de estos casos es curioso. Escribe con dos caracteres claramente distintos. Describe lo que vio y oyó como podría hacerlo un lego inteligente, y cuando en ese estilo narrativo ha seguido al paciente ya sea a través de la puerta principal hacia la luz del día, o a través de las puertas de la oscuridad hacia las cavernas de los muertos, vuelve entonces sobre la narración, y en los términos de su arte, y con toda la fuerza y originalidad del genio, procede al trabajo de análisis, diagnóstico e ilustración.

Aquí y allá, algún caso me parece de una clase capaz de divertir u horrorizar a un lector común con un interés muy distinto del peculiar que pueda poseer para un experto. Con ligeras modificaciones, principalmente de lenguaje, y desde luego con cambio de nombres, copio lo siguiente. El narrador es el doctor Martin Hesselius. Lo encuentro entre las voluminosas notas de casos que hizo durante una gira por Inglaterra, hará unos sesenta y cuatro años.

Está relatado en una serie de cartas a su amigo, el profesor Van Loo, de Leiden. El profesor no era médico, sino químico, y hombre que leía historia, metafísica y medicina, y que en su tiempo incluso había escrito una obra teatral.

La narración es, por tanto, aunque algo menos valiosa como documento médico, necesariamente escrita de una manera más apta para interesar a un lector no especializado.

Estas cartas, según una nota adjunta, parecen haber sido devueltas, tras la muerte del profesor en 1819, al doctor Hesselius. Están escritas unas en inglés, otras en francés, pero la mayor parte en alemán. Soy un traductor fiel, aunque consciente de no ser en modo alguno elegante, y aunque aquí y allá omito algunos pasajes, acorto otros y disfrazo nombres, no he interpolado nada.


CAPÍTULO I

El doctor Hesselius relata cómo conoció al reverendo señor Jennings

El reverendo señor Jennings es alto y delgado. Es de mediana edad y viste con una esmerada precisión eclesiástica, un tanto anticuada y de alta iglesia. Naturalmente tiene cierta solemnidad, pero no es en absoluto rígido. Sus facciones, sin ser hermosas, están bien formadas, y su expresión es extraordinariamente bondadosa, aunque también tímida.

Lo conocí una noche en casa de lady Mary Heyduke. La modestia y benevolencia de su semblante resultan muy atractivas.

Éramos un grupo pequeño, y él participó de manera bastante agradable en la conversación. Parece disfrutar mucho más escuchando que contribuyendo al diálogo; pero lo que dice siempre viene al caso y está bien dicho. Es gran favorito de lady Mary, quien, según parece, le consulta muchas cosas y lo considera la persona más feliz y bendita del mundo. Poco sabe ella de él.

El reverendo señor Jennings es soltero y tiene, dicen, sesenta mil libras en fondos públicos. Es un hombre caritativo. Está sumamente ansioso por emplearse activamente en su sagrada profesión y, sin embargo, aunque en otras partes se encuentra tolerablemente bien, cuando baja a su vicaría en Warwickshire para entregarse a los deberes reales de su ministerio, su salud se quebranta pronto, y de una manera muy extraña. Así lo dice lady Mary.

No hay duda de que la salud del señor Jennings se viene abajo, en general, de manera repentina y misteriosa, a veces incluso en el acto mismo de oficiar en su antigua y bonita iglesia de Kenlis. Tal vez sea el corazón, tal vez el cerebro. Pero ha ocurrido ya tres o cuatro veces, o más, que después de avanzar cierta parte del servicio, se detiene de improviso, y tras un silencio, aparentemente incapaz de continuar, cae en una oración solitaria e inaudible, con las manos y los ojos levantados, y luego, pálido como la muerte y agitado por una extraña vergüenza y horror, desciende temblando y se refugia en la sacristía, dejando a su congregación, sin explicación, abandonada a sí misma. Esto ocurrió cuando su cura auxiliar estaba ausente. Ahora, cuando baja a Kenlis, siempre procura llevar consigo a un clérigo que comparta su trabajo y lo sustituya al instante si vuelve a quedar incapacitado de ese modo.

Cuando el señor Jennings se derrumba por completo y emprende retirada de la vicaría, y vuelve a Londres, donde habita una casa muy angosta en una calle oscura cerca de Piccadilly, lady Mary dice que allí siempre está perfectamente bien. Yo tengo mi propia opinión al respecto. Hay grados, por supuesto. Ya veremos.

El señor Jennings es un caballero en todo el sentido de la palabra. No obstante, la gente comenta que hay algo extraño en él. Se tiene una impresión algo ambigua. Una cosa que ciertamente contribuye a ello, creo que la gente no la recuerda o quizá no la advierte con claridad. Pero yo sí la advertí, casi de inmediato. El señor Jennings tiene una manera de mirar de soslayo hacia la alfombra, como si su vista siguiera los movimientos de algo allí. Esto, naturalmente, no ocurre siempre. Sucede de vez en cuando. Pero con frecuencia suficiente para dar, como he dicho, cierta rareza a sus maneras; y en esa mirada que viaja por el suelo hay algo a la vez tímido y ansioso.

Un filósofo médico, como usted tiene la bondad de llamarme, que elabora teorías con ayuda de casos buscados por él mismo, y observados y escrutados con más tiempo del que un practicante ordinario puede permitirse, cae insensiblemente en hábitos de observación que lo acompañan a todas partes y se ejercen, como dirían algunos, impertinentemente, sobre todo asunto que se presenta con la más leve probabilidad de recompensar la indagación.

Había algo prometedor en aquel clérigo leve, tímido, bondadoso, pero reservado, a quien conocí por primera vez en aquella agradable velada. Observé, por supuesto, mucho más de lo que aquí consigno; pero reservo todo lo que roza lo técnico para un escrito estrictamente científico.

Puedo señalar que cuando hablo aquí de ciencia médica lo hago, como espero verla algún día entendida más ampliamente, en un sentido mucho más comprensivo de lo que justificaría su tratamiento material ordinario. Creo que todo el mundo natural no es sino la expresión última de ese mundo espiritual del que, y en el que únicamente, tiene su vida. Creo que el hombre esencial es un espíritu; que el espíritu es una sustancia organizada, pero tan distinta en punto de materia de lo que ordinariamente entendemos por materia como lo son la luz o la electricidad; que el cuerpo material es, en el sentido más literal, una vestidura, y que la muerte, en consecuencia, no es interrupción alguna de la existencia del hombre vivo, sino simplemente su liberación del cuerpo natural, proceso que comienza en el momento de lo que llamamos muerte, y cuya consumación, a más tardar pocos días después, es la resurrección “en poder”.

La persona que sopese las consecuencias de estas posiciones verá probablemente su alcance práctico para la ciencia médica. Este no es, sin embargo, el lugar adecuado para exponer las pruebas ni discutir las consecuencias de ese estado de cosas demasiado poco reconocido.

Siguiendo mi costumbre, observaba encubiertamente al señor Jennings con toda cautela —creo que él lo percibió—, y vi claramente que él me observaba a mí con igual cautela. Ocurrió que lady Mary se dirigió a mí por mi nombre, como doctor Hesselius, y advertí que él me miró entonces con mayor agudeza y quedó pensativo unos minutos.

Después de esto, mientras yo conversaba con un caballero al otro extremo del salón, vi que me observaba más fijamente y con un interés que me pareció entender. Luego lo vi aprovechar una oportunidad para hablar con lady Mary y fui, como siempre se es, perfectamente consciente de que yo era el tema de una pregunta y respuesta a distancia.

Aquel clérigo alto se me acercó al cabo de un rato, y no tardamos en entablar conversación. Cuando dos personas a las que les gusta leer y conocen libros y lugares, por haber viajado, desean conversar, sería raro que no encontraran temas. No fue el azar lo que lo trajo hacia mí ni lo que lo condujo al diálogo. Sabía alemán y había leído mis Ensayos sobre medicina metafísica, que sugieren más de lo que en realidad dicen.

Aquel hombre cortés, gentil, tímido, evidentemente hombre de pensamiento y lectura, que se movía y hablaba entre nosotros sin pertenecer del todo a nuestro mundo, y de quien yo sospechaba ya que llevaba una vida cuyas transacciones y terrores permanecían cuidadosamente ocultos, con reserva impenetrable, no sólo al mundo, sino a sus amigos más queridos, estaba sopesando cautelosamente en su propio ánimo la idea de dar cierto paso respecto de mí.

Yo penetré sus pensamientos sin que él lo advirtiera, y tuve cuidado de no decir nada que pudiera revelar a su delicada vigilancia mis sospechas sobre su condición ni mis conjeturas acerca de sus planes para conmigo.

Charlamos un rato de temas indiferentes, pero al fin dijo:

—Me interesaron mucho algunos de sus escritos, doctor Hesselius, sobre lo que usted llama medicina metafísica. Los leí en alemán hace diez o doce años. ¿Han sido traducidos?

—No, estoy seguro de que no. Lo habría sabido. Creo que me habrían pedido permiso.

—Pregunté hace unos meses a los editores de aquí si podían conseguirme el libro en alemán original; pero me dijeron que estaba agotado.

—Así es, y desde hace algunos años. Pero me halaga, como autor, descubrir que no ha olvidado mi pequeño libro, aunque —añadí, riendo— diez o doce años es bastante tiempo para habérselas arreglado sin él. Supongo, sin embargo, que ha vuelto a pensar sobre el asunto, o que algo ha sucedido últimamente para reavivar su interés.

Ante esta observación, acompañada de una mirada inquisitiva, una repentina turbación alteró al señor Jennings, semejante a la que hace sonrojar y parecer tonta a una joven. Bajó los ojos, entrelazó las manos inquietamente y por un momento adoptó una expresión extraña, casi diríase culpable.

Lo saqué de su incomodidad de la mejor manera, aparentando no advertirla, y seguí adelante:

—Esos retornos de interés a un asunto me ocurren a menudo; un libro sugiere otro, y a veces me lanza en una cacería de gansos salvajes a través de un intervalo de veinte años. Pero si aún desea poseer un ejemplar, me será muy grato proporcionárselo; todavía conservo dos o tres, y si me permite obsequiarle uno, me sentiré muy honrado.

—Es usted muy bondadoso —dijo, ya completamente tranquilo otra vez—. Casi había perdido la esperanza. No sé cómo agradecérselo.

—Por favor, no diga una palabra; la cosa en realidad vale tan poco que hasta me avergüenza haberla ofrecido, y si me da más las gracias la arrojaré al fuego en un arranque de modestia.

El señor Jennings se rió. Me preguntó dónde me hospedaba en Londres, y tras un poco más de conversación sobre varios asuntos, se despidió.


CAPÍTULO II

El doctor pregunta a lady Mary y ella responde

—Me agrada mucho su vicario, lady Mary —dije apenas se hubo marchado—. Ha leído, ha viajado y ha pensado, y habiendo también sufrido, debe de ser un compañero consumado.

—Lo es, y mejor aún, es un hombre verdaderamente bueno —dijo ella—. Su consejo es inestimable respecto a mis escuelas y a todas mis pequeñas empresas en Dawlbridge, y es tan esmerado, se toma tantas molestias… no tiene usted idea… allí donde cree que puede ser útil. Es tan bondadoso y tan sensato.

—Es agradable oír tan buena cuenta de sus virtudes vecinales. Yo sólo puedo atestiguar que es un compañero agradable y gentil, y además de lo que usted me ha dicho, creo que puedo decirle dos o tres cosas sobre él.

—¿De veras?

—Sí. Para empezar, es soltero.

—Sí, eso es correcto. Continúe.

—Ha estado escribiendo, es decir, escribía, pero desde hace dos o tres años quizá no ha continuado, y el libro trataba sobre algún asunto más bien abstracto, quizá teología.

—Bueno, sí estaba escribiendo un libro, como usted dice; no estoy del todo segura de sobre qué trataba, sólo sé que no era nada que me interesara; muy probablemente tiene usted razón, y ciertamente dejó de hacerlo, sí.

—Y aunque esta noche sólo tomó un poco de café, le gusta el té, o al menos le gustaba de forma extravagante.

—Sí, eso es completamente cierto.

—Bebía mucho té verde, ¿verdad? —proseguí.

—¡Pero qué raro! El té verde era un asunto por el que casi llegábamos a discutir.

—Pero ya lo ha dejado por completo —dije.

—Así es.

—Y ahora, un hecho más. ¿Conoció usted a su madre o a su padre?

—Sí, a ambos; su padre murió hace apenas diez años, y su casa queda cerca de Dawlbridge. Los conocíamos muy bien —respondió.

—Bien; pues uno de los dos, su madre o su padre, aunque yo me inclinaría por su padre, vio un fantasma.

—De verdad es usted un brujo, doctor Hesselius.

—Brujo o no, ¿no he acertado? —respondí alegremente.

—Desde luego que sí, y fue su padre. Era un hombre silencioso y caprichoso, y aburría a mi padre con sus sueños, hasta que finalmente le contó una historia sobre un fantasma que había visto y con el que había hablado; y era una historia muy rara. La recuerdo especialmente porque yo le tenía mucho miedo. Eso fue mucho antes de que muriera, cuando yo era apenas una niña, y sus modales eran tan silenciosos y melancólicos, y a veces se dejaba caer por casa al anochecer, cuando yo estaba sola en la sala, y yo me figuraba que había fantasmas a su alrededor.

Sonreí y asentí.

—Y ahora, ya que he establecido mi reputación de brujo, creo que debo despedirme —dije.

—Pero ¿cómo lo averiguó?

—Por los planetas, por supuesto, como hacen los gitanos —respondí; y así, alegremente, nos dimos las buenas noches.

A la mañana siguiente le envié el pequeño libro que había pedido, junto con una nota al señor Jennings, y al regresar tarde esa noche encontré que había pasado por mi alojamiento y dejado su tarjeta. Había preguntado si estaba en casa y a qué hora sería más probable encontrarme.

¿Piensa exponerme su caso y consultarme “profesionalmente”, como dicen? Espero que sí. Ya he concebido una teoría sobre él. Se ve respaldada por las respuestas de lady Mary a mis preguntas de despedida. Me gustaría mucho verificarla por labios del propio interesado. Pero ¿qué puedo hacer, sin faltar a la buena crianza, para invitar una confesión? Nada. Más bien creo que él la medita. En todo caso, mi querido Van L., no voy a volverme difícil de encontrar; mañana pienso devolverle la visita. Será lo más cortés en correspondencia con su amabilidad. Quizá salga algo de ello. Mucho, poco o nada, mi querido Van L., lo sabrá usted.


CAPÍTULO III

El doctor encuentra algo en libros latinos

Bien, he visitado la casa de Blank Street.

Al preguntar en la puerta, el criado me dijo que el señor Jennings estaba particularmente ocupado con un caballero, un clérigo de Kenlis, su parroquia en el campo. Pensando reservar mi derecho y volver en otra ocasión, me limité a decir que lo intentaría otro día y ya me había vuelto para marcharme cuando el criado me pidió disculpas y, mirándome con algo más de atención de la que las personas bien educadas de su clase suelen demostrar, me preguntó si yo era el doctor Hesselius; y al saber que sí lo era, dijo:

—Entonces quizá, señor, me permita avisárselo al señor Jennings, porque estoy seguro de que desea verlo.

El criado regresó al instante con un recado del señor Jennings pidiéndome que pasara a su estudio, que en realidad era su sala trasera, prometiendo que estaría conmigo en muy pocos minutos.

Aquello era realmente un estudio, casi una biblioteca. La habitación era alta, con dos ventanas delgadas y muy elevadas, y cortinas ricas y oscuras. Era mucho más grande de lo que esperaba, y estaba llena de libros por todas partes, del suelo al techo. La alfombra superior —pues bajo mis pasos me parecía que había dos o tres— era turca. Mis pies caían sin ruido. Las librerías, al sobresalir, dejaban las ventanas, particularmente estrechas, en profundos huecos. El efecto de la habitación, aunque extremadamente confortable e incluso lujoso, era decididamente sombrío, y unido al silencio, casi opresivo. Tal vez, sin embargo, debiera haber concedido algo a la asociación. Mi mente había vinculado ideas peculiares con el señor Jennings. Entré en aquella habitación completamente silenciosa, de una casa muy silenciosa, con un presentimiento singular; y su oscuridad y su solemne revestimiento de libros, pues salvo donde dos estrechos espejos estaban embutidos en la pared, los libros lo cubrían todo, ayudaban a esa impresión sombría.

Mientras aguardaba la llegada del señor Jennings, me entretuve mirando algunos de los libros que llenaban sus estantes. No entre ellos, sino justo debajo, con los lomos hacia arriba sobre el suelo, encontré un juego completo de la Arcana Caelestia de Swedenborg, en el latín original, una bellísima edición en folio, encuadernada con esa pulcra librea que la teología suele afectar, esto es, pergamino puro, letras doradas y cantos carmesí. Había papelitos marcando varios de aquellos volúmenes. Los levanté y coloqué uno tras otro sobre la mesa, y al abrir donde estaban puestos, leí, en la solemne fraseología latina, una serie de sentencias indicadas por una raya de lápiz al margen. De ellas copio aquí algunas, traduciéndolas al inglés.

“Cuando se abre la vista interior del hombre, que es la de su espíritu, entonces aparecen las cosas de la otra vida, que no pueden en absoluto hacerse visibles a la vista corporal…”

“Por la vista interior me ha sido concedido ver las cosas que están en la otra vida, con mayor claridad que veo aquellas que están en el mundo. De estas consideraciones se sigue que la visión exterior existe por la interior, y ésta por una visión aún más interior, y así sucesivamente…”

“Hay con cada hombre por lo menos dos espíritus malignos…”

“En los genios malignos hay también un habla fluida, aunque áspera y chirriante. Existe también entre ellos un modo de habla que no es fluido, en el cual se percibe el desacuerdo de los pensamientos como algo que se desliza secretamente por debajo…”

“Los espíritus malignos asociados al hombre están, en efecto, en los infiernos; pero cuando están con el hombre no están entonces en el infierno, sino que son sacados de allí. El lugar donde entonces se hallan está en medio entre el cielo y el infierno, y se llama el mundo de los espíritus; cuando los espíritus malignos que están con el hombre se hallan en ese mundo, no sufren ningún tormento infernal, sino que participan de todo pensamiento y afección del hombre, y así de todo cuanto el propio hombre disfruta. Pero cuando son remitidos a su infierno, vuelven a su estado anterior…”

“Si los espíritus malignos pudieran percibir que están asociados a un hombre, y además que son espíritus separados de él, y si pudieran influir en las cosas de su cuerpo, intentarían por mil medios destruirlo; pues odian al hombre con odio mortal…”

“Sabiendo, pues, que yo era un hombre en el cuerpo, se esforzaban continuamente por destruirme, no sólo en cuanto al cuerpo, sino especialmente en cuanto al alma; porque destruir a cualquier hombre o espíritu es el deleite mismo de la vida de todos los que están en el infierno; pero el Señor me ha protegido continuamente. De aquí se ve cuán peligroso es para el hombre hallarse en un consorcio vivo con espíritus, a no ser que esté en el bien de la fe…”

“Nada se guarda con mayor cuidado del conocimiento de los espíritus asociados que el hecho de que estén así unidos a un hombre, porque si lo supieran le hablarían con intención de destruirlo…”

“El deleite del infierno es hacer mal al hombre y apresurar su ruina eterna.”

Una larga nota, escrita con lápiz muy fino y agudo, de la pulcra mano del señor Jennings, al pie de la página, atrajo mi atención. Esperando encontrar su crítica al texto, leí una o dos palabras y me detuve, pues era algo muy distinto, y comenzaba así: Deus misereatur mei —“Que Dios tenga compasión de mí”. Advertido así del carácter privado de la nota, aparté la vista y cerré el libro, devolviendo todos los volúmenes a su sitio tal como los había hallado, excepto uno que me interesó, y en el que, como hacen los hombres estudiosos y solitarios, me absorbí de tal modo que no tuve ya conciencia del mundo exterior ni recordé siquiera dónde me encontraba.

Leía unas páginas que se referían a “representantes” y “correspondientes”, en el lenguaje técnico de Swedenborg, y había llegado a un pasaje cuya sustancia era que los espíritus malignos, cuando son vistos por otros ojos que no sean los de sus compañeros infernales, se presentan, por “correspondencia”, bajo la forma de la bestia (fera) que representa su particular lujuria y vida, con aspecto terrible y atroz. Era un pasaje largo, y particularizaba varias de aquellas formas bestiales.


CAPÍTULO IV

Cuatro ojos leían el pasaje

Iba deslizando la punta de mi portaminas sobre la línea mientras leía, cuando algo me hizo alzar los ojos.

Justo delante de mí estaba uno de los espejos que he mencionado, en el cual vi reflejada la alta figura de mi amigo, el señor Jennings, inclinado sobre mi hombro y leyendo la página en la que yo me ocupaba, con un rostro tan oscuro y salvaje que difícilmente lo habría reconocido.

Me volví y me levanté. Él se incorporó también y, con un esfuerzo, se rió un poco, diciendo:

—Entré y le pregunté cómo estaba, pero sin conseguir apartarlo de su libro; así que no pude contener la curiosidad y, muy impertinentemente, me temo, miré por encima de su hombro. No es ésta la primera vez que hojea usted esas páginas. Sin duda leyó a Swedenborg hace mucho tiempo.

—Desde luego, sí. Le debo mucho a Swedenborg. Descubrirá usted rastros suyos en el pequeño libro sobre medicina metafísica que fue tan amable en recordar.

Aunque mi amigo afectaba una cierta alegría en el tono, había un leve rubor en su rostro y pude percibir que interiormente estaba muy perturbado.

—Aún no estoy calificado, sé tan poco de Swedenborg. Sólo hace quince días que tengo esos libros —respondió— y creo que son bastante capaces de poner nervioso a un hombre solitario; es decir, juzgando por lo poco que he leído; no digo que me hayan puesto así —rió—. Y le estoy muy agradecido por el libro. ¿Espero que recibió mi nota?

Hice todos los reconocimientos apropiados y las modestas negativas de rigor.

—Nunca he leído un libro con el que concuerde tan enteramente como con el suyo —continuó—. Vi enseguida que dice más de lo que llega a desplegar por completo. ¿Conoce al doctor Harley? —preguntó con cierta brusquedad.

El editor señala aquí que el médico nombrado fue uno de los más eminentes que jamás ejercieron en Inglaterra.

Yo lo conocía, habiendo llevado cartas para él, y había recibido de su parte mucha cortesía y considerable ayuda durante mi visita a Inglaterra.

—Creo que ese hombre es uno de los mayores tontos que he conocido en mi vida —dijo el señor Jennings.

Era la primera vez que le oía decir algo acerbo sobre alguien, y semejante término aplicado a un nombre tan eminente me sorprendió un poco.

—¿De verdad? ¿Y en qué sentido? —pregunté.

—En su profesión —respondió.

Sonreí.

—Quiero decir esto —prosiguió—: me parece medio ciego; quiero decir, una mitad de todo lo que mira está en tinieblas, mientras que toda la otra le resulta preternaturalmente brillante y viva; y lo peor es que parece deliberado. No consigo hacerlo entender… quiero decir, él no quiere… he tenido alguna experiencia de él como médico, pero lo considero, en ese sentido, no mejor que una mente paralítica, un intelecto medio muerto. Ya le contaré —lo sé, algún día— todo sobre ello —dijo, con cierta agitación—. Usted permanecerá todavía algunos meses en Inglaterra. Si llegara a ausentarme de la ciudad por un tiempo durante su estancia, ¿me permitiría molestarlo con una carta?

—Sería para mí un gusto —le aseguré.

—Muy bondadoso de su parte. Estoy tan absolutamente insatisfecho con Harley.

—Un poco inclinado a la escuela materialista —dije.

—Un mero materialista —me corrigió—. No puede usted imaginar cuánto mortifica eso a quien sabe más. No le dirá a nadie, a ninguno de mis amigos que usted conoce, que estoy melancólico. Ahora mismo, por ejemplo, nadie sabe —ni siquiera lady Mary— que he visto al doctor Harley o a cualquier otro médico. Así que le ruego no mencionarlo; y si llego a sentir algún anuncio de ataque, tenga la bondad de dejarme escribirle o, si estoy en la ciudad, conversar un poco con usted.

Estaba yo lleno de conjeturas y, sin darme cuenta, había fijado en él la vista con gravedad, porque bajó los ojos un momento y dijo:

—Veo que piensa que bien podría contárselo ahora, o que está formando alguna conjetura; pero puede abandonarla. Aunque adivinara el resto de su vida, no acertaría jamás.

Negó con la cabeza, sonriendo, y sobre aquella soleada inverniza cayó de repente una nube negra, y aspiró el aliento entre los dientes, como hacen los hombres cuando sienten dolor.

—Lamento, por supuesto, saber que prevé usted necesidad de consultar a alguno de nosotros; pero disponga de mí cuando y como guste, y no hace falta asegurarle que su confianza es sagrada.

Entonces habló de cosas enteramente distintas, y de manera relativamente animada; y al cabo de un rato me despedí.


CAPÍTULO V

El doctor Hesselius es llamado a Richmond

Nos separamos alegremente, pero él no estaba alegre, ni yo tampoco. Hay ciertas expresiones de ese poderoso órgano del espíritu —el rostro humano— que, aunque las he visto con frecuencia y poseo la sangre fría de un médico, me perturban profundamente. Una mirada del señor Jennings me persiguió. Se había apoderado de mi imaginación con un poder tan lóbrego que cambié mis planes para la noche y fui a la ópera, sintiendo que necesitaba un cambio de ideas.

No supe nada de él durante dos o tres días, hasta que me llegó una nota escrita de su mano. Era animosa y llena de esperanza. Decía que llevaba algún tiempo mucho mejor, en realidad completamente bien, y que iba a hacer un pequeño experimento: bajar por un mes o algo así a su parroquia, para probar si un poco de trabajo no terminaría de restablecerlo. Había en ella una ferviente expresión religiosa de gratitud por su restauración, como casi esperaba ya llamarla.

Un día o dos más tarde vi a lady Mary, quien repitió lo anunciado en su nota y me dijo que efectivamente se hallaba en Warwickshire, habiendo reanudado sus deberes clericales en Kenlis; y añadió:

—Empiezo a pensar que realmente está perfectamente bien, y que nunca hubo nada serio, más que nervios y fantasía; todos somos nerviosos, pero imagino que no hay nada como un poco de trabajo duro para esa clase de debilidad, y él ha decidido probarlo. No me sorprendería que no regresara en un año.

No obstante toda esa confianza, sólo dos días después recibí esta nota, fechada en su casa cerca de Piccadilly:

Querido señor:
He vuelto decepcionado. Si llegara a sentirme capaz de verlo, le escribiré para pedirle amablemente que venga. Por ahora me encuentro demasiado decaído y, en realidad, simplemente incapaz de decir cuanto deseo decir. Le ruego no mencionar mi nombre a mis amigos. No puedo ver a nadie. Más adelante, si Dios quiere, volverá a saber de mí. Pienso hacer una escapada a Shropshire, donde viven algunos de mis familiares. ¡Dios lo bendiga! Ojalá, a mi regreso, podamos encontrarnos más felizmente de lo que ahora puedo escribir.
Suyo, etc.

Aproximadamente una semana después vi a lady Mary en su casa, la última persona, decía ella, que quedaba en la ciudad, ya a punto de partir a Brighton, pues la temporada londinense había concluido. Me contó que había tenido noticias por Martha, sobrina del señor Jennings, desde Shropshire. De su carta no podía sacarse nada, salvo que él se hallaba abatido y nervioso. ¡En esas palabras, que las personas sanas toman tan a la ligera, cuánto sufrimiento se esconde a veces!

Habían pasado casi cinco semanas sin más noticia del señor Jennings. Al cabo de ese tiempo recibí una nota suya. Escribía:

He estado en el campo, y he tenido cambio de aire, cambio de escena, cambio de rostros, cambio de todo… y en todo, menos en mí mismo. He resuelto, hasta donde puede hacerlo la criatura más irresoluta de la tierra, contarle plenamente mi caso. Si sus ocupaciones se lo permiten, le ruego venga hoy, mañana o pasado mañana; pero, le suplico, aplace su visita lo menos posible. No sabe usted cuánto necesito ayuda. Tengo una casa tranquila en Richmond, donde me encuentro ahora. Quizá pueda venir a cenar, o a almorzar, o siquiera a tomar té. No tendrá dificultad en encontrarme. El criado de Blank Street, que lleva esta nota, tendrá un coche en su puerta a la hora que usted disponga; y yo estoy siempre en casa. Dirá usted que no debería estar solo. Lo he probado todo. Venga y vea.

Llamé al criado y decidí ir esa misma tarde, como en efecto hice.

Habría estado mucho mejor en una casa de huéspedes o en un hotel, pensé, al subir en coche por una corta doble hilera de olmos sombríos hasta una casa de ladrillo, muy anticuada, oscurecida por el follaje de aquellos árboles, que la sobrepasaban y casi la rodeaban. Era una elección perversa, pues nada podía imaginarse más triste y silencioso. Supe que la casa le pertenecía. Había permanecido uno o dos días en Londres y, al encontrarla por alguna razón insoportable, había venido aquí, probablemente porque al estar amueblada y ser suya se ahorraba la molestia y la demora de elegir.

El sol se había puesto ya, y la luz roja reflejada del occidente iluminaba la escena con ese efecto particular que todos conocemos. El vestíbulo parecía muy oscuro, pero al llegar a la sala trasera, cuyas ventanas miraban al oeste, me encontré otra vez en aquella misma penumbra rojiza.

Me senté, contemplando el paisaje abundantemente arbolado que resplandecía bajo aquella luz grande y melancólica que se iba apagando a cada instante. Los rincones de la habitación estaban ya oscuros; todo se volvía indistinto, y la sombra iba entonando insensiblemente mi ánimo, ya preparado para lo siniestro. Esperaba solo su llegada, que no tardó. Se abrió la puerta que comunicaba con la sala del frente, y la alta figura del señor Jennings, apenas visible en el crepúsculo rojizo, entró en la habitación con pasos callados y sigilosos.

Nos estrechamos la mano y, tomando una silla junto a la ventana, donde aún quedaba bastante luz para poder vernos los rostros, se sentó a mi lado, y poniendo la mano sobre mi brazo, con apenas unas palabras de introducción, comenzó su relato.


CAPÍTULO VI

Cómo encontró el señor Jennings a su compañero

El débil resplandor del oeste, la pompa de los entonces solitarios bosques de Richmond, estaban ante nosotros; detrás y alrededor de nosotros, la habitación que se oscurecía; y sobre el pétreo rostro del doliente —porque el carácter de su semblante, aunque seguía siendo dulce y apacible, había cambiado— reposaba aquel fulgor tenue y extraño que parece descender y producir, allí donde toca, luces repentinas aunque débiles, que se pierden casi sin gradación en la oscuridad. El silencio también era absoluto: ni una rueda lejana, ni un ladrido, ni un silbido desde fuera; y dentro, la deprimente quietud de una casa de soltero enfermo.

Había adivinado bien la naturaleza, aunque no ni remotamente los pormenores, de las revelaciones que iba a confiarme, por aquel rostro fijo de sufrimiento que se destacaba con un rubor tan extraño, como un retrato de Schalken, sobre su fondo de tinieblas.

—Comenzó —dijo— el 15 de octubre, hace tres años, once semanas y dos días. Llevo una cuenta muy exacta, porque cada día es tormento. Si en algún lugar de mi relato dejo una laguna, dígamelo.

—Hace unos cuatro años empecé un trabajo que me había costado mucho pensamiento y mucha lectura. Trataba sobre la metafísica religiosa de los antiguos.

—Ya entiendo —dije—: la religión real del paganismo culto y pensante, aparte del culto simbólico. Un campo amplio y muy interesante.

—Sí, pero nada bueno para la mente; para la mente cristiana, quiero decir. El paganismo está todo unido en una unidad esencial, y, con una simpatía maligna, su religión implica su arte, y ambos sus costumbres; y el tema tiene una fascinación degradante y una Némesis segura. ¡Dios me perdone!

—Escribí mucho; escribía hasta muy tarde. Siempre estaba pensando en el asunto, caminando de un lado a otro, dondequiera que estuviera, en todas partes. Me había infectado por completo. Debe recordar usted que todas las ideas materiales relacionadas con él eran más o menos hermosas; el tema en sí mismo, deliciosamente interesante; y yo, entonces, sin una sola preocupación.

Suspiró profundamente.

—Creo que todo el que se pone a escribir en serio hace su trabajo, como decía un amigo mío, con ayuda de algo: té, café o tabaco. Supongo que hay un desgaste material que debe reponerse a cada hora en ocupaciones así, o de lo contrario uno se volvería demasiado abstracto y la mente, por así decirlo, se saldría del cuerpo, a menos que se le recordara con bastante frecuencia la conexión por medio de una sensación real. En todo caso, yo sentía esa necesidad, y la satisfacía. El té era mi compañero: al principio el té negro ordinario, preparado del modo usual, no demasiado fuerte; pero bebía bastante, y fui aumentando su fuerza a medida que avanzaba. Nunca experimenté síntoma desagradable alguno. Empecé a tomar un poco de té verde. Descubrí que su efecto era más placentero: aclaraba e intensificaba tanto la capacidad de pensar… que llegué a tomarlo con frecuencia, aunque no más fuerte de lo que cualquiera lo tomaría por gusto. Escribí mucho aquí, porque era muy silencioso, y en esta misma habitación. Solía quedarme despierto hasta muy tarde, y se me hizo costumbre sorber mi té —té verde— de vez en cuando mientras el trabajo avanzaba. Tenía un pequeño hervidor sobre mi mesa, sostenido encima de una lámpara, y preparaba té dos o tres veces entre las once de la noche y las dos o las tres de la mañana, que eran las horas en que me acostaba. Iba a la ciudad todos los días. No era un monje, y, aunque pasaba una o dos horas en una biblioteca, buscando autoridades y luces sobre mi tema, no me encontraba, en lo que yo podía juzgar, en un estado morboso. Seguía viendo a mis amigos más o menos como de costumbre y disfrutaba de su compañía, y, en general, creo que la existencia nunca me había resultado tan agradable como entonces.

—Había conocido a un hombre que poseía algunos libros antiguos y extraños, ediciones alemanas en latín medieval, y fui demasiado feliz al recibir permiso para consultarlos. Los libros de esta amable persona estaban en la City, en una parte muy apartada de ella. Me había demorado más de la cuenta prevista y, al salir, al no ver ningún coche cerca, me tenté de subir al ómnibus que pasaba por delante de esta casa. Ya estaba más oscuro que ahora cuando el vehículo llegó a una vieja casa —quizá la observó usted— con cuatro álamos a cada lado de la puerta, y allí bajó el último pasajero, aparte de mí. Seguimos avanzando un poco más rápido. Era ya el crepúsculo. Me recosté en mi rincón, junto a la puerta, rumiando agradablemente.

—El interior del ómnibus estaba casi oscuro. Había advertido, en el rincón opuesto a mí, del otro lado, y en el extremo más cercano a los caballos, dos pequeños reflejos circulares que me parecieron de una luz rojiza. Estaban separados unas dos pulgadas y eran aproximadamente del tamaño de esos pequeños botones de latón que los hombres de yate solían llevar en la chaqueta. Empecé a especular, como hacen los hombres ociosos, sobre aquella minucia, al parecer. ¿De qué centro venía aquella luz roja, tenue pero profunda? ¿Y sobre qué —cuentas de vidrio, botones, adornos— se reflejaba? Íbamos avanzando lentamente; aún faltaba casi una milla. No había resuelto el enigma y se volvió todavía más extraño, porque aquellos dos puntos luminosos, con una brusca sacudida, descendieron cada vez más cerca del suelo, manteniendo aún su distancia relativa y su posición horizontal, y luego, con la misma brusquedad, subieron hasta la altura del asiento donde yo estaba, y ya no los vi más.

—Mi curiosidad estaba ahora realmente excitada y, antes de que tuviera tiempo de pensar, vi otra vez aquellas dos luces apagadas, juntas, cerca del suelo; otra vez desaparecieron, y otra vez las vi en su viejo rincón.

—Así, manteniendo los ojos fijos en ellas, me fui deslizando discretamente por mi lado hacia el extremo en que seguía viendo aquellos pequeños discos rojos.

—Había muy poca luz en el vehículo. Casi era de noche. Me incliné hacia delante para ayudar a mi intento de descubrir qué eran realmente aquellos circulitos. Cambiaron un poco de posición cuando yo lo hice. Empecé entonces a percibir el contorno de algo negro, y pronto vi, con tolerable claridad, la silueta de un pequeño mono negro que adelantaba el rostro imitando el mío; ésos eran sus ojos, y ahora adivinaba también sus dientes, enseñados en una mueca.

—Me eché hacia atrás, sin saber si no meditaría saltar sobre mí. Imaginé que algún pasajero habría olvidado aquella fea mascota, y deseando averiguar algo de su temperamento, aunque sin confiarle mis dedos, le acerqué suavemente la punta de mi paraguas. Permaneció inmóvil: hasta él… a través de él. Porque el paraguas pasó de un lado a otro, sin la menor resistencia.

—No puedo transmitirle siquiera el género de horror que sentí. Cuando hube comprobado que aquella cosa era una ilusión, como entonces supuse, me asaltó una sospecha acerca de mí mismo y un terror que me fascinó, dejándome impotente para apartar la mirada de los ojos de la bestia durante algunos instantes. Mientras lo miraba, dio un pequeño salto hacia atrás, adentrándose por completo en el rincón, y yo, presa del pánico, me encontré en la portezuela, habiendo sacado la cabeza fuera, respirando profundamente el aire de la calle y contemplando las luces y los árboles que pasábamos, demasiado contento de cerciorarme de la realidad.

—Detuve el ómnibus y me bajé. Advertí que el conductor me miró extrañamente al pagarle. Me atrevo a decir que había algo desacostumbrado en mi aspecto y mis maneras, porque jamás me había sentido de un modo tan extraño.


CAPÍTULO VII

El viaje: primera etapa

—Cuando el ómnibus siguió su camino y me vi solo en la carretera, miré cuidadosamente alrededor para averiguar si el mono me había seguido. Para mi indescriptible alivio, no lo vi en ninguna parte. No puedo describir fácilmente el sobresalto que había recibido, ni la sensación de gratitud genuina al encontrarme, según supuse, completamente libre de él.

—Me había bajado un poco antes de llegar a esta casa, a doscientos o trescientos pasos. A lo largo de la acera corre un muro de ladrillo; dentro del muro hay un seto de tejo, o de algún otro follaje oscuro semejante, y dentro de éste, a su vez, la hilera de magníficos árboles que quizá observó usted al llegar.

—Ese muro de ladrillo me llega aproximadamente al hombro, y al alzar por casualidad los ojos vi al mono, con aquella marcha encorvada y a cuatro patas, andando o reptando muy cerca de mí, por encima del muro. Me detuve, mirándolo con una mezcla de repugnancia y horror. Cuando yo me detenía, él se detenía. Se incorporó sobre el muro, con sus largas manos apoyadas en las rodillas, mirándome. No había suficiente luz para verlo más que en contorno, ni estaba lo bastante oscuro como para que la luz peculiar de sus ojos destacara vivamente. Yo seguía viendo, sin embargo, aquella roja neblina con bastante claridad. No mostró los dientes ni signo alguno de irritación, sino que parecía fatigado y malhumorado, y me observaba fijamente.

—Retrocedí hasta el centro del camino. Fue un movimiento instintivo, y allí permanecí, sin dejar de mirarlo. No se movió.

—Con una determinación igualmente instintiva de probar algo, cualquier cosa, me volví y emprendí a buen paso el camino hacia la ciudad, mirando de reojo en todo momento los movimientos de la bestia. Se arrastró velozmente sobre el muro exactamente a mi misma velocidad.

—Allí donde termina el muro, cerca de la curva del camino, bajó de un salto y, con una o dos ágiles cabriolas, se colocó junto a mis pies, y siguió avanzando al mismo paso que yo, mientras aceleraba la marcha. Iba a mi lado izquierdo, tan cerca de mi pierna que a cada instante sentía que iba a pisarlo.

—La carretera estaba completamente desierta y silenciosa, y a cada momento anochecía más. Me detuve, desconcertado y aturdido, y al hacerlo me volví en la otra dirección, quiero decir, hacia esta casa, apartándome de la ciudad. Cuando me quedé inmóvil, el mono se retiró a una distancia de unos cinco o seis pasos, supongo, y permaneció quieto, observándome.

—Había estado más agitado de lo que he dicho. Había leído, por supuesto, como todo el mundo, algo acerca de las “ilusiones espectrales”, como las llaman ustedes los médicos. Consideré mi situación y encaré mi desgracia.

—Había leído que estas afecciones son a veces transitorias y a veces obstinadas. Había leído casos en que la aparición, al principio inofensiva, degeneraba paso a paso en algo espantoso e insoportable, y terminaba por desgastar a su víctima. Aun allí, completamente solo salvo por mi compañero bestial, traté de consolarme repitiéndome una y otra vez: “Esto es pura enfermedad, una afección física bien conocida, tan claramente como la viruela o la neuralgia. Todos los médicos están de acuerdo en ello; la filosofía lo demuestra. No debo ser un necio. He trasnochado demasiado, y probablemente tengo la digestión por completo alterada, y con ayuda de Dios todo pasará, y esto no es más que un síntoma de dispepsia nerviosa”. ¿Creía yo una sola palabra de todo eso? Ni una, no más que cualquier otro desdichado que, una vez apresado y remachado en esta satánica cautividad, haya pasado por lo mismo. Contra mis convicciones, podría decir incluso contra mi saber, me estaba simplemente hostigando a mí mismo para fabricar un valor falso.

—Entonces eché a andar de regreso a casa. No me quedaban sino unos cientos de yardas. Me había obligado a entrar en una especie de resignación, pero no había superado el estremecimiento nauseabundo ni la agitación del primer descubrimiento de mi desventura.

—Resolví pasar la noche en casa. La bestia se movía a mi lado, y me pareció advertir en ella ese algo así como un ansioso tirar hacia la casa, que a veces se ve en caballos o perros fatigados cuando se acercan al hogar.

—Tuve miedo de ir a la ciudad, miedo de que alguien me viera y me reconociera. Era consciente de una agitación irreprimible en mis modales. Y me daba miedo también cualquier cambio violento de hábitos, como ir a un lugar de diversión o caminar lejos de casa para fatigarme. En la puerta del zaguán me esperó hasta que subí los escalones, y cuando la puerta se abrió, entró conmigo.

—Aquella noche no bebí té. Pedí cigarros y brandy con agua. Mi idea era obrar sobre mi sistema material y, viviendo por un tiempo en la sensación, aparte del pensamiento, obligarme, por así decirlo, a entrar en un nuevo carril. Subí aquí, a esta misma sala. Me senté justo aquí. El mono se subió entonces a una pequeña mesa que estaba allí. Parecía aturdido y lánguido. Una inquietud irreprimible respecto a sus movimientos hacía que mis ojos estuvieran siempre fijos en él. Tenía los ojos medio cerrados, pero podía verlos brillar. Me miraba fijamente. En toda situación, a toda hora, está despierto y me está mirando. Eso nunca cambia.

—No continuaré en detalle el relato de aquella noche en particular. Describiré más bien los fenómenos del primer año, que esencialmente no variaron. Describiré al mono tal como se mostraba a la luz del día. En la oscuridad, como oirá usted ahora, hay peculiaridades. Es un mono pequeño, completamente negro. Sólo tenía una particularidad: un carácter de malignidad, de una malignidad insondable. Durante el primer año se veía hosco y enfermizo. Pero ese rasgo de intensa malicia y vigilancia estaba siempre latente bajo aquella perezosa taciturnidad. Durante todo ese tiempo obró como si siguiera un plan de darme tan poca molestia como fuera compatible con vigilarme. Sus ojos jamás se apartaron de mí. Nunca lo he perdido de vista, salvo en mi sueño, de día o de noche, en luz o en sombra, desde que vino aquí, excepto cuando se retira durante semanas, de forma inexplicable.

—En la oscuridad total es visible como en pleno día. No me refiero sólo a sus ojos. Todo él se ve con nitidez dentro de una aureola parecida al resplandor de brasas encendidas, que lo acompaña en todos sus movimientos.

—Cuando me deja por un tiempo, siempre es de noche, en la oscuridad, y siempre del mismo modo. Primero se inquieta, luego se enfurece, y después avanza hacia mí, mostrando los dientes y temblando, con las zarpas crispadas, y al mismo tiempo aparece fuego en la chimenea. Yo nunca tengo fuego. No puedo dormir en una habitación donde lo haya, y la criatura se acerca más y más a la chimenea, estremeciéndose, al parecer, de ira, y cuando su furia llega al punto más alto, salta a la rejilla y sube por el tiro, y no la vuelvo a ver.

—La primera vez que eso ocurrió pensé que estaba libre. Era un hombre nuevo. Pasó un día, una noche, sin regreso, y una bendita semana… una semana… otra semana. Estaba siempre de rodillas, doctor Hesselius, siempre, dando gracias a Dios y orando. Pasó un mes entero de libertad, pero de pronto volvió a estar conmigo.


CAPÍTULO VIII

La segunda etapa

—Volvió conmigo, y la malicia que antes permanecía torpe bajo un exterior hosco, estaba ahora activa. En todo lo demás seguía siendo exactamente la misma. Esa nueva energía se veía en su actividad y en su expresión, y pronto de otras maneras.

—Durante un tiempo, entiéndame, el cambio sólo se manifestó en una vivacidad acrecentada y un aire de amenaza, como si estuviera siempre meditando algún plan atroz. Sus ojos, como antes, nunca se apartaban de mí.

—¿Está aquí ahora? —pregunté.

—No —respondió—. Lleva exactamente quince días y uno sin aparecer: quince días. A veces ha estado ausente casi dos meses, una vez hasta tres. Su ausencia siempre excede de una quincena, aunque sea sólo por un día. Como han pasado quince días desde la última vez que lo vi, puede regresar en cualquier momento.

—¿Su regreso —pregunté— va acompañado de alguna manifestación peculiar?

—Nada… no —dijo—. Simplemente está otra vez conmigo. Al alzar los ojos de un libro, o al volver la cabeza, lo veo, como siempre, mirándome, y entonces permanece, como antes, durante el tiempo que le corresponde. Nunca he contado tanto ni tan minuciosamente a nadie.

Percibí que estaba agitado y con semblante cadavérico, y se secaba la frente repetidamente con el pañuelo. Le sugerí que quizá estuviera fatigado y le dije que con mucho gusto volvería por la mañana; pero respondió:

—No; si no le importa oírlo todo ahora. He llegado ya hasta aquí, y preferiría hacer un solo esfuerzo. Cuando hablé con el doctor Harley, no tenía ni remotamente tanto que contar. Usted es un médico filosófico. Concede al espíritu su rango verdadero. Si esta cosa es real…

Se interrumpió, mirándome con ansiosa agitación.

—Podremos discutirlo más tarde, y con toda amplitud. Le diré todo lo que pienso —respondí, tras una pausa.

—Bien, muy bien. Si es algo real, digo, entonces va prevaleciendo poco a poco, y me arrastra cada vez más hacia el infierno interior. Harley hablaba de nervios ópticos. ¡Ah, bien! Hay otros nervios de comunicación. ¡Que Dios todopoderoso me ayude! Escuche.

—Su poder de acción, le digo, había aumentado. Su malicia se volvió, en cierto modo, agresiva. Hace unos dos años, habiéndose resuelto ciertos asuntos pendientes entre el obispo y yo, bajé a mi parroquia de Warwickshire, ansioso por encontrar ocupación en mi ministerio. No estaba preparado para lo que ocurrió, aunque después he pensado que bien podría haberlo temido. La razón de que diga esto es la siguiente…

Empezaba a hablar con mucho más esfuerzo y repugnancia, suspiraba a menudo y por momentos parecía casi vencido. Pero en ese punto sus modales no eran agitados. Más bien semejaban los de un enfermo que se hunde y que ya se ha abandonado.

—Sí, pero antes le contaré acerca de Kenlis, mi parroquia.

—La criatura estaba conmigo cuando dejé este lugar para ir a Dawlbridge. Fue mi silenciosa compañera de viaje, y permaneció conmigo en la vicaría. Cuando entré en el ejercicio de mis deberes, se produjo otro cambio. La cosa mostró una determinación atroz de contrariarme. Estaba conmigo en la iglesia, en el púlpito de lectura, en el púlpito de predicación, dentro de la baranda de la comunión. Al fin llegó al extremo de que, mientras yo leía a la congregación, saltaba sobre el libro y se acuclillaba encima, de modo que yo no podía ver la página. Esto ocurrió más de una vez.

—Dejé Dawlbridge por un tiempo. Me puse en manos del doctor Harley. Hice todo lo que me dijo. Dedicó mucho pensamiento a mi caso. Creo que le interesó. Pareció tener éxito. Durante casi tres meses estuve completamente libre de toda reaparición. Empecé a pensar que estaba a salvo. Con su pleno asentimiento, regresé a Dawlbridge.

—Viajé en un carruaje. Iba de excelente humor. Más aún: estaba feliz y agradecido. Regresaba, según creía, libre de una alucinación espantosa, al escenario de unos deberes que anhelaba ejercer. Era una hermosa y soleada tarde; todo se veía sereno y alegre, y yo estaba encantado. Recuerdo que miré por la ventanilla para ver la aguja de mi iglesia en Kenlis entre los árboles, en el punto desde donde se la ve por primera vez. Queda exactamente donde el pequeño arroyo que limita la parroquia pasa bajo el camino por una alcantarilla, y donde, al volver a emerger junto a la carretera, hay una piedra con una vieja inscripción. Al pasar por ese punto, retiré la cabeza y me senté… y en el rincón del carruaje estaba el mono.

—Por un instante sentí que desfallecía, y luego me volví casi loco de desesperación y horror. Llamé al cochero, me bajé y me senté a la orilla del camino, orando silenciosamente a Dios por misericordia. Sobrevino después una resignación desesperada. Mi compañero estaba conmigo cuando volví a entrar en la vicaría. Siguió la misma persecución. Después de una breve lucha, me sometí, y pronto dejé el lugar.

—Le dije —continuó— que la bestia se había vuelto antes, en ciertos sentidos, agresiva. Lo explicaré un poco. Parecía animada de una furia intensa y creciente cada vez que yo rezaba o incluso meditaba rezar. Aquello llegó por fin a ser una interrupción horrible. Preguntará usted cómo podía un fantasma silencioso e inmaterial producir tal efecto. Era así: cada vez que yo pensaba en orar, estaba siempre delante de mí, cada vez más cerca.

—Solía saltar a una mesa, al respaldo de una silla, a la repisa de la chimenea, y balancearse lentamente de un lado a otro, mirándome todo el tiempo. Hay en ese movimiento un poder indefinible de disipar el pensamiento y de contraer la atención hasta esa monotonía, hasta que las ideas se encogen, por así decirlo, hasta un punto, y al final hasta nada; y si yo no me hubiera puesto de pie bruscamente y sacudido aquella catalepsia, habría sentido que mi mente estaba a punto de perderse. Hay otras maneras —suspiró profundamente—; por ejemplo, mientras rezo con los ojos cerrados, se acerca cada vez más, y yo lo veo. Sé que eso no puede explicarse físicamente, pero en realidad lo veo, aunque mis párpados estén cerrados, y así me trastorna la mente, por decirlo de algún modo, y me domina, y me obliga a levantarme del reclinatorio. Si usted hubiera conocido por sí mismo algo semejante, sabría lo que es la desesperación.


CAPÍTULO IX

La tercera etapa

—Veo, doctor Hesselius, que no pierde una sola palabra de lo que le digo. No necesito pedirle que escuche con especial atención lo que voy a contarle ahora. Hablan de los nervios ópticos y de las ilusiones espectrales, como si el órgano de la vista fuera el único punto vulnerable a las influencias que se han apoderado de mí. Yo sé más. Durante dos años, en mi terrible caso, esa limitación prevaleció. Pero así como el alimento entra suavemente por los labios y luego cae bajo los dientes, o como la punta del dedo meñique atrapada en una máquina arrastra luego la mano, el brazo y el cuerpo entero, así el miserable mortal que una vez ha sido cogido firmemente por el extremo de la más sutil de sus fibras nerviosas es arrastrado hacia dentro y más dentro por la enorme maquinaria del infierno, hasta convertirse en lo que yo soy. Sí, doctor, lo que yo soy. Por un momento le hablo e imploro alivio; pero siento que mi oración es por lo imposible y que mis súplicas van dirigidas a lo inexorable.

Intenté calmar su visible agitación creciente y le dije que no debía desesperar.

Mientras hablábamos, la noche nos había alcanzado. La luna filtraba una claridad tenue sobre el paisaje que dominaba la ventana, y dije:

—Tal vez preferiría usted que encendiéramos velas. Esta luz, ya ve, es extraña. Quisiera que estuviera usted, en lo posible, en sus condiciones habituales mientras yo elaboro mi diagnóstico, si se le puede llamar así; por lo demás, me es indiferente.

—Todas las luces son iguales para mí —dijo—; salvo cuando leo o escribo, no me importaría que la noche fuese perpetua. Voy a contarle lo que ocurrió hará aproximadamente un año. La cosa comenzó a hablarme.

—¿Hablar? ¿Qué quiere decir? ¿Hablar como habla un hombre?

—Sí. Hablar con palabras y oraciones consecutivas, con perfecta coherencia y articulación; pero hay una particularidad. No es como el tono de una voz humana. No llega a mí por los oídos; viene como un canto que me atraviesa la cabeza.

—Esa facultad, ese poder de hablarme, será mi perdición. No me deja rezar; me interrumpe con blasfemias espantosas. No me atrevo a continuar, no podría. ¡Oh, doctor, pueden la ciencia, el pensamiento y las oraciones de un hombre no servirme absolutamente de nada!

—Debe prometerme, mi querido señor, que no se entregará a pensamientos innecesariamente excitantes; limítese estrictamente a la narración de los hechos, y recuerde, por encima de todo, que aun si la cosa que lo infesta fuese, como parece usted suponer, una realidad dotada de vida y voluntad independientes, no puede tener poder para dañarlo a menos que le sea concedido desde lo alto. Su acceso a sus sentidos depende principalmente de su condición física: ahí, bajo Dios, están su consuelo y su apoyo. Todos nosotros estamos igualmente rodeados. Sólo ocurre que, en su caso, la paries, el velo de la carne, la pantalla, se halla algo deteriorada, y los sonidos y las visiones se transmiten. Debemos emprender un nuevo tratamiento, señor. Anímese. Esta noche dedicaré una consideración cuidadosa al caso entero.

—Es usted muy bondadoso, señor; cree que vale la pena intentarlo, no me abandona del todo. Pero, señor, usted no sabe… está adquiriendo tal influencia sobre mí. Me da órdenes; es un tirano; y yo me vuelvo tan impotente. ¡Que Dios me libre!

—¿Le da órdenes? Naturalmente quiere decir por medio de la voz.

—Sí, sí. Me está siempre incitando a cometer crímenes, a dañar a otros o a mí mismo. Comprende, doctor, que la situación es urgente, de verdad lo es. Cuando estaba en Shropshire, hace unas semanas —el señor Jennings hablaba ahora con rapidez y temblando, aferrando mi brazo con una mano y mirándome a la cara—, salí un día a pasear con unos amigos. Mi perseguidor estaba conmigo, se lo digo. Yo me retrasé del resto. Ya sabe usted que la región del Dee es hermosa. Nuestro camino pasaba cerca de una mina de carbón, y al borde del bosque hay un pozo vertical, dicen, de ciento cincuenta pies de profundidad. Mi sobrina había permanecido atrás conmigo. Ella no sabe, por supuesto, nada de la naturaleza de mis sufrimientos. Sabía, sin embargo, que yo había estado enfermo y abatido, y se quedó para evitar que me hallara completamente solo. Mientras avanzábamos despacio, rezagados, la bestia que me acompañaba me instaba a arrojarme al pozo. Le digo ahora… ¡oh, señor, piense en ello!… que la única consideración que me salvó de aquella muerte horrible fue el miedo de que el espectáculo fuese demasiado para la pobre muchacha. Le pedí que se adelantara y caminara con sus amigos, diciéndole que yo no podía seguir más. Ella puso excusas, y cuanto más insistí, más firme se mostró. Parecía dudosa y asustada. Supongo que había algo en mi aspecto o en mi manera que la alarmó; pero no quiso irse, y eso, literalmente, me salvó. No tiene usted idea, señor, de hasta qué punto puede un hombre vivo convertirse en esclavo abatido de Satanás —dijo con un gemido espantoso y un estremecimiento.

Aquí se produjo una pausa, y dije:

—No obstante, fue preservado. Fue un acto de Dios. Está usted en sus manos y no en el poder de ningún otro ser. Tenga, pues, confianza en el futuro.


CAPÍTULO X

Hogar

Hice que encendieran velas y dejé la habitación con aspecto más alegre y habitado antes de despedirme de él. Le dije que debía considerar su enfermedad estrictamente como dependiente de causas físicas, aunque sutiles. Le dije que tenía en la liberación que acababa de describir una prueba del cuidado y amor de Dios, y que había advertido con dolor que parecía interpretar sus características peculiares como señal de haber sido entregado a una reprobación espiritual. Ninguna conclusión podía estar, insistí, menos justificada que ésa, y no sólo eso, sino más contraria a los hechos, tal como quedaban revelados en su misteriosa liberación de aquella influencia homicida durante su excursión por Shropshire. Primero, su sobrina había sido retenida a su lado sin que él hubiese querido mantenerla allí; y segundo, se le había infundido una repugnancia irresistible a ejecutar la espantosa sugerencia en su presencia.

Mientras razonaba ese punto con él, el señor Jennings lloró. Pareció consolado. Le arranqué una promesa: que si el mono regresaba en cualquier momento, mandarían a buscarme de inmediato; y, repitiendo mi seguridad de que no dedicaría tiempo ni pensamiento a ningún otro asunto hasta haber investigado su caso a fondo, y que al día siguiente tendría ya el resultado, me despedí.

Antes de subir al coche dije al criado que su amo estaba lejos de encontrarse bien y que hiciera cuestión de entrar con frecuencia en su cuarto. Yo mismo tomé mis medidas para hallarme absolutamente libre de interrupciones.

Sólo pasé por mi alojamiento y, con un escritorio de viaje y una maleta, partí en un coche de alquiler hacia una posada situada unas dos millas fuera de la ciudad, llamada The Horns, una casa muy tranquila y cómoda, de buenos muros gruesos. Allí resolví dedicar algunas horas de la noche, en mi confortable sala, sin posibilidad de intrusión ni distracción, al caso del señor Jennings, y tanto de la mañana como fuese necesario.

(Aquí aparece una nota minuciosa con la opinión del doctor Hesselius sobre el caso, y sobre las costumbres, la dieta y las medicinas que prescribió. Es curiosa; algunas personas dirían que mística. Pero, en conjunto, dudo que interese lo suficiente al lector de la clase que probablemente encuentre yo como para justificar su reproducción aquí. Toda la carta fue evidentemente escrita en la posada donde se había ocultado para ese propósito. La carta siguiente está fechada ya desde su alojamiento en la ciudad.)

Salí de la ciudad hacia la posada donde dormí anoche a las nueve y media, y no regresé a mis habitaciones de la ciudad hasta la una de esta tarde. Encontré sobre mi mesa una carta del señor Jennings. No había llegado por correo y, al preguntar, me informaron que el criado del señor Jennings la había traído y que, al saber que yo no volvería hasta hoy y que nadie podía decirle mi dirección, se mostró muy desconcertado y dijo que tenía órdenes de su amo de no regresar sin respuesta.

Abrí la carta y leí:

Querido doctor Hesselius:
Está aquí. No había pasado usted una hora desde su partida cuando volvió. Está hablando. Lo sabe todo de lo que ha ocurrido. Lo sabe todo; lo sabe de usted, y está frenético y atroz. Insulta. Le envío esto. Sabe cada palabra que he escrito. Escribo. Lo prometí, y por eso escribo, pero temo escribir muy confuso, muy incoherente. Me interrumpe mucho, me altera.
Siempre suyo, sinceramente suyo,
Robert Lynder Jennings.

—¿Cuándo llegó esto? —pregunté.

—Anoche, hacia las once. El hombre estuvo aquí otra vez, y ha venido tres veces hoy. La última, hará una hora.

Así informado, y con las notas que había tomado sobre su caso en el bolsillo, en pocos minutos iba ya en camino a Richmond para ver al señor Jennings.

Yo no desesperaba en absoluto del caso del señor Jennings. Él mismo había recordado y aplicado, aunque completamente de manera equivocada, el principio que expongo en mi Medicina metafísica, y que gobierna todos los casos semejantes. Estaba yo a punto de aplicarlo en serio. Me hallaba profundamente interesado, y muy ansioso por verlo y examinarlo mientras el “enemigo” estuviera realmente presente.

Llegué en coche a la sombría casa, subí corriendo los escalones y llamé. Al cabo de un rato abrió la puerta una mujer alta, vestida de seda negra. Se veía enferma y como si hubiera llorado. Hizo una reverencia y oyó mi pregunta, pero no respondió. Volvió el rostro, extendiendo la mano hacia dos hombres que bajaban la escalera; y así, habiéndome, por decirlo así, entregado tácitamente a ellos, pasó apresurada por una puerta lateral y la cerró.

Al hombre que estaba más cerca del vestíbulo lo abordé de inmediato; pero al verlo ya de cerca me horrorizó advertir que ambas manos estaban cubiertas de sangre.

Retrocedí un poco, y el hombre, mientras bajaba la escalera, dijo únicamente en voz baja:

—Aquí está el criado, señor.

El criado se había detenido en la escalera, confuso y mudo al verme. Se estaba frotando las manos con un pañuelo, y éste estaba empapado de sangre.

—Jones, ¿qué es esto? ¿Qué ha pasado? —pregunté, mientras una sospecha insoportable se apoderaba de mí.

El hombre me pidió que subiera al rellano. Estuve junto a él en un instante, y allí, frunciendo el ceño y pálido, con los ojos contraídos, me dijo el horror que yo ya adivinaba a medias.

Su amo se había quitado la vida.

Subí con él al cuarto. Lo que vi allí no se lo contaré. Se había degollado con una navaja de afeitar. Era una herida espantosa. Los dos hombres lo habían colocado sobre la cama y acomodado sus miembros. Debía de haber ocurrido, según lo declaraba el inmenso charco de sangre en el suelo, a cierta distancia entre la cama y la ventana. Había alfombra alrededor de la cama y otra bajo el tocador, pero no en el resto del suelo, porque el criado me dijo que a su amo no le gustaban las alfombras en el dormitorio. En aquella habitación sombría y ahora terrible, uno de los grandes olmos que oscurecían la casa proyectaba lentamente la sombra de una de sus ramas enormes sobre el espantoso piso.

Hice una seña al criado y bajamos juntos. Me desvié del vestíbulo hacia una habitación antigua de paneles, y allí, de pie, escuché todo lo que el sirviente tenía que decir. No era mucho.

—Supuse, señor, por sus palabras y por su aspecto, anoche al marcharse, que mi amo estaba gravemente enfermo. Pensé que quizá temía usted un ataque o algo parecido. Así que seguí muy de cerca sus instrucciones. Se quedó levantado hasta tarde, más allá de las tres. No escribía ni leía. Hablaba mucho consigo mismo, pero eso no era nada fuera de lo común. Hacia esa hora lo ayudé a desvestirse y lo dejé en bata y pantuflas. Volví a subir en silencio media hora después. Estaba ya en la cama, completamente desvestido, y había un par de velas encendidas sobre la mesa junto al lecho. Estaba apoyado sobre el codo y miraba al otro lado de la cama cuando entré. Le pregunté si quería algo y me dijo que no.

—No sé si fue por lo que usted me dijo, señor, o por algo un poco raro que advertí en él, pero me quedé muy inquieto, extraordinariamente inquieto por él anoche.

—Media hora después, o quizá algo más, subí otra vez. Ya no lo oía hablar como antes. Abrí la puerta un poco. Las dos velas estaban apagadas, lo cual no era habitual. Yo llevaba una vela del dormitorio, y dejé entrar un poco la luz, mirando con cuidado alrededor. Lo vi sentado en esa silla junto al tocador, ya vestido de nuevo. Se volvió y me miró. Me pareció extraño que se hubiera levantado, vestido y apagado las velas para quedarse sentado a oscuras de ese modo. Pero sólo le pregunté otra vez si podía hacer algo por él. Me dijo que no, y con cierta aspereza, pensé yo. Le pregunté si podía encender otra vez las velas, y me dijo: “Haga lo que quiera, Jones”. Así que las encendí, y me quedé un poco más por la habitación, y entonces me dijo: “Dígame la verdad, Jones: ¿por qué ha vuelto? ¿No oyó a alguien maldiciendo?”. “No, señor”, le dije, preguntándome qué querría decir.

—“No —dijo él, repitiéndolo tras de mí—, claro que no”; y yo le dije: “¿No sería mejor, señor, que se acostara? Son ya las cinco”.
No respondió nada, sólo: “Muy probablemente; buenas noches, Jones”. Así que me marché, señor; pero en menos de una hora volví a subir. La puerta estaba cerrada, y él me oyó y, según creí, me llamó desde la cama para preguntarme qué quería, y me pidió que no lo molestara otra vez. Me tendí y dormí un poco. Debían de ser entre las seis y las siete cuando subí de nuevo. La puerta seguía cerrada, y no contestó, de modo que no quise importunarlo, y, creyendo que dormía, lo dejé hasta las nueve. Tenía por costumbre llamar cuando deseaba que yo entrara, y yo no tenía hora fija para despertarlo. Llamé muy suavemente y, al no obtener respuesta, me retiré un buen rato, suponiendo que entonces estaba descansando. No fue hasta las once cuando empecé a sentirme de verdad intranquilo, porque, como muy tarde, nunca, que yo recordase, pasaba de las diez y media. No obtuve respuesta. Llamé, golpeé, y seguía sin contestar. Como no pude forzar la puerta, llamé a Thomas, de los establos, y entre los dos la echamos abajo, y lo encontramos del modo espantoso que usted ha visto.

Jones no tenía nada más que decir. El pobre señor Jennings era sumamente amable y bondadoso. Toda su servidumbre le tenía afecto. Vi claramente que el criado estaba profundamente afectado.

Así, abatido y agitado, salí de aquella terrible casa y de su oscuro dosel de olmos, y espero no volver a verla jamás. Mientras le escribo, me siento como un hombre que no ha despertado sino a medias de un sueño espantoso y monótono. Mi memoria rechaza la imagen con incredulidad y horror. Y sin embargo sé que es cierta. Es la historia del proceso de un veneno; un veneno que excita la acción recíproca del espíritu y el nervio, y paraliza el tejido que separa esas funciones afines de los sentidos, el exterior y el interior. Así encontramos extraños compañeros de lecho, y el mortal y el inmortal se conocen antes de tiempo.


CONCLUSIÓN

Una palabra para quienes padecen

Mi querido Van L., usted ha sufrido una afección semejante a la que acabo de describir. Dos veces se quejó de su retorno.

¿Quién, bajo Dios, lo curó? Su humilde servidor, Martin Hesselius. Mejor adoptar la piedad más enfática de cierto buen cirujano francés de hace trescientos años: “Yo traté, y Dios lo curó a usted”.

Vamos, amigo mío, no ha de ponerse melancólico. Déjeme decirle un hecho.

He encontrado y tratado, como muestra mi libro, cincuenta y siete casos de esta clase de visión, a la que llamo indistintamente “sublimada”, “precoz” e “interior”.

Existe otra clase de afecciones a las que verdaderamente se llama —aunque comúnmente se confunden con las que yo describo— ilusiones espectrales. A estas últimas las considero tan simplemente curables como un resfriado o una ligera dispepsia.

Son aquellas que pertenecen a la primera categoría las que ponen a prueba nuestra prontitud de pensamiento. Cincuenta y siete casos así he encontrado, ni uno más ni uno menos. ¿Y en cuántos de ellos he fracasado? En ninguno solo.

No hay aflicción alguna de la mortalidad más fácil y ciertamente reducible, con un poco de paciencia y una confianza racional en el médico. Dadas estas simples condiciones, considero la cura absolutamente segura.

Debe recordar que yo ni siquiera había comenzado a tratar el caso del señor Jennings. No me cabe la menor duda de que lo habría curado perfectamente en dieciocho meses, o quizá el tratamiento se habría extendido a dos años. Algunos casos se curan con gran rapidez, otros son extremadamente laboriosos. Todo médico inteligente que ponga pensamiento y diligencia en la tarea logrará una curación.

Conoce usted mi tratado sobre Las funciones cardinales del cerebro. Allí, mediante la evidencia de innumerables hechos, demuestro, según creo, la alta probabilidad de una circulación arterial y venosa, en su mecanismo, a través de los nervios. De este sistema, así considerado, el cerebro es el corazón. El fluido que desde allí se propaga por una clase de nervios, regresa alterado por otra, y la naturaleza de ese fluido es espiritual, aunque no inmaterial, lo mismo que, como observé antes, no lo son la luz o la electricidad.

Por diversos abusos, entre los cuales se cuenta el uso habitual de agentes como el té verde, este fluido puede verse afectado en su calidad, pero con más frecuencia se perturba en su equilibrio. Siendo este fluido aquello que tenemos en común con los espíritus, una congestión situada en las masas de cerebro o nervio relacionadas con el sentido interior forma una superficie indebidamente expuesta, sobre la cual pueden obrar los espíritus desencarnados: la comunicación queda así establecida con mayor o menor eficacia. Entre esta circulación cerebral y la circulación cardíaca existe una íntima simpatía. El asiento, o más bien el instrumento, de la visión exterior es el ojo. El asiento de la visión interior es el tejido nervioso y cerebral inmediatamente alrededor y por encima de la ceja. Recuerda usted cuán eficazmente disipé sus visiones mediante la simple aplicación de agua de colonia helada. Pocos casos, sin embargo, pueden tratarse exactamente del mismo modo con éxito rápido. El frío obra poderosamente como repelente del fluido nervioso. Si se prolonga lo suficiente, produce incluso esa insensibilidad permanente que llamamos entumecimiento, y un poco más allá, la parálisis tanto muscular como sensitiva.

No tengo, lo repito, la menor duda de que habría primero oscurecido y finalmente sellado ese ojo interior que el señor Jennings había abierto inadvertidamente. Los mismos sentidos se abren en el delirium tremens y se cierran enteramente de nuevo cuando la sobreexcitación del corazón cerebral y las prodigiosas congestiones nerviosas que la acompañan son terminadas por un cambio decidido en el estado del cuerpo. Actuando con constancia sobre el cuerpo, mediante un proceso sencillo, se produce ese resultado, e inevitablemente se produce. Yo no he fallado jamás.

El pobre señor Jennings se quitó la vida. Pero esa catástrofe fue resultado de una dolencia totalmente distinta que, por así decirlo, se proyectó sobre la enfermedad ya establecida. Su caso fue, de manera distintiva, una complicación, y la afección bajo la cual sucumbió realmente fue una manía suicida hereditaria. No puedo llamar al pobre señor Jennings paciente mío, porque ni siquiera había comenzado a tratarlo, y él no me había otorgado aún, estoy convencido, su confianza plena y sin reservas. Si el paciente no se pone del lado de la enfermedad, su curación es segura.

Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026