Cuento

La mano

(1850-1893) · 11 min de lectura

Formaban un círculo alrededor del señor Bermutier, juez de instrucción, quien daba su opinión sobre el misterioso caso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel crimen inexplicable mantenía en vilo a París. Nadie comprendía nada.

El señor Bermutier, de pie y de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas, examinaba las distintas hipótesis, pero no llegaba a ninguna conclusión.

Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con los ojos fijos en la boca afeitada del magistrado, de la que salían palabras graves. Se estremecían, vibraban, dominadas por ese miedo curioso, por esa necesidad ávida e insaciable de sentir espanto que persigue sus almas y las atormenta como el hambre.

Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante una pausa:

—Es horrible. Esto se acerca a lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.

El magistrado se volvió hacia ella.

—Sí, señora, es probable que nunca se sepa nada. En cuanto a la palabra «sobrenatural» que acaba usted de emplear, no tiene cabida en este asunto. Nos encontramos ante un crimen concebido y ejecutado con tanta habilidad, tan perfectamente envuelto en el misterio, que no podemos separarlo de las circunstancias impenetrables que lo rodean. Sin embargo, hace años tuve que investigar un caso en el que verdaderamente parecía intervenir algo fantástico. Tuvimos que abandonarlo, por cierto, porque no existía ningún medio para esclarecerlo.

Varias mujeres hablaron al mismo tiempo y con tanta rapidez que sus voces parecieron una sola:

—¡Oh, cuéntenos ese caso!

El señor Bermutier sonrió con la gravedad con que debe sonreír un juez de instrucción. Luego continuó:

—No vayan a creer que, ni siquiera por un instante, supuse que hubiera algo sobrehumano en aquella aventura. Yo solo creo en las causas naturales. Pero sería mucho mejor que, en lugar de utilizar la palabra «sobrenatural» para referirnos a aquello que no comprendemos, empleáramos simplemente la palabra «inexplicable». En cualquier caso, en el asunto que voy a contarles fueron sobre todo las circunstancias que lo rodearon, los hechos que lo precedieron, los que más me impresionaron. Estos son los hechos.

Por entonces yo era juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca tendida a orillas de un golfo admirable, rodeado por todas partes de altas montañas.

Los asuntos que más debía perseguir allí eran los relacionados con la vendetta. Los había magníficos, tremendamente dramáticos, feroces y heroicos. Allí podían encontrarse las más extraordinarias historias de venganza que uno pudiera imaginar: odios heredados durante siglos, apaciguados por un tiempo pero jamás extinguidos; engaños abominables; asesinatos que se convertían en matanzas y casi en acciones gloriosas.

Durante dos años no había oído hablar de otra cosa que del precio de la sangre, de esa terrible costumbre corsa que obliga a vengar cualquier ofensa en la persona que la cometió, en sus descendientes y en sus parientes. Había visto degollar ancianos, niños y primos lejanos, y tenía la cabeza llena de aquellas historias.

Un día supe que un inglés acababa de alquilar, por varios años, una pequeña villa situada al fondo del golfo. Había llevado consigo a un criado francés, contratado en Marsella durante el viaje.

Muy pronto todos comenzaron a interesarse por aquel personaje singular, que vivía solo en su casa y no salía más que para cazar o pescar. No hablaba con nadie, nunca visitaba la ciudad y todas las mañanas practicaba durante una o dos horas el tiro con pistola y carabina.

Comenzaron a circular leyendas sobre él. Se decía que era un personaje importante que había huido de su patria por razones políticas. Después se afirmó que se ocultaba tras haber cometido un crimen espantoso. Incluso se relataban detalles particularmente horribles.

En mi calidad de juez de instrucción quise obtener algunos informes sobre aquel hombre, pero me resultó imposible averiguar nada. Se hacía llamar sir John Rowell.

Me limité, por tanto, a vigilarlo de cerca, aunque en realidad nadie me comunicaba nada sospechoso acerca de él.

Sin embargo, como los rumores continuaban, aumentaban y se extendían entre toda la población, decidí intentar conocer personalmente al extranjero. Para conseguirlo, comencé a cazar con regularidad en los alrededores de su propiedad.

Esperé mucho tiempo hasta que se presentó una oportunidad. Llegó finalmente bajo la forma de una perdiz a la que disparé y maté casi delante de las narices del inglés. Mi perro me trajo la pieza, pero enseguida la tomé, fui a disculparme por mi imprudencia y rogué a sir John Rowell que aceptara el ave.

Era un hombre enorme, de cabello y barba rojos, muy alto y muy ancho, una especie de Hércules tranquilo y cortés. No tenía nada de aquella rigidez que suele atribuirse a los británicos y me agradeció efusivamente mi atención con un francés marcado por un fuerte acento del otro lado del canal. Al cabo de un mes ya habíamos conversado cinco o seis veces.

Una tarde, mientras pasaba frente a su puerta, lo vi en el jardín, fumando su pipa y sentado a horcajadas sobre una silla. Lo saludé y me invitó a entrar para beber un vaso de cerveza. No fue necesario que repitiera la invitación.

Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa. Habló elogiosamente de Francia y de Córcega, y aseguró que le gustaban mucho aquel país y aquellas costas.

Entonces, tomando grandes precauciones y aparentando un interés muy vivo, le hice algunas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Respondió sin mostrar incomodidad. Me contó que había viajado mucho por África, las Indias y América. Después añadió riendo, con su peculiar manera de hablar:

—Yo haber tenido muchas aventuras. ¡Oh, yes!

Volví a hablar de cacería y me dio detalles muy curiosos acerca de la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante e incluso del gorila.

Le dije:

—Todos esos animales son temibles.

Él sonrió.

—¡Oh, no! El más malo ser el hombre.

Entonces soltó una franca carcajada, la risa satisfecha de un inglés corpulento.

—Yo también haber cazado mucho al hombre.

Después comenzó a hablar de armas y me invitó a entrar en la casa para mostrarme fusiles de diversos mecanismos.

Su salón estaba tapizado de negro, con seda negra bordada en oro. Grandes flores amarillas se extendían sobre la tela oscura y resplandecían como llamaradas.

Explicó:

—Ser una tela japonesa.

Pero en medio del panel más ancho había una cosa extraña que atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado de terciopelo rojo se destacaba un objeto negro. Me acerqué: era una mano, una mano humana.

No era una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra y reseca, con las uñas amarillas, los músculos al descubierto y restos de sangre antigua —una sangre semejante a la suciedad endurecida— sobre los huesos, cortados limpiamente, como por un golpe de hacha, a la mitad del antebrazo.

Alrededor de la muñeca tenía una enorme cadena de hierro, remachada y soldada a aquel miembro inmundo. La cadena sujetaba la mano a la pared mediante una argolla lo bastante resistente para mantener atado a un elefante.

Pregunté:

—¿Qué es eso?

El inglés respondió tranquilamente:

—Ser mi mejor enemigo. Venir de América. Haber sido cortado con sable, arrancada piel con piedra afilada y secado al sol durante ocho días. ¡Oh, ser muy bueno para mí!

Toqué aquel despojo humano que debía haber pertenecido a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban unidos por enormes tendones que todavía conservaban aquí y allá algunas tiras de piel. Aquella mano despellejada era horrible y hacía pensar de inmediato en alguna venganza salvaje.

Dije:

—Ese hombre debió de ser muy fuerte.

El inglés respondió con suavidad:

—¡Oh, yes! Pero yo ser más fuerte que él. Yo poner esta cadena para sujetarlo.

Creí que estaba bromeando.

—Ahora esa cadena resulta completamente inútil. La mano no puede escapar.

Sir John Rowell contestó con gravedad:

—Ella querer irse siempre. Esta cadena ser necesaria.

Observé rápidamente su rostro mientras me preguntaba si estaba frente a un loco o ante un bromista de pésimo gusto.

Pero su expresión permanecía impenetrable, tranquila y bondadosa. Cambié de tema y admiré sus fusiles.

Sin embargo, advertí que había tres revólveres cargados sobre los muebles, como si aquel hombre viviera bajo el temor constante de sufrir un ataque.

Regresé varias veces a su casa. Después dejé de visitarlo. La población se había acostumbrado a su presencia y ya nadie se interesaba por él.

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Transcurrió un año entero.

Una mañana, hacia finales de noviembre, mi criado me despertó para anunciarme que sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.

Media hora más tarde entré en la casa del inglés acompañado por el comisario central y el capitán de la gendarmería. El criado lloraba desesperado frente a la puerta. Al principio sospeché de él, pero era inocente.

Jamás logramos encontrar al culpable.

Cuando entré en el salón de sir John, vi de inmediato el cadáver tendido boca arriba en medio de la habitación.

El chaleco estaba desgarrado, una de las mangas arrancadas colgaba a un costado y todo indicaba que se había producido una lucha terrible.

El inglés había muerto estrangulado.

Su rostro negro e hinchado, espantoso, parecía expresar un terror abominable. Entre los dientes apretados sujetaba algo y su cuello, perforado por cinco agujeros que parecían hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.

Un médico llegó poco después. Examinó durante largo tiempo las huellas de los dedos hundidas en la carne y pronunció estas extrañas palabras:

—Se diría que lo estranguló un esqueleto.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré hacia el lugar de la pared donde tiempo atrás había visto aquella horrible mano despellejada.

Ya no estaba.

La cadena rota pendía de la argolla.

Entonces me incliné sobre el muerto y encontré dentro de su boca crispada uno de los dedos de la mano desaparecida. Había sido cortado, o más bien serrado por los dientes, justo a la altura de la segunda falange.

Comenzamos las investigaciones. No descubrimos nada. Ninguna puerta había sido forzada, tampoco las ventanas ni los muebles. Los dos perros guardianes no se habían despertado.

En pocas palabras, esta fue la declaración del criado:

Desde hacía un mes, su amo parecía alterado. Había recibido muchas cartas y las quemaba inmediatamente después de leerlas.

A menudo tomaba una fusta y, presa de una cólera que parecía demencia, golpeaba con furia aquella mano seca fijada a la pared, la misma que desapareció, sin que nadie supiera cómo, en el momento del crimen.

Se acostaba muy tarde y se encerraba cuidadosamente. Siempre tenía armas al alcance de la mano. Durante la noche hablaba con frecuencia en voz alta, como si estuviera discutiendo con alguien.

Aquella noche, por casualidad, no había producido ningún ruido. El criado solo descubrió el asesinato cuando entró para abrir las ventanas. No sospechaba de nadie.

Comuniqué a los magistrados y a los oficiales de la fuerza pública todo cuanto sabía acerca del muerto, y se realizó una investigación minuciosa por toda la isla.

No se descubrió nada.

Tres meses después del crimen tuve una pesadilla espantosa.

Me pareció ver la mano, aquella horrible mano, corriendo como un escorpión o una araña por las cortinas y las paredes. Tres veces desperté, tres veces volví a dormirme y tres veces vi de nuevo aquel repugnante despojo galopando alrededor de mi habitación, moviendo los dedos como si fueran patas.

A la mañana siguiente me la llevaron.

Había sido encontrada en el cementerio, sobre la tumba de sir John Rowell, quien había sido enterrado allí porque no se había podido localizar a su familia.

Le faltaba el dedo índice.

Esa es, señoras, toda mi historia. No sé nada más.


Las mujeres, consternadas, estaban pálidas y temblorosas. Una de ellas exclamó:

—¡Pero eso no es un desenlace ni una explicación! No podremos dormir si no nos dice qué cree usted que ocurrió.

El magistrado sonrió con severidad.

—Oh, señoras, me temo que voy a estropear sus terribles sueños. Yo creo sencillamente que el legítimo propietario de la mano no estaba muerto y que vino a recuperarla con la que todavía conservaba. Pero no logré descubrir cómo lo hizo. Debió de ser una especie de vendetta.

Una de las mujeres murmuró:

—No, no pudo suceder así.

El juez de instrucción, todavía sonriente, concluyó:

—Ya les había advertido que mi explicación no las satisfaría.

Traducido al español por Lumos para relatosextraordinarios.com ©2026