Cuento

La ventana tapiada

(1842-1914) · 10 min de lectura

La ventana tapiada

En 1830, a sólo unas pocas millas de lo que hoy es la gran ciudad de Cincinnati, se extendía un bosque inmenso y casi ininterrumpido.

Toda la región estaba escasamente poblada por gente de la frontera: almas inquietas que, apenas habían arrancado a la naturaleza salvaje hogares medianamente habitables y alcanzado ese grado de prosperidad que hoy llamaríamos indigencia, impulsadas por algún misterioso instinto de su carácter lo abandonaban todo y avanzaban aún más hacia el oeste, para enfrentarse a nuevos peligros y privaciones en el esfuerzo por recuperar las escasas comodidades a las que voluntariamente habían renunciado.

Muchos de ellos ya habían dejado aquella región en busca de asentamientos más remotos, pero entre los que permanecían se encontraba uno que había formado parte de los primeros pobladores. Vivía solo en una casa de troncos rodeada por todas partes por el gran bosque, de cuya penumbra y silencio parecía formar parte, pues nadie lo había visto jamás sonreír ni pronunciar una palabra innecesaria.

Satisfacía sus sencillas necesidades mediante la venta o el trueque de pieles de animales salvajes en el poblado junto al río, pues no cultivaba absolutamente nada en aquella tierra que, de haberlo necesitado, habría podido reclamar como propia por derecho de posesión ininterrumpida. Había, eso sí, señales de alguna antigua «mejora»: unos cuantos acres alrededor de la casa habían sido despejados tiempo atrás, y los tocones podridos de los árboles quedaban ahora medio ocultos por la nueva vegetación, a la que se había permitido reparar los estragos causados por el hacha.

Al parecer, el entusiasmo del hombre por la agricultura había ardido con una llama cada vez más débil, hasta extinguirse en cenizas de arrepentimiento.

La pequeña casa de troncos, con su chimenea hecha de palos, su techo de tablillas combadas sujetas por largos maderos transversales y sus junturas rellenas de barro, tenía una sola puerta y, justo enfrente, una ventana. Esta última, sin embargo, estaba cubierta con tablas. Nadie podía recordar una época en que no lo hubiera estado.

Tampoco nadie sabía por qué había sido cerrada de aquel modo. Desde luego, no era porque a su ocupante le disgustaran la luz y el aire, pues en las raras ocasiones en que algún cazador pasaba por aquel lugar solitario, era habitual ver al ermitaño tomando el sol en el umbral, siempre que el cielo hubiera tenido a bien proporcionárselo. Imagino que son pocas las personas que viven hoy y que alguna vez conocieron el secreto de aquella ventana; pero yo soy una de ellas, como se verá.

Decían que el hombre se llamaba Murlock. Aparentaba unos setenta años, aunque en realidad tenía alrededor de cincuenta. Algo más que el paso del tiempo había contribuido a envejecerlo. Su cabello y su larga y espesa barba eran blancos; sus ojos grises, sin brillo, estaban hundidos, y su rostro aparecía surcado de manera singular por arrugas que parecían pertenecer a dos sistemas entrecruzados. Era alto y delgado, con los hombros encorvados como los de quien lleva una pesada carga.

Yo nunca lo vi. Estos detalles los conocí por mi abuelo, de quien también escuché la historia del hombre cuando era muchacho. Él había conocido a Murlock cuando vivía en las cercanías durante aquellos primeros tiempos.

Un día encontraron a Murlock muerto en su cabaña. No eran aquel tiempo ni aquel lugar propicios para médicos forenses y periódicos, y supongo que se decidió que había muerto por causas naturales; de no haber sido así, seguramente me lo habrían contado y yo lo recordaría. Sólo sé que, obedeciendo quizá a cierta idea de lo que era apropiado, enterraron el cuerpo cerca de la cabaña, junto a la tumba de su esposa, que había muerto tantos años antes que la tradición local apenas conservaba un vestigio de su existencia.

Ahí termina el último capítulo de esta historia verdadera, salvo, claro está, por el hecho de que muchos años después, acompañado por otro espíritu tan intrépido como el mío, penetré en aquel lugar y me aventuré lo bastante cerca de la cabaña en ruinas para arrojar una piedra contra ella, tras lo cual eché a correr para escapar del fantasma que, como cualquier muchacho bien informado de la comarca sabía, rondaba aquellos parajes. Pero existe un capítulo anterior: el que me contó mi abuelo.

Cuando Murlock construyó su cabaña y comenzó a manejar vigorosamente el hacha para abrirse una granja en el bosque —mientras el rifle le proporcionaba el sustento— era joven, fuerte y estaba lleno de esperanza. En la región del este de donde procedía se había casado, como era costumbre, con una joven digna en todos los sentidos de su honesta devoción, que compartía los peligros y privaciones de aquella existencia con ánimo dispuesto y corazón alegre.

No existe registro conocido de su nombre; acerca de los encantos de su carácter y de su apariencia, la tradición guarda silencio, y quien dude de ellos es libre de hacerlo; ¡pero Dios me libre de compartir semejante duda! De su amor y de su felicidad existe abundante testimonio en cada día añadido a la vida de viudo de aquel hombre, pues ¿qué, sino el magnetismo de un recuerdo bendito, habría podido encadenar a un espíritu tan aventurero a una existencia como aquélla?

Un día, Murlock regresó de cazar en una zona distante del bosque y encontró a su esposa postrada por la fiebre y delirando. No había médico en muchas millas a la redonda ni vecino alguno; tampoco estaba ella en condiciones de ser abandonada mientras él iba en busca de ayuda. Así que se entregó a la tarea de devolverle la salud, pero al final del tercer día la mujer cayó inconsciente y de ese modo murió, aparentemente, sin recuperar ni por un instante la razón.

Por lo que sabemos de una naturaleza como la suya, podemos aventurarnos a completar algunos detalles del esbozo que trazó mi abuelo. Cuando se convenció de que ella estaba muerta, Murlock tuvo la lucidez suficiente para recordar que había que preparar a los muertos para el entierro. Al cumplir con aquel deber sagrado se equivocó una y otra vez: hizo algunas cosas incorrectamente y otras, aun haciéndolas bien, las repitió una y otra vez.

Su incapacidad ocasional para realizar algún acto sencillo y cotidiano lo llenaba de asombro, como le ocurre a un borracho que se sorprende ante la suspensión de las leyes naturales que le son familiares. También le extrañaba no llorar; le sorprendía y le avergonzaba un poco, pues sin duda era cruel no llorar por los muertos.

—Mañana —dijo en voz alta— tendré que hacer el ataúd y cavar la tumba; entonces la echaré de menos, cuando ya no pueda verla. Pero ahora… está muerta, por supuesto, aunque todo está bien. De algún modo, tiene que estar bien. Las cosas no pueden ser tan malas como parecen.

Permaneció de pie junto al cuerpo mientras la luz se extinguía, arreglando el cabello de la mujer y dando los últimos retoques a su sencillo atavío mortuorio, haciendo todo mecánicamente, con un cuidado desprovisto de alma. Y, pese a ello, por debajo de sus pensamientos persistía una vaga convicción de que todo estaba bien, de que volvería a tenerla consigo como antes y de que entonces todo encontraría una explicación. No tenía experiencia con el dolor; su capacidad para soportarlo no había sido ensanchada por el uso. Su corazón no podía contenerlo todo, ni su imaginación concebirlo adecuadamente.

No sabía todavía cuán terrible había sido el golpe. Ese conocimiento llegaría después y jamás volvería a abandonarlo. El dolor es un artista cuyos poderes son tan diversos como los instrumentos con los que interpreta sus cantos fúnebres por los muertos: de algunos arranca las notas más agudas y penetrantes; de otros, acordes bajos y graves que palpitan una y otra vez como el lento redoble de un tambor distante. A ciertas naturalezas las sobresalta; a otras las aturde.

Para unos llega como el impacto de una flecha que, al herir, despierta todos los sentidos a una vida más intensa; para otros, como el golpe de una maza que, al aplastar, entumece.

Podemos imaginar que Murlock pertenecía a estos últimos, pues —y aquí pisamos terreno más firme que el de la conjetura— apenas terminó su piadosa tarea, se dejó caer en una silla junto a la mesa sobre la que descansaba el cuerpo y, observando cuán blanco se destacaba su perfil en la creciente oscuridad, apoyó los brazos en el borde de la mesa y hundió el rostro entre ellos, todavía sin lágrimas e indeciblemente agotado.

En aquel momento entró por la ventana abierta un largo sonido lastimero, semejante al llanto de un niño perdido en las profundidades lejanas del bosque que se oscurecía.

Pero el hombre no se movió.

De nuevo, y ahora más cerca que antes, aquel grito sobrenatural alcanzó sus sentidos desfallecientes. Quizá fuera una bestia salvaje; quizá sólo un sueño.

Porque Murlock dormía.

Varias horas después, según pudo determinarse más tarde, aquel negligente vigilante despertó y, levantando la cabeza de entre los brazos, escuchó atentamente sin saber por qué. Allí, en la negrura absoluta, junto a la muerta, recordándolo todo sin sobresaltarse, forzó los ojos tratando de ver… sin saber qué. Todos sus sentidos estaban alerta; contenía la respiración y su sangre parecía haber detenido sus mareas para contribuir al silencio.

¿Quién —o qué— lo había despertado? ¿Y dónde estaba?

De pronto, la mesa tembló bajo sus brazos y, al mismo tiempo, oyó —o creyó oír— un paso leve y suave; luego otro: sonidos semejantes a los de unos pies descalzos sobre el suelo.

Estaba demasiado aterrorizado para gritar o moverse. No podía hacer otra cosa que esperar. Esperó allí, en la oscuridad, durante lo que parecieron siglos de un miedo tan intenso como puede experimentarlo un hombre y vivir para contarlo. Intentó en vano pronunciar el nombre de la mujer muerta; en vano trató de extender la mano sobre la mesa para averiguar si ella seguía allí. Su garganta no respondía; sus brazos y sus manos pesaban como plomo.

Entonces ocurrió algo aún más espantoso.

Un cuerpo pesado pareció precipitarse contra la mesa con tal ímpetu que la empujó violentamente contra su pecho y estuvo a punto de derribarlo. Al mismo tiempo oyó y sintió cómo algo caía al suelo con un golpe tan brutal que toda la casa se estremeció con el impacto. Siguió un forcejeo, una confusión de sonidos imposible de describir.

Murlock se puso de pie.

El miedo, llevado al extremo, había perdido el dominio sobre sus facultades. Lanzó las manos sobre la mesa.

¡No había nada allí!

Existe un punto en el que el terror puede transformarse en locura, y la locura impulsa a actuar. Sin propósito definido, movido únicamente por el impulso caprichoso de un demente, Murlock saltó hacia la pared y, tanteando un instante, encontró su rifle cargado y disparó sin apuntar.

En el destello del disparo, que iluminó vivamente la habitación, vio una enorme pantera que arrastraba a la mujer muerta hacia la ventana, ¡con los dientes hundidos en su garganta!

Después hubo una oscuridad aún más negra que antes, y silencio.

Cuando recuperó la conciencia, el sol estaba ya alto y el bosque resonaba con el canto de los pájaros.

El cuerpo yacía cerca de la ventana, donde la bestia lo había abandonado al huir espantada por el fogonazo y el estruendo del rifle. Las ropas estaban revueltas, el largo cabello desordenado y los miembros extendidos sin orden alguno. De la garganta, horriblemente desgarrada, había brotado un charco de sangre que todavía no se había coagulado por completo.

La cinta con la que Murlock había atado las muñecas estaba rota.

Las manos estaban fuertemente cerradas.

Entre los dientes de la mujer había un fragmento de la oreja del animal.

FIN

Traducción al español realizada directamente del texto original de Ambrose Bierce para Relatos Extraordinarios.

Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026

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