Relato de un viajero
Aquel para quien la cena está dispuesta
yace esta noche, creo, frío y sin vida.
Anoche lo conduje a su aposento;
esta noche Acero Gris le ha hecho el lecho.
Sir Eger, Sir Grahame y Sir Gray-Steel
En la cima de una de las alturas del Odenwald, una región agreste y romántica de la Alta Alemania, no muy lejos de la confluencia del Meno y el Rin, se alzaba, muchos, muchos años atrás, el castillo del barón Von Landshort. Hoy está casi por completo en ruinas y sepultado entre hayas y oscuros abetos; por encima de ellos, sin embargo, todavía puede verse su antigua torre de vigilancia esforzándose, como el antiguo propietario que he mencionado, por mantener la cabeza en alto y mirar desde arriba las tierras vecinas.
El barón era una rama seca de la gran familia de los Katzenellenbogen, y había heredado los restos de las propiedades y todo el orgullo de sus antepasados. Aunque las inclinaciones guerreras de sus predecesores habían mermado considerablemente el patrimonio familiar, el barón seguía procurando conservar cierta apariencia de la antigua grandeza.
Los tiempos eran pacíficos y los nobles alemanes, en general, habían abandonado aquellos incómodos castillos encaramados en las montañas como nidos de águilas y construido residencias más confortables en los valles. El barón, sin embargo, continuaba orgullosamente atrincherado en su pequeña fortaleza, alimentando con hereditario rencor todas las viejas enemistades familiares, de modo que mantenía malas relaciones con algunos de sus vecinos más próximos por disputas ocurridas entre sus tatarabuelos.
El barón tenía una sola hija; pero la naturaleza, cuando concede un único hijo, siempre compensa convirtiéndolo en un prodigio, y así sucedía con la hija del barón.
Todas las nodrizas, comadres y primas del campo aseguraban a su padre que no existía en toda Alemania otra joven que pudiera igualarla en belleza; ¿y quién habría de saberlo mejor que ellas? Había sido educada, además, con extraordinario cuidado bajo la supervisión de dos tías solteras, que habían pasado algunos años de juventud en una de las pequeñas cortes alemanas y dominaban todas las ramas del conocimiento necesarias para la educación de una dama distinguida. Bajo su enseñanza, la muchacha se convirtió en un portento de virtudes y habilidades.
Al cumplir los dieciocho años bordaba admirablemente y había representado en tapices historias enteras de santos, con tal intensidad de expresión en sus rostros que todos parecían almas sufriendo en el purgatorio. Podía leer sin demasiada dificultad y había conseguido deletrear varias leyendas eclesiásticas y casi todas las maravillas caballerescas del Heldenbuch.
Había hecho incluso progresos considerables en la escritura: podía firmar su propio nombre sin omitir una sola letra y con una caligrafía tan legible que sus tías lograban leerla sin ponerse los anteojos. Sobresalía en la fabricación de toda clase de pequeños, elegantes e inútiles objetos propios de una señorita; conocía las más abstrusas danzas de la época, interpretaba numerosas melodías con el arpa y la guitarra y sabía de memoria todas las tiernas baladas de los Minnesänger.
Sus tías, que en sus años mozos habían sido grandes coquetas, estaban admirablemente preparadas para convertirse en vigilantes guardianas y severas censoras de la conducta de su sobrina; pues no existe dueña más rigurosamente prudente ni inexorablemente decorosa que una coqueta envejecida.
Rara vez permitían que la muchacha desapareciera de su vista. Nunca podía abandonar los dominios del castillo sin ir debidamente acompañada, o más bien debidamente vigilada. Recibía continuas lecciones acerca del más estricto decoro y de la obediencia absoluta; y en cuanto a los hombres… ¡bah! Le habían enseñado a mantenerlos a tal distancia y a desconfiar de ellos de forma tan absoluta que, sin la debida autorización, no habría dirigido una mirada al caballero más apuesto del mundo, ni siquiera si estuviera muriendo a sus pies.
Los buenos efectos de aquel sistema eran maravillosamente evidentes.
La joven era un modelo de docilidad y corrección. Mientras otras muchachas desperdiciaban su dulzura bajo el resplandor del mundo, expuestas a que cualquier mano las arrancara y arrojara después a un lado, ella florecía tímidamente hasta convertirse en una mujer joven, fresca y encantadora, bajo la protección de aquellas inmaculadas solteronas, como un capullo de rosa que se abre sonrojado entre espinas guardianas.
Sus tías la contemplaban con orgullo y satisfacción y se jactaban de que, aunque todas las demás jóvenes del mundo pudieran extraviarse, gracias al cielo nada semejante podría ocurrirle jamás a la heredera de los Katzenellenbogen.
Pero, aunque el barón Von Landshort había sido escasamente provisto de hijos, su casa estaba muy lejos de ser pequeña, pues la Providencia lo había enriquecido con abundancia de parientes pobres.
Todos ellos, sin excepción, poseían esa afectuosa disposición común entre los familiares humildes. Sentían un extraordinario apego por el barón y aprovechaban cualquier ocasión posible para acudir en enjambres y animar el castillo.
Todas las festividades familiares eran conmemoradas por aquella buena gente a costa del barón; y cuando estaban bien llenos de comida y bebida, declaraban que nada sobre la tierra resultaba tan delicioso como aquellas reuniones familiares, aquellos jubileos del corazón.
El barón, aunque era un hombre pequeño, poseía un alma grande, y ésta se hinchaba de satisfacción ante la conciencia de ser el personaje más importante del pequeño mundo que lo rodeaba. Le encantaba contar largas historias acerca de los rudos y antiguos guerreros cuyos retratos miraban con severidad desde las paredes, y jamás encontraba oyentes tan atentos como aquellos que comían a sus expensas.
Era muy aficionado a lo maravilloso y creía firmemente en todas aquellas historias sobrenaturales que abundaban en cada montaña y valle de Alemania.
La fe de sus invitados superaba incluso la suya.
Escuchaban cada relato extraordinario con ojos y boca abiertos y jamás dejaban de sorprenderse, aunque lo hubieran oído por centésima vez.
Así vivía el barón Von Landshort: oráculo de su mesa, monarca absoluto de su pequeño territorio y, por encima de todo, feliz gracias a la convicción de ser el hombre más sabio de su época.
En el momento en que comienza nuestra historia, se celebraba una gran reunión familiar en el castillo por un asunto de máxima importancia: recibir al hombre destinado a convertirse en esposo de la hija del barón.
Habían tenido lugar negociaciones entre el padre y un viejo noble de Baviera para unir la dignidad de ambas casas mediante el matrimonio de sus hijos. Los preliminares habían sido conducidos con toda la solemnidad requerida.
Los jóvenes quedaron comprometidos sin haberse visto nunca y se fijó la fecha de la ceremonia.
El joven conde Von Altenburg había sido llamado de regreso del ejército para la ocasión y se encontraba ya camino del castillo del barón para recibir a su esposa. Incluso habían llegado cartas suyas desde Würzburg, donde un contratiempo lo había retenido, indicando el día y la hora en que podía esperarse su llegada.
El castillo entero bullía con los preparativos destinados a ofrecerle una recepción apropiada.
La hermosa novia había sido engalanada con un cuidado extraordinario. Las dos tías supervisaron su arreglo y pasaron toda la mañana discutiendo sobre cada una de las prendas de su vestido. La joven aprovechó aquella disputa para seguir las inclinaciones de su propio gusto, que afortunadamente era bueno.
Estaba tan hermosa como cualquier joven esposo podría desear, y la agitación de la espera daba todavía mayor brillo a sus encantos.
El rubor que se extendía por su rostro y cuello, el suave movimiento de su pecho, la mirada que de cuando en cuando se perdía en ensoñaciones, todo revelaba el dulce tumulto que agitaba su pequeño corazón.
Las tías revoloteaban continuamente a su alrededor, pues las tías solteras suelen mostrar gran interés en asuntos de esta naturaleza. Le daban un mundo de prudentes consejos sobre cómo debía comportarse, qué debía decir y de qué manera recibir al esperado enamorado.
El barón no estaba menos ocupado con los preparativos.
En realidad, no tenía absolutamente nada concreto que hacer; pero era por naturaleza un hombrecillo inquieto y bullicioso y no podía permanecer pasivo mientras todo el mundo corría de un lado para otro.
Recorrió el castillo de arriba abajo con una expresión de infinita preocupación; interrumpía continuamente a los sirvientes en sus tareas para exhortarlos a trabajar con diligencia y zumbaba de habitación en habitación, tan ociosamente inquieto e importuno como una mosca azul durante un cálido día de verano.
Mientras tanto, se había sacrificado el ternero cebado; los bosques habían resonado con los clamores de los cazadores; la cocina rebosaba de manjares; las bodegas habían entregado océanos enteros de vino del Rin y vino de Ahr, e incluso se había recurrido al enorme tonel de Heidelberg.
Todo estaba preparado para recibir al distinguido huésped con abundancia y estrépito, conforme al auténtico espíritu de la hospitalidad alemana.
Pero el invitado tardaba en aparecer.
Pasó una hora tras otra.
El sol, que había derramado sus rayos descendentes sobre los ricos bosques del Odenwald, apenas iluminaba ya las cumbres de las montañas.
El barón subió a la torre más alta y forzó la vista con la esperanza de distinguir a lo lejos al conde y su comitiva.
En cierto momento creyó verlos.
El sonido de unos cuernos llegó flotando desde el valle, prolongado por los ecos de las montañas.
Muy abajo apareció un grupo de jinetes que avanzaba lentamente por el camino; pero, cuando estaban a punto de llegar al pie de la montaña, cambiaron de dirección.
Desapareció el último rayo del sol.
Los murciélagos comenzaron a revolotear en el crepúsculo.
El camino se volvió cada vez más oscuro y ya no se veía en él nada que se moviera, salvo de vez en cuando algún campesino que regresaba lentamente a casa después de su jornada.
Mientras el viejo castillo de Landshort permanecía sumido en aquella incertidumbre, una escena mucho más interesante se desarrollaba en otra parte del Odenwald.
El joven conde Von Altenburg avanzaba tranquilamente por su camino, con ese sobrio trote con que un hombre viaja hacia el matrimonio cuando sus amigos le han evitado todas las molestias e incertidumbres del cortejo y una esposa lo espera con tanta seguridad como la cena al final de la jornada.
En Würzburg se había encontrado con un joven compañero de armas con quien había prestado servicio en las fronteras: Herman Von Starkenfaust, uno de los brazos más fuertes y uno de los corazones más nobles de la caballería alemana, que regresaba ahora del ejército.
El castillo de su padre no se encontraba muy lejos de la antigua fortaleza de Landshort, aunque una enemistad hereditaria mantenía enfrentadas y separadas a ambas familias.
En el cálido momento del reencuentro, los dos jóvenes amigos se contaron sus aventuras y fortunas pasadas, y el conde relató toda la historia de su próximo matrimonio con una joven a quien nunca había visto, pero de cuyos encantos había recibido las descripciones más arrebatadoras.
Como el camino de ambos seguía la misma dirección, acordaron realizar juntos el resto del viaje. Para poder hacerlo con mayor tranquilidad, partieron de Würzburg a primera hora, después de que el conde ordenara a su séquito seguirlo y alcanzarlo más adelante.
Entretuvieron el camino recordando escenas y aventuras militares, aunque el conde tenía cierta tendencia a ponerse un poco pesado hablando de vez en cuando de los reputados encantos de su prometida y de la felicidad que lo aguardaba.
Así habían penetrado entre las montañas del Odenwald y atravesaban uno de sus pasos más solitarios y densamente arbolados.
Es bien sabido que los bosques de Alemania siempre han estado tan infestados de ladrones como sus castillos de espectros; y en aquella época los primeros eran especialmente numerosos debido a las bandas de soldados licenciados que vagaban por el país.
No parecerá extraño, por tanto, que los caballeros fueran atacados en medio del bosque por una cuadrilla de aquellos merodeadores.
Se defendieron con valentía, pero estaban a punto de ser vencidos cuando llegó en su ayuda el séquito del conde.
Al verlo, los ladrones huyeron.
Pero no antes de que el conde recibiera una herida mortal.
Fue conducido lenta y cuidadosamente de regreso a Würzburg y se hizo llamar a un fraile de un convento cercano, famoso por su habilidad para atender tanto el alma como el cuerpo.
Pero la mitad de sus conocimientos resultaba innecesaria.
Los instantes del infortunado conde estaban contados.
Con su último aliento suplicó a su amigo que acudiera inmediatamente al castillo de Landshort y explicara la fatal razón por la que no podía cumplir su compromiso con la novia.
Aunque no era el más apasionado de los enamorados, sí era uno de los hombres más escrupulosos en cuestiones de honor, y parecía sinceramente preocupado porque aquella misión se cumpliera con rapidez y cortesía.
—Si no se hace —dijo—, no descansaré tranquilo en mi tumba.
Repitió aquellas últimas palabras con particular solemnidad.
Una petición realizada en un momento tan impresionante no admitía vacilación.
Starkenfaust trató de tranquilizarlo, prometió fielmente cumplir su voluntad y le tendió la mano como solemne juramento.
El moribundo la apretó en señal de agradecimiento, pero pronto cayó en el delirio.
Desvariaba acerca de su novia, de sus compromisos, de su palabra empeñada.
Ordenó que le trajeran el caballo para poder cabalgar hasta el castillo de Landshort y murió imaginando que saltaba sobre la silla.
Starkenfaust dedicó un suspiro y una lágrima de soldado al prematuro destino de su camarada y después reflexionó acerca de la incómoda misión que había asumido.
Tenía el corazón oprimido y la cabeza llena de dudas, pues debía presentarse como huésped no invitado entre personas hostiles y apagar sus festejos con noticias fatales para todas sus esperanzas.
Aun así, cierta curiosidad comenzaba a susurrarle en el pecho el deseo de conocer a aquella célebre belleza de los Katzenellenbogen, mantenida con tanto cuidado apartada del mundo.
Era un apasionado admirador del sexo femenino y había en su carácter una mezcla de extravagancia y espíritu aventurero que lo hacía aficionado a toda clase de empresas singulares.
Antes de partir dejó debidamente acordadas con los santos hermanos del convento las ceremonias funerarias de su amigo, que debía ser enterrado en la catedral de Würzburg cerca de algunos de sus ilustres parientes.
La comitiva de luto del conde quedó encargada de sus restos.
Ya es hora de que regresemos a la antigua familia de los Katzenellenbogen, que aguardaba impaciente a su invitado y todavía más impaciente su cena, y al digno baroncito a quien dejamos tomando el aire en la torre de vigilancia.
Cayó la noche, pero el huésped seguía sin llegar.
El barón descendió de la torre desesperado.
El banquete, retrasado una hora tras otra, no podía aplazarse más.
Las carnes estaban ya demasiado hechas, el cocinero agonizaba de angustia y toda la servidumbre tenía el aspecto de una guarnición reducida por el hambre.
Muy a su pesar, el barón se vio obligado a ordenar que comenzara el festín sin el invitado.
Todos estaban ya sentados a la mesa y a punto de empezar cuando el sonido de un cuerno al otro lado de la puerta anunció la aproximación de un extraño.
Otro toque prolongado llenó con sus ecos los antiguos patios del castillo y recibió respuesta del centinela de las murallas.
El barón se apresuró a recibir a su futuro yerno.
El puente levadizo había descendido y el desconocido esperaba ante la entrada.
Era un caballero alto y gallardo, montado en un corcel negro.
Su rostro estaba pálido, pero poseía una mirada brillante y romántica y un aire de majestuosa melancolía.
Al barón le desagradó un poco que hubiera llegado de una manera tan sencilla y solitaria.
Durante un instante su dignidad se sintió ofendida y estuvo tentado a considerar aquello una falta del debido respeto hacia la importante ocasión y hacia la importante familia con la que el joven estaba a punto de emparentar.
Sin embargo, consiguió tranquilizarse concluyendo que seguramente la impaciencia juvenil había llevado al muchacho a adelantarse a sus acompañantes.
—Lamento —dijo el extraño— presentarme ante vos de manera tan inoportuna…
El barón lo interrumpió entonces con un torrente de cumplidos y palabras de bienvenida, pues, a decir verdad, estaba muy orgulloso de su cortesía y elocuencia.
El desconocido intentó una o dos veces detener el torrente de palabras, pero fue inútil, de modo que inclinó la cabeza y dejó que siguiera fluyendo.
Cuando por fin el barón hizo una pausa, ambos habían llegado ya al patio interior del castillo.
El extraño se disponía nuevamente a hablar cuando volvió a ser interrumpido por la aparición de las mujeres de la familia, que conducían hasta él a la tímida y ruborizada novia.
La contempló durante unos instantes como hechizado.
Parecía que toda su alma resplandecía en aquella mirada y descansaba sobre la encantadora figura de la muchacha.
Una de las tías solteras le susurró algo al oído.
Ella hizo un esfuerzo por hablar.
Sus húmedos ojos azules se levantaron tímidamente, dirigieron una fugaz mirada interrogante al desconocido y volvieron a bajar hacia el suelo.
Las palabras murieron antes de salir de sus labios; pero una dulce sonrisa jugaba en ellos y un pequeño hoyuelo apareció en su mejilla, dejando claro que lo que había visto no le había resultado desagradable.
Era imposible que una muchacha de dieciocho años, en edad propicia para el amor y extraordinariamente predispuesta hacia el matrimonio, no quedara complacida por un caballero tan gallardo.
La hora tardía a la que había llegado el huésped no dejaba tiempo para explicaciones.
El barón se mostró terminante: cualquier conversación particular quedaría aplazada hasta la mañana siguiente.
Y encabezó la marcha hacia el banquete todavía intacto.
La cena se servía en el gran salón del castillo.
De las paredes colgaban los severos retratos de los héroes de la casa de Katzenellenbogen y los trofeos que habían obtenido tanto en el campo de batalla como durante la caza.
Corazas marcadas por las espadas, lanzas de torneo astilladas y banderas desgarradas se mezclaban con los despojos de las guerras del bosque.
Mandíbulas de lobos y colmillos de jabalíes mostraban sus terribles dientes entre ballestas y hachas de guerra, mientras una enorme cornamenta se extendía justo encima de la cabeza del joven novio.
El caballero prestaba muy poca atención a los demás invitados o a los manjares.
Apenas probaba la comida.
Parecía completamente absorto en la contemplación de su prometida.
Conversaba con ella en un tono tan bajo que nadie podía escucharlos, pues el lenguaje del amor nunca es ruidoso; pero ¿qué oído femenino es tan torpe que no pueda captar el susurro más tenue de un enamorado?
Había en sus maneras una mezcla de ternura y gravedad que parecía ejercer un poderoso efecto sobre la joven.
El color aparecía y desaparecía de sus mejillas mientras escuchaba con profunda atención.
De vez en cuando respondía ruborizándose y, cuando el caballero apartaba la vista, ella le dirigía una mirada furtiva hacia su rostro romántico y dejaba escapar un suave suspiro de tierna felicidad.
Era evidente que la joven pareja estaba completamente enamorada.
Las tías, profundamente versadas en los misterios del corazón, declararon que se habían enamorado el uno del otro a primera vista.
La fiesta continuó alegremente o, cuando menos, ruidosamente, pues todos los invitados estaban bendecidos con esos grandes apetitos que suelen acompañar a los bolsillos vacíos y al aire de montaña.
El barón contó sus mejores y más largas historias, y jamás las había relatado tan bien ni habían causado semejante efecto.
Cuando había algo maravilloso, sus oyentes quedaban perdidos de asombro; y cuando aparecía algo que pretendía ser gracioso, todos se aseguraban de reír exactamente en el lugar correcto.
El barón, es cierto, como la mayoría de los grandes hombres, era demasiado digno para pronunciar chistes que no fueran malos.
Pero cada uno venía reforzado con una generosa copa de excelente Hockheimer, y hasta un mal chiste contado en la propia mesa, acompañado de un buen vino añejo, resulta irresistible.
Los ingenios más pobres pero más agudos pronunciaron muchas ocurrencias que no soportarían ser repetidas salvo en ocasiones semejantes; numerosos comentarios pícaros fueron susurrados al oído de las damas y estuvieron a punto de hacerlas estallar en carcajadas contenidas.
Un primo pobre, alegre y de rostro ancho, rugió una o dos canciones que obligaron a las tías solteras a levantar apresuradamente sus abanicos.
En medio de toda aquella alegría, el extraño huésped conservaba una gravedad extraordinaria y completamente inoportuna.
A medida que avanzaba la noche, su rostro adquiría una expresión de abatimiento cada vez más profunda y, por extraño que parezca, incluso los chistes del barón parecían hacerlo más melancólico.
A veces permanecía perdido en sus pensamientos.
En otros momentos, sus ojos recorrían inquietos y perturbados la habitación, revelando una mente muy poco tranquila.
Sus conversaciones con la novia se hicieron cada vez más serias y misteriosas.
Nubes sombrías comenzaron a cubrir la hermosa serenidad de la frente de la muchacha y temblores recorrieron su delicado cuerpo.
Nada de aquello podía escapar a la atención de los presentes.
La inexplicable tristeza del novio enfrió su alegría y contagió los ánimos.
Se intercambiaron susurros y miradas, acompañados de encogimientos de hombros y dudosos movimientos de cabeza.
Las canciones y las risas se hicieron cada vez menos frecuentes.
En la conversación comenzaron a producirse lúgubres silencios, hasta que finalmente fueron sustituidos por relatos salvajes y leyendas sobrenaturales.
Una historia terrible produjo otra todavía más terrible, y el barón casi provocó un ataque de histeria a varias de las damas cuando relató la historia del jinete espectral que se llevó consigo a la hermosa Leonora: una espantosa narración que desde entonces ha sido convertida en excelentes versos y es leída y creída por todo el mundo.
El novio escuchó el relato con profundísima atención.
Mantuvo los ojos fijos en el barón y, conforme la historia se aproximaba al final, comenzó lentamente a levantarse de la silla, creciendo y creciendo hasta que, ante los ojos fascinados del barón, pareció elevarse casi como un gigante.
En cuanto terminó la historia dejó escapar un profundo suspiro y se despidió solemnemente de la compañía.
Todos quedaron asombrados.
El barón estaba completamente atónito.
—¡Cómo! ¿Abandonar el castillo a medianoche? Todo está preparado para recibiros. Hay una habitación dispuesta para vos, si deseáis retiraros.
El desconocido negó con la cabeza, triste y misteriosamente.
—Esta noche debo reposar la cabeza en un aposento diferente.
Había algo en aquella respuesta y en el tono con que fue pronunciada que hizo desfallecer el corazón del barón.
Pero reunió sus fuerzas y repitió sus hospitalarias súplicas.
El extraño negó silenciosamente con la cabeza, pero con firmeza, ante cada ofrecimiento y, después de hacer un gesto de despedida a los presentes, salió lentamente del salón.
Las tías solteras habían quedado petrificadas.
La novia inclinó la cabeza y una lágrima resbaló por su mejilla.
El barón siguió al desconocido hasta el gran patio del castillo, donde el caballo negro golpeaba la tierra con los cascos y resoplaba impaciente.
Cuando alcanzaron el portal, cuyo profundo arco estaba apenas iluminado por una lámpara, el extraño se detuvo y habló al barón con una voz hueca que la bóveda volvió todavía más sepulcral.
—Ahora que estamos solos —dijo— os revelaré la razón de mi partida. Tengo un compromiso solemne, inevitable…
—Pero —dijo el barón—, ¿no podéis enviar a alguien en vuestro lugar?
—No admite sustituto. Debo acudir personalmente. Tengo que marcharme a la catedral de Würzburg.
—¡Ah! —respondió el barón, recuperando el ánimo—. Pero no hasta mañana. Mañana llevaréis allí a vuestra novia.
—¡No! ¡No! —respondió el desconocido con una solemnidad diez veces mayor—. Mi compromiso no es con ninguna novia. ¡Los gusanos! ¡Los gusanos me esperan! Soy un hombre muerto. He sido asesinado por unos ladrones. Mi cuerpo yace en Würzburg. A medianoche seré enterrado. La tumba me espera. ¡Debo acudir a mi cita!
Saltó sobre su corcel negro, atravesó a toda velocidad el puente levadizo y el estrépito de los cascos del caballo se perdió entre el silbido del viento nocturno.
El barón regresó al salón sumido en la más absoluta consternación y contó lo sucedido.
Dos damas se desmayaron en el acto.
A otras les revolvió el estómago pensar que acababan de compartir un banquete con un espectro.
Algunos opinaron que podía tratarse del Cazador Salvaje, tan célebre en las leyendas alemanas.
Otros hablaron de espíritus de las montañas, demonios de los bosques y otras criaturas sobrenaturales que han atormentado tan cruelmente a la buena gente de Alemania desde tiempos inmemoriales.
Uno de los parientes pobres se atrevió a sugerir que tal vez todo aquello fuera una extravagante broma del joven caballero y que la sombría naturaleza del engaño parecía bastante acorde con personaje tan melancólico.
Aquello, sin embargo, provocó la indignación de todos los presentes y especialmente la del barón, que miró al hombre como si fuera poco menos que un infiel.
El pobre pariente tuvo que renunciar rápidamente a su herejía y regresar a la fe de los verdaderos creyentes.
Pero cualesquiera dudas que pudieran haber quedado desaparecieron por completo al día siguiente, cuando llegaron mensajes formales confirmando la noticia del asesinato del joven conde y su entierro en la catedral de Würzburg.
Puede imaginarse la consternación que reinó en el castillo.
El barón se encerró en sus aposentos.
Los invitados, que habían acudido para celebrar con él, no podían pensar en abandonarlo en semejante momento de desgracia.
Vagaban por los patios o se reunían en grupos en el salón, moviendo la cabeza y encogiendo los hombros ante las tribulaciones de un hombre tan bueno.
Permanecían más tiempo que nunca sentados a la mesa y comían y bebían con mayor entusiasmo que de costumbre, todo ello, por supuesto, para mantener alto el ánimo.
Pero la situación de la novia viuda era la más digna de compasión.
¡Haber perdido un marido antes incluso de haberlo abrazado!
¡Y semejante marido!
Si hasta su espectro podía ser tan gentil y noble, ¿cómo habría sido aquel hombre estando vivo?
La joven llenó la casa con sus lamentos.
La noche del segundo día de su viudez se retiró a sus aposentos acompañada por una de sus tías, que insistió en dormir junto a ella.
La tía, que era una de las mejores narradoras de historias de fantasmas de toda Alemania, acababa de contar una de las más largas y se había quedado dormida justo a la mitad.
La habitación se encontraba en una zona apartada y daba hacia un pequeño jardín.
La sobrina permanecía pensativa en la cama, contemplando los rayos de la luna naciente, que temblaban sobre las hojas de un álamo situado delante de la ventana.
El reloj del castillo acababa de marcar la medianoche cuando una suave melodía comenzó a elevarse desde el jardín.
La joven saltó de la cama y avanzó silenciosamente hasta la ventana.
Una figura alta permanecía entre las sombras de los árboles.
Cuando levantó la cabeza, un rayo de luna cayó sobre su rostro.
¡Cielo y tierra!
¡Era el novio espectro!
En aquel mismo instante un fuerte grito estalló junto a ella.
Su tía, despertada por la música, la había seguido silenciosamente hasta la ventana y ahora caía en sus brazos.
Cuando la muchacha volvió a mirar, el espectro había desaparecido.
De las dos mujeres, era ahora la tía quien más necesitaba consuelo, pues se encontraba completamente fuera de sí a causa del terror.
En cuanto a la joven, había algo incluso en el espectro de su enamorado que le resultaba entrañable.
Conservaba todavía la apariencia de su belleza varonil y, aunque la sombra de un hombre sirve de poco para satisfacer los afectos de una muchacha enamorada, cuando no puede conseguirse la sustancia hasta eso resulta consolador.
La tía declaró que nunca volvería a dormir en aquella habitación.
La sobrina, por primera vez en su vida, se mostró rebelde y declaró con igual firmeza que no dormiría en ninguna otra parte del castillo.
La consecuencia fue que tuvo que quedarse allí sola.
Pero consiguió que su tía prometiera no contar la historia del espectro, pues temía que le arrebataran el único placer melancólico que le quedaba en la tierra: habitar la habitación sobre la cual la sombra protectora de su enamorado realizaba sus vigilias nocturnas.
Es imposible saber durante cuánto tiempo habría cumplido aquella buena anciana su promesa.
Le encantaba hablar de cosas maravillosas, y existe cierto triunfo en ser la primera persona que cuenta una historia espantosa.
Sin embargo, todavía se recuerda en los alrededores como un ejemplo memorable de discreción femenina que consiguiera guardar silencio durante toda una semana.
Entonces quedó repentinamente liberada de cualquier obligación cuando, una mañana, llegó a la mesa del desayuno la noticia de que la joven había desaparecido.
Su habitación estaba vacía.
Nadie había dormido en la cama.
La ventana permanecía abierta.
¡El pájaro había volado!
El asombro y la preocupación con que fue recibida la noticia sólo pueden ser imaginados por quienes hayan presenciado alguna vez la agitación que las desgracias de un gran hombre provocan entre sus amigos.
Incluso los parientes pobres interrumpieron durante unos instantes las infatigables labores de sus mandíbulas.
La tía, que al principio había quedado sin habla, comenzó a retorcerse las manos.
—¡El duende! ¡El duende! —gritó—. ¡El duende se la ha llevado!
En pocas palabras relató la terrible escena del jardín y concluyó que el espectro debía haber raptado a su novia.
Dos de los sirvientes confirmaron su opinión, pues habían escuchado alrededor de la medianoche el ruido de los cascos de un caballo bajando por la montaña y no dudaban de que debía tratarse del espectro, que se llevaba a la muchacha sobre su corcel negro rumbo a la tumba.
Todos quedaron impresionados por aquella terrible posibilidad, pues sucesos semejantes son extraordinariamente comunes en Alemania, como demuestran muchas historias debidamente autentificadas.
¡Qué lamentable situación la del pobre barón!
¡Qué desgarrador dilema para un padre afectuoso y miembro de la gran familia de los Katzenellenbogen!
Su única hija había sido arrastrada a la tumba o estaba a punto de tener por yerno a algún demonio de los bosques y, quizá, a toda una tropa de pequeños duendes por nietos.
Como de costumbre, estaba completamente desconcertado.
El castillo entero se encontraba en un alboroto.
Se ordenó a los hombres montar a caballo y recorrer cada camino, sendero y barranco del Odenwald.
El propio barón acababa de ponerse sus grandes botas, ceñirse la espada y se disponía a montar para iniciar aquella dudosa búsqueda cuando una nueva aparición lo detuvo.
Una dama se aproximaba al castillo montada en un palafrén y acompañada por un caballero a caballo.
La joven galopó hasta la puerta, saltó de su montura y cayó a los pies del barón, abrazándose a sus rodillas.
Era su hija perdida.
Y quien la acompañaba era…
¡el novio espectro!
El barón quedó estupefacto.
Miró a su hija.
Después al espectro.
Y estuvo a punto de dudar del testimonio de sus propios sentidos.
El aparecido, además, había mejorado extraordinariamente de aspecto desde su última visita al mundo de los vivos.
Vestía con esplendor y las ropas resaltaban una figura noble y varonil.
Ya no estaba pálido ni melancólico.
Su hermoso rostro resplandecía con el color de la juventud y la alegría danzaba en sus grandes ojos oscuros.
El misterio quedó aclarado rápidamente.
El caballero —pues, en realidad, como seguramente habréis comprendido desde hace tiempo, no era ningún duende— se presentó como sir Herman Von Starkenfaust.
Relató su aventura con el joven conde.
Contó cómo se había apresurado a acudir al castillo para entregar las desagradables noticias, pero la elocuencia del barón había interrumpido todos sus intentos de explicar lo sucedido.
Contó cómo la visión de la novia lo había cautivado por completo y cómo, con tal de permanecer unas horas cerca de ella, había permitido tácitamente que continuara el malentendido.
Contó cómo después se había encontrado terriblemente desconcertado, sin saber de qué manera podía retirarse decentemente, hasta que las historias de duendes del barón le sugirieron aquella extravagante salida.
Contó cómo, temeroso de la enemistad feudal entre las dos familias, había repetido sus visitas en secreto; cómo había rondado el jardín bajo la ventana de la joven; cómo la había cortejado; cómo la había conquistado; cómo se la había llevado triunfalmente y, en pocas palabras…
cómo se había casado con la hermosa muchacha.
En cualquier otra circunstancia el barón habría permanecido inflexible.
Era celoso defensor de la autoridad paterna y devotamente obstinado en todo lo relacionado con las enemistades familiares.
Pero amaba a su hija.
La había llorado como perdida.
Ahora se alegraba de encontrarla todavía viva.
Y aunque su marido perteneciera a una casa enemiga…
¡gracias al cielo no era un duende!
Había, es necesario reconocerlo, algo en la broma del caballero acerca de estar muerto que no concordaba exactamente con las ideas del barón sobre la estricta veracidad.
Pero varios viejos amigos presentes que habían servido en las guerras le aseguraron que cualquier estratagema era disculpable en cuestiones de amor y que aquel caballero tenía incluso derecho a ciertos privilegios especiales, pues hasta hacía poco había servido como soldado de caballería.
Por tanto, todo quedó felizmente arreglado.
El barón perdonó inmediatamente a la joven pareja.
Los festejos se reanudaron en el castillo.
Los parientes pobres colmaron de afecto al nuevo miembro de la familia.
Era tan gallardo.
Tan generoso.
Y tan rico.
Las tías, es cierto, quedaron un poco escandalizadas de que su sistema de estricto aislamiento y obediencia pasiva hubiera terminado ofreciendo resultados tan lamentables; pero atribuyeron todo a su negligencia por no haber colocado barrotes en las ventanas.
Una de ellas quedó particularmente mortificada al ver arruinada su maravillosa historia y comprobar que el único espectro que había contemplado en toda su vida había resultado ser falso.
La sobrina, en cambio, parecía completamente satisfecha de haber descubierto que el suyo era de sólida carne y hueso.
Y así termina la historia.
Notas de Washington Irving
1. El lector erudito, versado en conocimientos perfectamente inútiles, advertirá que el relato anterior debió de ser sugerido al viejo suizo por una pequeña anécdota francesa acerca de un hecho que, según se decía, había ocurrido en París.
2. Katzenellenbogen: literalmente, «codo de gato». Era el nombre de una familia de aquella región, muy poderosa en épocas antiguas. Según nos cuentan, el apelativo fue concedido en homenaje a una incomparable dama de la familia, célebre por la hermosura de su brazo.
Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026
Visita nuestra página de Facebook